Libro de Arena
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Las cárceles del alma

Poetry in motion

Música y color. No hace falta nada más... para sentir:

En pocas palabras.

Hacía sol en la habitación.

Pensé que no había llorado.

Lluvia de mis ojos en las manos.

Me quité.

Desaté los cordones, me quité los zapatos y los coloqué bajo la cama, con las puntas hacia dentro. Me quité los calcetines y los dejé en el suelo, apartados en un rincón de la habitación, frente a la puerta. Me desprendí de la camisa de seda, desabrochando cada uno de los cinco botones, empezando por arriba. Deslicé primero la manga izquierda, después la derecha, abrí el armario y la colgué en una percha vacía. Me quité el pantalón vaquero, despegando el tejido de los muslos, y lo dejé caer como un acordeón rodeando mis tobillos. Saqué un pie, luego el otro. Me quité el reloj y lo guardé en la caja de madera que hay sobre la mesilla de noche. Me quité los pendientes largos y la cadena de plata y los colgué en los brazos de alambre de un maniquí de costura de un palmo de alto. Tiré de la goma del pelo y solté la cola. Cayó la melena abrigando mi espalda. Me quité la ropa interior y la dejé descuidadamente sobre el cabecero de la cama. Entonces levanté la persiana, descorrí las cortinas, me hice cuatro dobleces, alisando los pequeños pliegues y me guardé en el último cajón de la cómoda.

Escenas del Gato Rosa ~ El "clic"

Se escucha un clic en el salón. Pitufo aparece como teletransportado desde otra galaxia en cuestión de milisegundos. Da igual que esté enroscado como una ensaimada en la silla de plástico de la terraza, o durmiendo los siete sueños felinos bajo la cama de mis padres en el sótano. Se oye un clic y ya está allí el Gato, con los ojos hambrientos, devorando todos los colores, todas las formas, barriendo con su radar de bigotes cada ángulo de la habitación. Las pupilas diminutas como cabezas de alfiler y sus grandes ojos amarillos (ya no es un gato, sino dos Enormes Ojos, cuatro patas y un rabo recortado), giran, enfocan, saltan hasta que topan con una lucecita roja. La Lucecita Roja, su juego favorito. Es uno de esos punteros del “Todo a cien” que tienes en casa, no sabes de dónde ha salido ni para qué lo quieres. Pero Pitufo le da sentido. La Niña Mediana apunta al suelo y aparece un punto rojo sobre el mármol blanco. Pitufo se agacha, toma impulso y salta para atrapar el aire coloreado, pero la Niña lo mueve, a veces en círculos, otras lo desliza desde el quicio de la puerta acristalada por el suelo hasta subir por el brazo del sofá lleno de arañazos, sobre el asiento cubierto de cojines y vuelve a bajar, y el Gato lo persigue, lo persigue y su persecución es lo más importante en ese momento, es lo único que importa, lo que ocupa toda su cabecita con la “M” rosa. Brinca y salta y se vuelve chivani y nos reímos, nos reímos mucho hasta que nos apiadamos de su locura desatada y apagamos el chisme.

Toda una vida


A SHORT LOVE STORY IN STOP MOTION from Carlos Lascano on Vimeo.

Escenas del Gato Rosa ~ La bolsa

«Ya viene», piensa. El Gato lo sabe. ¿Quién le puso el nombre de Pitufo? Le pega más “Gato de Cheshire” o “Mr. Pink”. Sus largos bigotes aéreos señalan la verja. Brujulean reconociendo la proximidad de los suyos, sus amores.

«Es ella», dice, «es la Niña Mayor». Salta blandamente desde el alféizar de la ventana y parece que se descalza antes de bajar cadenciosamente lento las escaleras, deslizándose como una gran mano de peluche sobre las teclas de un piano sin negras. Su pelo rosado destaca apenas en los peldaños de mármol.

«La esperaré aquí», y se enrosca sobre el arcón de mimbre de la entrada. Cuando escucha el sonido de las llaves al otro lado de la puerta adopta rápidamente la pose de dios egipcio que tanto le gusta a ella. Se sienta sobre sus patas traseras, erguido, muy digno, y concentra sus pupilas ampliadas en la rendija de luz que se filtra sobre el suelo. Se abre la puerta, el Gato la mira con sus ojos de golosina, los entorna y espera que lo llame por su nombre. «¡Pitufi!»; entonces se hace el interesante, arquea su lomo de algodón de feria y se deja acariciar. No es un gato moscón y en seguida se separa; su amor es más platónico, sensible en las distancias cortas.

Ella trae una bolsa en la mano y la sigue una perra pequeña, peluda y algo alocada. La Perra. El Gato se esconde bajo la escalera, cuenta las baldosas y sale disparado hacia ella, le roza el hocico y se oculta bajo una de las sillas del salón. La Perra no le hace caso, y después de varios intentos por llamar su atención, fija su mirada amarilla en otra cosa. En la esquina, junto al sofá, está la bolsa que traía la Niña Mayor. Primero la huele, delicadamente, como si se tratara de una flor exótica, y da un par de vueltas a su alrededor. «Parece interesante», se dice. Convencido de que nadie lo ve, se encarama sin hacer ruido y casi sin esfuerzo salta dentro. «¿Dónde está el Pitu?», escucha. Un ronroneo in crescendo lo delata. «Hay que tirarle una foto con el móvil», dice la Madre. «¿Verdad que es especial este Gato?».

Quedar

Yo sólo quiero quedar. Quedar cuando mi cuerpo sin mí desaparezca entre las llamas, después que el aire sople mis cenizas, cuando la luna me eche en falta y mi ausencia desborde cada rincón de mi casa, quedar cuando les cueste recordar mi rostro a quienes permanecen, quiero quedar en el cielo de la tarde de septiembre, cuando ya no haya más septiembres para mí, quedarme y no estar, sólo para saber que todo esto no ha sido en balde, sólo quedar y no ser nunca más.

De alas, ángeles y otros imposibles