El dolor, el miedo y la bola
Cuando dejó su puesto en la que había sido su empresa durante los años más complicados de su vida, no imaginó lo que sucedería.
Había estado rumiando la decisión largo tiempo y fue determinante su sensación de debilidad, de fragilidad; ya no podía ser más un profesional –nunca haría gala de su buen hacer aunque, al parecer, era de todos sabido su talento-, pues desconfiaba tanto de sí mismo, que el fantasma de la inutilidad le rondaba, incisivo: "No vales para esto. No sirves para nada". Aunque nadie se lo había dicho, esas palabras y otras más duras remoloneaban en su cerebro, bloqueando cualquier asomo de autoestima.
Todo empezó con el dolor. Aquel dolor inasible. Quiso arrancarlo pero no pudo.
El dolor se intensificó; diez manos impúdicas apretando sin compasión sus vísceras, retorciendo su estómago, estrujándolo como estrujas un papel hasta convertirlo en bola. Y se hizo bola de papel de lija.
El dolor llevó al miedo.
Ninguna puerta trasera, ninguna señal de EXIT. La ceguera de la rutina y las relaciones personales maleadas habían creado un inframundo de fronteras precisas a escasos metros de su mente y de su cuerpo, fronteras de murallas inexpugnables, fronteras de ignorancia y miedo. El foso de rumores levantaba una firme neblina.
El miedo empujó las lágrimas.
Empezó a llorar y entonces las calles de su barrio se transformaron en vías de alta velocidad y tráfico caótico, los vecinos en kamikazes de mirada acusadora, el timbre del teléfono en la alarma antiaérea que precede al inmediato bombardeo.
Había caído en un saco y sentía el roce del fondo.
El increíble hombre menguante se dejó caer y desapareció.
Pasó el tiempo, mucho, poco, y la culpa le arrendó un pedazo de vida, clavando una bandera en su pecho. Yo tengo la culpa de…¡todo! Se engañaba, pero sus ojos de pergamino de tantas lágrimas agotados sufrían una acusada miopía de realidad.
Más tiempo. Y empezó a crecer. Por segunda vez en su vida.
Después de todo, de las fobias, de los miedos, de la culpa, de los dolores incontrolables…cuando dejó su puesto no imaginó recibir aquellos gestos de cariño imprevistos, esperando a la vuelta de la esquina de su ánimo, y honores merecidos recibidos con retraso.
Amor de doble filo, “no me quieras tanto”…
Ahora empieza a salir el sol. Se siente nuevo y tiene nuevos miedos, miedos buenos.

El viento está cambiando a otro lugar...








