HECHIZO DE MÚSICA
Nunca me han entusiasmado las discotecas. Música ensordecedora, humo, alcohol y gente sudorosa moviéndose desenfrenadamente al ritmo de estrambóticos sonidos. No, definitivamente, no eran lugares de mi devoción. Sin embargo, mis amigos se habían empeñado en que les acompañara aquel día, así que fui allí, a… ¿Cómo era? Vaya, ni siquiera recuerdo el nombre del local. Pero da igual; no es importante. Lo importante es lo que sucedió.
Mi intención era únicamente la de estar allí un rato, tomarme algo y dejarles a ellos que bailaran, pues yo nunca he sido muy dado a moverme en una pista. Si por mí hubiera sido, habría estado como mucho una hora y me habría ido a casa a dormir. Pero ocurrió algo que cambió mis planes: unos preciosos ojos, los más asombrosos y cautivadores que haya visto nunca, se cruzaron en mi camino.
La sola contemplación de aquellos maravillosos ojos claros me produjo un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo, inundándome de emociones que no había sentido jamás.
La chica venía acompañada de varias amigas. El grupo pasó por mi lado y se situó junto a la pista de baile, a sólo un par de metros de donde estábamos nosotros.
En este punto, cualquier otro se hubiera acercado a la joven en cuestión para presentarse, invitarla a algo, conocerla… Como digo, cualquier otro lo hubiera hecho. Yo no. Nunca he sabido qué es lo que se dice en estos casos. Siempre me he preguntado cómo se entabla conversación con alguien a quien no conoces de nada y consigues que quede natural, sin que parezca que lo que quieres es llevártela a la cama. Además, me imagino que ese tipo de chicas es de las que todos los tíos se fijan en ellas y suelen estar acosadas por multitud de babosos pesados que no dejan de darles la tabarra en toda la noche, de manera que yo siempre he optado por no convertirme en uno más de ellos y dejarlas tranquilas.
Así que parecía que mi destino era –como siempre– no llegar a conocer nunca a semejante preciosidad. Y así hubiera sido de no ser porque fue ella la que, para mi asombro, me miró, se acercó a mí y me comentó algo sobre la música que estaban poniendo. Yo asentí, sin saber muy bien lo que me estaba diciendo, en parte por lo alto de la música, en parte por estar embelesado admirando sus ojos. Estaba tan embobado, que ni siquiera supe reaccionar. Menos mal que mi amigo Raúl tuvo más reflejos que yo y le dio conversación, haciendo que su gesto de aproximación tuviera una acogida medianamente cálida.
Acto seguido, ella regresó con sus amigas y todas se pusieron a bailar en la pista.
–¿Has visto? Ésa venía buscándote –afirmó José Antonio, sonriéndome–. Esta noche triunfas.
Era el típico comentario que hacen los amigos cuando una chica se acerca a un chico, aunque sólo sea para preguntarle la hora. Yo sabía que aquello no significaba nada, salvo que ella trataba de ser amable.
Mis amigos decidieron entonces que era un buen momento para ir también a la pista.
–Vamos, vente –me dijo Raúl.
Yo negué con la cabeza.
–Prefiero quedarme aquí –le indiqué.
Así que se colocaron junto al grupo de chicas, mientras yo les contemplaba desde el borde de la pista. Ellas no tardaron ni un minuto en aproximarse a mis amigos y ponerse a bailar juntos… Y yo allí, como un pasmarote, haciendo el idiota y perdiendo la oportunidad de conocer a aquella magnífica mujer.
Cuando vi que ella se ponía a hablar con Raúl, pensé que mi amigo iba a tener más suerte que yo. «Al final, parece que va a ser él quien triunfe esta noche», dije para mis adentros. Y por primera vez en mi vida, me arrepentí de no haber hecho nunca el esfuerzo de intentar aprender a bailar.
Sin embargo, pronto descubrí que ambos me miraban y que, sin duda, estaban hablando de mí. De repente, pude ver que ella dejaba a Raúl y se dirigía con decisión hacia donde estaba yo. Cuando llegó junto a mí, me dijo:
–¿No bailas?
–No, yo no sé bailar –admití.
–Ven, yo te enseño –se ofreció ella.
Hubiera deseado decirle que sí, que la seguiría hasta los mismísimos infiernos si hiciera falta. Pero, en lugar de eso, repliqué:
–Es inútil. Yo soy muy torpe. No tengo ninguna soltura para moverme.
Creo que estuve un buen rato poniendo pegas, pero ella no desistió. Al final, viendo que con las palabras no me convencía, optó por cogerme directamente de las manos y llevarme al centro de la pista.
–Es muy fácil –me aseguró–. Tú sólo sígueme.
Y lo intenté. De verdad que lo hice. Pero creo que di un espectáculo bastante lamentable.
Ella se aproximaba cada vez más a mí y trabajaba de guiarme. Yo observaba sus pies, sobre todo para evitar pisarlos y hacer un ridículo todavía más espantoso (si es que tal cosa era posible).
Al final, comprendiendo que la cosa no funcionaba, la insté a que lo dejásemos ya.
–No pienso dejarte hasta que termine la canción –afirmó.
–No me hagas sufrir más, por favor –le pedí, poniendo ojos de lástima y esbozando al mismo tiempo una sonrisa.
–¿Te hago sufrir? –preguntó ella.
Dudé. Esperaba no haber dado a entender con mis palabras que su acción me importunaba. Todo lo contrario: a pesar de ser consciente de lo patético que era bailando, lo cierto es que estaba muy a gusto con ella y agradecía enormemente las molestias que se había tomado para que yo no estuviera sólo.
–No –acerté a responder–. Pero creo que deberías buscarte a algún chico guapo que sepa bailar y divertiros juntos, en vez de estar perdiendo el tiempo conmigo.
Ella me miró profundamente con aquellos penetrantes ojos y sonrió. Y, por un instante, imaginé que iba a decir: «Yo no quiero estar con otro; quiero estar contigo.» Pero no ocurrió así.
En ese momento, la canción terminó y yo suspiré aliviado.
Ella consintió en darme un respiro, pero sin que me marchara de allí. Así que permanecí en la pista, moviéndome ligeramente para evitar desentonar demasiado, mientras comentaba a mis amigos:
–Creo que me voy a tener que apuntar a clases de baile… Pero antes tendría que dar unas cuantas sesiones de psicomotricidad –bromeé.
Ya a solas con mis pensamientos, comprendí que tenía que tomar las riendas de la situación. Hechizado como estaba por aquellos ojos, ella estaba haciendo conmigo lo que le daba la gana. Pero eso debía terminar: tenía que resistirme a sus encantos.
«No puedo consentir que siga poniéndome en evidencia –me dije–. Esa chica…»
En ese momento, caí en la cuenta de que ni siquiera sabía su nombre. Y ella, en cambio, sí conocía el mío: lo había pronunciado mientras intentaba hacerme bailar. Sin duda, se lo había dicho Raúl.
De pronto, vi que se acercaba de nuevo a mí.
–Baila conmigo –me invitó.
–Espera –dije, tratando de contenerla.
Sabía que mi resistencia no iba a servir de mucho. Ella era como las mitológicas sirenas que atraían a los navegantes con sus cantos. Ulises tuvo que atarse al mástil de su navío para no sucumbir a su llamada, pero era evidente que yo no iba a poder encadenarme a una de las columnas del local para evitar a aquella muchacha. Tenía que pensar en algo… Y para ello, primero debía ganar tiempo:
–Ni siquiera sé tu nombre –le recordé.
Ella sonrió y dijo:
–Música
Creí no haber entendido bien.
–¿Mónica?
–No, Música... Como lo que está sonando –precisó.
–Ah... Bonito nombre. Qué original.
–Sí, mis padres estaban inspirados ese día –declaró–. Y ahora, una vez hechas las debidas presentaciones, ¿bailamos?
Era el momento de actuar. Tenía que hacer algo para que comprendiera que no me apetecía bailar, pero sin que diera a entender que la estaba rechazando, lo cual no era así, pues realmente me gustaba... Y en ese mismo instante, se me ocurrió. Era una jugada arriesgada y, si no salía bien, la cosa podría complicarse. Pero, a pesar de todo, decidí llevar a cabo mi plan.
–Acércate, que te voy a explicar una cosa –dije, haciéndole un gesto con la mano para que se aproximara.
Ella se arrimó y yo sujeté suavemente su cabeza con la mano que tenía levantada, depositando al mismo tiempo un rápido pero contundente beso en sus labios. Al retirarme, pude ver la expresión de sorpresa en su rostro.
–¿Ves? ¿A que no es agradable que te obliguen a hacer algo que no quieres hacer? Pues ya sabes cómo me siento cuando me obligas a bailar.
Ella recuperó su sonrisa.
–Ya veo… Buena jugada. Pero no te va a servir de nada: no te va a resultar tan fácil librarte de mí –me aseguró.
Así que me tuvo bailando con ella el resto de la noche, sin que yo pudiera hacer ya nada para impedirlo... Y tengo que reconocer que hasta me divertí. Ése fue el hechizo de Música, un encantamiento que duró hasta las tres de la madrugada, hora en que cerraban el local.
Antes de despedirnos, quedamos en vernos el viernes próximo en aquel mismo sitio. Parecía tan fácil la posibilidad de volvernos a encontrar que ni siquiera intercambiamos nuestros números de teléfono. Un grave error, pues ni ella ni sus amigas aparecieron por allí el fin de semana siguiente, ni el siguiente… Nunca más supe de aquella preciosa muchacha. Pero su recuerdo, la memoria de su embrujo, permanece siempre conmigo.
10 comentarios - Escribe aquí tu comentario
¡Hola Rubén!
¿El relato es autobiográfico o inventado? Sea como fuere, me ha gustado mucho.
Es bueno y entretenido.
Besos.
Que bonita historia Rubén,que pena que no os volvierais a ver,quizás por eso Música...tiene hechizo,nunca se sabe... :)
Me gustó leerte
Besitos dulces para ti
----<---<--@
Se trata de un relato de mi juventud que he rescatado y que he querido compartir con toda la comunidad por formar parte de unas "memorias" que entonces yo denominaba "autobiografía de ficción".
Y es que, a través de mis historias, trataba de ir componiendo una vida alternativa, una "realidad de fantasía" (perdón por la incongruencia) más atractiva que mi realidad cotidiana.
Y es que con 17 ó 18 años la vida se presenta llena de posibilidades, pero vacía de grandes acontecimientos. Por eso tenía la necesidad de inventarlos.
Hoy, con 37 años, las experiencias de la vida me han permitido disfrutar de mi propia existencia y reconocer el valor que tiene... Aunque eso no es óbice para seguir soñando. Y por eso muchas de mis historias siguen estando relatadas en primera persona, como si me ocurrieran a mí.
Aunque esta historia nunca sucedió, bien podría haber ocurrido...
cuiedosaber hechiso
cuiero saber magia negra
Lo mejor es que menos el nombre de la chica el resto parece tan real como la vida y es muy bueno y muy gracioso. me hace recordar tantas cosas....
cuiero ber imagenes de hechisos
tengo 16 año CUIERO SABER LIBROS DE MAGIA
CUIERO BER VIDEOS DE LIBRO DE HECHISOS PORFABOR
No sé qué has pensado que es este blog, pero el hecho de que la palabra "hechizo" aparezca en el título del relato no significa que aquí se trate de nada relacionado con la magia.
Esto es un espacio para hablar de literatura, no de magia.
Has venido al sitio equivocado.













