Libro de Arena
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Libro de arena de Rubén Serrano

Bienvenidos a mi espacio, donde los sueños se transforman en palabras, las palabras en historias y las historias en sueños en otras mentes... Porque, como dijo el poeta, "I'm a dreamer, but I'm not the only one".

FUGAZ AVENTURA EN EL METRO

Nada más cruzar el torno de acceso al Metro, con el billete apretado en el puño, corrí escaleras abajo, intentando alcanzar el tren que acababa de llegar. Aunque aún no podía ver el andén, la marea de viajeros que había soltado a raudales (como si una presa hubiera abierto sus compuertas) revelaba la presencia de aquella enorme boa mecánica que recorría el subsuelo de Madrid. Estaba allí, sí. Pero no duraría mucho tiempo. En cuanto terminase de sacudirse las últimas gotas de gente, se marcharía de nuevo. Era cuestión de segundos... Así que me zambullí en aquella ola humana, que me envolvió por completo, y nadé a contracorriente, como un náufrago tratando de alcanzar el salvavidas. Y es que, si dejaba escapar ese tren, tendría que esperar otros siete u ocho minutos hasta que viniese el siguiente, lo que provocaría que llegase muy justo para coger el autobús... o que, incluso, lo perdiese.

Pero no: cuando llegué al andén, aún no había sonado el aviso de salida y pude entrar en uno de los vagones sin problemas.

En cuanto estuve dentro, las puertas se cerraron tras de mí, soltando un leve suspiro.

Eché un vistazo rápido, buscando algún asiento libre para no tener que hacer todo el trayecto de pie; pero no hubo suerte: todos estaban ocupados. Así que decidí quedarme junto a la puerta, con el hombro apoyado en la fría pared de plástico y el rostro frente a la ventanilla de cristal.

El tren no tardó en ponerse en marcha y, casi al instante, las luces de la estación desaparecieron para dar paso a la negra oscuridad del túnel.

Yo permanecía con la mirada clavada en aquella profunda negrura, pues prefería contemplar la garganta que nos había engullido antes que las caras aburridas y somnolientas de los viajeros que ocupaban el vagón...

Iba absorto en mis pensamientos cuando, de repente, se hizo la luz alrededor del tren: acabábamos de llegar a una nueva estación.

La inercia de la frenada me zarandeó levemente. Acto seguido, las puertas se abrieron y varias personas entraron en el vagón. Fue en ese mismo momento cuando, justo por delante de mí, pasó la joven más atractiva que haya visto en mi vida. Era una auténtica preciosidad de ojos verdes y largo cabello dorado, radiante como una diosa en medio de una muchedumbre de patéticos mortales.

Mi mirada recorrió de arriba abajo su esbelto cuerpo, analizando cada rincón de su perfecta anatomía.

No llevaba sostén y sus pechos, al arrancar el tren, bailaron alegremente bajo la blusa.

Ella permanecía de pie, a menos de un metro de mí, y yo no podía quitarle los ojos de encima, hechizado como estaba por sus encantos. Sí, era como un extraordinario conjuro, delicioso y arrebatador...

De pronto, giró la cabeza hacia donde yo me hallaba y, al descubrir que la observaba, me sonrió dulcemente.

Sentí que me derretía...

«Es maravillosa», me dije a mí mismo, consciente de que la química de mi cerebro –y de mis hormonas– estaba actuando.

Y, por primera vez desde que viajo en Metro, deseé que jamás llegase la luz. Quería permanecer dentro del túnel hasta el final de los tiempos... con ella. Sabía que si la luz volvía, mi adorada divinidad hecha carne podía bajarse en esa estación y ya no volvería a contemplar su exquisita belleza nunca más. De modo que deseé con todas mis fuerzas que, si de verdad había algún rincón del universo en el que la magia existía, que ésta viniese a mí y me permitiera prolongar aquellos segundos de deleite un poco más...

Sin embargo, mis súplicas no fueron escuchadas. Y yo, un simple mortal, no pude hacer nada para impedirlo, por lo que la luz llegó de nuevo...

Estábamos en la estación de Sol.

Y vi, con alivio, que ella no se movía del sitio: no se disponía a apearse. A pesar de todo, parecía que los dioses iban a ser benévolos conmigo y permitirían que su hija se quedase más tiempo.

«Gracias», les recé mentalmente.

Súbitamente, una pléyade de personas se arrojó con violencia dentro del vagón, como una verdadera avalancha de nieve...

«Como una horda de bárbaros –me los imaginé– intentando entrar en la ciudad de Roma.»

Todos luchaban por no quedarse fuera, como si su propia supervivencia estuviera en juego. Y yo, en medio de esa vorágine, fui empujado y arrastrado de un sitio a otro, hasta quedar finalmente situado –¡qué suerte la mía!– frente a la hermosa joven.

En cuestión de segundos, el vagón se llenó por completo, haciendo que pareciéramos un puñado de sardinas enlatadas. Ella terminó entonces pegada a mí, con sus voluptuosos senos frotando mi pecho.

«El sueño de mi vida hecho realidad», reflexioné.

Pero el asunto no quedó ahí, sino que, para mi sorpresa, ella apoyó su mano derecha sobre mi hombro y, sonriendo, dijo:

–Parece que este viaje lo vamos a hacer muy juntos...

«En ese caso, habrá que aprovecharlo», me recomendó una vocecita dentro de mi cabeza.

–Sí, así parece –respondí, mientras hacía acopio de valor para atreverme a dar yo el siguiente paso.

Como quien no quiere la cosa, coloqué mi mano en su cintura y esperé a ver qué pasaba. Por un momento, temí que se pudiera enfadar ante mi osadía, pero lo cierto es que no manifestó su desaprobación.

–Me llamo Alicia –se presentó–. ¿Y tú?

–Sergio –me limité a decir. Sabía que ella no me había dicho su verdadero nombre y por eso mentí sobre el mío. Aunque daba igual: el nombre no importaba. Ni siquiera las palabras importaban; sólo los hechos...

Lo que pasó fue que ella me hipnotizó con sus seductores ojos. Su mirada se clavó en la mía y me atravesó el alma, haciéndose dueña de mi voluntad. Por eso no pude resistirme a lo que vino a continuación: ella me ofreció sus delicados labios entreabiertos y yo los besé con ardor. Fue un beso largo y apasionado, como el que se otorga a la persona que amas de verdad y con la que vas a compartir el resto de tu vida.

–Ummm... –murmuró, pasándose la lengua por los labios, como para terminar de saborear los últimos restos de aquel beso–. Encantada de conocerte –dijo, como si simplemente le hubiese dado un beso en cada mejilla.

La verdad es que hasta yo mismo me quedé desconcertado, incapaz de creerme lo que acababa de suceder.

–¿Haces esto muy a menudo? –quise saber.

–¿Yo? –fingió extrañarse–. Pero si has sido tú quien me ha besado así.

Y era cierto. Pero la culpa era suya, por ir llamando la atención de esa manera y por ser tan atrevida... Al menos, eso era lo que me decía a mí mismo para tratar de justificarme, pues mi comportamiento había sido anormalmente extraño. ¡No era yo!

Mientras trataba de recobrar la compostura, el tren, que parecía avanzar más rápido que nunca, llegó a una nueva estación. ¡Era mi parada! Comprendí que nuestra aventura llegaba a su fin.

–Me tengo que bajar aquí –anuncié.

–Lo sé –dijo con resignación.

–¿Tú no vienes? –pregunté, con la vana esperanza de no perderla.

–No –respondió secamente–. Mi destino está más adelante...

Sus palabras sonaron misteriosas, como si en vez de estar hablando de una estación, se estuviera refiriendo a algo predestinado por la divina providencia.

Nos dimos un último beso de despedida, pues ambos sabíamos que jamás nos volveríamos a encontrar. Luego, me dirigí hacia la salida, dejándola atrás, igual que se dejan los sueños pegados en la almohada al despertar: lo único que me quedaría sería su recuerdo.

Sonó la señal de partida...

Y ella, las demás gentes y el tren entero fueron engullidos por el oscuro túnel, desapareciendo para siempre en la inmensidad de aquel profundo agujero negro.


8 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Miriam 25 Diciembre 2007 | 08:51 PM

Me gusta mucho el escritor, sus dotes literarias.

lo dijo Rubén Serrano 25 Diciembre 2007 | 10:26 PM

Gracias, Miriam, por matizar qué te gusta exactamente del escritor. Así no habrá malentendidos. Je je.

No, hablando en serio, gracias por tomarte la molestia de leer este primer relato que he colgado en mi recién inaugurado blog. En brevé irán apareciendo otros relatos y artículos. No dejes de pasarte por aquí de vez en cuando.

lo dijo Violetaberna 25 Diciembre 2007 | 10:33 PM

Muy bonito el relato, más de una vez hemos deseado que algo asi ocurra en l rutina diaria.

Saludos

lo dijo Rubén Serrano 25 Diciembre 2007 | 10:49 PM

Sí, ojalá esos sucesos inesperádos y mágicos tuvieran lugar más a menudo, sacándonos de nuestra monotonía diaria...

Pero aunque no ocurran, creo que lo que verdaderamente importa es que las personas tenemos la capacidad para imaginarlos, para ilusionarnos, para soñar. Y eso ya es un paso hacia nuevas experiencias.

¡No perdamos nunca la capacidad de soñar!

lo dijo podenco 25 Diciembre 2007 | 11:18 PM

Soñar es bonito y hay veces que yo vivo en un sueño pero siempre llega algo que te hace volver a la realidad y te das cuenta que la vida no es como aparece en tu mente. Claro que escribir te ayuda a que esa vida tome un atisbo de realidad pero no deja de martirizar con su crudeza.

Bueno que me encanto lo que leí y me hizo sentir si no te molesta tratare de leerte mas a menudo.

lo dijo Rubén Serrano 25 Diciembre 2007 | 11:34 PM

Hay una frase del dibujante Pasqual Ferry (en su novela gráfica 'La Ruta de la Medusa') que reza así: "Lo peor de la magia es que nunca sirve para lo que uno quiere. Sin embargo, lo bueno es que existe".

Pues lo mismo pasa con nuestros sueños: no siempre se cumplen, pero lo bueno es que podemos soñar.

No olvidemos que soñar nos da alas (más que el Redbull), nos hace marcarnos nuevas metas y llegar más lejos. Aunque no nos demos cuenta, nuestra vida es mejor gracias a nuestros sueños.

Y en mi caso, espero poder compartir siempre mis sueños con el mayor número de personas posible. Por eso, deseo que este blog que estoy construyendo poco a poco sea un foro abierto a todo el mundo.

¡Hagamos entre todos una comunidad de soñadores!

lo dijo podenco 25 Diciembre 2007 | 11:46 PM

Espero disfrutar de tus sueños y de los míos por que hace tiempo que perdí la ilusión en ellos.

Me encanta tu plan habrá que verlo.

lo dijo Juan Camina 3 Julio 2008 | 02:50 PM

Me abduce tu forma de escribir desde la primera palabra, " que sueño mas bien relatado , yo quiero sueños de estos" Buenisimo el relato y el retrato de la musa.

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