Libro de Arena
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Libro de arena de Rubén Serrano

Bienvenidos a mi espacio, donde los sueños se transforman en palabras, las palabras en historias y las historias en sueños en otras mentes... Porque, como dijo el poeta, "I'm a dreamer, but I'm not the only one".

EL HORROR SUBTERRÁNEO

Las últimas impresiones que recuerdo de aquella cueva son la desesperación y el pánico, la huida y la búsqueda de la salvación, todo ello mientras aferraba fuertemente el libro que nos había guiado hasta allí y que, seguidamente, había desatado el apocalipsis.

El agua, que se filtraba entre las rocas y goteaba desde las estalactitas, empapando el suelo y haciéndolo resbaladizo, dificultaba mi avance.

Notaba a los murciélagos, que agitaban las alas y revoleteaban a mí alrededor, buscando desesperadamente una vía de escape, un camino por donde huir de aquel horror subterráneo que, tras dormir, durante siglos, eones incluso, había vuelto a la vida ahora, por culpa de nuestra inconsciencia.

Sí, el gran Ek-Xaran’tulh, un antiguo dios olvidado, relegado a las profundidades subterráneas por otros dioses, había salido de su letargo milenario y avanzaba ahora por las profundas galerías de la cueva, preparando su salida a la superficie. Si tal cosa se llevaba a efecto, la humanidad conocería el final de su existencia.

No, eso no debía ocurrir. Al menos, eso era lo que me susurraba una vocecita (¿mi conciencia?) en un rincón de mi mente. Algo, la voz-yo, me recordaba que yo era uno de los culpables de aquella catástrofe. Y, puesto que los demás, estaban muertos, debía ser yo quien hiciera algo para impedir que el maligno dios subterráneo alcanzase la claridad del día.

Sin embargo, después de lo que había visto, la razón me instaba a salir corriendo, a alejarme lo más posible de aquella abominación, aquel ser antinatural compuesto por una especie de masa gelatinosa, putrefacta y maloliente, con esos mil ojos capaces de ver en la oscuridad y, según creo, también en la mente de los seres pensantes.

Ek-Xaran’tulh, el Devorador, el Destructor, el Horror Reptante, estaba cerca, muy cerca. Podía sentir su presencia, lo que me abrumaba e incluso enloquecía con un miedo insano. Me llevaba a correr alocadamente hacia mi perdición, pues en la profunda negrura de la gruta no hacía más que tropezar y golpearme con todas las piedras y salientes rocosos que había en mi camino. El pánico no me permitía pensar con claridad. Estaba ofuscado, concentrado únicamente en hallar una salida, en escapar del infierno que habíamos abierto.

No era para menos: ver cómo mis dos compañeros eran tragados por aquella masa informe en la que, según el libro, uno era digerido dolorosamente durante una semana, sufriendo al final una terrible muerte, no sólo del cuerpo sino también del alma, era para volverse loco. Si hubiera conservado mi revolver, sin duda habría preferido acabar yo con mi vida antes que dejarme coger por aquella monstruosidad.

Ek-Xaran’tulh era un ser imposible, una aberración tan terrible que los propios dioses le confinaron en el reino del submundo para mantenerlo alejado de ellos. Al menos, eso era lo que afirmaba aquel maldito libro, cuyas páginas no debimos haber ojeado nunca.

Recuerdo que, al principio, todas aquellas leyendas nos fascinaron, atrayéndonos finalmente a lo que habría de ser no sólo nuestra perdición, sino la de todo el planeta. ¿Cómo íbamos a imaginar nosotros que aquellas terribles historias, que entonces se nos antojaron fruto de una mente enfermiza, podían ser reales? En nuestro mundo cotidiano, donde todo está controlado por el ser humano, no hay lugar para monstruos ni rituales mágicos. No, eso no era posible. Por eso nos aventuramos a realizar la expedición, pues creíamos que la única parte del mito que podía tener algo de credibilidad era aquella que hacía referencia a los Guardianes, un pueblo desconocido para el resto del mundo, dedicado a custodiar las salidas de la caverna donde dormía el horror, así como el Monolito Sagrado que era el pilar fundamental de su religión.

Ahora me doy cuenta del gran error que cometimos al ir allí y, sobre todo, al pronunciar frente al Monolito la invocación que debía devolver a la vida a un demonio en el que ninguno de nosotros creíamos en ese momento. Mis compañeros han pagado ese error con su vida y yo, aunque sobreviví, sé que ya nunca volveré a ser el mismo.

Como decía, trataba a toda costa de escapar de lo que en ese momento pensaba que sería mi final. Ciego como iba, debí golpearme tanto con las paredes y el suelo que ya no sentía mis magulladas piernas ni mis amoratados brazos. El Devorador estaba tan cerca que podía sentir su fétido aliento. ¡Lo tenía encima! Estaba acabado.

Un resplandor tenue a lo lejos, frente a mí, trajo un leve soplo de esperanza. ¡La salida! Tenía que alcanzarla, aunque fuera lo último que hiciera. Sabía que allí no estaría a salvo, pero prefería que me cazara al aire libre que en el interior de aquel pozo oscuro. Por eso corrí desesperadamente, alocadamente...

La Cosa estaba cerca, pero me obligué a mí mismo a no pensar en ella. Sólo en la luz.

¡La luz!

Esa idea me proporcionó la fuerza que necesitaba...

Alcancé la salida milagrosamente. Y también debió ser un milagro que la criatura maligna no me persiguiera en el exterior. Ni siquiera la vi asomar. Pienso que debió volverse a su cubil subterráneo, a preparar su gran momento, el instante en que saldrá a apoderarse del mundo. Estoy convencido de que ese día llegará, tarde o temprano.

Ahora, mientras escribo estas páginas con mano temblorosa, pienso si todo esto no será fruto de mi imaginación, si no lo habré soñado todo. Desearía que así fuera. Quisiera ser un loco y que esto no hubiera sucedido más que en mi mente. Así la humanidad estaría a salvo... Pero eso no es posible. Mis compañeros no han aparecido y yo sé porqué: están muertos.

Hasta el momento, no había revelado a nadie este secreto, pues sé que me encerrarían en un sanatorio psiquiátrico. No obstante, quiero que ahora quede constancia de ello, pues, finalmente, he decidido volver allí. He de resolver lo que he provocado con mi inconsciencia. Debo usar los sortilegios contenidos en el libro para inmovilizar al Caos Devastador y sellar de nuevo su prisión. Ésa es la única posibilidad…

Soy plenamente consciente de que es un suicidio, pero mi sacrificio habrá valido la pena si logro con ello salvar a la humanidad.

Ruego a Dios que me dé fuerzas para culminar con éxito esta descomunal empresa que es tratar detener a Ek-Xaran’tulh. ¡Debo conseguirlo! De lo contrario, dará igual, pues será el final de todo…


3 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Elora 21 Enero 2008 | 08:49 AM

¡Hola!

Qué angustioso relato, pero qué bien construído, te hace mantener la tensión en todo momento y te deja con ganas de leer más.

Están excelentemente descritas las sensaciones, casi siento esa muerte horrible...

Un beso.

lo dijo Rubén Serrano 21 Enero 2008 | 10:35 AM

De eso se trata, Elora, de que el lector sienta en sus propias carnes la angustia y la desesperación vividas por el protagonista.

Lo mejor de este relato es que lo compuse durante mi participación en un certamen de escritura rápida, por lo que, al tener el tiempo limitado, parece que el texto transmite también la sensación de que al protagonista le falta el tiempo para narrar todo lo que tiene que dejar dicho a quienes encuentren su nota, antes de ir a enfrentarse con su terrible destino.

Si has leído a H.P. Lovecraft, no te resultará extraños el estilo y la temática.

lo dijo Elora 21 Enero 2008 | 03:41 PM

Ciertamente, ésa es la sensación en todo momento. que falta tiempo, la angustia de no tener el que cree necesitar. Es un relato muy rápido y ágil, que lo hayas tenido que redactar a toda prisa le añade aún más mérito si cabe, ya que no tienes tiempo de planear, sale y punto.

Saludos.

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