Libro de Arena
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Puzzle (Alma ha muerto)

¿? No seremos nadie

PRINCIPIO

De momento, lo dejaré morirse, luego ya veremos.

En pie, sobre el diccionario de María Moliner, en mitad del pasillo de la facultad, con la cabeza alzada y los brazos caídos, con los ojos cerrados, se puso a recitar improvisadamente:

Tú asomabas a los dieciséis tus quince.

Yo procuraba tocarte tus recién estrenados pechos de mujer

cuando chocábamos bajo las olas.

Tú fuiste la primera que me dijo…

la primera que…

la primera en…

la primera cuando ya…

la primera por y para, la primera, en definitiva.

Trato de recordarte pero es en vano…

Los recuerdos pan y sal.

La memoria navegante.

Las orillas de tu cintura

¡eso sí que lo recuerdo!

El mar y así éramos tres, como a mí me gusta,

que el amor carnal se difunda en muchas carnes,

muchos vientres, muchos pechos.

El mar te tocaba más que yo…

Quién fuera sal por tu cuerpo,

morena.

Quién lo fuera,

el aire en tus adentros y en tus afueras.

¡Tus caderas!

a lo que íbamos.

Tú fuiste la primera que…

tú lo fuiste y eso basta,

para empezar.

Tostadas de pan gallego con mermelada de fresas y mantequilla. Las calentó un poco en la sartén, solamente por un lado: el de la miga. A las seis y media había sonado el despertador. Leía “El derecho a la pereza” de P. Lafargue mientras sorbía el café solo que acompañaba en su desayuno a las tostadas. Se detuvo en una frase, con los ojos achicados aún de sueño, y de los labios se precipitó una gota de café sobre la frase el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar productores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades artificiales. Tenía su primera clase a las nueve, pero antes pasaría por el buzón de la entrada a recoger el correo, abriría las cartas en su despacho, fumaría un cigarro acodado en la ventana viendo cómo se abría el día, revisaría el guión de la clase de hoy y pensaría en esa sentencia de Lafargue de ya tan escaso valor en los tiempos que corren.

-... pensad que el existencialismo no ha de ser limitado, sencillamente, a la oposición existencia versus esencia, de tal modo, por oposición, reduciréis su conceptualización a su germen historicista...

-... pensad en el personaje Bartleby, ¿recordáis? ¿cuánto hay en él de existencialismo, o mejor aún, cuánto hay en él de existencia, y aún más, de qué se sustenta su existencia, si es que ésta necesita de sustentos, ya que es ella el pilar primero y el último, sustento de todo, pues antes que nada: hay que existir; y después de todo: se deja de hacerlo? Hablamos mañana de este embrollo, ahora, a la calle...

Carpetazos, ruido de folios, rugir de sillas, risas, últimas preguntas de los más interesados y resueltos así como de los más pesados y sin fundamento y hasta luegos y el sol bañaba su frente mientras volvía a pensar en las necesidades artificiales. Ahí van, a tropel, meneando sus existencias aún en flor a dar pedales en la bicicleta de la Historia de la que nunca nadie sabrá nada. Manada de vida no impresa. Flujo de carne y emoción adolescente, futuro en vivo de cada uno de los presentes.

No tiene excesivas tareas pendientes en su agenda para el día de hoy, pero siente incomodidad de tener que realizarlas en este día en que prefería pasear, sencillamente pasear, por el campus o por las calles sin pensar en nada del trabajo; hablar, si cabe, con algún compañero, tomar cafés y fumar, dejar al día irse tal como lo vio abrirse, acodado, con levedad.

Pudo acabar relativamente pronto aunque menos de lo que hubiera deseado. Una reunión de profesores sobre la pronta extinción de tal ciclo universitario en la cual no partió palabra, dos horas de tutorías aclarando a los alumnos dudas sobre sus trabajos que habrían de exponer en clase, revisar alguna tesis en marcha y comentar su desarrollo y una última reunión sobre la financiación de los proyectos donde se limitó a asentir y a concluir con un “de acuerdo”. A las cinco, a la calle…

Las ganas de pasear habían desaparecido. Volvió a casa con una película alquilada en la Papaya Verde, Old Boy. Después de verla y de sentirse bastante defraudado con el film, se masturbo en el silencio de su casa para aliviar la carga que le acompañó todo el día, se ducho prácticamente con los ojos cerrados escuchando la música que había puesto en el salón y se obligó a salir a la calle antes de cenar.

Este cabrón, las pagará, pagará los platos rotos. Míralo, ya comienza a desfallecer.

El plató estaba completamente vacío y los asientos del anfiteatro también, eran tres hileras de banquetas de madera en semicírculo que se elevaban dignas de gloria y de grandes espectáculos. Un teatro hecho con hormigón, de muy pequeñas dimensiones para todo lo que de él esperaba en su imaginación. El aire era frío y el ambiente denso, cargado de humedad con el cielo muy oscuro salpicado de las luces de los astros. De vez en cuando una nube cubría la luna pero rápidamente volvía a destaparla, así continuamente, con intermitencias que hacían sombras nocturnas en la puerta roja que había al fondo del plató.

La puerta se abrió y una figura asomó medio cuerpo apoyando la mano en el pomo interior para de un portazo volver a desaparecer.

Miró encogido de hombros el menú de un restaurante. Carnes a la plancha. Pescados al horno con deleitosas guarniciones. Ensaladas. Flanes. Vinos. Cervezas. Gente masticando. Camareros apresurados. Luces. Destellos que atravesaban sus ojos. Temblores. Pieles blancas y morenas. Cabellos largos que se ondulaban en el aire. Reflejos en el cristal como saetas. Coches. Zummm. El viento derrapó en su cara. El humo salía de la puerta entreabierta, mezcla de vapores y tabacos. La corriente mecía las campanillas de la entrada. Una mujer rubia tropieza con su pie y puede ver su rostro gris. Un perro ladra no muy lejos y el ladrido palmea sus sienes. El flujo sanguíneo se apelotona en el cuello. Música de alguna vivienda alcanza su atención; es una melodía lejana que se adentra en su pecho y hay una fuerza que le aprieta las rodillas con desdén. Tortillas. Filetes. Platos combinados se apresura a leer. Las letras bailan nerviosamente. Un camión deja caer sobre él un intenso olor a pesado bravo. El paso de cebra ondula. El altillo de la acera se remarca a sus pies. Asciende. Farolas encendidas y árboles duermevela. Personas agitadas y personas albergando en sus bolsillos las manos. Zummm. El viento le gira la cara. El pelo le golpea las orejas. Zummm. El viento le frena pero prosigue. Una manzana. Otra. Doblar la esquina y sumergirse en una calle. Zummm. En otra calle. El viento le dobla la espalda como si fuera un barrazo. Zummm. Zummm. Zummm. Su camisa se eleva por encima de su pecho y le agarra el cuello. La piel se eriza y se enmudece. El olor de unos pasteles llega a su nariz subrepticiamente sin dar explicación. La noche va cerrándose tal cual se abría el día, levemente se cierran las cortinas tras las nubes y la luna. El viento va cesando y la camisa mengua su presión en la nuez. Timbra.

-¿Os importa si subo? –Dijo su voz tremulosa.

Habló de Mersault, El extranjero de Camús, de cómo a su juicio, la novela trata de desequilibrar la moral cristiana haciendo extinguirse a la culpabilidad en caso extremo, pero, dijo ¿Nace acaso el sentimiento de culpa de la moral religiosa? No, por supuesto que no, pero es lo que ocurre al enfrentar posicionamientos extremos sin intención dialéctica, que, como ya decía Umbral, lo único que se consigue es mantener vigente el contrario enfrentado. El existencialismo, en su origen, reforzaba la idea de Dios, por, sencillamente, mencionarlo como opositor. Hay que ir más allá de la oposición, destruir ambos extremos y, de ahí, surgirá un nuevo pensamiento; todo con base dialéctica, como veis.

Pensad en los dos partidos políticos mayoritarios de vuestro país, ¿qué hacen sino reafirmarse a través de su contrario para mantenerse ambos vigentes? Los alumnos, algo contrariados, quemaban la ruedita del bolígrafo apuntando hasta los tosidos. A los diez minutos de sus mecánicas explicaciones que ya llevaba repitiendo varios años sin creerlas demasiado, la salud de la vida salió por la puerta del aula como quien apura para coger el último tren del día.

Después de la clase tomó un café negro en el bar leyendo el periódico. Marta se acercó a su mesa. “Hola Rapesco, hazme un hueco, anda”. Marta se sentó en el banco y Enric la sonrió aún con las letras del periódico revoloteando en su mirada.

La melena pelirroja de Marta siempre era una alegría. Su melena aterciopelada y su sonrisa como una laguna, su desparpajo sin atisbos de melancolía; una belleza detrás de una belleza, sin necesidad de buscar maravillas interiores porque de piel para fuera no lo reflejara. Sólo sus manos podrían definirla, o sus labios, o sus pechos, o su andar resuelto. Había mujeres mucho más hermosas de rostro que ella, mucho más atractivas en sus curvas, o de ojos más penetrantes, pero ninguna que lo fuera tanto como ella punto por punto tan hermosa como el conjunto: armonía era su atributo más auténtico tanto por dentro como por fuera, y Enric sabía que Marta nunca sería suya por no saber qué hacer con algo tan completo.

Se sentía, en ese instante, como si fuera un padre sentado en el sofá al que de repente su hijo pequeño le da un beso en la nariz. El aroma tierno a infancia le acercó la juventud a la memoria y recordó aquella vez en que le dijo a su madre Hay pocas certezas en esta vida, y fíjate bien, porque una de ellas es que las manzanas, una vez maduras, no vuelven a ponerse verdes. La madre rompió a llorar, pensando tal vez en su vejez, sin entender que se refería a la imposibilidad que sentía el hijo de cambiar a sus padres, amoldarlos a él, para sacarse esa espina del dorso que ni con los dientes podría sacar, de pensar que sus padres estaban grises por dentro. Enric con el tiempo sencillamente amoldó sus sentimientos al mundo: ahí su espina doble, doblemente difícil de sacar.

Marta le subió a la superficie. “¿Vistes al Fiódor?” “No, pero ya me lo han comentado” “Yo creo que perdió la cabeza. De repente tiró ese pedazo de libro al suelo y se puso a recitar ¡a recitar! No sé qué de su primera chica. Fue muy extraño” “Ya, y ahora anda por ahí tan tranquilo” “Bueno, algunos le aplaudieron, es un chaval que cae bien, algo raro, eso sí, aunque de momento no le había visto hacer nada como eso” “En mi clase, al empezar el curso, se subió a la mesa, mantuvo durante unos segundos una pose incomprensible con los brazos alzados y torcidos alrededor de la cabeza, tal que así, y después se bajó. No le dije nada porque lo hacía muy naturalmente, de hecho mientras se subía aún seguí con algunas explicaciones, se me fue callando el tono, y cuando se bajó y cogió su boli, continué. Es un poco hechicero el chaval. Sus compañeros le miraban con gracia pero sin risas” “Yo me quedaría atónita, menos mal que no le doy clases” “Por lo general, es tan normal, en serio, aunque tiene destellos. Te tengo que dejar el libro de Lafargue, no convence pero entretiene” “Ya me lo habías dicho Enric, a ver si es cierto”

Entrada de la facultad de Filología, vestido completamente de azul:

Hay algo que perdura siempre

en los amigos de la infancia

y de la adolescencia,

y es por eso de siempre

que perdura

o por eso de que perdura,

el siempre;

que es como un color sobre una hoja

en un dibujo

que envejece en las manos de los niños:

amarillea y adquiere otros matices,

se tibia,

se hace amor su verbo y es como un buen vino tinto

metido en sus maderas de tiempo.

¡La amistad es un lujo, señores! eso seguro.

Dura casi tanto como las hipotecas,

¡y si es mayor todavía!

es que es para siempre;

perdura y madura

y es hermoso recordar

la primera vida

que vivimos

en esta vida.

Comentarios de todo tipo, de los transeúntes, quedan a su espalda cuando tras el recital, entra.

Salir de la facultad es lo que más le atrae en las últimas semanas. Andar sin prisas siguiendo el ritmo de los pasos y de la respiración, como en un dejarse llevar, pero por uno mismo. Le gusta seguirse a sí mismo, se observa. Siente como se decían en aquellas primeras teorías psicológicas donde hay dos “yoes”: el que permanece y el que observa al que permanece. Es esa especie de conciencia de la conciencia, un sentirse consciente en cada pensamiento y en cada paso. Recordando a Dilthey piensa en que ese “yo” que observa es ese momento presente inasible; y el pasado, invariable, el “yo” que permanece. Va siguiendo el impulso de su pasado ya inmutable y eternalizado por la acera. Ha pasado por una pastelería y ha pasado por varias calles. Ha pasado por muchos años y por muchas tierras y por muchas criptas y por muchas personas. Ha pasado innumerables hojas de libros y ha visto innumerables hojas caídas y caer de los árboles a su paso. Ha visto, andando por la acera, siguiendo a sus pasos, dejar el presente atrás a cada paso apunto de alcanzar el tiempo que siempre queda por delante. “Un cortado, gracias”. Dijo Enric adelantándose a la pregunta del camarero. Está sentado en una mesa esquinera con un ventanal delante ante un magnífico día soleado. La gente atraviesa su campo de visión incesantemente. Al otro lado de la calle hay tres palomas en una cornisa de un segundo piso. Tras el clásico forcejeo para el alojamiento de esperma, una paloma sale volando, dejando, suavemente caer, una pluma liviana, que tratando ella misma de alzar el vuelo tras su dueña, desciende despacio y se vuelve a elevar, va dibujando la brisa que la lleva, siempre desde más abajo tratando de remontar la caída, imposible variar el pasado, cada vez más abajo, se pierde tras un árbol, de la vista de Enric. Lee, acodado en la mesa, a Diderot, su Jaques el fatalista y su amo. La dialéctica del amo y del esclavo le parece maravillosa; son pocos los buenos ejemplos y de tanta trascendencia que se dan en literatura sobre la dialéctica. Enfrentados los contrarios… los haría desaparecer en un golpe de razón. El viento y el teatro ¿qué surgiría? Piensa, por un instante, sólo por un instante, la de noches estrelladas que no ha visto junto a Marta. Paga el cortado en la barra y sale del bar. Todo lo pensado se desvanece cayendo del irremediable lado del pasado mientras los árboles y los coches forman con él el cuadro del presente; avanza a pasos cortos acariciando el futuro hasta su casa. Ha dejado transcurrir las horas leyendo y dormitando en el sofá. En mitad de la noche se levanta a beber un vaso de agua y después se mete en la cama a esperar el nuevo día que vendrá.

Está ahí, impasible, a veces en sombra y a veces embellecido por el sol, brevemente, durante un periodo de tiempo diminuto, cuando le alcanza algún rayo que atraviesa el cortinaje de la ventana en algún momento de la tarde. Pero siempre está ahí. No se mueve, siempre hermoso y fuerte en esa quietud de alcoba, en ese silencio de cementerio. No quiero dejarlo morir. No lo dejaré morir. Lo he pensado pero no. Me sobrevivirá y sobrevivirá a la SITUACIÓN, aunque yo no lo haga. Pensé en hacerlo, librarme de él lentamente, ver su agonía, ver cómo envejecería con premura, subyugada, inquisitoriamente; trasvasarle a él mi interior, descargar en él mi interior comprimido y vulnerable. Pero, no, antes moriría yo que acabar con algo hermoso, con algo tan hermoso aunque haya venido en las manos de quien vino. El apareció en mi vida como un regalo, sin pragmáticas, esto es, fue un regalo de Katy por unas navidades. Y ahora, que Katy, me odia y me

envilece, él está ahí, ceremonioso y testigo de la lucha de Katy consigo misma que me transfiere como yo querría hacer con él. Pasar la pelota del dolor desde estas manos incendiadas y ver cómo su volumen degenera, se arruga, amarillea, se quiebra. Pero... no. Tan poco vale Katy, tan poco vale que no es merecedora ni de venganza, ni de combate, ni de confrontación, ni de nada. Una larga vida de nada, eso le espera, pero no seré quien lo pretenda ni lo desee ni me quede para verlo. Sencillamente, pienso que eso le ocurrirá a quién descarga su putrefacción en los otros, la nada, ningún receptor de su agonía, ¿quién la querría? ¿Quién desearía amar a un verdugo? Otro verdugo, claro está, como yo lo fui. Otra nada. Nada. Te salvaste, hermoso cacho cabrón, y me acompañarás en el viaje que aún me queda de los días y las guerras. ¿Venceremos o, ni siquiera libraremos la batalla porque seremos del bando de los que contemplan, a la orilla de los acontecimientos, al otro lado de los días?

Bajo el agua de la ducha Marta canta a pulmón abierto. Deja la ventana-respiradero abierta y los vecinos son partícipes de su canto. En cierta ocasión, irónicamente un vecino le comentó que porqué no iba a Operación Triunfo, allí, a dar la nota… Marta resolvió con un “Sólo canto bien desnuda…” Los colores del vecino se acentuaron y ella se apresuró, sonriente con el cabello rojo aún mojado, a la boca de metro, como siempre, camino de la facultad.

Mira, ¿sabes lo que siento?

Dos clavos en el pecho

En pleno corazón.

Uno es lo perdido que me siento.

Otro es lo perdido que me siento.

Ay, Camarón, a partirme la camisa

Me la partiría yo, cantando con tu voz,

La camisita que tengo

Me la partiría yo

Llenita de sangre

Como la tengo

Del desamor.

¿Que qué es la vida?

Escribirle a una amiga

Que estoy partido en dos.

¡Ay de aquellos

Que en enemigos comunes

Abanderen su amistad

Te lo digo yo!

La vida son momentos.

El mañana está muy negro.

La vida son momentos.

Te lo dice el Camarón.

Los ojos se me hunden en las cuencas

Buscando una razón

Para seguir adelante.

Y el mañana está muy negro,

¡Camarón!

Fiódor se arranca de un tirón la camisa blanca haciendo saltar los botones contra el suelo del hall de la facultad y continúa, esta vez, leyendo de una libreta que sacó del bolsillo trasero, mientras Marta y el resto de alumnos y profesores lo miran más asombrados que otras veces por su gesto de violencia.

¡Se podría en un poema, resumir todas las almas!

Conquistar en veinte frases los silencios más rotundos

Alejar en conjugados y por siempre los fantasmas

Si pudiera...

Con la fuerza de conceptos, abstracciones y monemas

Embeber cada serena, tierna y dulce...

Hace una larga pausa mirando al suelo, recomponiendo visualmente los botones que le faltan, agita la cabeza con suavidad de lado a lado y prosigue más sereno:

Embeber cada recuerdo de armonía con olores

Rebasar lo más concreto y darle forma a la tristeza

Si pudiera no podría con mis dedos darle forma

Se podría en un poema resumir todas las vidas

Conquistar en veinte frases los rincones más profundos

Alejar en alejandros concentrando los minutos

Si pudiera...

A las horas devolverle ya por siempre toda historia

A las horas devolverle ya por siempre la memoria

A las horas devolverle ¡ya por siempre! ¡UN CASI NUNCA!

¡Si pudiera no podría con mis venas darle vida

Al torrente que me acecha de visiones que se ocultan

A los ojos de los gatos que en las noches se desvirgan!

Treintaitrés son las maneras de morir de un alquimista

Se podría mas no puedo intentar un imposible

Que se aleja en cada verso acelerando los azules

Se podría en un poema resumir todas las almas

Si éstas fueran a mis ojos de verdad tan cristalinas

¡Mas no, a mis ojos, no lo son! ¡Son misterio y melodía!

¿O es que acaso yo podría en veinte versos

Resumir toda una vida?

Mas no me llegan quinientos

Donde poder expresar

Lo que aquel día sentía

Cuando morir te morías

Tú, mi amigo,

De por vida.

Será el tedio, piensa Enric. Será el tedio el que le arranca el corazón del pecho y lo desliza delante de Marta. Será el tedio, no puede ser otra cosa, pues se sabe incapaz de amarla. Marta ha aceptado ir con Enric a una librería para ver una presentación de una novela. Y ha aceptado porque en Enric se deslizó el corazón en su pregunta y Marta, por primera vez, notó algo de calor, más allá del calor de su amistad, un calor afirmativo, un calor indicador; que ha hecho que algo que en ellos sería tan normal como el ir a un acto sobre literatura, se convierta en una situación en la que aceptar o no aceptar es toda una declaración de intenciones. Enric estaba tenso, piensa Marta, y le cuenta lo de Fiódor en el hall a acto seguido de su pensamiento.

Lo he visto: a la sombra de los padres aparece la luz de sus hijos: cegadora, de otro mundo, ancestral, tierna en su potencia y porvenir. La hija tocaba el violonchelo en una exposición de su padre y a mí se me caían las lágrimas de los ojos para dentro, hasta el tuétano. Al padre, un pintor, del que vi un cuadro de una mujer desnuda y tumbada que era como una piano sonata de Mozart, sensual y divertida, le salió su luz filial: mágica violonchelista. Yo pensaba en mi jodido bonsái y en cómo le he salvado la vida. Pienso que de haberlo dejado morirse hubiera sido como asesinar a Mozart, como cagarme la música con un balazo a quemarropa de odio y de rencor. Pero no, a mí esto aunque me moja me resbala, qué siga la música, maestra infante, luminosa hija de pintor. Que siga la música y que la vida no sea sólo sentir un golpe seco en la nuca, como algunos pretenden, que sea caricia bajo los cabellos y que, ¡qué demonios! que salga el Sol de los ojos para dentro de aquellos que se ciegan con la oscuridad y no vislumbran el camino, si es que tiene que haber un camino, que esa es otra: pero, hoy, ¡hoy que amanezca! Tengo un buen día, luego ya veremos. ¡Camarero, cojones! Ponme otro, que ya empieza a anochecer.

Enric y Marta han paseado, como le gusta a Enric, como le gusta a Marta. Marta sonriendo, bromeando mientras los transeúntes pasan por su lado, en esta noche lluviosa, que ellos convierten en cálida. Enric, a su luz, muy cerquita, quemado por su rayos. Llueven espadas del cielo pero ellos no las sienten. Marta quiere coger su mano y correr por todas las calles. Las farolas bajo la lluvia alumbran la noche y muchas personas se refugian en los soportales de los edificios, ellos sin darse la mano van de la mano caminando. Comentan la presentación del libro, las chorradas que decía uno de los principales interlocutores, la vieja que no paraba de toser, la rubia explosiva con voz de camionera, el color de la paredes, las luces, su cercanía.

Fiodor, hijo:

Pienso en que ya hace algunos años que te fuiste de casa, y lo comprendo, lo acepto y lo apruebo. (Ya… siempre te digo esto… y es que en el fondo me hubiera gustado que te quedases, pero, hiciste bien) Aquí estábamos en guerra, tu madre y yo, y las guerras, tan cercanas, dañan a los inocentes. Sé que hace mucho que no me pongo en contacto contigo, pero siempre estoy pensando en cómo te irán las cosas: tus estudios, tu afición a la literatura, que sabes que me encanta, si tendrás ya alguna chavala desgastándole el alma y la piel a tu lado o tendrás muchas, mi pequeño golfo, si estarás a gusto con tu vida, si necesitarás más dinero o con tu trabajo en el bar te mantienes, ya sabes, todas esas gilipolleces que piensan los padres. ¿Qué cómo estamos nosotros? Pues a ver, en breve nos mataremos o nos separaremos, por fin tu madre tiene un trabajo de limpiadora estable y podrá alquilarse un piso con unas compañeras. Dejaremos este piso de mierda, tan cargado de mala hostia y recuerdos que uno prefiere olvidar. Yo me iré a vivir con un amigo ya jubilado, el Javi, ¿te acuerdas? ese viejo verde que es fotógrafo y el cabrón consiguió jubilación anticipada, y como está más solo que la una y yo también, pues nos vamos a juntar los dos a ver si acabamos con todas las botellas del barrio y nos ligamos a un par de buenas ricachonas que nos mantengan y nos levanten nuestras flaccideces.

Creo que tu madre habló hace poco contigo, pero no me dijo gran cosa, que ibas bien en la universidad y poco más, que seguías tan callado como siempre. Yo le dije que te dejara ya tranquilo con eso, lo importante es comunicarse, y yo sé que un gesto, una mirada, un movimiento del hombro, yo que sé, eso, los gestos: dicen más que mil palabras, y tú y yo hemos hablado mucho con sólo mirarnos. Pero bueno, ¿sabes? Creo que lo único que me llevaré al piso del Javi será el bonsái, y ropa, claro, pero el bonsái, me lo llevo, es mi compadre, a veces no lo he regado, pero, argggg, soy un blando, pienso que librarme de él será como librarme de tu madre, y la verdad es que si no lo hago es porque me recuerda más a ti, tan hermoso e impasible, al que también algunas veces dejé de regar porque andaba muy encabronado y sin embargo, tu me abrazabas porque sabías que sufría. Siempre has tenido los cojones bien puestos Fiodor. Cuéntame de ti, si quieres, así, por carta, que sabes que a mí el teléfono me da alergia, esas palabras sin rostro no las entiendo, sin embargo, las letras y las frases tienen cuerpo, el que le de cada uno con su escritura, son los gestos que acompañan a lo que dices. Bueno, me despido ya hijo, un fuerte abrazo, de oso de las cavernas,

Tu padre,

Dódor

Fiebre. Había paredes y túneles rojos, padre. Cuarenta de fiebre huele a tiempo en combustión que es como huele el cadáver de un perro. Fiebre y ojos inflamables. Paredes y túneles, y calles también. Fiebre en las orejas y en las ojeras y en el ojal de la puerta. Fiebre dentro de la botella de agua de la que bebo como si fuera el líquido que habría en el Cáliz ése de Cristo. Vino es tal vez aunque ni mucho menos es sangre. Por mi sangre corre la fiebre como una liebre. Fiebre, que es como se pone el Sol, dándole rojez a la Tierra insuflándole fiebre y enfermedad. La enfermedad. La enfermedad y la fiebre y la muerte. Los movimientos de los orbiculares de la boca. Las personas hablamos con todo el cuerpo emitiendo palabras por la boca y el contexto con el cuerpo. Pero yo iba a hablarte de mi primera chavala y ahora tengo fiebre. Está descendiendo. No debí tomarme la aspirina. Me gusta la fiebre. La fiebre es musa, te incendia y escribes. Ahora ya baja la fiebre lentamente por el esófago hasta colarse en los jugos negros de mi estómago y no hay marcha atrás, el tiempo perdido y no hay marcha atrás. Los jóvenes aún lo son demasiado como para recordar a Diderot, dijo uno de mis profesores. Recuerdo algo de la savia negra que le quitaban a los que padecían de melancolía. Un pintor holandés, creo que era Rembrant, inmortalizó unos de esos momentos en los que le arrebataban la melancolía a un paciente bisturí en mano. Muy curioso, sin duda. Doctor, extírpeme este mal de amores. Está bien, pero le advierto que he de abrirle en canal empezando por la entrepierna. En ese caso déjelo estar, para qué quiero yo extirparme tal cosa si luego me quedo partido en dos por los puntos de la vida, que cose a brocha gorda. Fiebre y tú tan lejos mi padre, tú que me dejaste de herencia un laberinto de dudas, un laberinto de silencio y fiebre. Fiebre y tú tan lejos mi vida, te alcanzaré, ardiendo de fiebre, te alcanzaré aunque no te intuya ni sepa que estás, aquí, tan cerca, que no sé que eres mi vida. Cogeré distancia y te veré, así, con cuarenta de fiebre en mis entrañas, te veré y te haré mía, mi vida, mi fiebre, tras el silencio o, si no, me arrancaré el corazón y lo haré estrellarse contra el asfalto.

Fiódor

pd : Cunetas amarillas, olor a azafrán en las paredes, dedos arrugados como submarinos de carne bajo el mar, el olvido, el olvido azul, la tierra jabonosa y el queso putrefacto y rojo y negro. Las veces del dolor. El dolor de los colores. El sufrimiento de los olores. La muerte del sabor. El sexo con la rubia que atiende en el mostrador de información de Reizen que no sé que hostias será. El amarillo. El amarillo y marrón de las fotos. El pasado es amarillo y arrugado como las uvas secas. El futuro no existe más que en la imaginación que es de color amarillo porque el futuro es la proyección del pasado y cuando el pasado está amarillo la melancolía baña de negro al futuro. El presente burbujea en la garganta. Osos de peluche. Razas. Extranjeros donde somos todos extranjeros. El corazón se machaca en un triturador de ajos donde el Dr. Joel Fleischman tiene la única evidencia de que los sueños son reales pero no son la vida misma.

Así salió de mí, cuídate viejo.

Enric subió las escaleras temblando, apoyándose en las paredes, con el pelo totalmente revuelto tras andar por las calles esquivando el fuerte viento que lo hipnotizaba y engullía, que lo transportaba a otra esfera del sentimiento, más allá de sí mismo, como una música endemoniada y subyugante, haciéndolo su prisionero. Zummmm.

Al hundir la boca en el coño empapado de una de ellas se deshizo el tiempo, sus manos buscaban el ano para meterle un dedo mientras la otra mano con sus cinco dedos se derretía en la vagina de la otra, las manos de ellas se perdían en su pelo y en su polla y en su pecho y por su espalda sudada, de un tirón una de ellas lo alzó desde su entrepierna y lo subió hasta que sus labios se encontraron mientras su compañera se metió toda la polla garganta abajo hasta que salió un chorro de semen que la echó hacia atrás y luego se la metió más profundamente notándola crecer ardiendo e inflamada de nuevo en la cavidad de su boca mientras Enric apretaba sus pechos. La compañera abrió las piernas de par en par y Enric se metió dentro de ella de un golpe. Con las manos balanceaba el culo de la chica que encima de la cara de su compañera le ofrecía el coño con dureza. Bebió todo lo que de él manaba y entre los gemidos de la penetrada Enric volvió a correrse explotando en temblores llenándola de él.

Se dejó caer sobre ellas que aún seguían buscando el relámpago del orgasmo, después se hizo a un lado y ellas acabaron mientras él buscaba el sueño entre las caricias esporádicas que aún le daban sus dos alumnas.

Nuevo día, café negro y tostadas de pan gallego. Revisa entre bocado y bocado del desayuno “Entre lo uno y lo diverso” de Claudio Guillén, ensayo que merece ovaciones de todo tipo. Hoy les hablará de él a sus alumnos en clase y probablemente también de Patricia de Souza, escritora peruana por la que siente una admiración bastante notable, su sensibilidad y su introspección, la que vierte en su novela Electra en la ciudad, le han calado hondo desde hace poco; considera que debe hablar de los contemporáneos para salirse algo del guión que lleva más de diez años repitiendo sin apenas variaciones. La vuelta a casa con Marta se le hizo frustrante, esa incapacidad de mostrar sus sentimientos le carcome desde hace tiempo. Al regresar a casa miró una película, luego encendió el ordenador con todas las luces apagadas del salón, y abrió el word para escribir una nota que nunca entregará a su destinataria.

De todo lo que callo al verte ahora me gustaría escribirlo, no sé cuánto soltaré ni si seré capaz de que no se quede todo adherido a mi memoria tan sólo y no despegue palabra, o si saldrá cuanto quiero decirte como quiero que salga. Hoy he llorado viendo una película, la de “Cosas que perdimos en el fuego”, y por fin, por fin lo consigo: he llorado, joder, con esta película para mayorías, tan premeditada en su búsqueda de emociones, pero me da igual: he llorado y sentir por mis mejillas las lágrimas ha sido un verdadero éxtasis, ha sido la liberación, aunque sólo momentánea, del llanto que no sé por qué demonios nos depura tanto nuestros sentimientos. Llorar, así, sintiendo empatía por unos personajes de un film me ha descargado y quería contártelo. No entiendo muy bien por qué me hacía falta llorar pero sé que lo necesitaba. Llevo mucho años sin hacerlo y empezaba a preocuparme mi falta de sensibilidad. Alguna vez estuve a punto, con los ojos empapados en ellas, pero no salían, no se precipitaban por mi rostro, no las sentía caer desde mis profundidades hasta el exterior, se contenían por más que las forzaba, tiraba de ellas, las empujaba, quería verlas salir más que el semen de mi polla cuando me masturbaba de pura

desolación buscando algo de placer, necesita sentir estas maravillosas lágrimas correr y deslizarse por mi cara, notar su sabor salado en mis labios, beberlas, tocarlas, sentir que no estoy muerto en vida, sentir que todavía después de tanta contención y tanto dolor amagado aún puedo conmoverme, sufrir, y amar. Sí, eso es. ¿Se puede llegar a amar si no se puede llegar a llorar? Y yo siento a mi corazón de nuevo abierto al extraño enamoramiento, después de tanto miedo a querer, después de tanto ocultarme en la penumbra de la sociedad, ahora, voy a amar de nuevo, ahora, ya puedo llorar, y podré hacerlo por ti. Qué sería del amor, sin una lágrima que lo consagrase.

De lo que un teatro cuenta cuando está vacío, pocos saben. De todo lo que él representa cuando está en silencio, pocos saben. Lo saben sus paredes, sus butacas, el telón que encierra un mundo, las escaleras de sus sueños, las corrientes de aire que se filtran por las rendijas de las ventanas mal cerradas silbando melodías del recuerdo. Hay tanto que no se entiende y que sólo lo sabe el aire. Ahí va, recorriendo el espacio que es su medio. Ahí, entre siglos y butacas rojas, entre espantapájaros y tablillas de madera, entre cabellos enredados en el suelo entre polvo y melodías y pisadas del 42 y del 38. Tantas brisas que en sus sueños sueña Enric, que le cuentan lo que cuenta el vacío del escenario: Todo lo que hay que llenar. Un teatro vacío te habla de esperanzas con el silbido de la brisa. El viento le arrastra al desconsuelo. El silencio le transporta a un escenario donde nunca representará la comedia de su vida. Lo que hay y lo que puede haber. Lo que se vive y lo que se añora. Cómo elegir entre tanta maleza la belleza oculta, cómo descubrirla si estamos ciegos de posibilidades. Entre lo que hay y lo que puede haber, Enric se queda con el viento que le ciega y que le arrastra a los amores nunca hallados, siempre soñados, como el sueño de un teatro que se sueña así mismo andando por las calles, con pies de arena, y el corazón helado.

Y FINAL

Maldita la inercia de terminar lo que se empieza. Las prisas, amigo, son para los lentos -me lo dijo un caracol. Y con esta terrible urgencia de fractales, que las expectativas terminen lo que comenzó con la inercia.

Hoy seguro que no nieva.

33

Sin ser absolutamente imprescindible para esta lectura, sí que sería muy recomendable, lavarte la cara si andas algo dormido, coger lo primero que toquen tus manos en el armario de tu cuarto, ponerte además un buen abrigo porque afuera, llueve, y dirigirte a la biblioteca o librería más cercana y hacerte con el cuento “Las babas del diablo” de Julio Cortázar.

33

Uno puede contar una historia de mil maneras diferentes, incluso de 1000 maneras diferentes e incluso yendo más allá: de 1.000 modos distintos. Puede uno no cansarse de mirar la misma hoja y descubrir que nunca ha acabado de mirarla por completo… Puede uno narrar como quiera que además, y añadiendo, la recepción del relato se hará de otras tantas mil maneras diferentes, es decir: entrarán en juego las interpretaciones, los estados de ánimo, los conocimientos previos, etc., todo eso de lo que se habla en las escuelas sobre la teoría de la recepción, por parte del lector. Y digo mil por decir un número, como podría decir de múltiples, o como podría decir diversas –pero ya no podría decir: Uno puede contar una historia de diversas maneras diferentes, pues caería en redundancias incómodas para los oídos más finos e incluyendo, incluso, para los más gruesos.

Lo que importa ahora es que hay algo que contar –que quiero, que me apetece contarlo y que además puedo contarlo- y para contarlo, debo elegir. Podría, ya veis, hasta dejar el relato en suspenso, flotando en mis recuerdos, viviendo en mi inventiva, navegando dentro de mi memoria, a la deriva, de mujer en mujer –pues en mi memoria, mayormente y sobre todo, y así como, principalmente: nadan mujeres, ya sean desnudas, ya sean vestidas; vivas, e incluso muertas.

Yo quiero hablaros de las muertas; o más bien, de la muerta, así, una, en concreto. Pero como digo, debo elegir.

Tras una pausa de la que tú no has sido consciente –y digo tú, porque rara vez leen un libro cuatro o más ojos la vez- he tomado mi decisión, así que sin más, prologo, y comienzo:

Una extraña conjunción, pienso ahora, se tuvo que dar, se dio, de hecho, cuando esa mañana y tras el día anterior haber leído “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, vi una fotografía en la que yo salía caminando dirección a ninguna parte pasando por la plaza El fossar de les moreres en el centro de Barcelona. La conjunción, que permitió la dialéctica del asunto que desembocaría en la resolución del caso de la mujer muerta –aquella de mi memoria, que flotaba y flota ágil entre mis recuerdos- se realizó y dio forma a la relación: fotografía mía y Las babas del diablo; no sin antes, exponerte el caso:

Llueve. Afuera, llueve. Llueve como notas musicales amarillas. He puesto, en mi ya viejo ordenador, desde un archivo con polvo marrón y olor a atardecer, Los Secretos. A los Urquijo el mejor color que les sienta es el lluvia. Su color melancólico, adormecido, suave y brevísimo, mediterráneo y primitivo. La música de otros tiempos hace el presente más claro, y más, si van vestidos de lluvia y uno tiene los zapatos mojados: Le beso en la mejilla a Cortázar, acurruco en mi mecedora de polvo al hijo muerto, ese mortal y rosa, de Umbral; tomo de mi mano pálida y sorda la palabra kafkiana y pienso en mi padre; pienso en Miller, en Vila-Matas, en Regás, en Rimbaud, en Asimov, en Ortega, en D´Ors, en Nietzsche, en Descartes y en Platón y en Aristóteles y en El Oscuro y en el Maldito y en Goethe, en Buk, en Burroughs, en Benet, en Goytisolo, Juan, en Faulkner y su mítica mazorca, en Céline y la enfermedad y la guerra, en Reig y Madrid, en Stael, Madame, en todas las toneladas de letras como cucarachas que han invadido mis riñones, mis ojeras, mis pulmones, mi diafragma, mis mitocondrias, mis reacciones enzimáticas y metafísicas. Para la Ciencia, como para Dios, hace falta fe. Para la vida como para la muerte, no hace falta nada, nada más que respirar o dejar de hacerlo, todo lo demás, la poesía y la noche de las carnes.

Pero Enrique Urquijo llora su muerte y a mí la lluvia transparente de la muerte me moja los zapatos y pongo música que ondula mis meninges a lo ola en las Costas Rías Altas, en las cotas altas de las Rías, en las coríaltas de la vida.

Fátima era verde acuarela. Y no amanece, ya. Fátima salió del trabajo, salió de su aula, dejó a los niños con la tabla aprendida de multiplicar por dos los sueños en sus manitas de luz, y desapareció. Fátima no es una personaje de novela azul metida en tres dimensiones de papel, no, Fátima es de carne y sueños, de huesos y miedo, de piel y sufrimiento, de cabello corto y frustrados sus deseos. Fátima, aunque ya no es, fue.

I

Ya no llueve. Por la mañana, entre los cabellos de la lluvia morada y luz de ocaso, salí a ver la exposición, ya sin pensar en la ausente Fátima, de Arévalo. Arévalo es mujer y pinta mujeres como la lluvia crea rizos de cabellos cristalinos de agua, las pinta acuosas, hermosas, lacónicas, vestidas como es debido: de desnudez, como gotas de agua femeninas y sensuales, desnudas con una alegría azul y melancólica de ojos de gata.

Pero esto fue tras la lluvia, a la tarde, cuando me permitieron acceder a la exposición y tras ejercer mi derecho a ser turista en mi ciudad, sentado en las escaleras de la catedral, escuchando a un músico de la gris calle y del barrio olor betún y carbón, que hacía presentes a Dylan, a Cohen, a Lennon, a Nirvana, y cuando mis pasos dejaban atrás la huella de mi presencia silenciosa en los escalones, a Lou Reed.

Vi la exposición de Arévalo por la tarde, tras la lluvia, tras Urquijo, en Els 4 gats, con muy pocos aires de bohemia ya, pero con Arévalo en las paredes y me hizo pensar en Lautrec y en Monet, en el joven Picasso y en la silla de la habitación de Van Gogh. Arévalo pinta, aparte de mujeres de agua desnuda, sillas, las pinta con la inocencia sentada en ellas, con el silencio y mediatarde de un paraguas descansando, recuperando los colores, ahora vivos, contundentes y vibrantes, de la infancia.

Tres mujeres las de su exposición, con olor a flores frescas, con el alma de Gaudí velando los sueños de la más bella en su desnudez, con, claro está, fuego en sus cabellos; con intensos ojos de mar la más directa –ay, los ojos de mar que me han mirado, a mí, tan de agrietada tierra-; con música de fondo la última gota desnuda, reclamando, a flor y letra abierta, fuerza.

Al salir de la exposición, miré, como hacía tiempo ya que no hacía, a los ojos de los transeúntes y, no, no encontraron mis ojos de seca tierra, agua en las miradas como la mujer de ojos de mar –ay, azul.

II

-Fati, ¿qué tal con los peques?

-Muy bien, ya sabes, son mi alegría –Fátima voltea su cuerpo, bajo la sábana, y ahora mira a la pared, la pared azul con el pequeño tocador, testigo caprichoso, fantasma mudo y sordo y marrón de los años de río, catarata, selva, pájaro, trino y, mediodía. Fátima voltea su cuerpo y con él voltea el tiempo, bajo la sábana, junto a su hombre, con las luces del mundo apagadas y la luz de la cabecera incendiada en incertidumbre, haciendo sombras de luz en su rostro de incipientes pero ya profundas arrugas, precipitadas comparecientes de la caída al gris.

-¿Sabes qué me dijo uno, el Juanjo, que te he hablado de él varias veces?

-Dime.

-Que porqué los olores no tienen nombre.

III

En las aguas sumergida esta ciudad en la que me encuentro. Allá, en el fondo… tan angosta, la superficie me espera, allá, al otro lado de, la difracción; la superficie aguarda dura, somera, terrible.

Allá, me espera.

IV

Ya no sé si esta noche es callada, o será sorda. Ya no lo sé, la verdad. Lo que ocurre es que ya no oye tus alientos, me comprendes, tus alientos, aquellos profundos y abismales movimientos de tu pecho, donde emprendían vuelo al sol los alados pájaros que moraban, sí, tu pecho. Tu pecho desnudo, de la vida, agua, ahí bebía tu derrota.

V

¿Dientes de león? No, agujas de león. Agujas hubieron de ser mis palabras para tejer el río de mi, el río de mi turbulenta y mansa vida. Agujas de león. Agujas ágiles, volátiles, evanescentes, quebradizas, suicidas como lo es la lágrima y la gota de la lluvia de tu pelo. Suicidas mis agujas. Suicidas como tal vez, Fátima, lo fue. Porque Fátima se fue sin dejar más que recuerdos en cada materia que hubo de convivir con ella. Porque Fátima se fue sin dejar en mi piel el sello cálido y amarillo de su piel. Nunca me lo entregó, su sello, su piel. Todos los hombres de carne morena a los que ella hubiera amado y follado poseen en su piel su piel. Toda la materia viva y muerta, mutable, concreta o abstracta, frágil y herradura de una bestia, en su piel llevan la piel de ella que nunca besé, lamí, mas a lo menos, siempre olía, en la distancia que había entre su sonrisa y su mirada de cristal y mi lámina de agua turbia que hacía de mi alma turbia.

Cuando reunidos en las cuevas de la adolescencia con linternas por palabras, o con linternas y palabras, tú y yo, ya nos decíamos adiós desde nuestra cercanía sincera. Porque tú y yo, o por lo menos seguro que yo, sabíamos que el adiós sería insalvable, más que nada, porque yo siempre como un viento extraño de los árboles y montes que danza, desvanezco mi presencia inquieta de cualquier escalón de cualquier catedral y mi sello es mi ausencia.

Recuerdo que te comenté, siempre a esa hora de la tarde en que era como si lloviera, siempre a esa lluviosa hora en que tú y yo hablábamos de tú a tú, que de ser otro alguien, sería Eurípides. Tú respondías que de poder ser otro alguien, serías, y decías como si fueras un metal tibio: yo misma. Tan extraña te era tu piel, mi amiga. Heredé tus agujas de león de tu cuerpo anocheciendo.

VI

Dódor, siempre has sido un loco muy difícil y entrañable, cariño. Rechazado por loco, admirado por genio. Tu locura es tanto tu genialidad como tu condena, me dijiste cuando habitaba tumbas y gusanos. Me hacías sentir orgulloso de los caminos negros que mi alma recorría por los caminos negros de las calles. Yo ya había enterrado la palabra oscura para iluminar mis días, para dormitar en el entresueño, para dejar a mi ombligo en el exilio, para besarle en la boca y en las tetas a la vida, ay, las tetas, fuente y abismo, perfumada colina, perdición del niño, maldición del sexo, azúcar moreno las mujeres de los cafés sin leche a las ocho de la mañana, ay, los pechos, a mis manos destinados, condenadas a su búsqueda cual hambriento, ay, el azul de los pechos. Si puedo elegir mi tumba, que sean dos pechos; me escuchas, Fátima, dos grandes pechos.

VII

Saldría oscura la palabra errante

desde el bodegón del sótano de mi cráneo.

Saldría terriblemente oscura

la palabra.

Pero no saldrá, ebria, del sótano de mi cráneo.

No la dejaré salir, sombría, lobezna, del sótano de mi cráneo.

No regaré más, con la perdición de las almas, la palabra.

La palabra muerta, errante, abandonada al olor de las tumbas.

Desde el sótano de mi cráneo, saldrá, viva, henchida, vibrante, hermosa

la palabra viva, henchida, vibrante, hermosa, desde el sótano de mi cráneo.

La última pincelada, el último vistazo, el punto final

de la palabra oscura, ha sido ya dado, al cerrar la ventana, en plena noche

con olor a roble y frío, mucho frío, en la muerte de la palabra oscura, ebria,

errante, sombría, lobezna.

Sencillamente ya dije, lo que tenía que decir.

Son las diez.

Es una buena hora para cerrar los ojos.

Respirar, henchido, vivo, vibrante, hermoso

sintiendo la cercanía de la piel de la vida

sabedor, que la palabra oscura

ha muerto.

VIII

Pero te venía diciendo, a fin de encontrarte, que si alguna vez tuve un lecho donde reposar la vida, fue en tu lecho, porque tu palabra, tan inquietante, de olor a vela, siempre fue mi manta y mi lecho, tu palabra, sincera como un niño, valiente como el olvido, me encontraba. En honor a tu palabra, entre ellas, te buscaré.

IX

Lo peor de todo es la primavera con su reverencia sumisa del clima a la vida. Me hastía la primavera. En primavera te fuiste y en primavera no sé cuantas veces he muerto. En primavera la juventud y la senectud se enamoran y eso es horrible. Es horrible enamorarse en la farsa de la primavera con las aceras colapsadas de tanto beso juvenil a los pies de los portales. Es horrible alzar catedrales sobre un suelo de hojarasca sobre un lago que se seca. En la lucha tiene que nace el amor, en el invierno de los ojos y los claveles, en la tempestad de los lustros, dionisiacamente ha de nacer el amor. Si no, con la farsa de la benevolencia, el amor se difumina tal como se pudre una manzana en el corazón. Tú te habías enamorado y habías nacido en primavera. En la primavera de las sociedades bien es sabido que comienza su decadencia. No inviertas el futuro en primavera. Tu tiempo y mi tiempo, más el tuyo, ahora sé, era glacial, era tormenta violenta, era muro de contención de odios y penas, el tiempo de tu alma, el alma de tu tiempo nació en mal lugar, pero yo sé dónde tus calzas hacían huella más profundas, no en el barro o en la nieve sino en el hielo. Sentados en el sofá escuchando a Bowie o a Iggy, vi cómo eras de hielo tras tus ojos esmeralda, vi cómo en tus manos se congelaba el tiempo y sabía que llorabas como si la soledad fuera tu templo y la magia tu secreto. Lágrimas de hielo nunca vi descender por tu rostro blanco. Pero llorabas privilegiando el silencio de los muertos a la sonora vida circundante. Llorabas.

X

Se abraza frente al espejo. Primero, se mira y, luego, cierra los ojos para sentirlo. Se da, a sí misma, el más cálido y protector abrazo de todos cuantos los hombres le han dado. A pesar de lo que siente frente al espejo por unos instantes, cuando abre los ojos, la escena le resulta ridícula y sobrecogedora. Rompe a llorar, permaneciendo abrazada a sí misma, fuerte, muy fuerte, hasta que cesa el llanto y sólo queda la soledad de su cuerpo frente al espejo.

Aún no lo tiene claro, por eso sufre, pero desea hacerlo.

Comienza a darse una ducha con el agua muy caliente. Pone el tapón en la bañera y, espera bajo el chorro de agua calentísima, a que vaya subiendo el agua y la llene. Entonces se sumerge parcialmente y comienza a enjabonarse con la esponja, meticulosa, silenciosamente, como sólo lo podría hacer una mujer como ella.

No ha corrido las cortinas. Sentada, paseando la esponja por su cuerpo, puede observar el espejo empañado por el vaho.

Dódor le comentó en una ocasión que el vaho de los cristales era como los malos momentos, que acababan por desaparecer, pero poco a poco, muy despacio, para cada vez, ver más claro el horizonte del reflejo de lo que somos y seremos.

Sale envolviéndose la toalla en la cabeza, empapando el suelo con el agua desnuda que se desliza por todo su cuerpo de agua, gota a gota, como lágrimas de su piel, como si en su piel aún no hubiera cesado el llanto. Le gusta la sensación que el agua deja en su cuerpo y se dirige a la habitación, con los pies descalzos y el cuerpo desnudo empapado de ella misma hasta el tuétano.

Elige un disco de jazz, nunca lo había puesto antes, sí lo había escuchado, pero siempre lo ponía su pareja.

Se tumba en la cama con el cuerpo ya casi seco, boca arriba, centrándose en la música que la abraza como antes se abrazaba ella; como la abrazaba el agua del baño, cálidamente, metiéndose en ella, inundando el presente de recuerdos.

Piensa en el vaho del espejo del baño, ya se habrá desvanecido.

Para cuando el disco dejó de sonar, Fátima, ya se había dormido.

Sueña con un desierto, un blanco y extenso desierto tan sólo habitado por el viento, que va cambiando de forma a cada duna blanca y solitaria y ella nada por el aire violentamente temiendo la caída a la desesperanza.

Se ha despertado temblando pero aún así, busca en el armario ropa ligera. Se pone las gafas de sol. El Sol la daña.

Sale a la calle, caminando a paso lento. Su mirada está vuelta hacia atrás, hacia el pasado, enfrente de ella sólo hay recuerdos. Piensa en el parque que había al lado de su colegio, que es como el parque que hay al lado del colegio en el que ahora da clases, allí solía ir a jugar con sus amigas, hacían el pino ayudadas por los columpios, donde apoyaban los pies y columpiaban los sueños. Se hacían un nudo en la falda como quien hacía un nudo en la falda cuando hacía el pino, para que el vestido no cayese en el momento de brindar sus pies al cielo, a ella le hacía mucha gracia sentir en la nariz los pliegues de la falda, pero aún así hacía el nudo para que los chicos no se rieran de la situación, aunque realmente le daba igual. El parque, las faldas, el viento, las amigas, los besos, los corazones de los árboles, las raíces de los sentimientos, los años.

Nota que sus pensamientos evitan la confrontación, se centran en los días más alegres. Cuando aparece una sombra inquietante, rápidamente, gira en busca de los días de inocencia, a salvo del dolor de mujeres y hombres; a salvo de las miradas con lágrimas en los ojos, de las miradas ausentes, de los silencios que entierran las bruscas esquinas de la vida; a salvo, de la vida que tiene que cambiar.

Camina entre la gente que colma la calle. Cruza carreteras, una tras otra. Va sin rumbo fijo balanceando los brazos rítmicamente, y así camina hasta que cae la noche, a plomo, sobre la ciudad. Se detiene.

XI

Bajar las escaleras de dos en dos y comer peces al mismo tiempo. Pensar en el arte irlandés de la Alta Edad Media y entender que el geometrismo y el impresionismo pueden convivir desde hace ya tanto y no tanto tiempo me produce una sensación de bienestar que no acabo de comprender. Apenas se podía saber en sus miniaturas lo que dibujaban de tan estilizado y sin embargo describían con belleza impresionista poéticamente niños jugando con la espuma blanca de las olas.

El Imperio Bizantino atrae por su grandeza cuando en Occidente se comían las penas con pan duro y mohoso.

Los artistas-magos del Paleolítico abrieron el camino hasta un Withman imponente.

Qué de años llevamos a la espalda y sin embargo, no hemos cambiado tanto. Cuando leo sobre Grecia, la Grecia de la Antigüedad, me sorprendo viéndome reflejado, viéndonos reflejados en ella. Nuestra primavera se acaba. Abróchense los cinturones porque, aunque tal vez no sean mis ojos los que lo vean, volveremos a ser ese hombre que es un lobo para el hombre pero a golpe de puñal. La primavera se acaba.

Recuerdo todos estos pensamientos que he tenido en el autobús desde la escultural Plaza de Cataluña hasta la playa de Sitges. Los mal recuerdo pero me gusta la sensación de recordar algo que quería recordar en profundidad y sólo atisbo a esbozar una mueca de aquellos recuerdos. Es extraña la memoria, laberíntica, farsante, pero baila de elegancia cuando gusta y cuando lo hace lo hace y suenan violines desde los tejados, y pianos desde las mesitas de las terrazas de los cafés en los que nunca me paro, hasta hoy.

Hoy me paré en un café del centro a charlar brevísimamente con el marido de Fátima. Ahí estaba él, con la cara metida en el cortado cogiendo la pequeña tacita a dos manos. Su gesto, de tan difícil y forzado, me resultó más que cálido y melancólico, triste. Con toda las connotaciones de la palabra. Él, que no ha movido un huevo por su mujer tras desaparecer y ahí está, posando tristeza; buscando en el fondo entre los posos, los posos de su fondo, que cualquiera ve a flor de piel.

XII

-Tráela de una vez –sus palabras salen de la boca como si tuvieran óxido-. Aquí está para lo que está. Dos minutos, es lo que tienes.

-No aguantará otro más.

-Lo hará. Todas los hicimos. Y no me repliques ¡cojones!

XIII

El cielo parecía sacado de una foto vieja. Alguien había puestos nubes doradas ahí arriba, en una especie de lozana anarquía como si las hubieran lanzado desde muy lejos para quedar absortas en el lienzo pajizo del cielo. Amanecía con calma cromando el único árbol y el único poste de piedra que monolíticamente lindaban con la finca en medio de la nada de Castilla y León, mientras el camino de tierra que conducía al antiguo caserón que reinaba en la finca era surcado por la vieja furgoneta de Corelio. La parte trasera estaba tan cargada de frutas y hortalizas que en todos y cada uno de los baches se perdía parte de la carga para sembrar a su paso los lindes del camino. Un pequeño pie, marmóreo, asomó entre las lechugas.

XIV

Entre tanta estrella y tanta hoja que el viento hace danzar por los aires de la noche, sus ojos atraviesan la oscuridad y se cierran. De pie, mecida por el viento, permanece.

Ahí está la Luna, arriba, en lo más alto, contempla en silencio su latir, su tiempo muerto en la mitad de su vida; y ella se queda quieta, muy quieta mirándola desde la profundidad de sus ojos cerrados: es víspera de sueños, de malos sueños en la noche de la mujer; la noche negra y fría como un collar de hierro la arropa en su oscuridad; pero la claridad de la Luna la deja al descubierto, desprotegida y en el centro de su soledad, y no se mueve, permanece. Ahora en plena acera permite que la brisa de la noche la acaricie mientras, y aún más quieta, abriendo los ojos, se sorprende de ver un saco que cuelga de las rejas de un balcón que cuelga a su vez, roído por los años, carcomido y a punto de caer, de un edificio de las afueras de su ciudad.

El fondo del saco es rojo, rojo sangre, rojo que chorrea gota a gota y se descuelga del primer piso desde donde se suspende el balcón; lágrimas rojas salpican frente a ella haciendo sangre en su calzado; en el fondo del saco imagina un rostro, la cabeza de un decapitado que aún, piensa ella, aún llora, y todavía más en silencio que la Luna: contempla su latir, su tiempo, ya muerto; en su vida ya es de noche, en la suya, ya está anocheciendo...

Camina hacia el portal donde las escaleras la conducirían directa a la cabeza del muerto, sus pasos esta vez saben adonde van, saben que quieren evitar esa grieta del suelo por donde siempre acaba colándose, esa grieta por la que caen derrumbados sus pensamientos en las noches en soledad y en los días de penumbra. Esa grieta inmensa, ese frío abismo, esa espiral es la que va evitar o sumergirse en ella por siempre, y sus pasos, valientes, ya lo saben.

XV

-¿Por qué esa pose, Angelito?

-Qué quieres tú, poeta de mierda.

-Qué fino, ¿calentito el café? ¿Qué tal todo, buscando nieve en el barro?

-Mira, no estoy para tus acertijos, lo mejor es que me dejes tranquilo.

-Eso haré Ángel, eso haré, seguiré mi camino que para nada tiene que ver con el tuyo, como veo –Dódor deja caer la ceniza del cigarro sobre el suelo. El suelo engulle la ceniza entre sus grietas. Ángel engulle su café de un trago y Dódor, Dódor sigue su camino.

Cuando ha dado dos pasos, se dirige de nuevo a él con la voz saliendo firme entre sus labios de los que también sale una pequeña ola de humo.

-Todo tiene un porqué, Ángel. Fátima también lo tiene.

-Sí…

XVI

-Sí… disculpe, ¿qué es ese saco? O, bueno, qué hay dentro.

El conserje que ya estaba saliendo del portal tras acabar la jornada, atendió la pregunta de la señorita tras echarle una mirada rápida al saco.

-Es de un piso de estudiantes, ya sabe, puede ser cualquier cosa. ¿Se encuentra usted bien?

-Sí… -el rostro de Fátima era blanco y sus ojos brillaban como los de quien ve marcharse a un ser querido en un barco camino de algún lugar lejano del que la vuelta será incierta-. Estoy bien, me llamó la atención lo que chorrea, mire, me manchó los zapatos.

-No se preocupe, tenga –Del bolsillo del chaquetón saca un klinex y se lo ofrece –Buenas noches señorita, tenga buena noche.

XVII

Ya en la estación de autobuses, lo que más le preocupaba era no tener el dinero justo para el billete, decidió que iría donde hubiera un billete que valiese justo, veinte céntimos arriba o abajo, lo que tenía en billete pequeño y monedas. 22 con 55. Eso valía su futuro: 22 con 55. Y no la llevaría muy lejos, pero significaría el comienzo; el comienzo que al fin y al cabo, determinaría el final.

XVIII

Han pasado tantos años que los recuerdos de su vida con Ángel, su amistad con Dódor y sus clases en el colegio, aquellos últimos momentos de por decirlo así, su vida, sobre la mesa se esparcen cayendo al suelo entre las nuevas grietas que hacen de su soledad aún una soledad mayor que su soledad primera, haciendo imposible la recapitulación. Las nuevas chicas de la casa son todas difíciles, mucho más de lo que fue ella en su aprendizaje tardío y de lo que fueron sus primeras capturas cuando tomó parte en los “llamamientos a filas”. El dinero apenas si entra y los pliegues de su flor, no dan para más. Las deudas con Corelio aumentan, y teme, lógicamente, por su vida, como teme por su vida el gorrión entre el follaje cuando avista un aguilucho de mirada sangrante y garras como uñas del demonio.

XIX

Me he lavado la cara, ando algo dormido, y he cogido lo primero que tocaron mis manos en el armario. Me he puesto un abrigo, parece que hace frío y es probable, por todas las nubes grises y negras que empapan el cielo, que llueva. Voy siguiendo a mis pasos hasta donde me quieran llevar; no suelen ir a muchos sitios distintos desde hace ya algún tiempo, supongo que desde el momento en que la desesperanza de un encuentro cuajó, cruzarán el paseo del Born, pasarán por el Fossar de les moreres, dejarán atrás la Iglesia de Santa María del Mar, irán cautelosas por la vía Laietana, se detendrán junto a las escaleras de la Catedral y harán que me siente a fumar un largo cigarrillo recién liado mientras caminaba, escuchando, quizás, a algún músico de la calle. De aquí podrán tomar varias direcciones. Esta vez, como otras veces no muy frecuentes, me han llevado a Els 4 gats. Había una exposición de fotografía, lo cual me resultó curioso pues ayer mismo había leído “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, donde la historia viene conducida por una fotografía y una escena que puede dar lugar a varias interpretaciones según los recursos mentales de cada uno. La exposición, de un tal Ángel Corelio, adornaba las paredes. Sus fotos eran del entorno cercano a mi casa. Me complací de ver que mis pies me habían llevado hasta allí. Tomé un té con leche y fumé cigarrillos mirando las fotos. Había fotos prácticamente de todos los sitios por los que había pasado hasta llegar allí. La Catedral, Correos y la vía Laietana, Santa María del Mar y otras muchas de las cercanías, eran como si el fotógrafo hubiera trazado en imágenes el recorrido para que mis pies llegaran hasta el café donde estaba trazado el recorrido que debían y habían seguido. Ouroboros: me vino a la mente como una lanza que atraviesa un cráneo. Pero lo que realmente atravesó mi cráneo fue una foto en la que estaba yo, caminado por la calle entre la Iglesia de Santa María del Mar y el Fossar de les moreres. La foto estaba tomada desde el fondo de la plaza enfocando la pared de la iglesia. En primer término aparecía la escultura en honor a los caídos con la llama en lo más alto que vela por ellos, en segundo plano estaba yo y una chica de pelo corto en que resaltaban, pese a la distancia, sus ojos color verde acuarela. Como fondo de la fotografía aparecía un cartel pegado en la pared de Santa María del Mar, en que se anunciaba a grandes letras una charla sobre el campo y el arte, y bajo ellas lucía la imagen de una carreta cargada de frutas y hortalizas, de la cual asomaba un pequeño pie de una escultura.

Cicatrices con sueño

Presentación:

4 paredes blancas y 1, un techo blanco también, dan forma al estudio de 5x6x3 ms y en el estudio un colchón grande, verde, lo preside y abarca, con 2 personas: tú y yo o ella y él, acostados, desnudos y sin sábanas ni nada más que el colchón sudado bajo ellos, nosotros. También hay un tablón, 1, marrón claro, de 2x2, a ojo, apoyado en la pared frente a los pies de la cama -colchón. Además, 3 palillos en el suelo entre colchón y tablón, ser ríen de nosotros, ellos. Ni puertas, ni ventanas, ni luz eléctrica, ni velas ni similares. Nada en un estudio ampliamente iluminado de luz muy blanca. Todo lo anterior, el escenario y personajes.

Capítulo-uno:

La cocina que aún no existe será el desencadenante de la acción.

-Nara, ¿te apetecen huevos fritos? –dice él, con voz, su voz, suave y somnolienta.

-Sí, claro, cuando estén fríos, por favor –dice, ella, mientras su coño arde aún, y suda la cama entera.

Él, que soy yo, que eres tú, se levanta y nota el frío suelo en sus pies.

Capítulo-dos:

¡Agárrate al tablón! El mar enfurecido cargó desmesuradamente contra sus cuerpos blandos.

(1+1)-5000= Silencio.

Capítulo-tres:

90 es el todo. 2 los palillos que cruzaron ambos cuerpos, hasta la desgarración. El otro, seguía, riendo a carcajadas. Las cicatrices se formaron con premura, olvidando que una parte, no ocupa la vida entera.

Con una sombra de relámpago (Silencio, abismo)

Con una sombra de relámpago

Salté

La luz intermedia acentúa el cuarteto de luz

Sirenas sin voz vuelcan su panza muertas

La salud del tiempo empeoró y ahora es sangre negra

Verde como un ojo en un abismo parpadea

Agua y papel y madera y las montañas de Nepal y Joplin y Chaplin

Y body and soul y música y quebranto, llanto y bosque en la niebla, y e i

Un pretérito impertérrito quema una oruga azul

La noche es naranja como un recién nacido azul

Morado y azul y Quijote y Burroughs en la cima del monte anhelo

Pídeme un sentimiento en esta vida de agora que tengo el presente póstumo

Vuesa merced lo pida que yo

Te daré un cordel seco, viejo, marrón, llorando y con ojos de alcantarilla

En pleno siglo II

Está tan al fondo que es blanco y de niño, quemé mi casa

Con toda mi familia que era de papel y madera y montañas de arena

También quemé más adelante la escuela, el BUP, la universidad, la empresa, la secretaria

Y el tiempo perdido en cárceles con barrotes de oro falso

Y las cervezas de las dos con los cinco de tercero y el del quinto

Y quemé y quemé y broto una cigüeña que hizo grajj al verme

El miembro tan hinchado como una merluza

Por sabe el cielo que las tinieblas dan al calor lo que es del frío

Y al cesar lo que es de el cesar, la muerte

En una habitación de una prostituta negra y de coño inmenso

Con la cara sucia y roja e inflada y dinero enfermo

En una mano rota.

Un viento en el cajón sembrado en gritos (Silencio, abismo)

Un viento en el cajón sembrado en gritos

Voces de espanto con oscuridad en el cielo raso

Hiel

Sobretodo, sabor a hiel

A lágrima

A hez

Un bolsillo descosido en un verso de Quevedo

Un oso de peluche con una flecha en el corazón

Una mesa negra como mi voz

Pero sobretodo, hiel

Mucho sabor a hiel

A llanto contenido

A soga en el pescuezo

A angosto pasadizo

A asesino de virtudes

Una verja con harapos separando a Sartre y a Gauguin

Un saxofón en las manos de Charlie Parker

Una botella de ron cruzada en la garganta

En el suelo un poema

Pero sobretodo mucha hiel

Por doquier

Hiel

Mares de hiel entre tus dedos llenos de arena

Y en la boca sabor a hiel

A alcantarilla de New York

A ceniza en el suelo del desierto

A rata podrida en el regazo de Van Gogh

A libro quemado por la Santa Inquisición

A poema como agua que se cuela por el W.C.

¡Alto! ¡Pará! ¿Querés decirme algo?

Vos soy yo, dejá hablar al niño que fuiste:

En tiempos me mató la soledad

En tiempos perdí la cordura

En tiempos viví la desesperación

En tiempos padecí el engaño

En tiempos anduve perdido

Aún hoy me paseo por el laberinto

No hay salida

No hay mucho que decir

Mas los días siguen pasando

Paso a

Paso

Todo sigue

Sigue y

Simplemente

Mañana será domingo.

Una muerte por sonrisa hace de estandarte (Silencio, abismo)

Una muerte por sonrisa hace de estandarte

Añorando días donde la lluvia era parte del arte

Y ahora es verte muerta o loca lo que me ensombrece

Hace mi sombra tan extensa como la pena más grande

No entender nuestro amor elástico de senderos tan sombríos

Me colma la cordura para acabar perdiendo el hilo de tu historia y de mi historia

Para andar andando triste y derrumbado: botella en mano y, corazón entre los dientes de mi boca.

Cuanta tristeza hay en el mundo (Silencio, abismo)

Cuanta tristeza hay en el mundo

me la como, con todo su dolor de las cuatro de la mañana.

Ya no me doy cuenta, hasta que alguien me dice:

“Oye, ¿estás bien?”

Entonces yo apoyo mi cerveza en la barra,

levanto la cabeza, le miro a los ojos:

“No digiero más, pero estoy bien”.

No entiendo el sufrimiento.

Y es normal,

porque la razón nada sabe de sentimientos.

Mi corazón y mi cabeza.

Mis entrañas y mis pensamientos.

Vivir.

Vivir es la palabra más dura a mis oídos.

Pero es una palabra, nada más, flotando como todas

en la niebla de la abstracción.

Quisiera escribir sin hacerme preguntas,

las de siempre:

“Cómo, por qué, para qué”

Hay mucho silencio a mi alrededor.

La calle parece muerta.

Sólo, cada poco tiempo, se escucha el tiqui tiqui,

de las teclas del ordenador.

Me resulta muy incómodo.

Una hoja de papel ha caído de la puerta.

Me ha dado un susto de muerte,

porque primero

he escuchado el ruido, me he sobresaltado y he dirigido mi mirada

hacia el lugar donde creí oírlo. Vi la hoja en suelo,

debajo de la ranura que deja la puerta de la calle,

y lo primero que pensé fue que alguien la metió por debajo.

Y es de noche, y hay sólo silencio aquí conmigo.

Pasaron por mi mente muchísimas imágenes,

muchísimas preguntas:

“Cómo, por qué, para qué, quién”

Pero entonces recuerdo que era una nota que había pegado en la puerta:

“No estás loco, amigo, sonríe antes de abrir esta puerta”

Entonces me levanto y tomo un libro entre mis manos

que tiene al dorso, una araña más que muerta y disecada

casi polvo, y la soplo, y se va por el aire y aterrizan sus cenizas en el suelo.

Abro el libro: vida y obra de Picasso,

por la página en que aparece el cuadro

“Mujer con hijo enfermo”

Y me vuelo a estremecer.

Sé que todo pasa, que todo cambia,

que nada sobrevivirá cuando el centro de mi universo

explote en uno, y vuela el inicio o la nada.

Pero esto no me asusta.

Porque cuando yo me muera,

todos moriréis conmigo,

todo dejará de existir tan sólo,

porque yo ya no estaré.

Pero vuelven las preguntas.

La prostituta rubia y rumana

aprieta los dientes mientras la monto:

“Lejos de mi intención hacerte daño”

Pero se lo hago, y empujo cada vez más fuerte,

tan fuerte como para acabar con toda la incertidumbre

que me corroe

como un gusano amarillo

desde mi corazón a mi cabeza.

Y suena el teléfono, y eres tú.

Te digo que estoy escribiendo,

que ya sabes y tú no me dices gran cosa

pero me gusta que me hayas llamado y oírte

aunque sea así, de esta manera,

en que no estamos juntos

porque hace tiempo que te has ido

y de allí donde tú estás, no se vuelve nunca.

Cuelgo el teléfono.

Cojo la hoja del suelo.

La arrugo y pienso en mi cara.

Me cogería la cara y me la arrugaría.

Me cogería el corazón y me lo arrugaría.

Pero no es tan fácil.

Y por mucho que la arrugue,

Lo escrito sigue ahí,

testimonio escrito, por mi mano,

de mí.

Ojalá mi mal fuera hermosura (Silencio, abismo)

Ojalá mi mal fuera hermosura

para arrancarle a lo bestia

pétalos a la locura

y no sentir mi latir ahogado

y no verter el desespero

entre las llagas del dolor de mis manos o

por un mar de hiel, o encadenado

a los versos, a tus besos, a la mierda de vida

que me he forjado

al yacer triste en la amargura

por llenar mis segundos

con la más triste y negra

de las pinturas.

Pena y alcohol hasta los huesos,

y agonizando me despellejo

perdido entre

carne, sangre, tiempo, muerte sencilla,

coches, calles, hojas muertas, botellas vacías,

muerte en vida y

ver caer el mundo: sus maravillas,

sus suspiros, sus verdades, sus mentiras,

sus amores quebrados,

sus amistades perdidas,

sus destruidas familias

como secos versos muertos. Son besos

y era su coño y era su alma y eran sus pechos

los que de su ausencia es tortura.

Me paro en el hielo un momento

y como una soga es el tiempo:

me aniquila

y pienso:

Mi vida es perro abandonado,

es un jardín olvidado,

es un páramo sin brisa

como ilusión tornada basura,

como ver caer una estrella,

muerta de pena,

en una negra espesura.

Acuchillando a rayas mis sesos

como quien de un sablazo

parte en dos a un corazón

o parte en diez a la luna,

y su polvo: la locura

y plantando en mi piel la semilla

de los abismos

de esta cruel ironía

de llevar la esperanza bien lejos

y ver florecer las llamas,

después de muerto,

de la vida.

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