El mundo me venia grande.-
Había salido de la cárcel esa misma mañana y el mundo me venia grande. Para poder sobrevivir había tenido que aislarme, buscar mi espacio, impedir que nadie lo invadiera, con la misma fuerza y coraje con que había impedido que nadie me diera por el culo. Cosa muy distinta fue haber tenido que apretar alguno para meter la polla cuando las pajas me dejaban insensible, como si pasara un tren, como si nada.
Haber estado recluido y apartado no solo de todo lo que había afuera, sino también adrede de casi todo lo de dentro, había sido la única manera de sobrevivir, pero eso tenía un precio. En ese momento no sabía por donde empezar. Hasta me pareció raro ser de nuevo Juan Pacheco, después de haber sido tanto tiempo el interno 1965. Como el año en que nací. Nueve años, jodido, siendo buen chico, como me dijo el funcionario que me abrió la última puerta, me dejaron sin saber donde coño estaba, sin saber para donde iba.
Había cumplido nueve años de los catorce que había supuesto la condena, en realidad por casi nada. La fiscal había pedido treinta. Apenas la vi me di cuenta que venia a por mí. Las mujeres son peores cuando mandan. Ni viven ni dejan vivir. Llevan muchos años de atraso. Mi abogado pidió uno o ninguno. Se necesita ser capullo y estúpido pensaron los del tribunal, -yo también lo pensé-. ¿Cómo iban a dejarme marchar sin más con dos muertos vivos en toda la prensa? Como era de esperar, resabiados, por no haber hecho casi nada me clavaron la mitad. Fueron unos cabrones como aquella fue una pécora.
Ninguno de los dos fiambres fue mío. No iba armado, ni llegué a coger un billete, ni abusé de nadie, ni rompí ninguna cosa, ni tan siquiera había dado una voz. Solamente despacio y muy tranquilo para asustarle lo justo, le había dicho a uno de aquellos empleados del banco, a uno delgaducho con bigote, calvorota y sudado, al que parecía más inquieto y nervioso:
— ¡Eh tu! ¡Ni me mires! será mejor que pongas las manos sobre la mesa y te estés quieto—. Se lo dije en serio. Lo recuerdo porque se meó los pantalones. Pude pedírselo por favor, pero ¡coño! aquello era un atraco y no podía ser muy blando.
No sabría decir qué fue, pero no fueron mis palabras, quizás la pistola del Amargo en las cejas del cajero. La culpa fue de la vieja, pero sobre todo de mi socio. La vieja podía haberse callado, pero tuvo que ponerse a gritar como lo hace un cerdo cuando sabe que lo van a matar. No íbamos a hacerlo, al menos eso es lo que yo pensaba, pero no sé qué le pasó al Amargo del que nunca me tuve que fiar, no tenía los cojones templados y se le escapó la situación.
Todo empezó mal. Empezó por no gritar claro:
— ¡Esto es un atraco!— Era sencillo, ¿no? Mandando: — ¡Todo el mundo quieto! ¡Al que se mueva le saco los ojos!— ¡Coño, como en las películas! Pero explotó la vieja, intervino el vigilante que se pensó Gary Cooper y el Amargo se descompuso poniéndolo todo perdido. Ya no hubo nada que hacer sino salir por patas cuando todo el mundo se echo al suelo al ver al artista panza arriba y el techo y el suelo manchados.
Mira que se lo dije. Se lo dije varias veces:
— ¡Amargo! ¡La pipa, de plástico! Pero no me hizo ni puto caso. La cagó y cagó mi vida catorce años. Demasiados, comparados con los treinta suyos, porque él lo hizo todo, yo no hice casi nada.
Iba caminando sin poder olvidar aquello, mirándolo todo, los edificios altos, los rótulos nuevos, las tiendas, los bancos, los restaurantes, los coches, la gente que iba a mi lado sin que nadie se percatara que yo era casi inocente, un ex presidiario que había pagado mas de la cuenta. Me detuve ante un escaparate y al verme en el cristal creí que veía un muerto, que el mundo había funcionado sin contar conmigo. Entré en la tienda y me probé unos zapatos rebajados, sin cordones, que iban bien con los dockers chinos que llevaba. En su lugar dejé mis chanclas amarillas y salí sin que nadie me dijera nada. Tantos años mal vestido exigían un cambio para no ir de cualquier manera. Me decidí por una camisa blanca de lino de manga larga, cara, de marca, que me vendió un colombiano en un mercadillo que ponían los martes junto a la estación del Ave. Me pidió doce Euros, pero lo ajustamos en siete y aun me regaló medio paquete de cigarrillos. Yo le vendí un Rolex coreano, uno de los dos que un colega me había dado para trapichear con ellos a condición de partir cuarenta pavos. El otro lo llevaba en la derecha, como los ricos. ¡Ah! También compré por un euro un sombrero panameño que daba el pego.
Cuando llegué a la puerta llevaba el sombrero calado y me entraron dudas. Habían cambiado muchas cosas: la fachada, la puerta, las mesas, los colores de las paredes, los sillones y habían desaparecido las alfombras. Todo era de diseño, diáfano, de cristal y metacrilato. Hasta los empleados del banco parecían diseñados de otro modo.
Todo era distinto, menos aquel que continuaba siendo delgaducho, con bigote, calvo del todo, mas viejo y mas sudado. Incluso me pareció más asustado, aunque posiblemente me engañara. Al verme puso cara y ojos de pasmado, por eso no tuve que decirle nada, ni que estuviera quieto, ni que me abriera la caja. Nada de nada. Me limité a hacerle una seña, a quedarme quieto, a apoyar sobre su mesa una bolsa grande de papel de una tienda pija, en la que tenía la mano metida.
Fue él quien me indicó que lo acompañara y me advirtió, cosa que ya sabía, que la caja tardaría diez minutos en abrirse. Me senté en una banqueta que había junto a la puerta acorazada, saqué el paquete de cigarrillos, le ofrecí uno y declinó con la cabeza. Caí en la cuenta que estaba prohibido, así que lo guardé con el mechero. Quizás por eso se me hizo mas largo. A él le dije que se sentara conmigo si quería, pero prefirió quedarse de pie.
Recuerdo que sonó un pitido largo y estridente que abrió la puerta sola, como en las películas de miedo. Le hice una seña para que entrara primero en la cámara y aunque sudaba me sorprendió verle tranquilo, si decirle nada fue tomando la pasta que estaba muy bien ordenada en billetes de cien y de cincuenta y metiéndola en mi bolsa hasta que se quedó pequeña. Calculé que podría haber como dos millones. Ya no cabían más y le rogué que parara. Luego le pedí el móvil que me entregó resignado y se lo devolví sin la batería, después le ordené que se abstuviera de tocar ninguna alarma hasta dentro de media hora. Le dije también que sabia donde vivía, y donde vivían sus nietos y su hija. Que si me pasaba algo por su culpa no me importaría nada hacer lo que hiciera falta. Había visto encima de su mesa una fotografía de una mujer joven con dos niños
Salí de la caja acorazada dejándole encerrado. Al llegar a la puerta del banco, pulsé el timbre para que me abrieran, tiré del ala del sombrero ante la cámara de vídeo y abandoné el banco tranquilamente pasando de nuevo por el detector de metales.
En el retrete de la estación me arranqué el bigote y las patillas, me puse una camiseta de tirantes, cambié los pantalones por unos vaqueros, dejé la ropa que había llevado sobre una silla de la sala de espera, pero me quedé con los zapatos. Alquilé una caja en la consigna y metí la bolsa.
Cuando volví de nuevo a la calle todos los coches de la policía estaban en la puerta del Banco, el tráfico paralizado, la calle llena de luces intermitentes amarillas y azules, la gente que pasaba miraba curiosa y se preguntaba qué había ocurrido. A una pareja de ancianos les dije: Seguramente habrá sido un accidente o un atraco. No tenia que haberles dicho nada, porque se dieron la vuelta y se metieron con prisas por otra calle.
Aquel día comí un bocata de calamares con mayonesa y me bebí dos jarras grandes de cerveza en mi bar preferido. Hacia mas de nueve años que no lo tomaba, ni un café expreso, ni un purito caliqueño. También es cierto que hacia más de nueve años que tampoco había entrado en un banco o en una Iglesia, ni había visto a mis hermanas, ni a Carmen con la que estuve a apunto de casarme. La diferencia es que nada de esto me importaba como aquello. ¡Cuantas cosas me había perdido!
Cuando acabé de comer fui al taller de Carlitos, mi colega el de los rolex, donde se dedicaba a tunear coches y a trucar motos robadas. Mientras liquidaba cuentas, la radio del coche que había estado manipulando hablaba del robo que aquella misma mañana había tenido lugar en una importante entidad bancaria. Según la policía, decía – recuerdo que interrumpí a Carlitos para que callara- dos individuos, después de haber herido en la cabeza y en el brazo a un empleado, se habían llevado seis millones de Euros. Afortunadamente ya lo habían dado de alta. La policía buscaba un BMW plateado con el que habían huido los autores del robo.
— ¡Hijo de puta!— dije.
— ¿Pasa algo, tronco?— Carlitos me miró extrañado.
— ¡Nada! La inflación, colega.
— ¿Qué dices?
— ¡Cosas mías! Que nueve años valen mucho más que dos millones.
— ¡Va! No sé de qué va el rollo. ¡Tu sabrás!— Levantó los hombros como si me diera por loco y se metió de nuevo en el coche del que le había sacado al llegar.
— ¡Ya lo creo! ¡Seis por lo menos, colega!
— ¡Oye, tronco!— me dijo. — ¡Pásate mañana, que tendré más relojes!
— Vale. Es posible— Le dije, y me marché sin saber donde pasaría la noche. El mundo me venia grande.
12 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Doy las gracias a todos por vuestra lectura y por vuestros comentarios. El LDA es un sitio formidable donde con respeto se puede decir todo. Ese límite debe ser infranqueable.
Cabrera y las aguas que la rodean son una maravilla. Haber navegado en ellas estos dos últimos días ha sido un privilegio.
Salud.
Un beso
Me pregunto que más sitios habrás visto ya y que lugar será el que más recuerdes luego.
Como siempre bañandome en tus relatos y como plasmas a los personajes en cada uno de ellos. Largos y entretenidos, fantásticos!
Un beso!
Te cuento que fué una gran idea, llevarme tus relatos impresos y un descanso para la vista, (tanta pantalla hace polvo la vista). Leí éste y el de "se te han adentado" y me parecen geniales, escribes muy bien. Espero que te cueste mucho trabjo escribir así, porque me daría mucha rabia pensar que alguien pueda escribir así, de seguido y como quien no quiere la cosa y sin esfuerzo ¿me esplico?
Lo dicho me han gustado.
Un beso.
Yo esto ya lo he leído y comentado. ¿Dónde están los coments? Toy perdida.
-¿Me explico? ...con "s"..uff, que vergüenza.
me voy...pitando
Ánimo Preludio...eres genial!
un relato estupendo, preludio. me encanta la frescura con la que escribes, le das una credibilidad impresionante... y el título me ha parecido genial.
muchos besos.
Me he dado cuenta que has quitado los regalos que te hizo esa que llamas yaya. Me has hecho muy feliz.
Siempre te espero, ahora más.
bravo!!!!!!!!!
Te dije que no volvería a entrar en tu blog.
Pero... te echo tanto de menos.
Vuelve por favor
Un beso
Marinera
Dios, mío , ¡qué barbaridad!, ¡Cómo escribes!. Me admira la fluidez del texto, con el ritmo preciso para llevarte en volandas.
Me pregunto cómo es tu proceso creativo. ¿Perjeñas la historia antes de escribir o ideas un comienzo y el texto te lleva?.
¿Eres de trazada rápida o lees y relees lo que vas escribiendo?.
¿Creas las caratacterísticas del personaje antes de escribir o lo vas modelando y corrigiendo sobre la marcha?
Pocas veces se topa uno con un maestro y no puedo perder la oportunidad de preeguntar y preguntar. Si no te parece mal. Soy como una esponja...





