Tom Waits y Lorca
Escucho “Hang down your head” de Tom Waits, y siento que el cielo arqueado, curvo y negro, hace un hueco a su voz de habitación a oscuras, de susurro envenenado con dulzura de amante, y se abrazan, sin duda, estos dos viejos perros en un callejón mojado y hediondo, este cielo negro, este Tom Waits, y siento su abrazo en el mismo estómago, cálido, en la misma lágrima que no caerá. Un vaso lúgubre en la barra de un bar anda llorando, mientras escribo esto con los ojos cerrados, y ese vaso nostálgico y solitario y yo, seguimos escuchando “Rain Dogs”; dan verdaderas ganas de llorar con esta canción. “Hang down your head”. Necesito escucharla otra vez. Ahora “Time”. Mi Alma hace ruidos al dormir. Munch se enloquece de pena y de alcohol, aquí a mi lado, en este libro viejo de una biblioteca municipal, mientras la muerte y la tuberculosis se ciernen sobre su alma. Céline escribe toda la noche su desesperación con tinta angustiada y puta. Miller, Henry, está bien de salud y es un campeón sexual a lo S. XIX, eso dice. Tom Waits sigue llorando “Time” para luego, ahora, desencajar las notas a gritos lenitivos y después, habla, como lo haría un lobo triste y borracho, sin su luna allá, en el techo negro, sin querer olvidar este momento, que es mío. Lorca escribe para mí:
“Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.”
Sus ojos acabarían viendo enterrar a los muertos, la feria de ceniza del que llora por la madrugada, el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar como yo vi enterrar a los muertos, la feria de ceniza del que llora por la madrugada, el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar. Como todos, con el tiempo, lo acabarán viendo o lo vieron ya. Lorca es como la voz de Tom Waits. “Blind love” es un caballito de mar arrinconado y su voz, el corazón que tiembla en cada frase. Nietzsche escribía con cuchillos afilados, destripaba los hechos y el pecho, de la madre mentira del cristianismo. Para mí, Dios murió con él. Waits sigue con “Downtown train” destripándome el aliento a su manera, qué tristeza regala este hombre aún siendo yo ahora mismo, una persona feliz, o eso pienso; da gusto revolcarse en la cálida melancolía, como bañarse desnudo en recuerdos tibios con leche y pan. Soy adicto a la tristeza, la persigo, me doy cuenta, no lo puedo evitar, Waits es tristeza y yo sigo sus pasos y la noche sigue triste aun siendo alegre y cálida. La música suena. Todo va bien.
En el tintero siempre se me quedan los sueños, sacando su manita onírica, por entre mis costillas ¡Tantos cómo tengo! ¡Por entre todas las costillas! Y ahí se quedan, esperando. Para vivir el presente siento que debo dejar el pasado de lado. Adiós, muertos. Adiós. Todo va bien. La música suena. Mi Alma duerme. Mi alma también. Sólo falta que llueva como señal de que el tiempo, irremisiblemente, pasa y pasará, y pasó como la última canción de Waits. Charcos de lluvia en la calle. Comí sopas calientes con la tristeza colgando de la barbilla. Aves de largas plumas caídas. Adiós, presente, adiós.
“And it´s time, time, time.”





