Libro de Arena
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Preludio

En el fragor de las palabras

Clara.-

—¡Por Dios, Clara, otra vez! —iba a decirle como un reproche, pero cuando vi sus ojos apagados, temerosos como los de un perro apaleado esperando mi reprimenda decidí cambiarla por una sonrisa.

—¿Cómo te encuentras? —le dije mientras le sonreía, aunque tampoco esa era la pregunta adecuada. No me respondió. Siguió mirándome de soslayo extrañada de que no le dijera nada, bajó los ojos, rompió en un llanto y se tapó la cara con la sábana entre las manos. A sus sollozos entrecortados añadía: ¡qué vergüenza! Como si tuviera hipo. Al escucharla se me hizo presente su madre cuando le decía: ¡¡Eso, antes!! Como parte de su continuo reproche.

—¡Vamos, Clara!, Nada de llorar. Eres una mujer valiente —le dijo la enfermera sin ningún convencimiento, pero muy profesional. Entraba con una botella de suero para cambiar la que se había agotado de las dos que llevaba conectadas al brazo. Me hice eco de ello mientras le cogía una mano entre las mías. Ella no cesaba de llorar y de repetirse que era un desastre, que todo lo hacia mal.

Esa vez estaba en el Hospital Sant Pau. Recordé que ya había estado allí por lo menos en tres ocasiones. La anterior, hacia ocho meses, había sido en el General. Era una historia repetida de la que ya había perdido la cuenta. Diez, quince veces. Quizás mas. De todas las maneras ¿qué importaba el número? Siempre la salvaba la campana. Parecía que tenia un ángel a su lado que, si no impedía que bebiera un vaso entero de Ginebra con un puñado de pastillas, aparecía en el último minuto como una alumna, una vecina, una llamada telefónica cuando aquella mezcla perversa empezaba a hacer estragos, para que comenzara de nuevo.

Su ingreso por urgencias, el lavado de estómago, los vómitos, la lengua negra, su traslado a una sala cualquiera. La falta de noticias, la espera angustiosa, por fin la llamada a los familiares de Clara, y el informe médico del interno de turno que yo ya me sabía. Al fin y al cabo era yo quien, cuando llamaba a la ambulancia, facilitaba la información de lo que había ingerido, dónde debían buscar, y la historia de todos sus intentos de suicidio, al menos los que yo sabía. De los que había ocultado su madre, por el qué dirán o por sus miedos inconfesables, tenía constancia de algunos. Después de todo aquello protestaba con vehemencia, incluso pedía la hoja de reclamaciones porque no la habían trasladado a la Unidad de Psiquiatría. Entonces se limitaban a decirme que no había camas libres en esa unidad, que iban a darla de alta en pocas horas y que debía acudir al Centro de Salud mental que le correspondiera. Igual que la vez anterior y que las otras.

Cuando me avisaba una compañera de Clara que esa mañana no había acudido al trabajo y que no había respuestas en su móvil ni en el teléfono de su casa, entonces yo llamaba a Eugenia, una vecina a la que le había dado una llave de su casa. Le rogaba que abriera, que entrara en el apartamento de Clara, que si ocurría lo que temía que me llamara. Yo, sin embargo estaba a más de trescientos kilómetros. A los pocos minutos confirmaba mi presentimiento, entonces llamaba a una ambulancia, y me ponía en marcha para llegar al cabo de unas horas al lugar donde la habían ingresado.

Cuando había pasado todo y salíamos del Hospital me hacía prometer que nunca la ingresaría en un psiquiátrico, que jamás la llevaría a ese sitio donde una vez la llevó el Director de su Colegio. Ella no estaba loca, decía, ella sólo quería morir cuando sentía con más intensidad que era un error en este mundo.

Clara tenia cuarenta y nueve años y a casi nadie en esta vida. Cuando con apenas veinte años sacó las oposiciones de maestra, su madre y ella lo celebraron como si tuviera que ser el acontecimiento más importante de sus vidas. ¡Habían puesto tanto empeño en ello! Sobre todo la madre. Era una mujer nerviosa, dominante, muy mayor, viuda de siempre, sombra perenne de Clara, hija única y póstuma. Así hasta que murió, apenas hacía cuatro años.

Se había casado literalmente por correspondencia como consecuencia de un viaje. Uno de los pocos que hizo sola, sin su madre, acompañada por una amiga rara que solo lo fue lo que duró aquella aventura de ochos días. Después se carteó durante algo más de dos años con un chico de Murcia, que había conocido en una noche de discoteca y un día de playa, y que sólo se vieron si acaso cuatro o cinco veces antes de casarse. Su madre leía las cartas del murciano, y aunque no se atrevía a censurarlas sí le daba consejos sobre lo que debía contestar y cómo tenía que hacerlo. Al final del segundo año de correo más o menos semanal Clara y el murciano se casaron, y a los pocos días la madre siguió a la hija hasta un pueblo cercano a Cartagena donde tomaron posesión de la escuela y donde el marido regentaba con sus cuatro hermanas una tienda de ultramarinos.

Su matrimonio, que apenas llegó a cuarenta meses, la marcó para siempre porque aprendió a beber a escondidas mezclando el alcohol y las pastillas. Cuando eso ocurría me llamaba su marido y me decía: ¡Ven, llévatelas! Clara acababa en el suelo en medio de un vómito, mientras su madre se esforzaba para que nada se supiera. Como podía la levantaba, la lavaba, la llevaba a la cama y la escondía. Luego le hacia prometer que nunca más bebería. Clara juraba que no volvería a hacerlo, que haría todo lo que su madre le exigiera. En realidad no le resultaba difícil prometerlo. Detestaba la ginebra y las pastillas. Luego su madre se limitaba a decir que todo se debía a los fuertes dolores menstruales de Clara.

Si la Navidad, o cualquier acontecimiento nos reunía en la mesa, nunca jamás la vi beber ni una cerveza, ni un vaso de vino, ni un licor. Su conducta siempre fue contenida. Tan solo agua o limonada.

Mucho tiempo después cuando se daba lo peor, siempre me repetía: ¡Por favor, Jenaro! Que no se entere Emilio, a pesar de que se había divorciado de él hacia mas de veintitantos años a instancias de su madre y con mi concurso para poner a salvo su patrimonio, cuando ya el murciano la había abandonado.

Clara nunca había tenido amigas. Las pocas que le había conocido, tanto las de joven como las últimas, solían establecer una relación insana que enseguida se rompía. Lo mismo que con su matrimonio.

Sus compañeros de trabajo normalmente la ignoraban y prescindían de ella ante cualquier acontecimiento social o festivo. La consideraban rara y aburrida. En cambio sus alumnos la querían, la llamaban casi cantando: ¡Doña Clara! Se cambiaban de acera para saludarla, le hacían pequeño regalos: un chicle, un sacapuntas, un dibujo, hasta compartían los paquetes de pipas. Con los padres de los alumnos era otra cosa, pero no se llevaba mal.

Cuando sonó el teléfono me extrañó. No por nada especial, sino por el día y la hora. Eran las tres de la tarde de un domingo sofocante del mes agosto en el que el calor lo aplanaba todo y los colores habían desparecido

—¿Jenaro Martín? —dijo una voz grave.

—¿Quién le llama? —contesté sorprendido.

Intentó dulcificar la voz para parecer amable. —¿Es usted familiar de Clara Genovés? Le llamo de la Comisaría de Policía del Eixample—. Apreté los ojos y contuve el aliento. Fueron unos segundos en negro. También me mordí los labios.

—Si, soy yo. ¡Diga! ¿Le ha ocurrido algo a Clara? ¿Está bien? ¿Dónde está?

—Tranquilícese. ¿Podría usted venir?

—Por supuesto. ¿Adónde?—dije.

—A la comisaría—concretó.

— ¿Qué ha pasado? —insistí.

—¡Tranquilo! Nos gustaría poder darle más información.

—Es que… es…—balbuceé—estoy a mas de trescientos kilómetros…

—¿Trescientos kilómetros…—pareció dudar desconcertado—. ¿Sabe si hay algún familiar más cerca? Seria preferible que pasaran…

—¡No! Soy su único pariente—le interrumpí.

—Comprendo. Debemos decirle que Clara ha muerto Lo lamento. —me dijo seguido—. El juez acaba de estar en su casa. Van a trasladarla al Instituto Forense — se detuvo para comprobar cómo reaccionaba. Yo me quedé en silencio, sin saber qué decir—. Pase por aquí y le daremos más información —siguió ya de una manera mecánica.

—Gracias—dije. Colgué el teléfono. No quise insistir ¿Para que? Luego busqué mi móvil para llamar a Eugenia y me costó encontrarlo. Lo había dejado la noche anterior en mi mochila. Cuando fui a marcar vi que tenía varias llamadas, dos de Clara y cinco de Eugenia. Las de Clara era de las siete de la mañana.

—¡Jenaro! Te he estado llamando— le escuché a Eugenia.

—Sí, lo he visto. Acabo de hablar con la policía.

—Es Clara. Esta mañana me llamó para que pidiera una ambulancia. Me pareció extraño.

—Sí lo es. También a mi me llamó dos veces —le dije apresurado.

—Entré en su casa, la encontré en la cama sin conocimiento, como dormida. Llamé al ciento doce para la ambulancia y me dijeron que acaban de avisar. Cuando llegaron ya había muerto.

—¡Ya! Supongo que lo de siempre. Se le fue la mano —afirmé resignado.

—No lo parece —dijo segura—. Después de explicarle al médico de la ambulancia nos hemos puesto a buscar y no hemos encontramos nada. Las pastillas que estaba tomando aparecían ordenadas y no había vasos ni botellas a la vista. No obstante el médico ha dado parte a la Policía y al Juzgado —lo dijo como si lo leyera.

—Gracias, Eugenia. Saldré enseguida.

Al día siguiente cuando me presenté en la Comisaría me remitieron al Juzgado de Instrucción veintidós con el número 4005 de Diligencias. El juez me hizo esperar. Acababa de llegar el informe de la autopsia. Luego me hizo entrar a su despacho y me preguntó por mi relación con Clara. Se lo dije y empecé a hablarle de ella. Me interrumpió, releyó el informe, y añadió enfático:

—Parece que ha sido el corazón quien no ha podido aguantar más. No hay ningún indicio de lo que habla—. Alargó su mano y me entregó una copia.

—A falta de certificado de defunción necesitará esto para la funeraria—Lo dijo de manera muy afable. Yo me sentí deudor.

Si cuando entré en el Juzgado el calor era asfixiante, al salir, las nubes que empezaban a cubrir la ciudad la refrescaban. Pensé que sería bueno que a la tarde lloviera.


37 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo robert 27 Agosto 2008 | 03:21 AM

Muchas Claras y Claros.... Me gusto tu relato, claro, ordenado, en su justa medida no obstante su extensión para publicarse en la red, (algunos lectores al ver un texto extensó mejor cambian de página, pues prefieren el lenguaje de msm;) cada párrafo te invita a seguir hasta el final.

lo dijo dr. j 27 Agosto 2008 | 06:52 AM

Siempre es un acontecimiento cuando usted vuelve. Excepto detalles muy menores - insignificantes, de verdad- el relato está muy bien, nos lleva como de la mano, con suavidad hasta el final, y nos transmite un gran vacío. Felicidades.

lo dijo Vivir soñando 27 Agosto 2008 | 06:53 AM

Que puedo decir, Preludio.

Siempre me dejas sin palabras y en gama de grises...

Te abrazo, te beso y me voy.

lo dijo naná 27 Agosto 2008 | 07:30 AM

un privilegio disfrutar de tu compañía por estas arenas...

un buen relato, melancólico, triste, casi diría resignado...

me gusta el final... "Pensé que sería bueno que a la tarde lloviera."

eres genial!

besos

lo dijo sergiocanovas 27 Agosto 2008 | 07:36 AM

Coincido: te lleva de la mano. Es un relato muy suave, de mucho tacto. Me ha parecido muy tierno, sobretodo por el final, muy buen final.

Te faltan algunas tildes, unas cinco.

Yo me habría enamorado de Clara, sin duda.

Un abrazo y mi admiración, la de siempre.

Sergiocanovas

lo dijo Sortilegios y m. 27 Agosto 2008 | 09:30 AM

Mira Prelu, novelas de una manera tan fiel a la realidad que lo vivo, que me despiertas sensaciones, me empatizo. Da gusto leerte, aunque esta vez la historia haya sido un poco triste. Me ha gustado mucho. Y lo sabes.

lo dijo Violetaberna 27 Agosto 2008 | 09:31 AM

Que soledad más solitaria la de Clara, su corazón se hartó de que no lo quisiera acompañar.

Me gusta que el narrador no indique tan siquiera porque quiere a Clara.

Un beso.

lo dijo Esencia... de Geno 27 Agosto 2008 | 10:08 AM

¡Magnífica manera de apartar la emoción de un texto, para provocarla por si sóla en el lector!. Utilizas una narración aséptica y tan descriptiva de los hechos y los personajes que, sin apuntarlos, los sentimientos van naciendo por si solos al leerlos. En mi caso, además de unas ganas tremendas de zarandear a Clara y a Jenaro por ser meros espectadores de una vida aceptada sin más, y darle cuatro rugidos a la madre de Clara, me ha despertado la rabia ante al vacío, el absurdo. No he podido evitar sentir lo que sentí hace muchísimos años, cuando leí El Extranjero de Camus: rabia, impotencia, ganas de cogerlos por el cuello y gritarles “reacciona”

¡Chapeau! Lo dicho, no dejes de escribir.

Un saludito

lo dijo Preludio a Robert 27 Agosto 2008 | 11:33 AM

Muchas gracias por tu visita y tu comentario.

Comprendo que un relato algo extenso puede desanimar a algunos lectores, pero nunca a los buenos si el relato también lo es. Esa es la duda que puede surgir a quienes escribimos relatos. Quizás a tí menos, porque he comprobado que tus relatos son buenos. Salud.

lo dijo Preludio al Dr. j. 27 Agosto 2008 | 11:48 AM

Distinguido Dr.: La consideración es mútua. Le agradezco su opinión sobre el relato y su felicitación me satisface. Revisaré esos detalles con gusto. Quizás deba repasar mi documentación y asimismo anotar en mi agenda que le tengo pendiente algunas visitas. Menos mal que no me las cobrará como mi psiquiatra, que lo hace aunque no vaya. Salud.

lo dijo dr. j 27 Agosto 2008 | 12:08 PM

Su psiquiatra es un genio. Sí, era sobre detalles sin importancia. Naderías, que además supongo que si están así es porque así deben estar - usted no suele ser descuidado. El final, el deseo de lluvia, es un momento sobresaliente. Saludos y le espero por casa. Allí le comentaré una propuesta.

lo dijo A Vivir soñando 27 Agosto 2008 | 12:19 PM

A veces no son necesarias las palabras. La lectura del relato y tu visita las suple y pone color.

Un beso.

lo dijo Prelu a Naná 27 Agosto 2008 | 12:51 PM

Gracias chiquilla. Ya sabes que voy alternando el relato alegre, desinhibido que refleja al Portabella, con el relato duro, lento que fluye desde la tristeza del Jenaro. Como un péndulo, como la necesidad de cambio. Eso, ojalá a la tarde llueva.

Vi tus fotos del Carmen y las puertas del Sant Jaume y del Café de las Horas y eché de menos el agua de Valencia. ¡Cuanta nostalgia! Un beso.

lo dijo Marinera a Preludio 27 Agosto 2008 | 01:34 PM

Otra vez felicitarte

Es bueno, ágil

Hay algunas expresiones chocantes par mí, pero el conjunto genial, como siempre

Me gustaría escribir mejor para poder discutir literariamente, por ahora , soy mi oponión desde mi intuición y mi gusto personal. No es muy enriquecedor, parati, pero tus textos me ayudan mucho a dar giros y a expresar sin contar.

Un beso

Marinera

lo dijo princesawallada 27 Agosto 2008 | 01:43 PM

Tus relatos de "perdedores"..por ponerles un adjetivo.....son los que más me gustan.

Reflejan una realidad muy cotidiana....Claras hay a montones.....por desgracia....

¿cómo está Frida?...

petonets de final de agosto y lametazos de Leo

lo dijo A Sergiocanovas 27 Agosto 2008 | 04:38 PM

Muchas gracias por tu crítica muy cualificada ciertamente.

Sí era fácil enamorarse de Clara.Vivir con ella era el riesgo. Como vivir a bordo de una montaña rusa.

Un abrazo.

lo dijo Mar de palabras, ¿o viceversa? 27 Agosto 2008 | 05:29 PM

¿Sabes lo que me parece exquisito?, el nombre que elegiste, Clara. Choca tanto con el atadijo de su mente que me parece sensacional.

Del desenlace, no te digo nada, ya está todo dicho.

Un saludo.

lo dijo Prelu a Sortilegios 27 Agosto 2008 | 05:29 PM

Muchas gracias Sorti, esta vez me ha salido triste la historia. Son historias que están ahí y las vemos cada día, pero contarlas sirve. A mi al menos. Me alegro que te haya gustado.

lo dijo A Violetaberna 27 Agosto 2008 | 07:49 PM

Hay corazones más sensibles que sufren más y soportan peor la soledad, el miedo, el abandono, la mentira, lo que también es parte de la vida, fatalmente. Por otra, son más exigentes con la verdad, la inocencia, la valentía, la bondad, es decir la otra cara. Demasiado exigentes con ellos mismos y con los demás.

Un beso.

lo dijo Preludio a Esencia de Geno 27 Agosto 2008 | 09:22 PM

Quizás no en balde leia hace unos dias a A. Camus (el último hombre), uno de mis autores preferidos con J. Conrad.

No niego que hago un esfuerzo en estos relatos de guardar distancias, de no implicarme y dejar al lector solo. Solamente con su percepción. No siempre lo consigo.

Tu comentario es para mí como un empujón exigente. Gracias. Salud.

lo dijo Preludio a Marinera 27 Agosto 2008 | 11:04 PM

Gracias por tu comentario. Prefiero el comentario que sale de la emoción, del lector que se acerca al relato sin pretensiones de crítico solamente. Prefiero el comentario espontaneo y sincero. Ese es el que enriquece.

Si en algo te he ayudado me alegro. Un beso

lo dijo Eloim a preludio 28 Agosto 2008 | 12:47 AM

Todo llega en su momento. Buen relato.

lo dijo dawn.. 28 Agosto 2008 | 08:04 AM

dejas ver autenticos sentimientos en un texto muy ágil y preciso.

eres la caña.....me gusta leerte y te echaba de menos.

un abrazo

lo dijo Prelu a la PrincesaWallada 28 Agosto 2008 | 11:39 AM

Gracias Princesa por tu comentario. Mis relatos de "ganadores" son solo poses, apariencias. Los de "perdedores" son mas hondos. La eterna cuestión entre el ser y el no ser. ¿Has escuchado a Jacques Brel? los perdedores nos gusta vivir con el acelera¿La chanson des vieux amants? Es una preciosa canción de perdedores.

Cuando estuviste por el norte me acordé de tí. Estaba terminando "Los zapatos italianos". Otra historia de perdedores. Me gustó.

Que nos seduzcan las historias de perdedores no quiere decir que no nos guste llevar de cuando en cuando el acelerador a fondo. Amamos la vida. Un beso

lo dijo Prelu a Mar de palabras 28 Agosto 2008 | 12:56 PM

Muchas gracias. Eres muy perspicaz. Y tu comentario muy halagador.

Salud.

lo dijo princesawallada... 28 Agosto 2008 | 01:07 PM

¿te ha gustado "Zapatos italianos"? a mi me encantó...de verdad....

A mi las historias inventadas me salen siempre de perdedores...no sé porqué.....otra cosa es cuando cuento historias conocidas...el tono es totalmente diferente....más como soy yo...pero al "inventar"....uf..casi miedo me doy¡¡

petonets de agosto¡¡¡¡

lo dijo nyka 28 Agosto 2008 | 04:26 PM

Bueno tu relato ha sido largo pero no por ellos menos emotivo o mas "rollo" a veces las palabras abultan sin sentido, pero en este relato son palabras que ayudaban a continuar. Me ha encantado.Saludos

lo dijo Preludio a Eloim 28 Agosto 2008 | 04:55 PM

Muchas gracias por tu comentario. Me alegro que te parezca bueno el relato.

Salud

lo dijo jhay 28 Agosto 2008 | 06:05 PM

Ya te lo han dicho todo, mis palabras se quedan cortas... y me recuerdas a alguien grande que no existe, porque tú eres grande... Madre mía y dices que yo escribo bien, lo mío es mecanografía, lo tuyo arte.

Aquí en tus letras hay mundos, y eso es muy dificil de lograr.

Sabes que soy tu fan?

Dicho queda!

Besitos

lo dijo teresis 29 Agosto 2008 | 08:40 AM

Siempre me alucina tu capacidad para hacerme creer que todo lo que escribes es real. SIEMPRE. Disfruto mucho leyéndote y realmente el final de Clara es el más positivo que podía tener.

El cuentagotas con el que dosificas tus palabras está lento....

Muchos besos

lo dijo Preludio a Nyka 29 Agosto 2008 | 09:10 AM

Cuando estoy a punto de pulsar la tecla que ordena publicar me asaltan las dudas de si será mucho "rollo" mi relato.

Lo que hace que siga adelante es pensar que siempre habrá personas de tu sensibilidad que sepan apreciar que quizás haya en él algo bueno, algo que valga la pena de leer.

Tu comentario me llega hondo. Muchas gracias. Salud.

lo dijo Prelu a Jhay 29 Agosto 2008 | 05:50 PM

Muchas gracias por tu comentario. Resulta muy estimulante que una escritora como tu tenga palabras tan amables para mi relato.

Un beso.

lo dijo Prelu a Teresis. 30 Agosto 2008 | 05:04 PM

Tu comentario es precioso para mi. Contar historias irreales es una manera de conocer la profunda realidad humana. No sé si es exacto como lo dijo Mario Vargas Llosa, pero seguro que era algo así.

Besos.

lo dijo enlabasilica 31 Agosto 2008 | 06:45 PM

Lo he leído y lo he releído. Y he sentido a Clara a flor de piel con una empatía que bien te has encargado de alimentar desde tu relato, en el que, de forma velada, nos conduces, una vez más, de la mano. Maestro eres de ello, sin duda.

NO creo preciso resaltar de nuevo tus dotes -admirables- de narrador, son de todos conocidas y apreciadas. Y si nos haces reír otras veces, hoy nos conmueves con una historia en la que sólo falta la lágrima del narrador, que, con gran profesionalidad, queda diluida en el deseo de lluvia para la tarde de tan triste día.

Lo jodido del caso es que hay más Claras de las que pensamos, y más corazones que no pueden con su destino. Me produce gran dolor pensar que esas Claras se reduzcan a la deseada lluvia de esa tarde de finales de Agosto, presagio del otoño que promete no olvidarse de aparecer por el horizonte...

Está lloviendo en esta tarde en la que escribo. La lluvia, que refresca tras un tormentoso día. Alguna Clara habrá expirado su última bocanada de miseria.

Preludio, buenas tardes, y de nuevo, felicidades. Eres el mejor.

lo dijo Preludio a Enlabasilica 1 Septiembre 2008 | 05:28 PM

Muchas gracias por tu comentario. Debo confesar que lo echaba de menos. Efectivamente es una de tantas historias con las que dia a dia tropiezas a poco que se esté con el oido y la mirada sobre la realidad que nos rodea. Y es triste ciertamente, pero tambien hay que contar las historias tristes y oscuras para sacudir en lo que se pueda las conciencias. Una escritura solo complaciente resulta fofa. Las historias que hacen reir pretender ser solo contrapunto.

Tambien se echa de menos tus escritos y poemas.

Agradezco tus palabras de elogio, creo que inmerecidas.

lo dijo Luz-de-luna 2 Septiembre 2008 | 03:57 PM

Extremecedor y emotivo relato. Historía que bien pudíera ser real, contada con una sensiblidad exquisita que hace seguir sin esfuerzo.

Un final en forma de lluvia que cierra la historia omitiendo las lágrimas, limpiando lo que pudo haber de malo en Clara.

Saludos.

lo dijo preludio a luz de luna 3 Septiembre 2008 | 02:33 PM

Gracias por tu visita y tu comentario. Es una historia de tantas que existen alrededor y que se descubren a poco que uno vaya con los ojos abiertos.

Salud.

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