
Yo sólo quiero quedar. Quedar cuando mi cuerpo sin mí desaparezca entre las llamas, después que el aire sople mis cenizas, cuando la luna me eche en falta y mi ausencia desborde cada rincón de mi casa, quedar cuando les cueste recordar mi rostro a quienes permanecen, quiero quedar en el cielo de la tarde de septiembre, cuando ya no haya más septiembres para mí, quedarme y no estar, sólo para saber que todo esto no ha sido en balde, sólo quedar y no ser nunca más.
Nada más cruzar el umbral de la puerta,
se me cae el sol en la cabeza.
Me hace un chichón.
Podría haber pillado a mi vecino,
el muy hurón.
Me siento atropellado, aplastado en la acera,
esperando que pase una sombra
que me diga que me levante.
Pero no pasa. Pasa el tiempo.
Empieza a derretirse
el extremo inferior de mi cuerpo.
¿Con este tolondrón de sol
cómo me pongo ahora un sombrero?
Indecisión.
El sol sigue cayendo en la calle
y ni las lagartijas se atreven a recogerlo.
El bollo empieza a hincharse
al ritmo del sudor
que cae circunvalando mis orejas.
Ay señor,
¿y qué hago yo ahora?
Volverme para adentro.
Que cuando sea la luna la que decida caerse,
ya saldré yo a por los recados.

Primer día de verano.
Superado el solsticio,
Llegamos.
La tierra es roja,
Rojas las iglesias
Y los cimientos desnudos
De las casas muertas.
Son rojas las sombras de los molinos,
Rojas mis manos al sol
Y el viento feroz
Del atardecer encendido.
De repente
Casas blancas;
Sus dinteles de añil,
Y sus frisos.
El aire que respiró Cervantes
Barre las calles
De fachadas elegantes.
Y la Orden de San Juan de Jerusalén
En todos los rincones,
Cruces, blasones
Y portadas nobiliarias.
España pasa de cuartos
Y la gente se tira a la calle
Para celebrarlo.
Se reúnen en la curva de la Plaza
Para jalear a los coches y motos
Que pitando, con banderas,
Los cuerpos salidos por las ventanillas
Y cargados de bocinas
Saludan el feliz resultado
dando mil vueltas
Al ruedo de callejas céntricas.
Todos de rojo.
Del rojo de las amapolas
Que tiritan junto al arcén
A la salida del pueblo.

Sentado frente a mí, con la mirada perdida en el sucio cenicero de la mesa del bar, levantó la vista y me dedicó la sonrisa más amarga que podía existir sobre la tierra.
No se me ocurrió otra cosa que agarrar un puñado de azucarillos y tirárselos a la cara.
Primero fue el frío. Recuerdo haber buscado mecánicamente la manta doblada a los pies de la cama y tirar de ella hasta cubrir mis orejas. Después, aquel siseo. Me agarré a las sábanas y me sentí caer, caer como un peso muerto que se desploma a cámara lenta desde un acantilado. Acto seguido me desperté, sintiendo mi cabeza hinchada como un globo lleno de agua. Intenté abrir los ojos, pero mis párpados se resistieron, enfrentando una nube imaginaria de grajas atropellándose contra mi cara. A duras penas me incorporé y extendí el brazo derecho, intentando localizar el interruptor de la luz. No estaba allí. Un dolor punzante en la base de mi espalda y el chasquido de mis articulaciones me paralizaron.
De repente, confundida, noté el duro suelo bajo mi cuerpo. Pensé que me había caído de la cama. A oscuras hice un esfuerzo para levantarme, arrodillándome primero y apoyando las dos manos a cada lado y entonces pude sentir aquel fluido cenagoso cubriendo las baldosas. Estaba por todas partes. Me puse rígida, el corazón me vapuleó el pecho y tuve la sensación de que unas garras me oprimían el cuello. Creí que me asfixiaba.
Volví a intentarlo, resbalé y me golpeé la cabeza. El sonido del golpe retumbó en forma de eco durante cinco segundos eternos. Otra vez el silencio, horadado por mi constante jadeo. Tenía que ponerme de pie. Por fin, a tientas y procurando no perder el equilibrio, conseguí avanzar unos pasos hasta chocar contra una pared. Parecía cubierta de una película filamentosa… Al acercar los dedos a mi nariz, desprendían un olor ácido, fermentado. Me dieron arcadas. Me apoyé en la pared y algo indescriptible correteó sobre mis manos. Las sacudí violentamente y empecé a palmotear todo mi cuerpo hasta que empezó a dolerme. ¿Pero dónde estaba? El sudor y la humedad me calaban los huesos, tenía los músculos entumecidos y los ojos me escocían. Intenté recordar cómo había llegado hasta allí. Nada. Tenía la cabeza abotargada como si tuviera resaca y me costaba pensar. Estaba tan cansada… De nuevo empecé a caminar, esta vez hacia la izquierda, en el sentido de las agujas del reloj, con la esperanza de encontrar una salida… Concentrando inútilmente la vista en aquella negrura, después de un tiempo impreciso me pareció distinguir, entre vapores, una luz curvilínea y borrosa a la altura del suelo. Me arrastré hacia ella. Parecía la ranura de una puerta. La recorrí con los dedos y agaché la cabeza para ver a través. Imposible. Tanteé su extremo verticalmente buscando una grieta, una bisagra, un pomo, algo… Fue inútil. Varias astillas podridas se me clavaron en las palmas y empezaron a sangrar. «¿Hay alguien ahí? ¿Pueden oírme?», empecé a repetir como poseída. No hubo respuesta. Aunque me sentía terriblemente débil, me distancié unos metros para coger distancia y lanzarme contra aquella superficie putrefacta, rezando para que hubiese alguien al otro lado. El estruendo de mi frágil cuerpo contra la puerta resonó de forma brutal. Nadie acudió. En aquel instante, como se disipan las nubes de tormenta tras un aguacero, tomé conciencia de mi situación y temblando como nunca antes había temblado, sujeté mi cabeza y grité aterrorizada con todas mis fuerzas.
Me desperté empapada en sudor. La fiebre había vuelto y aún notaba el sabor amargo de la pesadilla en mi boca. Estiré la mano derecha, subiendo ligeramente mi brazo para evitar la mesita, buscando el interruptor de la luz. Una sustancia resbaladiza impregnó las yemas de mis dedos. Me incorporé de un brinco y un escalofrío me recorrió la espalda. Entonces sentí mis ropas mojadas, pegadas a mis piernas y el frío suelo bajo ellas… Grité.

Y qué si me quedo aquí
Mirando pasar la vida
Cielo azul, cielo negro, cielo gris
El tiempo pasará conmigo
¿te quedarás conmigo?
Y qué si me quedo quieto
Y me convierto en estatua
Nube azul, luna negra, marea gris
Escultura de sueños perdidos
¿te perderás conmigo?
Y qué si te miro y me miras
Me paro, sigo mi camino
Pelo azul, boca negra, alma gris
El viento apagará mi ruido
¿me dejarás conmigo?
Estaba allí. Mi cuerpo estaba allí. La sonrisa aprendida, la frente relajada como me enseñaron. Pero las voces, aquellas voces impacientes ascendían en espiral huracanadas, adueñándose de mi conciencia, a través de mis venas y de mi piel, por los recovecos de mis huesos, abrazando mi médula. Noté un pinchazo en la nuca, como el aguijón de una abeja furiosa y supe que habían vencido. Me llevé la mano al cuello, con delicadeza, nadie debía notarlo. A lo mejor si me esforzaba un segundo más en mantener aquella dulce apariencia no volvería a pasar. Y pensé «respira y cuenta hasta tres». Me despisté el instante que cerré mis párpados en la última cifra. Suficiente. Al abrirlos sentí un alivio del tamaño del silencio en el desierto. Sin embargo ellos me miraban aterrorizados, todos menos uno y el espejo manchado de sangre.