Libro de Arena
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Preludio

En el fragor de las palabras

Se te han adelantado.-

—Don Jaime, la señorita Robledo—. Era mi secretaria por el interfono.

— ¿La señorita Robledo?—Pregunté extrañado.

—Sí. Es la segunda vez que llama. Le he dicho que está reunido, pero insiste. Dice que no se lo cree y que si es verdad, peor para Usted—. Me quedé en silencio, pensando.

— ¿Qué le digo? ¿Le digo que…Don Jaime está en el baño?

—Menos guasa, Teresa—. Le contesté irritado.

— ¿Qué hago? La tengo por la línea dos— Dijo apremiándome.

— ¡Cóño, no sé para que quiero secretarias! Está bien, pásemela— Le dije mientras me arrellanaba en el sillón, ponía los pies sobre la mesa y descolgaba el teléfono.

— ¿Qué ocurre Adela? Sabes que no quiero que me llames al despacho. ¿No podías esperar un par de horas? Hoy es viernes, ¿no? Te veré dentro de un rato…

—Me temo que no, cari. Para eso te llamo—. Ese cari me sonó raro.

—Para decirme, ¿qué?— Le dije intrigado.

— Para decirte que no me verás, que no voy a ir.

— ¿Te pasa algo? ¿Estás enferma?

— ¡No, no, qué va! Estoy perfecta.

— ¿Entonces…?

— Es que salgo de viaje

— ¡Tu madre!

— ¡Jaime, no empieces!

— ¡No! Digo si le pasa algo a tu madre.

—No. Mi madre está de putisima ídem. Solo llamo para despedirme.

— ¿Despedirte? ¡Qué considerada!— Solté el teléfono, lo sostuve con el hombro contra la oreja, saqué un cigarrillo y busqué el mechero entre los papeles — ¿Qué te vas muy lejos?— Dije mientras le daba fuego.

—Depende de cómo se mire, pero creo que Punta Cana está a poco de bajar del avión.

— ¿Cómo?— El cigarrillo medio encendido me cayó encima de la camisa. Me incorporé y cayó al suelo. El teléfono lo cogí en el aire — ¿A Punta Cana?

—Sí. Me voy a Punta Cana. ¿A que suena de puta madre? —. Recogí el cigarrillo y lo aplasté en el cenicero.

—Pero…, así, ¿de improviso?— Me senté sin atreverme a poner de nuevo los pies sobre la mesa.

—Si de improviso es ahora mismo, pues si, de improviso.

—Pero, Adela, cariño, no me habías dicho nada. ¡Qué calladito te lo tenías! Si ese era un viaje que teníamos pensado para los dos.

—Pues se te han adelantado—. Me dijo con mala hostia.

— ¡Qué! ¡Para! ¡Para! ¿De qué coño me hablas? ¿Quieres explicármelo como si fuera tontito? ¡Me gustaría saber eso de que se me han adelantado!—. Dije poniéndome serio.

—Con mucho gusto, Jai. Pero no te pongas así, que no hay para tanto. Total diez días pasan rápido y seguro que cuando vuelva me encuentras doradita y sin rayas, como a ti te gusta.

— ¡Déjate de coñas! ¡Si no tenías un duro!— Volví a encender otro cigarrillo.

—Eso mismo dije yo ayer: Que de qué iba yo a irme si no tenía un duro.

— ¡Espera!, ¡Espera un poco! ¿Quieres decir que te vas de viaje con un maromo?

— ¡Oye, sin faltar! No te digo que no me gustaría, pero lamentablemente el único maromo que conozco de momento, eres tú y por ahora no veo que estés dispuesto a echar a andar la visa oro, ni que te deje tu mujercita.

— ¡Adela! ¿Quieres decirme de una puta vez con quien te vas a Punta Cana?

— ¡Tranquilo, Jaime, tranquilo! ¡No te pongas nervioso! No me voy con ningún tío, aunque ganas no me faltan.

—Entonces, ¿con quien coño te vas?

—Me voy con una amiga.

— ¿Con una amiga?

— ¡Sí, con una amiga!

— ¡Si, claro, y yo me chupo el dedo! ¿Pero tú te crees que soy tonto? ¿Pretendes que me trague que una amiga te paga un viaje a Punta Cana? ¿Así? ¿Sin más? ¿Por la cara?

— ¡Coño, Jaime! ¿No me creo yo que no haces el amor con tu mujer? ¿Y que te vas divorciar en cuanto puedas? ¿Por qué no te crees que me vaya con una amiga? ¿Y que encima me lo pague?

—No me vengas con chorradas que no es lo mismo

— ¡Ah! ¿No?

— ¡No! ¡En absoluto!

— ¿Por qué no es lo mismo?

—Sencillamente porque no me lo creo.

—Está bien. Créete lo que quieras como yo me creo lo que quiero. Pero ayer una amiga, - bueno todavía no lo es mucho, aunque eso es cuestión de tiempo-, me preguntó si me importaría acompañarla a Punta Cana, todo pagado, hasta las copas y a lo mejor hasta un modelito, y la verdad que me hizo ilusión, así que esta servidora se marcha a Punta Cana con tu permiso o sin tu permiso. ¿Qué te parece? ¡Así, por la cara!

—Pues, ¡oye, que te diviertas! Igual te va lo de lesbiana— Le contesté muy jodido

—Pues ya que lo dices, voy a decirte que no lo descarto, y que igual pruebo. ¿Por qué esperar a que me lo cuenten? ¿No me has repetido una y mil veces que hemos de estar abiertos a nuevas experiencias? ¿Qué estás por el matrimonio abierto?

— ¡Está bien, Adela! Haz lo que te parezca. Quizás cuando vuelvas…

— ¿Qué?— Dijo retadora

—Ya no me encuentres.

— ¡No me digas!

— ¿Que quieres que te diga? No me esperaba esto.

—Ni yo tampoco, cielo.

— ¿Y… cuando te vas?

—Pues…acabo de llamar a un taxi, en cuanto cuelgue pasaré por el hotel, dejaré el móvil a tu nombre, no sea que tengas tentaciones de llamarme, y de allí al aeropuerto donde he quedado con mi amiga, y volando…volando…a Punta Cana—. ¡Joder! Lo dijo con recochineo.

— ¡Muy bien, muñeca! ¡Que te diviertas! No olvides el bikini.

— ¡No me hace falta, querido! Con la gorra, las gafas y unos pareos voy sobrada. Además el que me regalaste está pasado de moda. De todas maneras muchas gracias por todo— Y la muy cabrona soltó una carcajada.

Sin poder aguantar más, ni desearle buen viaje, colgué con un golpe seco, apagué el cigarrillo y me quedé mirando el techo.

—Don Jaime, el Sr. Pujol, por la cuatro—. Sonó de nuevo el interfono. — ¿Se lo pasó? Lleva un ratito.

— ¡Dígale que se vaya a la mierda!

— ¿En serio?

—… Seguí sin habla.

— ¡Don Jaime! …¿Se encuentra bien?

—…dígale que estoy de viaje—. Rectifiqué envainándomela. — ¡Por favor, Teresa!, no me pase más llamadas. Me voy que tengo un consejo en “Catalana de Remolcadores”.

Me puse la chaqueta, y abandoné el despacho. Teresa me salió al paso para decirme que Marta había llamado varias veces a lo largo de la tarde.

— ¿Le ha dicho lo que quería?— Le pregunté sin mirarla mientras me ajustaba la corbata y buscaba las llaves del coche.

—Le he dicho que estaba reunido, y me ha replicado: ¡Como siempre!, y sin insistir ha colgado. Parecía muy tranquila, aunque ponía una voz muy rara. La última me ha contestado: ¡Pues que siga!

—Está bien. Gracias Teresa. Hasta el lunes.

—De nada, Don Jaime. Que tenga un buen fin de semana

Salí a la calle y empecé a sentirme raro, era una sensación extraña, casi como un presagio que se me hacía grande en la boca del estomago. Por primera vez en mucho tiempo me sentía perdido un viernes por la tarde, y como un autómata me dirigí al Pub de la esquina con Travessera de Gracia. Para mi desventura no tenían “varadero”, y me decidí por la ginebra, que me sentó como una patada en los huevos. Tres vasos, tres patadas que me dejaron los ojos vidriosos.

No me apetecía nada llegar a casa, sin embargo cuando llegué no era muy tarde, quizás las nueve. El portero, que en su garita estaba hablando por teléfono, me abrió la puerta del garaje después de saludarme con un gesto. Metí el coche, bajé la rampa, lo aparqué en mi plaza y vi que el X5 de Marta no estaba. Pensé que se habría ido de compras con Yolanda. Tomé el ascensor y mientras subía treinta plantas hasta el ático, fui ensayando ante el espejo la cara que debería poner para todo el fin de semana, incluso ensayé la bronca para desaparecer de inmediato de forma justificada, después de coger lo imprescindible para un par de días, si la cosa se presentaba chunga.

Al abrirse la puerta y salir al rellano me quedé perplejo. Más que eso, de piedra. Había dos maletas en el rellano delante de mi puerta. Las observé con detenimiento y no tuve ninguna duda de que eran las mías. Las miré por todas partes, incluso las rodeé sin atreverme a tocarlas. Las empujé con el pie y comprobé que pesaban. Parecían llenas. ¡Qué extraño!

Saqué la llave y me resultó imposible meterla en la cerradura. No había duda, era mi llave con la que había abierto toda la vida, y sin embargo en ese momento no entraba. Pulsé el timbre hasta que me dolió el dedo. Con mi móvil llamé a Marta y me pareció ridículo tener que dejarle un mensaje.

Me metí de nuevo en el ascensor y bajé furioso.

—Fidel, ha visto Usted salir a mi mujer— Fidel era el portero que mi suegro había colocado después de construir el edificio, haciéndole desertar de su oficio de albañil. Un tipo dispuesto, pero bastante artero. Le puse cinco euros en la mano.

— ¡Buenas noches, Don Jaime! Sí— Me dijo. — Doña Marta salió con su hija sobre las cinco y media.

— ¿Le ha dicho alguna cosa? — Seguí interrogándole.

— ¡Bueno…, sí!, Me pidió que la ayudará a subir unas maletas al coche y que le guardara el correo hasta que volviera. Por cierto, vaya problema con la cerradura, menos mal que el cerrajero ha venido enseguida.

— ¿El cerrajero…?

—Sí. Doña Marta me ha dicho que la señorita Yolanda había perdido unas llaves de casa y que si podía buscarle un cerrajero.

Como me pilló por sorpresa no puede cambiar la expresión de la cara.

— ¿No sabia Usted nada? Es un hombre honrado…

— ¡Sí, sí!—. Le corté el discurso. — Eso… ¿ha sido esta mañana o esta tarde?

— Esta tarde. Serían las tres y media.

— A ver, Fidel, ¿Tendrá Usted el teléfono de ese cerrajero?

— Por supuesto Don Jaime. ¿Ocurre alguna cosa?

— ¡ No!, ¡nada, nada! Haga usted el favor de darme su número.

—Si claro, lo tengo ahí en una tarjeta— Y se fue a buscarlo en el cajón de su mesa. Cuando volvió dónde yo estaba me dijo:

—También hay una carta para Usted que han traído esta mañana. Se lo dije a Doña Marta y me dijo que firmara yo el acuse de recibo y que se lo diera cuando lo viera, por si acaso ella tardaba.

— ¡Está bien! ¡Démela!—. Le dije. —Y apúnteme en un papel el número del cerrajero.

Mientras lo hacia me di la vuelta y leí el sobre. Era del Juzgado de Instrucción número 23 de Barcelona, dirigido a Jaime Portabella y Rius-Cubelles. La respiración se me hizo tensa y creo que perdí el brillo de mi bronceado. Rasgué el sobre, extraje el papel con el escudo de la Generalitat y el membrete del Juzgado y leí de un vistazo. Era algo a lo que estaba muy acostumbrado.

— ¡Me cago en la leche!— Me salió del alma. Lo volví a leer por si había algún error: “Dada cuenta. Visto lo interesado por Doña Marta Viladecamps y Roure, atendidas las circunstancias, y oído el Ministerio Fiscal, en espera de lo que resulte del expediente de separación y divorcio en su caso, y sin perjuicio, se acuerda dictar orden de alejamiento por termino de treinta días para Don Jaime Portabella, que se abstendrá de acercarse a menos de trescientos metros del domicilio conyugal, así como de Doña Marta Vidadecamps y de su hija Yolanda. Dése traslado de la presente a las partes interesadas y al Ministerio fiscal para que insten lo que en derecho proceda… Es de justicia. En Barcelona, a veinticinco...”

—Aquí tiene el número del cerrajero. ¿Ocurre algo, Don Jaime? — La voz del portero me sacó del abismo.

— ¡No, Fidel! Nada que no tenga arreglo —. Me guardé el sobre y el papel y me torné obsequioso. — Por favor, Fidel, ¿Le importaría bajarme las dos maletas que hay en el rellano, enfrente de mi puerta?— Le di diez euros. Aproveché para llamar a Yolanda que me contestó enseguida:

— ¡Hola, Papá!

— ¡Hola, cielo! ¿Dónde estás? ¿Y mamá?

— Mamá me ha dicho que estabas fuera y que ella se iba con una amiga de viaje. No me ha querido llevar y estoy con los abuelos. ¿Cuando vuelves? Es que me he dejado en casa la consola.

— ¡Vaya, lo siento! ¡No te preocupes, nena! en dos o tres días estoy contigo. ¡Dile al abuelo que te compre otra! ¡Te quiero! ¿Te ha dicho mamá donde iba?

— Creo que a Punta Cana.

Sin decirle nada cerré el teléfono para que no oyera que blasfemaba. Lo guardé. mientras el portero sacaba mis maletas al vestíbulo.

— ¡Fidel, espéreme!, saco el coche y me ayuda a cargar— Le dije un tanto hosco.

—No sé si se le van a caber las maletas en ese coche.

Aparqué en la puerta y la verdad es que para la pequeña el maletero era estrecho y la otra cabía de mala manera a mi lado en el asiento. Corté por lo sano.

— Fidel, ¿le importaría guardármelas? — Le solté veinte pavos.

— Por supuesto, Don Jaime. Lo que Usted quiera.

Metí primera y como si no le hubiera oído salí zumbando sin contestarle. El Lotus negro chirrió sobre el asfalto como una bestia.

El tren silbó dos veces.-

Hacía cuatro años que no sabía nada de él, salvo por alguna noticia de prensa o por el chismorreo de alguna amiga. En aquel momento estaba delante de mí, en la misma cola y entre ambos habría seis o siete personas. Me sorprendió muchísimo verle allí en el andén para tomar el tren a Barcelona. Carlota me había asegurado: De papá no sé nada. Paso completamente. Si no quiso venir a mi boda, ¿qué tengo que decirle ahora?

Cuando llegó al túnel del escáner metió su cartera de mano y la maleta, la que yo le había regalado por nuestro último aniversario poco antes del divorcio.

— Deberías comprarle una maleta nueva —me había dicho su enfermera días antes del congreso de Granada. — La que lleva está muy estropeada. Recuerdo que pensé: ¿cómo lo sabe ésta? Pero no le di más importancia. Siempre me había parecido algo descarada.

Después de pasar por el detector de metales mostró su billete a la azafata del andén y siguió andando. Lo vi envejecido, con los hombros caídos. Llevaba el pelo demasiado largo lo que acentuaba sus canas. Me pareció que aparentaba bastantes más años que los cincuenta y siete que tenía.

La misma azafata me indicó el segundo vagón, el mismo en el que él había subido.

— Bienvenida a bordo — me saludó otra en la puerta con una sonrisa. Me limité a hacer una mueca.

Cuando entré acababa de sentarse junta a la ventanilla. Estaba de espaldas, su maleta y la gabardina arriba en el estante y él acaba de desplegar el periódico. Quedaban muy pocos asientos vacíos. Miré mi billete y fui en busca de la azafata.

— Lo sentimos, señora, el tren va completo — me dijo — Puede Usted cambiarlo con algún pasajero — añadió el revisor que estaba a su lado, un joven delgado con traje azul marino y la cabeza rapada. Mi excusa por toda explicación fue que no me gustaba el asiento. ¿Qué otra cabía aducir? Podía hacer el viaje en la cafetería, pero casi tres horas de pie o mal sentada me pareció cruel para mi espalda y sin embargo estuve muy tentada de hacerlo.

Mi asiento era justo el que estaba a su lado. En un primer momento no me vio, pero después, como un resorte levantó la cabeza sorprendido y se removió inquieto en el asiento.

Coloqué mi bolsa y mi abrigo junto a sus cosas, me estiré la falda, me ajusté la chaqueta, me senté y saqué de mi bolso, “Arkansas”, el libro que acaba de comprar. Ni siquiera lo traté como a un desconocido. Como si no estuviera. No le dije ni buenos días. El tampoco me dijo nada, pero estuvo todo el rato mirándome de soslayo.

Luego pareció que volvía al periódico. Al lado tenia una revista médica. En pocos minutos arrancó el tren, lo que tardó la gente en ocupar todos los asientos. La melodía que sonaba,”Io, che non vivo senza te” de Pino Donaggio, se me hizo odiosa. De pronto me pareció que todos en el tren llevaban máscaras.

Escribí la fecha al iniciar el libro como siempre, e intenté leer. Miré el índice y ojeé varias páginas. En la primera coincidí con la cita de Oscar Wilde: “Intenté escapar como un venado herido hacia Arkansas”, Yo quería escapar a cualquier parte pero lo único que hice fue agitarme en el asiento. Igual que él. En la televisión empezaba una película de Robert de Niro. Yo fingí que leía.

Veintiséis años casada marcan, y sin embargo en ese momento lo veía como un extraño, aunque sabia de él casi todo. Sus olores agrios, su espasmos digestivos, su halitosis matutina, su estruendosa manera de sonarse, su andar chulesco como si fuera Richard Widmark, la puntilla que exigía al huevo frito, el color hueso de sus pijamas de seda, sus opiniones dogmáticas sobre todo ¡como si pontificara!, la marca de su ropa intima y su perfume preferido. Quizá esto último hubiera cambiado y dependiera en ese momento de su última acompañante. Una amiga me había cotilleado que la enfermera ¡pobrecilla!, la que fue como la última gota que desbordó el vaso, lo dejó a los cinco meses, cuando todavía no era firme la sentencia de divorcio, y que la última era una dama recién separada muy conocida en el Real Club de Tiro.

El dobló el periódico y abrió la revista. Yo cerré los ojos, mi libro quedó medio cerrado entre mis manos encima de la falda. La gente miraba la película.

Ni siquiera había sido un buen esposo, tan solo un amante mediocre y escaso. Tampoco había sido un buen padre. Cuando nació Javier, estaba en un congreso en Chicago y el ramo de flores que envió su enfermera por indicación suya, llegó antes que su llamada. Cuando la niña, tuvo que inscribirla mi padre en el Registro porque él estaba muy ocupado. Luego nunca jugó con ellos, ni les contó un cuento, ni les acompañó a la playa, ni les hizo una foto. Todas las había hecho yo. Solo una vez le vi jugar al ajedrez cuando Javier ya adolescente le puso el tablero delante y porque le mató la reina y un alfil, dejó la partida a medias. Fue un día de Navidad.

Abrí los ojos, cerré el libro y lo guardé. Busqué una revista.

¿Iría a un congreso a Barcelona? ¡También sería causalidad!, pensé. Al menos estará en el terreno de su hijo. Nunca comprendí muy bien porque Javier había elegido ser psiquiatra.

Desde nuestro divorcio no se hablaban, aunque había oído que solían discutir sus opiniones médicas en los congresos como si fueran dos desconocidos, incluso lo hacían con más ahínco. Tanto Javier como Carlota habían tomado partido por mí desde el primer momento, y eso él no lo perdonaba. ¿Qué otra cosa podían hacer? Al fin y al cabo yo había sido su padre y su madre.

Robert de Niro estaba en la pantalla.

De pronto sonó su teléfono y de reojo vi que miraba y dudaba.

— Si, dígame — Respondió autoritario. Se quedó muy callado. Solo una vez habló con ansiedad:

— ¿Qué pasa? Y volvió a enmudecer. Solo de tanto en tanto asentía.

Me concentré en la revista, pero no lograba seguir el artículo sobre los “Oscars.” Intenté pasar, ignorar que estaba allí, no oír lo que hablaba, incluso desnudé a Bardém.

Seguramente estaría hablando con algún ayudante o le estarían informando de algo referente a su cátedra. Sin embargo lo percibí nervioso. Sabía distinguir cuando algo le preocupaba. La conversación fue demasiado larga.

— ¿Cómo…?— Por el tono en que lo dijo intuí algo raro. Y se quedó mudo.

—. Si…Si… llego a mediodía. Si…Te veré…Si…Si…—. Lo fue diciendo despacio como apagándose. Y se quedó mirando el teléfono.

Luego como si no fuese conmigo, como si hablara con el respaldo del asiento que tenia delante, dijo sin vocalizar apenas:

–– Javier. Era…Javier…— Se quedó con los ojos fijos. Abiertos. Muy abiertos. Despacio, de forma mecánica, guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta. Yo también me quedé muda mucho rato. Esperaba que me dijera alguna cosa. Cuando perdí la esperanza, pregunté:

— ¿Ocurre alguna cosa? —. Me miró, y sacudió la cabeza. –– No sabia que te hablara — le dije.

––Tampoco tú me hablas —Contestó. Cerré la revista, inconscientemente me llevé la mano a un colgante que llevaba al cuello en un gesto mecánico y evité hablar. ¿Para qué?, pensé. Y me envolví en un silencio que se hizo espeso. El explotó:

–– ¿Sabias que era homosexual?— La pregunta fue como un tiro Me tomé mi tiempo. Abrí la revista y la volví a cerrar. La volví a abrir y con rabia le miré. Me aguantó la mirada. Ya ni le odiaba.

–– Desde que tenia dieciséis años –– Le contesté muy segura, incluso me sentí bien. Como si le clavara una daga. — Me lo confesó una noche después de venir de una acampada — Me recreé al decirlo. — ¿Te parece mal? — Añadí. Enseguida me arrepentí de ello, pero ya era tarde.

— ¿Y por qué nunca me lo dijisteis? — Lo soltó como una acusación. Con la exigencia de un dios derrotado.

–– Nunca quisiste saberlo — Y me paré. Tomé aliento y seguí: —Nunca te importó a qué guardería fueron, o quienes fueron sus amigos, o sus canciones preferidas— Me sorprendí a mi misma tan lanzada —¿Te interesó saber qué les emocionaba? Tus regalos de cumpleaños, que era yo quien te recordaba, se limitaban a una orden: ¡Cómprales cualquier cosa! Ni siquiera preguntabas si les había gustado cuando te daban las gracias— Se quedó callado. Yo continué como una autómata, a riesgo de que no me escuchara. Un señor mayor que estaba en el asiento de delante se volvió a mirarme. Tuve que bajar la voz.

— ¿Fuiste tú a hablar con su maestra cuando vinieron con piojos? ¿Y qué sabes de la navaja cuando le robaron el reloj? Fui yo quien le explicó al chico lo qué era una polución. Y de las cosas de la niña no hablo. A ti solo te preocupaba que no dieran gritos mientras jugaban.

Para no alterarme imaginé que fumaba, y con el humo que expiraba expulsaba la rabia que tenia dentro. Lo necesitaba tanto que incluso abrí el bolso en busca de un cigarro. Desde el divorcio que no lo hacía. El sitio era perfecto. En otro lugar, en otro momento, se hubiera puesto a vociferar, y en último caso hubiera dado un portazo y hubiera huido, como siempre había hecho.

— ¡No sigas, por favor!— suplicó. Lo dijo de tal manera, que me cortó el arrebato. Nos quedamos en silencio e hicimos como que leíamos. El su revista médica y yo mi Fotogramas. Imaginé que apagaba mi cigarro, como deseaba ahogar mi rabia. El pasaba una hoja y al poco volvía al principio. Yo ni siquiera cambié de hoja. Así casi una hora. De pronto, sin dirigirse a mí, como si hablará para si mismo siguió:

— Quiere que hablemos. No se ha inscrito en el Congreso…En su casa. Y que no te diga nada.

Yo no supe como reaccionar y dejé de leer. Dejé de fingir que lo hacía.

En ese momento sonó mi móvil. Y apresurada lo puse al oído. Escuché unos segundos y casi di un salto en el asiento.

— ¿Cuándo…? ¿Tres ochocientos?... ¿Están bien…? — Me di cuenta que él me estaba mirando, pendiente de lo que decía. — Llegaré a mediodía…. ¿En qué hospital?... Y colgué. Yo ya sabía que era un niño. Pero lo esperaban para la próxima semana.

El seguía expectante, y sin poder evitar sonreírle - por qué tenía que hacerlo-, le dije:

— Es Oriol, el marido de Carlota.

No me dijo nada. Yo tampoco durante veinte minutos.

Después puso su mano sobre la mía. La revista le cayó al suelo. Fue su único gesto tierno que recordaba. Después apartó su mano de la mía para recogerla y yo me sentí aliviada. Se levantó y creo que fue al retrete, me pareció más encorvado.

Aproveché para llamar a Javier. ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! Cuando terminó de hablar solamente pude decirle que le quería. Ni siquiera le hablé del niño de Carlota, aunque quizá ya lo sabría. Aparté el teléfono de mi oído y se apagó solo.

Cuando volvió yo no sabia que hacer ni con el teléfono ni con la revista. El ni siquiera miraba por la ventana. De Niro estaba en la pantalla y todos seguían con las máscaras puestas. Por fin me atreví a decirle:

—El Sida…no es patrimonio de los homosexuales —. No me contestó.

Silbó el tren como un aullido. Guardé el teléfono y me agarré al colgante. Robert de Niro me miraba. El tenía cerrados los ojos y la mano sobre la boca. El tren silbó dos veces. Como dos aullidos.

.

¿Qué hago con tu paquete?

¿Cómo he podido bajar la guardia? No sé, quizás el sueño, las prisas o ambas cosas. Lo cierto es que esta mañana, que llegaba tarde al trabajo, he visto encima de la mesa el aviso de correos y se me ha ocurrido encargarle a Marta, que pasara a recogerlo. Ni siquiera he tenido la precaución de mirar quien era el remitente.

Serían aproximadamente las doce cuando Mayte, mi secretaria, me ha dicho:

—Don Jaime, su esposa al teléfono, por la línea cuatro. Ya ha llamado tres veces.

— ¿Y qué? Dígale que estoy reunido, que le diga lo que quiere o que ya la llamaré en cuanto pueda.

—Ya lo he intentado y me parece muy enfadada. Me ha dicho que lo que tiene que decirle es muy personal y no necesita intermediarios, y que para intermediarios su padre.

— ¿Mi padre?

— ¡No, el suyo, leches!

— ¡Joder! ¿Te ha parecido muy enfadada?

—Eso he deducido de sus palabras.

—Qué palabras exactamente

—Pues exactamente me ha dicho: “Guapita, dile al imbécil de tu jefecillo que se ponga o le llamará de verdad el Jefe”. Así de seria. ¿Tú que crees?

— ¿Eso te ha dicho?

— ¡Si, querido, textualmente!

—Bueno, dígale que estoy reunido con unos alemanes y que la llamo en veinte minutos. ¿Entendido?

—Por supuesto.

—Y no me pase más llamadas, señorita Mayte.

—Como Usted diga, Don Jaime.

La verdad es que no he tardado ni tres minutos en llamarla:

— ¿Qué pasa, cielo? ¡Vaya mañanita que llevo! He salido un minuto de una reunión. ¡Dime, cariño! ¿Qué pasa?

—Pues si supieras la mía— Me ha dicho con la respiración contenida y de pronto me ha soltado: — ¿Que hago con tu paquete?

— ¿Con mi paquete? ¡Cari! ¿Hace falta que te lo cuente?—Le he dicho en plan de guasa.

—No me vengas con gilipolleces y dime que hago con él— Noté que el transportista venia trompicado.

— ¿Qué paquete?— Le dije sin entender de qué iba.

— ¿Cual va a ser? El de correos. ¿No me has dicho esta mañana que lo recogiera?

— ¡Ah, Si! Pero ¡coño, Marta! para eso me llamas, pues déjalo ahí y ya lo abriré cuando vaya. Ya creía que era importante.

— ¿Y si es importante?

— ¡Por Dios, Marta! que tengo mucho trabajo.

—No lo dudo. Y hasta comprendo tus horas extras—. Me dijo sarcástica.

— ¡Para! ¡Para! …no sé porque deduzco que pasa algo raro. Que lo has abierto. ¿Lo has abierto?

—Claro, por si era importante.

— ¿Y…?

—Y ya creo que lo es, además de sexy, con estilo y de marca. ¿No te lo imaginas?

— ¡Déjate de misterios y adivinanzas! ¿Quieres hacer el favor de decirme de que coño se trata?

—Naturalmente, leo palabra a palabra con puntos y comas, ¡Escucha!: “El Hotel Princesa Sofía tiene la atención devolverle el objeto que al parecer el pasado día 30 de Junio coma viernes coma se dejó olvidado en la habitación 1513 punto Confiamos que nuestros servicios hayan sido plenamente satisfactorios y tenga a bien de nuevo contar con nosotros punto Firmado el Director del Hotel punto Joan Vendrell”—. Y cambió el tono para subrayarlo: —Lo que suele hacerse con los buenos clientes.

— ¡Marta, por Dios! ¡Déjate de chorradas! ¿Quieres decirme de una puta vez que había en ese paquete? ¿Has dicho del Hotel Princesa Sofía?— El estómago se me hizo pequeño.

—Así es, querido.

—Joder, pues no sé, pero me extraña, porque hace más de dos años que no reservamos en el Princesa Sofía—. Intenté decir con aplomo

—Pues mira, de la marca “Bárbara”, unas braguitas preciosas, que casi parecen un tanga.

— ¡Estas de coña!—. Dije intentando recuperar la posición.

—De coña estará tu santa madre, aunque tú seas el mayor hijo de puta que haya parido esa santa.

— ¡Mira, nena! No tengo ni pajolera idea de lo que me hablas.

—Normal, nunca has sido muy inteligente. En algunas cosas casi fronterizo. ¿De verdad, quieres que te lo cuente?— Cuando oí eso decidí cambiar de táctica a la desesperada.

— ¡Me cago en la leche!— Y ya no la dejé hablar. —El cabrón de mi amigo Diego ya me la ha metido de nuevo. ¡Esta vez me la paga! Le gasté una broma el otro día y ahora me la ha devuelto. Será baboso, el tío. ¡Escúchame, nena! ¿No habrás pensado nada raro? ¡Que yo soy muy serio! ¿Pero tú crees que si yo tuviera un lío iba a ser tan idiota de dejar pistas? Además, ¡Que no, nena! Si te tengo a ti que eres lo mejor del mundo y no te acabo. Pero si me faltan ojos para mirarte a ti sola y no me termino de creer la suerte que tengo. Ahora…¿Sabes que te digo? que Diego se va a enterar estar vez. Que ha ido demasiado lejos. Le voy a enviar a su mujer una muñeca hinchable como si le hubiera tocado por asiduo en un club liberal de intercambio de parejas. ¡Vas a ver tú, cómo se va a poner tu amiga Sandrita!

— ¡Oye, Jaime, no te vayas a pasar, que Sandra es muy celosa y es mi amiga!

— ¿Ah si? ¡Y a mí que me den! Yo no soy amigo de nadie y tú estas ahora por culpa del cabronazo de su marido como una víbora encima de la moto.

— ¡Mira! le voy a llamar a Diego y le voy a decir cuatro cosas.

— ¡Ah no, ni se te ocurra! Antes ese tío se va a enterar.

— ¡No, Jaime, deja! No armes más lío, que ya le voy yo a soltar dos frescas.

— ¡Bueno, nena, como quieras! pero ya sabes que estas cosas no me gustan. Mejor tranquilízate y lo hablamos esta noche cuando vuelva. O estoy pensando, ¿porque no te vienes y comemos juntos? ... ¡Anda, vente y nos damos un homenaje!—. Mientras se lo pensaba, hice una pausa y antes de que se decidiera me adelanté a ella. — ¡Espera que mire la agenda!—. E hice como que lo comprobaba mientras miraba por la ventana. Y seguí:

— ¡Ay, qué pena, cariño! Hoy como con el Director General de Industria. ¡Imposible! Si es que no descanso. Con la ilusión que me hacia. ¡Mira! Hacemos una cosa, te cambio la comida por el bolso de Louis Vuiton que me dijiste el otro día. ¡Vas esta tarde y te lo compras! O sino mejor, colocas a la nena con tu madre, y nos vamos el próximo fin de semana a Granada, creo que no tengo ningún compromiso. ¿Qué te parece?...Piénsatelo… Me encantaría, ¡Cielo! Lo que me importa es verte feliz. Sabes que te quiero— Contrarrestada la ofensiva, era el momento de la retirada. — ¡Nena, te dejo! que me buscan para la reunión. ¡Vaya coñazo! Nos vemos esa noche. Un beso… Yo también—. Y colgué aliviado, pero con mala hostia. Luego le llamé a mi amigo Diego y se lo conté por si acaso, y el muy cabrón no hizo más que descojonarse de risa.

Cambié de teléfono y marqué de nuevo:

—Adela, ¿cómo saliste el otro día del Hotel?

— ¿Como quieres que saliera? Muy cabreada— me dijo toda seria

— ¿A pesar del ramo de flores y del móvil?

—Eres un cretino, ¿Crees que con eso se arregla todo?

—No en absoluto, creo que me faltó enviarte unas bragas.

— ¿Por qué dices eso? — me respondió intrigada

—Porque te marchaste sin ellas, cariño.

— ¿Ah si? ¿Y cómo lo sabes?

—Porque me las quedé. Era como tenerte conmigo a todas horas.

— Eres un cabrón zalamero que me puede.

— ¡Tú si que me pones! De todas maneras… ¿Sabes qué? Por si acaso, el próximo viernes, vente sin ellas ¡Preciosa!, quizás así me quede contigo todo el fin de semana. Te prefiero a ti antes que a las bragas. Pero, ¡cariño! iremos al Juan Carlos Primero. ¿Qué me dices? …¡Eres un tesoro! Mientras colgaba he pulsado el interfono.

— ¡Señorita Mayte!, pase y le dicto.

Ha entrado sin llamar y le he dicho:

— ¡Siéntese! Y así por lo bajo, como si nada: —Cada día estás más buena. ¿Dónde comes hoy? Y con el lápiz en la boca, me ha contestado: —En casa, con mi marido.

— ¡Joder, hija, cada día estás mas estrecha!

— Y tu, cada día más salido. En Barcelona, a nueve de junio de dos mil ocho. ¿Para quién es la carta?

— Señor Director del Hotel Princesa Sofía. Muy señor mío… Por la presente, etcétera, etcétera… ¡Bueno, ponlo como quieras! pero dile que antes de enviar un paquete a mi casa, que me llame antes por teléfono y que no sea tan capullo, etcétera, etcétera. Atentamente. Firmado. Jaume Portabella.

Me quedé sin zapatos.-

— ¿Quieres hacer el favor de estarte quieta? ¿Pero que coño haces? ¿No se te ocurrirá tirar los zapatos por la ventana? ¡¡Adela!!

Después de mas de dos horas de retozar y mas cosas, se me hacia tarde. Acaba de salir de la ducha envuelto en una toalla, donde me había quitado de encima el “Crystal Noire” de Versace y el pringue de champán y fresitas que llevaba desde la punta de la nariz hasta mas abajo de la entrepierna, y buscaba mi ropa que estaba tirada en una silla de una habitación de la planta 15ª del Hotel Princesa Sofía.

Adela andaba descalza, medio envuelta en una sabana que había arrancado de la cama y con toda decisión arrojaba mis zapatos por la ventana.

— ¡Pero estás loca! ¡Coño! ¿De qué vas?— Me asomé a la ventana para ver donde caían. Los calcetines volaban. Menos mal que no partieron a nadie la cabeza.

Me quedé mirándola con la boca abierta. Y me soltó:

— ¿No quieres irte? Ya tardas. Los zapatos ya los tienes en la calle.

— ¡Dios mío! ¡Es la segunda vez que me pasa!

— ¿Qué dices?

— Nada.

— ¿Qué dices de la segunda?... ¡Eres un cretino y un hijo de puta!

— ¡Y tú, una loca de atar!

—Ahora ya puedes irte con tu mujercita.

—Por supuesto. Al menos no me tira los zapatos por la ventana.

—A saber lo que se tira.

— Ni se tira nada, ni me da los disgustos que tú me das.

—Tampoco te da los gustos que yo te doy.

— ¡Por favor, Adela! ¡Eres injusta! Sabes que no me puedo quedar—Dije vocalizando.

— ¡Encima! Yo soy la injusta, y tú te vas. Me quedo sola todo el fin de semana y tú te vas con ella a la que no amas. Y yo soy la injusta, la que dices amar.

— ¡Por favor, nena!, sabes que entre Marta y yo ya no hay nada.

— Entonces, no te vayas.

— ¡Adela! sabes que te quiero, y nunca te he mentido. Pero tengo que irme.

— ¡Vete a la mierda!

— ¡Cielo! ¿Quieres razonar…? ¿Te he mentido alguna vez? Lo dejamos claro desde el primer día. ¿O no?

— ¡Estoy harta! ¿No te ibas a separar? Ahora ni lo dices.

— ¡Cariño! te pedí tiempo. Dáme tiempo.

— ¿Más? ¿Cuánto más? Me tienes así ocho meses. Ayer los hizo. Ni te acordaste.

— ¡Adela, por favor! ¡entiéndelo! Está Yolanda por en medio.

— Si, ¡claro! ¡Tu hija! La niña… no está preparada— Dijo imitándome. — ¡Hay que preparar a la niña!

— ¡Joder! Adela, ¿es que no lo entiendes? ¿Qué pretendes que se traumatice la niña? ¿Que vaya de psiquiatra en psiquiatra toda la vida?

— ¡Eso! Además de injusta, ahora soy responsable de las neuras de tu hija.

— ¡Por Dios, Adela! ¡No exageres las cosas! ¡Coño! ¡No entendéis nada! ¡No entiendes nada!

— ¡Sí! ¡Claro! ¡También soy burra!—.Y añadió: —Como tampoco comprendo lo de tu empleo. ¿Verdad?

— ¡Coño! ¡Vaya! ¿Ahora sales con eso? ¿Será posible?

— ¿Qué te crees, que soy tonta? Ni un cigarro duras en la fábrica.

— ¡Sigues siendo injusta, Adela! Te he dicho mil veces que no necesito a mi suegro para nada.

— ¡No, claro! el señorito dirige la fábrica por méritos propios.

— ¡Mira! ¿Sabes que te digo? Que estás espesa. Espero que el fin de semana restaure tus neuronas. Te llamaré el lunes—.

— ¿Cómo?— Dijo arrastrando la ultima silaba. —¿Qué tampoco vas a llamarme en todo el fin de semana?

— ¿Para qué? ¿Para que me montes otro pollo?

— ¿Otro pollo?... ¡Cariño, tienes razón! El pollo te lo va a montar tu putisima madre. No me llames—. Me arrancó la toalla y me dejó en pelotas. Tiró la sabana que la envolvía sobre la cama y se ató la toalla por encima de las tetas. Su silencio me alarmó. Buscó su bolso, sacó un cigarrillo, lo encendió, tomó el móvil, abrió la ventana, se volvió de espaldas, me miró a los ojos y lo tiro por encima del hombro. A continuación expulsó el humo y dibujó una mueca como si fuera una sonrisa. Me quedé pasmado.

— ¡Estás como una cabra!— Le dije incrédulo mientras recogía mi ropa. Ella, mientras fumaba tranquilamente, observaba cómo me vestía. Me acerqué para darle un beso y me tiró el humo a la cara. Tomé el maletín, y con un portazo abandoné la habitación.

Mientras bajaba en el ascensor dudé si ponerme la corbata. La doblé y la metí en el bolsillo. En el espejo me vi con el maletín en la mano, mal peinado, con ojeras, de traje azul marino, camisa azul claro, sin calcetines ni zapatos.

En el octavo paró el ascensor y subieron dos franceses que se quedaron mirándome los pies, y luego de arriba a bajo. Me dieron la espalda y comentaron sin disimulo:

—¿Où il aura perdu ce fou les chaussures?

—Vous ne seront pas préoccupées, je les perdi quand la prise de la Bastille. Les dije con una mueca. Pararon de reír en seco. ¡Estaba yo para tonterías!

Me acerqué al mostrador, pagué la habitación y la botella de champán con la tarjeta de crédito. Como todos los viernes. Después le pregunté al recepcionista si había cerca una zapatería y me dijo:

—Señor, al salir, sin dejar la acera a la derecha la verá Usted en la otra esquina—. Lo jodido era que además llovía.

—Mejor pídame un taxi—. Le dije.

— Como Usted quiera, Señor— y le di diez euros de propina. Cuando llegó el taxi quiso acompañarme con el paraguas y me quedé mirándome los pies. Él, muy profesional, se sonrió, me hizo un gesto con la mano, sacó dos bolsas de plástico de debajo del mostrador y me indicó que me las pusiera en los pies con cinta adhesiva. Nos pusimos a reír los dos. ¡Qué remedio! Las bolsas, la cinta y acompañarme al taxi con el paraguas me costaron cinco euros más.

—Lléveme al Corte Inglés si no le importa— Le dije al taxista de muy mala hostia. A continuación llamé a casa.

— ¡Marta, cariño! ¿Me has preparado la ropa? … ¡No me jodas! ... Si te lo dije. ¿No te acuerdas? ... Claro que te lo dije… ¡No sé en que piensas! ¡Joder! ¡Últimamente estás en la parra! ... ¡Escúchame y no me grites!.... ¡¡Escúchame, Marta!!....... Te dije que me iba a Hamburgo este fin de semana…. No te oigo ¡Vaya, hombre, ahora se ha cortado!—Colgué el teléfono y volví a marcar pasado un minuto.

—Se ha cortado… Bueno, ¡cari! Es igual, no importa… ¡No importa! …. No te preocupes. Ya me apaño como pueda…. Ahora. Salgo ahora, dentro de un rato…. ¡Nooo! No hace falta que me traigas nada. Ya me apaño. Total solamente son dos días. Quizás si todo va bien mañana noche estaré de vuelta, o el lunes. Ya te llamo…... Dale un beso a Yolanda y cien para ti. ¡Te quiero, cielo! — Y colgué. No sé porque coño me tuvo que mirar el taxista por el espejo.

Abrí el maletín y saqué el otro teléfono.

— ¡Ague!— Aparté el teléfono de la oreja. — Ya sé que habíamos quedado a las siete y media, pero se me ha complicado el trabajo…. Escucha. ¿Has confirmado la reserva?... ¡Eres un sol! Oye una cosa. Mientras llego, pasa por la farmacia y cómprame un cepillo de dientes de cerda dura. ¿Pasta, tú llevas, no? Vale, te recojo en la esquina en menos de una hora. A la ocho y media. Eso. Te adoro...

—Doce euros— Me dijo el taxista al parar, mirándome por encima de las gafas.

—Un momento— Saqué una tarjeta de visita y apunté por detrás: dos camisas, dos calzoncillos, dos pares de calcetines, espuma de afeitar, maquinilla, desodorante y crema facial. Los zapatos no era necesario apuntarlo. — ¡Ah!— y anoté: Mandar ramo flores a Adela y móvil. Me guardé la tarjeta. Luego pensé: A ver como coño salgo yo del taxi con las bolsas de plástico.

Le di quince euros al taxista. Me devolvió tres y se quedó sin propina por mirarme mal.

¿Y el coche? ¿Dónde coño habré dejado el coche? Pensaba mientras entraba en la tienda. Le gente me miraba los pies.

La apuesta.-

Sin el ruido de las chicharras el silencio hubiera sido insoportable como lo era el calor y el miedo. Serían las tres de la tarde y yo intentaba echar una cabezada sentado en la mecedora detrás de la puerta entreabierta de la casa. No corría ni un soplo de aire y el sol aplastaba la calle.

La casa estaba al final de una carretera estrecha que partía de la nacional 230 junto a otras alrededor de la taberna y la Iglesia. No serían más de treinta. Todas eran parecidas, de dos plantas, abajo se vivía casi siempre en la cocina, luego estaba el corral donde estaban las gallinas y el establo al fondo con la mula, y arriba se almacenaba lo que daba el campo.

Había abandonado aquella casa y aquel lugar con doce años para convertirme en el chico de los recados en un almacén de coloniales. Mi hermano Juan, que era mayor, se ocupaba de las tierras. La verdad es que daban para poco. Mi padre tampoco daba para más. No había sitio para mí ni para mis hermanas que también habían marchado a servir en buenas casas, al menos eso decía mi madre.

A los dieciocho pasé a chofer de los dueños, un matrimonio de comerciantes pudientes, y confidente de sus hijos, especialmente del señorito Julián Hervás, un tipo engominado y caprichoso, estudiante de medicina, falangista con pistola, que le encantaba salir en grupo por las noches a amedrentar obreros sindicalistas y rojos hijos de puta. Esto fue antes de que empezara la guerra.

Cuando esto, tendría yo veinte años y mi hermano Juan estaba en el frente y yo esperaba que me llamaran de un momento a otro. Era el verano del treinta y siete El almacén de coloniales había sido requisado y por supuesto todos los víveres y yo me había quedado sin trabajo. Mis amos hicieron lo que pudieron para esconderse y pasar desapercibidos. Para matar el tiempo y sacar algún dinero jugaba algunas partidas de pelota, hasta que también cerraron el trinquete. Mis padres habían fallecido los dos. Ella al poco de empezar la guerra y él nueve meses después. Julián, acojonado, me suplicó que lo escondiera en el pueblo y lo hice porque sabía que lo andaban buscando.

Cinco semanas hacia que había vuelto y vivía con una tía soltera hermana de mi padre, que tenía la mitad de la casa en usufructo. Estaba sorda y era algo tonta aunque algunas veces se hacia mas de lo que era.

Creo que lo que me despabiló no fue el ruido del motor, sino cuando callaron las chicharras y el pánico y el silencio lo impregnaron todo. Hasta las sombras huyeron.

El camión era pequeño, y destartalado. Lo habían requisado a un ganadero de la provincia. Estaba en mitad de la calle y de la cabina habían bajado dos hombres. Otros dos lo hicieron de un salto desde la caja sucia y polvorienta, todos iban armados, y uno dijo fuerte:

— Es aquí. El numero siete. — La saliva se me hizo agria. Sabían donde iban.

Antes de que abrieran la puerta del todo de una patada uno de ellos manipuló el cerrojo del Máuser, los otros tres lo llevaban colgado al hombro.

— ¿Tu eres Hervás?— me dijo uno, amenazante. Negué repetidas veces con la cabeza. La garganta la tenía seca. Al que me hablaba le llamaban Roger, era cabezón, de pelo claro y puntiagudo, bajo y ancho y andaba como si tuviera los huevos escocidos. Era quien ostentaba más autoridad. Los cuatro llevaban alpargatas de esparto atadas con cintas negras.

— ¿Dónde está? —dijo Roger. Me encogí de hombros, incapaz de decir una palabra.

— ¿No sabes hablar?— insistió mientras me empujaba sobre la mecedora.

— No lo sé — contesté sin mirarle.

Apartando la cortina que separaba la entrada del resto de la casa apareció mi tía.

— ¿Qué pasa aquí? —Preguntó sorprendida. Le afloró el miedo al ver los hombres y las armas.

— ¡A callar, abuela! — Roger bajó el fusil del hombro y lo apoyo en el suelo, y señalándome le dijo:

— ¿Quién es este? — mi tía haciéndose más sorda y más tonta no le contestó.

— ¿Qué pasa Miguel, qué quieren?— se dirigió a mi más fuerte de lo que acostumbraba, quizás para hacer patente su sordera.

— No lo sé, tía, preguntan por una persona — dije vocalizando con exageración para dejarla al margen.

— ¡No te hagas el idiota! — Intervino Roger — Sabemos que eres Miguel Recio y trabajabas en Coloniales. Vas a decirnos donde está ese hijo de puta.

Les dije que no sabía nada de él desde los primeros días de la guerra, que quizás se había pasado con los insurrectos.

— ¡Risueño, registra la casa! — Este descolgó el fusil de hombro, apartó la cortina y penetró en la casa seguido de mi tía. Era el mas alto de los cuatro, flaco y desgarbado, llevaba el pelo rapado y una camisa rayada con las mangas dobladas. Las perneras le venían por encima de los tobillos y los tirantes le subían los pantalones más arriba de la cintura. Torcía un poco la boca y parecía que sonreía, por eso lo llamaban Risueño.

— Tú también. — Le dijo a Fajardo que aparentaba unos treinta. Tenía entradas en el pelo y parecía mas calvo. Obrero desde los doce años en una fábrica textil formaba parte de la dirección del sindicato, llevaba medio cigarro apagado en la boca y una camiseta sudada. Registraron la casa sin resultado. Irritado Roger tomó la pistola que llevaba al cinto y me la puso en la boca.

—Dime donde esta ese cabrón o te saco la lengua por el culo—. Mi tía salió espantada de detrás de la cortina. Roger le dijo a Risueño:

— ¡Encierra a esta puta vieja donde puedas, y que no joda!

Bajé la frente y no dije nada, aunque estuve a punto de hacerlo. Roger me levantó de una patada. Risueño y Fajardo me obligaron a subir al camión y a que me sentara. Ellos hicieron lo mismo. El otro se puso el volante y Roger a su lado en la cabina.

A la salida del pueblo, ordenó que pararan y me hicieron bajar. Las piernas me temblaban.

— ¿Qué pasa? — preguntó uno.

— ¿Para qué vamos a llevarle? dos tiros y a tomar por culo.

—No jodas, Risueño. Hay que llevarlo al Tribunal — dijo Fajardo.

— ¿Por qué esperar? Sabemos que miente.

— ¡Que no! —Cortó Roger. — Hay que hacer bien las cosas. No puede aparecer aquí muerto.

—Podemos decir que intentaba escapar.- Dijo Risueño.

— Mejor en la tapia del cementerio, como al otro— dijo el conductor del camión.

— ¡Vámonos! — ordenó Roger.

Me hicieron subir, pero esta vez me ataron las manos y me quitaron los zapatos. El camión arrancó de nuevo.

Fajardo sacó una petaca con picadura y se la ofreció a Risueño que lió un cigarrillo. Cuando pasaba la lengua por el papel noté seca la mía. Sacó un cordón de mecha, le dio un cachete al rodillo del mechero y con el pulgar acercaba el cordón a la chispa. Fajardo sacó papel de un librillo, esparció tabaco sobre él, guardó la petaca, lo pellizcó con los dedos, y con un gesto rápido lo lió con dos vueltas a pesar del movimiento del camión, que daba continuos saltos. Pasó la punta de la lengua por el papel y volví a sentirla como si fuera de esparto. El sol seguía machacándolo todo. Pasó el dedo satisfecho y le pidió a Risueño la mecha, prendió el cigarro y le dio una calada profunda, después me lo ofreció como si no pasara nada.

— Prefiero un poco de agua— le dije.

Devolvió la mecha después de apagarla y no me hicieron ni puto caso. Parecía que competían por ver quien fumaba más despacio. Cuando Fajardo tiró la punta de su cigarro por encima de la barandilla se levantó y dio una palmada en la puerta de la cabina.

— ¡Pásame el botijo!— dijo gritando. Cuando lo tuvo en la mano lo agitó e hizo un mal gesto. Yo seguía con las manos atadas. Lo levantó para beber y unas gotas humedecieron sus labios.

—Me cagó en Dios—. Y bajó el botijo.

—No queda—. Me dijo por joder. Las gotas de sudor me resbalaban por la cara.

—Mas adelante hay una fuente—grité. Fajardo levantó los hombros como si no le importara.

— ¿Dónde? — preguntó Risueño.

—A la izquierda, al pasar el cerro—. Luego me arrepentí. El miedo de que me dejaran en la cuneta con un tiro en la nuca era más fuerte que la sed, y pensarlo me produjo una arcada.

Poco antes de llegar a la fuente, Risueño golpeó otra vez el techo de la cabina.

— ¡Para!— El camión se detuvo y Roger sacó la cabeza.

— ¡Qué pasa ahora!

— Vamos a llenar el botijo—. El calor era asfixiante.

Bajaron todos y se echaron agua por la cabeza y la espalda. A mi me dejaron en el camión, luego permitieron que bajara.

Roger se había mojado la camisa y los pantalones y empezó a sacar lo que llevaba en los bolsillos. Entonces vi en un sobre mojado mi nombre, el de Julián y otro. También sacó un guante de jugar a pelota. Y sin saber cómo le pregunté:

— ¿Juegas?

— Y a ti qué coño te importa— me contestó muy desabrido.

— Está nuevo— Dije refiriéndome al guante. Pero ya no me contestó. --Yo solía jugar en la cuerda— Añadí. —Aunque hace tiempo que no juego—. Me miró de arriba abajo como midiéndome. Luego ordenó seguir la marcha. Me subieron a empujones y me abrí una brecha en la rodilla. Ya nadie dijo nada. En silencio llegó la tapia del cementerio.

Paró el camión y a lo lejos sonaron las cinco, el calor seguía inmenso. La tapia que no era muy alta daba una raya de sombra negra como una esquela.

Me empujaron para bajar y descalzo caí de bruces. Entre Fajardo y Risueño me llevaron a la tapia y me ataron los pies. Roger tenía la pistola en la mano. Luego se alejaron diez pasos y montaron los cerrojos, y hasta que me habló Roger lo tengo completamente olvidado. No se lo que pasó ni lo que pensé, ni lo que hablaron. Me habían tirado encima un saco vacío para que no viera. Ni siquiera intenté sacudírmelo.

De pronto se acercó Roger, y sin quitarme el saco, dijo:

— ¿De verdad, juegas?

Creo que dejé de respirar y me quedé en silencio. Me quitó el saco y en la mano izquierda en lugar de la pistola llevaba una pelota mientras se enfundaba el guante en la izquierda

Lo comprendí enseguida, y aunque en otras circunstancias nunca lo hubiera hecho, le solté:

— Un poco, aunque últimamente por dinero.

— ¡Risueño, desátale las manos!— Yo me desaté los pies y me puse los zapatos. Me tiró la pelota para ver mis maneras. Me quité la camisa y la dejé bien plegada. Roger hizo lo propio y le entregó la pistola al que conducía. Nunca supe como se llamaba. Después ordenó que tuvieran los fusiles preparados. Tomó una piedra y trazó una raya sobre la tapia más o menos a la altura de los ojos. Y golpeó la pelota con la mano enguantada, yo respondí con mi derecha. La pelota parecía de piedra. También la rodilla me sangraba. Cuando rebotó en la pared le dio tal zarpazo que rebotó más de treinta metros. Era bajito y cuadrado el hijo puta, tenia fuerza y sabía. Yo hacia más de tres meses que no tocaba una pelota. Como pude respondí por la dificultad que traía, pero entró justita en la raya lo que le obligó a una carrera corta y observé que su respiración era forzada. Volvió a golpear y la recogí con la izquierda devolviéndola a lo más alto de la tapia. Cuando caía la pelota la tomó al aire y paró, se acercó y sin mirarme, saltando la pelota en el suelo como si nada tuviera importancia, me dijo:

—A once tantos. Si me ganas, te llevo al tribunal.

— ¿Y si pierdo?

— Pierdes tu vida aquí mismo, o me dices donde está Julián—. Lo dijo sin mirarme. Mi estomago lo sentí en la garganta.

—Eres un hijo de puta y un asesino— y le escupí en la cara. Me quedé de piedra, aunque bien pensado, me esperaba algo así. No dije nada más. Se limpió con la manga.

— ¿De acuerdo?— y me tendió la mano como si se tratara de una partida profesional. No la quise tomar y me alejé de él.

— ¡Empieza!— le dije.

Casi una hora duraba aquella partida. Seguramente el calor seguía siendo intenso. Nueve a siete a su favor, cuando le dije:

—A trece tantos. Si te saco tres de diferencia me dejas en paz—. Me miró como hacen los jugadores de verdad y me contestó sonriendo:

—No es necesario. Si me ganas a once, me das la revancha hasta trece y si ganas te vas—. Lo dijo seguro, golpeando la pelota contra el guante. Le gané a once y seguimos. Poco antes de las siete de la tarde me dejó marchar, diciéndome:

—Que no vuelva a encontrarte— Y me fui temiendo que me dispararan por la espalda. Pero me llevé la pelota.

¡Que lejos estaba Roger de saber lo que iba a pasar! Luego supe que varias veces pudo encontrarme y no quiso y así se lo hice saber a Julián muchas veces.

Dos años más tarde, también era verano y me llamó éste a su despacho y, como si nada, me dijo.

—Mañana al amanecer fusilamos a Roger.

— ¿No hay nada que hacer? Le dije.

— Quizás— me dijo. — Si le ganas a once tantos, lo puedo retrasar.

— ¿Retrasar?—, le dije. Asintió. — Bueno, me dejaré ganar.

— Por cierto, estamos investigando a tu hermano. Fue suboficial con los rojos. Ya sabes—. Y me tendió la mano. No quise tomarla.

— Sois…Siempre has sido muy hijo de puta.

— Una condición. Ninguno de los dos podrá hablar. Una palabra y se acabó el trato.

Cuando llegó el camión a la tapia venia solo Roger, atadas la manos, con un pelotón de fusilamiento. Me senté junto a ellos. Julián no vino, envió a un capitán. Roger al verme quiso decirme algo, pero se lo impidieron. El capitán venia con instrucciones precisas. Eran la siete de la mañana. El capitán me entregó la pelota y yo se la dí a Roger que lentamente se ató el guante, me miró sin prisas y lanzó la pelota por encima de la tapia. Luego caminó hacia la misma y al llegar se dio la vuelta. El capitán formó el pelotón y ordenó hacer fuego. No recuerdo cuanto tiempo estuve vomitando. El oficial después de dispararle a la cabeza con la pistola le quitó el guante.

—Es mío— Le grite, y me lo dio de mala manera.

Cuando se marcharon, al cabo mucho rato entré en el cementerio y busqué aquella pelota. Me costó de encontrar.

Después de tanto tiempo cuando me viene esto a la memoria me entran ganas de enviarle a Julián aquel par de pelotas. Quizás algún día lo haga ante de que muera alguno de los dos. El guante será de mis nietos.

Don aleriano.-

Me dijo don

El problema es Brad.-

Esta mañana me ha resultado imposible levantarme a la hora. ¡Estaba tan agotado! Ni pasándome por encima me hubiera enterado. Sin embargo cuando he encontrado su mensaje en el espejo me ha dejado sonriendo mucho rato.

Me decía que el paraje donde iba a rodar era bucólico. En cuanto a lo de anoche – me decía- no te preocupes que no volverá a repetirse, al menos lo primero y terminaba diciendo: No te vayas de la cama que vuelvo. Y aunque me tiene prohibido que la llame o le envíe ningún “sms” cuando esta rodando, no he podido resistirlo y le he mandado uno diciendo: sigo atado. Y luego le he añadido: ¿A que Brad no te dice eso?

Seguro que ha venido la limusina a recogerla. Me hubiera encantado que la hubieran visto el portero o los del quinto que suelen madrugar. Si me hubiera despertado me habría asomado a la ventana para ver cómo le abría la puerta el chofer, y la cara que ponían el portero y todos los demás. Y eso que supongo que iría sin pintar.

Desde el día que nos vieron juntos entrando en el portal, el portero me mira por encima de las gafas, ellos de arriba abajo y ellas se dan unos codazos como para hacerse daño ¡Y la de cuchicheos y comidillas! ya no solo en la finca, sino en toda la calle desde que saben que algunas noches se queda. No me sorprendería que cualquier día me pidan una entrevista para la tele. Ahora, que por mi no van a saber nada, si a ella le interesa y le pagan que haga lo que quiera. Yo prefiero ser discreto.

El domingo pasado, que me tocaba a mi hija Yolanda, la llevé a comer al restaurante chino y antes de terminar, la china que nos servía vino con una revista con su foto, para que la firmara y le escribiera una dedicatoria. Al final se la firmé pero estuve dudando un poco y creo que no debí hacerlo porque aparecía con Brad, y cualquiera que la lea va a pensar que fue él el de la dedicatoria

Mi hija alucinaba. Miraba a la china, miraba la foto y me miraba a mí. Luego tomó la servilleta, la estiró desde las puntas y se la puso a la cabeza.

— ¡Pero ¡bueno! tú de que vas!— Lo dijo muy seria.

En principio me dolió. Si se hubiera descojonado de risa no le hubiera dado mayor importancia, pero lo soltó de tal manera que pensé que le ponía problemas a Angelina. Que quizás pensara que no sería buena con ella, o que no sería buena para mí. Yo le dije muy enfadado:

—Haz el favor de no hacer el ridículo y quitarte la servilleta de la cabeza. ¡Luego hablaremos en casa!— No me dijo nada, pero si que se dio cuenta que toda la gente nos miraba y comentaba lo nuestro.

Al llegar a casa, mientras yo me tumbé en el sofá y hasta que me dormí ojeando el periódico observé que Yolanda miraba aquí y allá, que abría uno a uno los cajones de la cómoda como si buscara algo, que miraba en la cocina y lo que había en la nevera, también que le daba la vuelta a un portarretratos, incluso se metió en mi habitación. Yo no le di importancia, y al principio no caí. Creo que en el cuarto de baño inspeccionó todos los armarios. Después no hizo ningún comentario al respecto y yo tampoco saqué el tema. Antes de hablar prefería esperar a que lo nuestro estuviera un poco más consolidado, si verdaderamente cabe más. ¡Angelina está tan enloquecida! Luego me dormí

Y cuando casi ronroneaba en sus brazos, me despertó la muy cretina, y es que había encontrado en mi mesilla de noche unas braguitas, las que se dejó olvidadas la primera vez que vino, y con toda la mala leche que ha heredado de su madre, que es toda la del mundo, me las puso delante de las narices y me dijo:

— ¿Y esto? — Yo le dije:

—Esto, ¿qué?

—Esto— dijo, mientras le daba vuelas con el dedo delante de mi cara como si fuera un molinete.

—Pues, no sé— le dije —serán de la mujer que viene a limpiar —. Y la muy canalla ¡si es que ha salido a su madre!, dice:

— ¿Qué pasa que juega a las muñecas? Para el culo que tiene tu ecuatoriana, esto no le pasa por el tobillo. — Me puse serió y me incorporé.

—Además, —le corté— con mi vida puedo hacer lo que quiera ¿no?— Y se las arrebaté de un manotazo.

Se callo y me miró de mala manera, se sentó en el otro sofá con las piernas y los brazos cruzados y puso la tele como si estuviéramos sordos.

Se lo hubiera contado anoche, pero no lo hubiera entendido. Después de todo lo que me dijo, quizás hubiera pensado que mi hija no la quiere, cuando en realidad Yolanda no es el problema, ni lo es ella, el problema es Brad, y por supuesto no voy a consentir que vuelva a decir que son celos. Ya se lo dije anoche.

Naturalmente que no me importa que traiga a sus hijos, aunque sean adoptados. Además siendo adoptados, ¿qué pasaría si se los queda Brad? Al fin y al cabo, ahí no hay lazos de sangre. Se lo dije. Tampoco yo tengo a mi hija conmigo. Se puso como una moto creyendo que eran celos. Sin embargo no es eso. El problema es Brad. Eso es lo que quise dejarle claro. Y que tiene que hablar con él y decirle:

—Mira Brad, — así, sentados frente a frente— lo siento, yo ya no estoy por ti, me gusta otro. Tienes que entenderlo—. Sin más, y a tomar viento.

Si ya no lo quiere, que lo admita y punto. Pero de esta noche, aunque se enfade, no va a pasar y le voy a hablar claro. Mejor aun le voy a decir que voy a hablar con Brad, de hombre a hombre. ¡Qué cojones!

Lo he visto tan claro, que sin poder evitarlo, la he llamado por teléfono, y sin dejarme terminar me ha cortado y se ha puesto a gritarme, me ha llamado imbecil, me ha dicho no sé qué de la hipoteca y de los gastos de sus operaciones, y que para eso ya tiene a su marido. ¡Joder! Y me ha colgado.

No sé si vendrá esta noche.

El Concierto.-

¡Vaya tontería! Pensé mientras ojeaba el periódico en la barra de la cafetería del Hotel, y tomaba una copa. No solía leer los horóscopos, pero hacía por pasar el tiempo y calmar la ansiedad hasta la hora del concierto. Mis compañeros se habían refugiado en sus habitaciones con la excusa de una siesta. Yo no creía en los presagios ni en las cartas del Tarot, sin embargo nunca cruzaba una puerta con el pie izquierdo por delante, ni pasaba tranquilo por debajo de una escalera, y si veía un gato negro reaccionaba inmediatamente con un conjuro.

— ¿Cómo iban a ser iguales todos los Tauros?, y ¿Cómo tenía que ocurrirles a todos lo mismo?— me pregunté mientras releía mi horóscopo. Mojé un dedo en la punta de la lengua, sacudí la cabeza y pasé la página.

Vi que el concierto estaba anunciado para las ocho y media en el Palau de la Música. Haydn con Beethoven y Schubert siempre eran un estimulo interpretados además por el Moonlight String Quartet, según decía el programa.

Doblé el periódico y lo dejé a un lado.

— “¡Guárdate de los que ni van ni vienen!”— dije. ¡Qué estupidez! pensé, y me bebí el último trago de ron. Con parsimonia deposité en la barra la copa vacía y la contemplé fijamente como si quisiera adivinar en ella el futuro.

Ethel no había querido acompañarme, y eso que la última vez nos habíamos divertido bastante. Barcelona había sido para nosotros una ciudad de buenos momentos. Incluso reviví con nostalgia la noche que entramos en “Bagdad” y nos hicimos pasar por improvisados “stripers”, hasta que nos echaron de allí a patadas, llenos de ginebra y vodka y partiéndonos de risa. Ethel se transformaba para alborotar por donde iba, era muy divertida y una provocadora. Sin embargo de aquello ya hacia más de un año, y ahora… eran otros tiempos. Eso fue lo que vi dentro de la copa vacía. La aparté como a un naipe gafado y abandoné con incuria la barra de la cafetería.

Faltaba apenas una hora para comenzar el concierto cuando subí a mi habitación para arreglarme y vestirme. Luego nos encontrarnos en los camerinos del Palau de la Música.

La gente había ido entrando y la sala iluminada más allá de la mera penumbra estaba casi llena. Al poco las luces se extinguieron como un suspiro y apagaron las conversaciones reduciéndolas a un leve murmurio.

Un ordenanza de uniforme azul plomo esperaba para abrir la puerta que daba pasó al escenario y nos observaba con una mezcla de admiración y de pena. El miedo como siempre mordía en mi estomago hasta producirme casi un vómito, que yo solía evitar con pensamientos triviales. Pensé que Ethel no había llamado y que tampoco me había comprado otra pajarita, la que llevaba estaba muy percudida. Antes estas cosas no se le pasaban, pero últimamente estaba muy rara.

Cuando fue la hora salí el primero con paso decidido, el violín en una mano y el arco en la otra, seguido de Marcelo y el resto. Tímidamente sonaron los aplausos y seguidamente se quedaron lánguidos. Formamos una fila y una sonrisa y correspondimos con una mecánica inclinación de cabeza. Delante había cuatro sillas ordenadas en semicírculo y los atriles con las partituras. Yo ocupé el lugar del concertino. A mi izquierda Marcelo, que ese día traía instrumento nuevo. Luego Bogan con la viola, y después Esteban que intentaba fijar el Chelo. Se produjo el silencio, que sólo cortaban las últimas toses.

Con un escalofrío eché de menos el pañuelo que ponía habitualmente entre el mentón y el violín al observar como lo ponía Marcelo. — ¡Joder! ¡Ethel!. ¿Cómo puede olvidarse de ello? — pensé.

Los tres esperaban la nota para afinar los instrumentos. Apoyé el violín sobre el hombro y el arco en la cuerda y erré la nota. Nunca me había pasado nada parecido, bueno una vez en Burdeos. Apreté una llave y probé de nuevo. Marcelo sonrió. Para mis adentros dije un exabrupto que sin duda dibujaron mis labios.

Sin más demora y con mala leche di la entrada para dejar a Marcelo fuera de tempo, e iniciamos el Cuarteto en Mi bemol mayor de Haydn. Desde hacia seis meses era la primera pieza de nuestro programa y veníamos de tocarla la semana anterior en Lieja, y dos semanas antes en Praga. En ambos sitios nos habíamos visto obligados a buscar un sustituto a Marcelo.

“Alegro moderato, cantabile”. Mi mano izquierda como un autómata pulsaba las cuerdas, y el arco se deslizaba con la traza de un pintor con un pincel de brocha gorda, y quizá con la misma desgana. Pensé que estaba muy cansado y además ya hacía tiempo que las cosas no iban bien con Ethel. Estaba distante, irritada, incluso fría en la cama. Además extrañamente había rehusado venir…ahora. Tampoco había querido ir a Lieja y a Praga, a los dos conciertos que precisamente Marcelo no había ido alegando una excusa.

— ¡Vaya coincidencia! ¡Es cierto¡ ¡Coño!— me dije. Desafiné y me perdí. El resto del cuarteto siguió tocando como si nada. Intenté leer la partitura. Marcelo sonrió de nuevo.

— ¡Será cretino! — me dije al darme cuenta. Ataqué de nuevo, pero perdí el tempo. Marcelo seguía sonriendo sin disimulo.

— ¡Hay que ser hijo de puta!— No supe por qué, pero este pensamiento y su pertinaz sonrisa hizo que lo relacionara con Ethel más todavía. En ese momento debía interpretar un solo e intenté apartar la idea. Volví a perderme y obvié cuatro compases. Esteban y Bogan me miraron espantados. Lo terminé como pude y Marcelo sonriendo abiertamente comenzó el suyo. La viola y el chelo intentaron disimular el desastre, aunque difícilmente. Y me sentí muy raro.

— ¡Dios santo! ¿Qué coño está pasando?— Entré de nuevo. Pensé que debía averiguar lo que había entre Ethel y Marcelo. Quedaban ocho compases.

Todo era muy extraño, pensé. No puedo fiarme. Marcelo seguía sonriendo, y por fin terminamos el primer movimiento. Sucedió el silencio. Volvieron a la sala las toses y los carraspeos. A mi me cayó el arco al suelo. Marcelo se rió, y mientras lo recogía lo vi claro, y me acordé de Ethel y de los horóscopos.

No quiero recordar como acabó el concierto. Si sé que cuando volví a casa Ethel no estaba y que aquel fue el último con el Moonlight String Quartet, y tuvo lugar en el Palau de la Música Catalana de Barcelona.