Libro de Arena
Login

Puzzle (Alma ha muerto)

33

Sin ser absolutamente imprescindible para esta lectura, sí que sería muy recomendable, lavarte la cara si andas algo dormido, coger lo primero que toquen tus manos en el armario de tu cuarto, ponerte además un buen abrigo porque afuera, llueve, y dirigirte a la biblioteca o librería más cercana y hacerte con el cuento “Las babas del diablo” de Julio Cortázar.

33

Uno puede contar una historia de mil maneras diferentes, incluso de 1000 maneras diferentes e incluso yendo más allá: de 1.000 modos distintos. Puede uno no cansarse de mirar la misma hoja y descubrir que nunca ha acabado de mirarla por completo… Puede uno narrar como quiera que además, y añadiendo, la recepción del relato se hará de otras tantas mil maneras diferentes, es decir: entrarán en juego las interpretaciones, los estados de ánimo, los conocimientos previos, etc., todo eso de lo que se habla en las escuelas sobre la teoría de la recepción, por parte del lector. Y digo mil por decir un número, como podría decir de múltiples, o como podría decir diversas –pero ya no podría decir: Uno puede contar una historia de diversas maneras diferentes, pues caería en redundancias incómodas para los oídos más finos e incluyendo, incluso, para los más gruesos.

Lo que importa ahora es que hay algo que contar –que quiero, que me apetece contarlo y que además puedo contarlo- y para contarlo, debo elegir. Podría, ya veis, hasta dejar el relato en suspenso, flotando en mis recuerdos, viviendo en mi inventiva, navegando dentro de mi memoria, a la deriva, de mujer en mujer –pues en mi memoria, mayormente y sobre todo, y así como, principalmente: nadan mujeres, ya sean desnudas, ya sean vestidas; vivas, e incluso muertas.

Yo quiero hablaros de las muertas; o más bien, de la muerta, así, una, en concreto. Pero como digo, debo elegir.

Tras una pausa de la que tú no has sido consciente –y digo tú, porque rara vez leen un libro cuatro o más ojos la vez- he tomado mi decisión, así que sin más, prologo, y comienzo:

Una extraña conjunción, pienso ahora, se tuvo que dar, se dio, de hecho, cuando esa mañana y tras el día anterior haber leído “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, vi una fotografía en la que yo salía caminando dirección a ninguna parte pasando por la plaza El fossar de les moreres en el centro de Barcelona. La conjunción, que permitió la dialéctica del asunto que desembocaría en la resolución del caso de la mujer muerta –aquella de mi memoria, que flotaba y flota ágil entre mis recuerdos- se realizó y dio forma a la relación: fotografía mía y Las babas del diablo; no sin antes, exponerte el caso:

Llueve. Afuera, llueve. Llueve como notas musicales amarillas. He puesto, en mi ya viejo ordenador, desde un archivo con polvo marrón y olor a atardecer, Los Secretos. A los Urquijo el mejor color que les sienta es el lluvia. Su color melancólico, adormecido, suave y brevísimo, mediterráneo y primitivo. La música de otros tiempos hace el presente más claro, y más, si van vestidos de lluvia y uno tiene los zapatos mojados: Le beso en la mejilla a Cortázar, acurruco en mi mecedora de polvo al hijo muerto, ese mortal y rosa, de Umbral; tomo de mi mano pálida y sorda la palabra kafkiana y pienso en mi padre; pienso en Miller, en Vila-Matas, en Regás, en Rimbaud, en Asimov, en Ortega, en D´Ors, en Nietzsche, en Descartes y en Platón y en Aristóteles y en El Oscuro y en el Maldito y en Goethe, en Buk, en Burroughs, en Benet, en Goytisolo, Juan, en Faulkner y su mítica mazorca, en Céline y la enfermedad y la guerra, en Reig y Madrid, en Stael, Madame, en todas las toneladas de letras como cucarachas que han invadido mis riñones, mis ojeras, mis pulmones, mi diafragma, mis mitocondrias, mis reacciones enzimáticas y metafísicas. Para la Ciencia, como para Dios, hace falta fe. Para la vida como para la muerte, no hace falta nada, nada más que respirar o dejar de hacerlo, todo lo demás, la poesía y la noche de las carnes.

Pero Enrique Urquijo llora su muerte y a mí la lluvia transparente de la muerte me moja los zapatos y pongo música que ondula mis meninges a lo ola en las Costas Rías Altas, en las cotas altas de las Rías, en las coríaltas de la vida.

Fátima era verde acuarela. Y no amanece, ya. Fátima salió del trabajo, salió de su aula, dejó a los niños con la tabla aprendida de multiplicar por dos los sueños en sus manitas de luz, y desapareció. Fátima no es una personaje de novela azul metida en tres dimensiones de papel, no, Fátima es de carne y sueños, de huesos y miedo, de piel y sufrimiento, de cabello corto y frustrados sus deseos. Fátima, aunque ya no es, fue.

I

Ya no llueve. Por la mañana, entre los cabellos de la lluvia morada y luz de ocaso, salí a ver la exposición, ya sin pensar en la ausente Fátima, de Arévalo. Arévalo es mujer y pinta mujeres como la lluvia crea rizos de cabellos cristalinos de agua, las pinta acuosas, hermosas, lacónicas, vestidas como es debido: de desnudez, como gotas de agua femeninas y sensuales, desnudas con una alegría azul y melancólica de ojos de gata.

Pero esto fue tras la lluvia, a la tarde, cuando me permitieron acceder a la exposición y tras ejercer mi derecho a ser turista en mi ciudad, sentado en las escaleras de la catedral, escuchando a un músico de la gris calle y del barrio olor betún y carbón, que hacía presentes a Dylan, a Cohen, a Lennon, a Nirvana, y cuando mis pasos dejaban atrás la huella de mi presencia silenciosa en los escalones, a Lou Reed.

Vi la exposición de Arévalo por la tarde, tras la lluvia, tras Urquijo, en Els 4 gats, con muy pocos aires de bohemia ya, pero con Arévalo en las paredes y me hizo pensar en Lautrec y en Monet, en el joven Picasso y en la silla de la habitación de Van Gogh. Arévalo pinta, aparte de mujeres de agua desnuda, sillas, las pinta con la inocencia sentada en ellas, con el silencio y mediatarde de un paraguas descansando, recuperando los colores, ahora vivos, contundentes y vibrantes, de la infancia.

Tres mujeres las de su exposición, con olor a flores frescas, con el alma de Gaudí velando los sueños de la más bella en su desnudez, con, claro está, fuego en sus cabellos; con intensos ojos de mar la más directa –ay, los ojos de mar que me han mirado, a mí, tan de agrietada tierra-; con música de fondo la última gota desnuda, reclamando, a flor y letra abierta, fuerza.

Al salir de la exposición, miré, como hacía tiempo ya que no hacía, a los ojos de los transeúntes y, no, no encontraron mis ojos de seca tierra, agua en las miradas como la mujer de ojos de mar –ay, azul.

II

-Fati, ¿qué tal con los peques?

-Muy bien, ya sabes, son mi alegría –Fátima voltea su cuerpo, bajo la sábana, y ahora mira a la pared, la pared azul con el pequeño tocador, testigo caprichoso, fantasma mudo y sordo y marrón de los años de río, catarata, selva, pájaro, trino y, mediodía. Fátima voltea su cuerpo y con él voltea el tiempo, bajo la sábana, junto a su hombre, con las luces del mundo apagadas y la luz de la cabecera incendiada en incertidumbre, haciendo sombras de luz en su rostro de incipientes pero ya profundas arrugas, precipitadas comparecientes de la caída al gris.

-¿Sabes qué me dijo uno, el Juanjo, que te he hablado de él varias veces?

-Dime.

-Que porqué los olores no tienen nombre.

III

En las aguas sumergida esta ciudad en la que me encuentro. Allá, en el fondo… tan angosta, la superficie me espera, allá, al otro lado de, la difracción; la superficie aguarda dura, somera, terrible.

Allá, me espera.

IV

Ya no sé si esta noche es callada, o será sorda. Ya no lo sé, la verdad. Lo que ocurre es que ya no oye tus alientos, me comprendes, tus alientos, aquellos profundos y abismales movimientos de tu pecho, donde emprendían vuelo al sol los alados pájaros que moraban, sí, tu pecho. Tu pecho desnudo, de la vida, agua, ahí bebía tu derrota.

V

¿Dientes de león? No, agujas de león. Agujas hubieron de ser mis palabras para tejer el río de mi, el río de mi turbulenta y mansa vida. Agujas de león. Agujas ágiles, volátiles, evanescentes, quebradizas, suicidas como lo es la lágrima y la gota de la lluvia de tu pelo. Suicidas mis agujas. Suicidas como tal vez, Fátima, lo fue. Porque Fátima se fue sin dejar más que recuerdos en cada materia que hubo de convivir con ella. Porque Fátima se fue sin dejar en mi piel el sello cálido y amarillo de su piel. Nunca me lo entregó, su sello, su piel. Todos los hombres de carne morena a los que ella hubiera amado y follado poseen en su piel su piel. Toda la materia viva y muerta, mutable, concreta o abstracta, frágil y herradura de una bestia, en su piel llevan la piel de ella que nunca besé, lamí, mas a lo menos, siempre olía, en la distancia que había entre su sonrisa y su mirada de cristal y mi lámina de agua turbia que hacía de mi alma turbia.

Cuando reunidos en las cuevas de la adolescencia con linternas por palabras, o con linternas y palabras, tú y yo, ya nos decíamos adiós desde nuestra cercanía sincera. Porque tú y yo, o por lo menos seguro que yo, sabíamos que el adiós sería insalvable, más que nada, porque yo siempre como un viento extraño de los árboles y montes que danza, desvanezco mi presencia inquieta de cualquier escalón de cualquier catedral y mi sello es mi ausencia.

Recuerdo que te comenté, siempre a esa hora de la tarde en que era como si lloviera, siempre a esa lluviosa hora en que tú y yo hablábamos de tú a tú, que de ser otro alguien, sería Eurípides. Tú respondías que de poder ser otro alguien, serías, y decías como si fueras un metal tibio: yo misma. Tan extraña te era tu piel, mi amiga. Heredé tus agujas de león de tu cuerpo anocheciendo.

VI

Dódor, siempre has sido un loco muy difícil y entrañable, cariño. Rechazado por loco, admirado por genio. Tu locura es tanto tu genialidad como tu condena, me dijiste cuando habitaba tumbas y gusanos. Me hacías sentir orgulloso de los caminos negros que mi alma recorría por los caminos negros de las calles. Yo ya había enterrado la palabra oscura para iluminar mis días, para dormitar en el entresueño, para dejar a mi ombligo en el exilio, para besarle en la boca y en las tetas a la vida, ay, las tetas, fuente y abismo, perfumada colina, perdición del niño, maldición del sexo, azúcar moreno las mujeres de los cafés sin leche a las ocho de la mañana, ay, los pechos, a mis manos destinados, condenadas a su búsqueda cual hambriento, ay, el azul de los pechos. Si puedo elegir mi tumba, que sean dos pechos; me escuchas, Fátima, dos grandes pechos.

VII

Saldría oscura la palabra errante

desde el bodegón del sótano de mi cráneo.

Saldría terriblemente oscura

la palabra.

Pero no saldrá, ebria, del sótano de mi cráneo.

No la dejaré salir, sombría, lobezna, del sótano de mi cráneo.

No regaré más, con la perdición de las almas, la palabra.

La palabra muerta, errante, abandonada al olor de las tumbas.

Desde el sótano de mi cráneo, saldrá, viva, henchida, vibrante, hermosa

la palabra viva, henchida, vibrante, hermosa, desde el sótano de mi cráneo.

La última pincelada, el último vistazo, el punto final

de la palabra oscura, ha sido ya dado, al cerrar la ventana, en plena noche

con olor a roble y frío, mucho frío, en la muerte de la palabra oscura, ebria,

errante, sombría, lobezna.

Sencillamente ya dije, lo que tenía que decir.

Son las diez.

Es una buena hora para cerrar los ojos.

Respirar, henchido, vivo, vibrante, hermoso

sintiendo la cercanía de la piel de la vida

sabedor, que la palabra oscura

ha muerto.

VIII

Pero te venía diciendo, a fin de encontrarte, que si alguna vez tuve un lecho donde reposar la vida, fue en tu lecho, porque tu palabra, tan inquietante, de olor a vela, siempre fue mi manta y mi lecho, tu palabra, sincera como un niño, valiente como el olvido, me encontraba. En honor a tu palabra, entre ellas, te buscaré.

IX

Lo peor de todo es la primavera con su reverencia sumisa del clima a la vida. Me hastía la primavera. En primavera te fuiste y en primavera no sé cuantas veces he muerto. En primavera la juventud y la senectud se enamoran y eso es horrible. Es horrible enamorarse en la farsa de la primavera con las aceras colapsadas de tanto beso juvenil a los pies de los portales. Es horrible alzar catedrales sobre un suelo de hojarasca sobre un lago que se seca. En la lucha tiene que nace el amor, en el invierno de los ojos y los claveles, en la tempestad de los lustros, dionisiacamente ha de nacer el amor. Si no, con la farsa de la benevolencia, el amor se difumina tal como se pudre una manzana en el corazón. Tú te habías enamorado y habías nacido en primavera. En la primavera de las sociedades bien es sabido que comienza su decadencia. No inviertas el futuro en primavera. Tu tiempo y mi tiempo, más el tuyo, ahora sé, era glacial, era tormenta violenta, era muro de contención de odios y penas, el tiempo de tu alma, el alma de tu tiempo nació en mal lugar, pero yo sé dónde tus calzas hacían huella más profundas, no en el barro o en la nieve sino en el hielo. Sentados en el sofá escuchando a Bowie o a Iggy, vi cómo eras de hielo tras tus ojos esmeralda, vi cómo en tus manos se congelaba el tiempo y sabía que llorabas como si la soledad fuera tu templo y la magia tu secreto. Lágrimas de hielo nunca vi descender por tu rostro blanco. Pero llorabas privilegiando el silencio de los muertos a la sonora vida circundante. Llorabas.

X

Se abraza frente al espejo. Primero, se mira y, luego, cierra los ojos para sentirlo. Se da, a sí misma, el más cálido y protector abrazo de todos cuantos los hombres le han dado. A pesar de lo que siente frente al espejo por unos instantes, cuando abre los ojos, la escena le resulta ridícula y sobrecogedora. Rompe a llorar, permaneciendo abrazada a sí misma, fuerte, muy fuerte, hasta que cesa el llanto y sólo queda la soledad de su cuerpo frente al espejo.

Aún no lo tiene claro, por eso sufre, pero desea hacerlo.

Comienza a darse una ducha con el agua muy caliente. Pone el tapón en la bañera y, espera bajo el chorro de agua calentísima, a que vaya subiendo el agua y la llene. Entonces se sumerge parcialmente y comienza a enjabonarse con la esponja, meticulosa, silenciosamente, como sólo lo podría hacer una mujer como ella.

No ha corrido las cortinas. Sentada, paseando la esponja por su cuerpo, puede observar el espejo empañado por el vaho.

Dódor le comentó en una ocasión que el vaho de los cristales era como los malos momentos, que acababan por desaparecer, pero poco a poco, muy despacio, para cada vez, ver más claro el horizonte del reflejo de lo que somos y seremos.

Sale envolviéndose la toalla en la cabeza, empapando el suelo con el agua desnuda que se desliza por todo su cuerpo de agua, gota a gota, como lágrimas de su piel, como si en su piel aún no hubiera cesado el llanto. Le gusta la sensación que el agua deja en su cuerpo y se dirige a la habitación, con los pies descalzos y el cuerpo desnudo empapado de ella misma hasta el tuétano.

Elige un disco de jazz, nunca lo había puesto antes, sí lo había escuchado, pero siempre lo ponía su pareja.

Se tumba en la cama con el cuerpo ya casi seco, boca arriba, centrándose en la música que la abraza como antes se abrazaba ella; como la abrazaba el agua del baño, cálidamente, metiéndose en ella, inundando el presente de recuerdos.

Piensa en el vaho del espejo del baño, ya se habrá desvanecido.

Para cuando el disco dejó de sonar, Fátima, ya se había dormido.

Sueña con un desierto, un blanco y extenso desierto tan sólo habitado por el viento, que va cambiando de forma a cada duna blanca y solitaria y ella nada por el aire violentamente temiendo la caída a la desesperanza.

Se ha despertado temblando pero aún así, busca en el armario ropa ligera. Se pone las gafas de sol. El Sol la daña.

Sale a la calle, caminando a paso lento. Su mirada está vuelta hacia atrás, hacia el pasado, enfrente de ella sólo hay recuerdos. Piensa en el parque que había al lado de su colegio, que es como el parque que hay al lado del colegio en el que ahora da clases, allí solía ir a jugar con sus amigas, hacían el pino ayudadas por los columpios, donde apoyaban los pies y columpiaban los sueños. Se hacían un nudo en la falda como quien hacía un nudo en la falda cuando hacía el pino, para que el vestido no cayese en el momento de brindar sus pies al cielo, a ella le hacía mucha gracia sentir en la nariz los pliegues de la falda, pero aún así hacía el nudo para que los chicos no se rieran de la situación, aunque realmente le daba igual. El parque, las faldas, el viento, las amigas, los besos, los corazones de los árboles, las raíces de los sentimientos, los años.

Nota que sus pensamientos evitan la confrontación, se centran en los días más alegres. Cuando aparece una sombra inquietante, rápidamente, gira en busca de los días de inocencia, a salvo del dolor de mujeres y hombres; a salvo de las miradas con lágrimas en los ojos, de las miradas ausentes, de los silencios que entierran las bruscas esquinas de la vida; a salvo, de la vida que tiene que cambiar.

Camina entre la gente que colma la calle. Cruza carreteras, una tras otra. Va sin rumbo fijo balanceando los brazos rítmicamente, y así camina hasta que cae la noche, a plomo, sobre la ciudad. Se detiene.

XI

Bajar las escaleras de dos en dos y comer peces al mismo tiempo. Pensar en el arte irlandés de la Alta Edad Media y entender que el geometrismo y el impresionismo pueden convivir desde hace ya tanto y no tanto tiempo me produce una sensación de bienestar que no acabo de comprender. Apenas se podía saber en sus miniaturas lo que dibujaban de tan estilizado y sin embargo describían con belleza impresionista poéticamente niños jugando con la espuma blanca de las olas.

El Imperio Bizantino atrae por su grandeza cuando en Occidente se comían las penas con pan duro y mohoso.

Los artistas-magos del Paleolítico abrieron el camino hasta un Withman imponente.

Qué de años llevamos a la espalda y sin embargo, no hemos cambiado tanto. Cuando leo sobre Grecia, la Grecia de la Antigüedad, me sorprendo viéndome reflejado, viéndonos reflejados en ella. Nuestra primavera se acaba. Abróchense los cinturones porque, aunque tal vez no sean mis ojos los que lo vean, volveremos a ser ese hombre que es un lobo para el hombre pero a golpe de puñal. La primavera se acaba.

Recuerdo todos estos pensamientos que he tenido en el autobús desde la escultural Plaza de Cataluña hasta la playa de Sitges. Los mal recuerdo pero me gusta la sensación de recordar algo que quería recordar en profundidad y sólo atisbo a esbozar una mueca de aquellos recuerdos. Es extraña la memoria, laberíntica, farsante, pero baila de elegancia cuando gusta y cuando lo hace lo hace y suenan violines desde los tejados, y pianos desde las mesitas de las terrazas de los cafés en los que nunca me paro, hasta hoy.

Hoy me paré en un café del centro a charlar brevísimamente con el marido de Fátima. Ahí estaba él, con la cara metida en el cortado cogiendo la pequeña tacita a dos manos. Su gesto, de tan difícil y forzado, me resultó más que cálido y melancólico, triste. Con toda las connotaciones de la palabra. Él, que no ha movido un huevo por su mujer tras desaparecer y ahí está, posando tristeza; buscando en el fondo entre los posos, los posos de su fondo, que cualquiera ve a flor de piel.

XII

-Tráela de una vez –sus palabras salen de la boca como si tuvieran óxido-. Aquí está para lo que está. Dos minutos, es lo que tienes.

-No aguantará otro más.

-Lo hará. Todas los hicimos. Y no me repliques ¡cojones!

XIII

El cielo parecía sacado de una foto vieja. Alguien había puestos nubes doradas ahí arriba, en una especie de lozana anarquía como si las hubieran lanzado desde muy lejos para quedar absortas en el lienzo pajizo del cielo. Amanecía con calma cromando el único árbol y el único poste de piedra que monolíticamente lindaban con la finca en medio de la nada de Castilla y León, mientras el camino de tierra que conducía al antiguo caserón que reinaba en la finca era surcado por la vieja furgoneta de Corelio. La parte trasera estaba tan cargada de frutas y hortalizas que en todos y cada uno de los baches se perdía parte de la carga para sembrar a su paso los lindes del camino. Un pequeño pie, marmóreo, asomó entre las lechugas.

XIV

Entre tanta estrella y tanta hoja que el viento hace danzar por los aires de la noche, sus ojos atraviesan la oscuridad y se cierran. De pie, mecida por el viento, permanece.

Ahí está la Luna, arriba, en lo más alto, contempla en silencio su latir, su tiempo muerto en la mitad de su vida; y ella se queda quieta, muy quieta mirándola desde la profundidad de sus ojos cerrados: es víspera de sueños, de malos sueños en la noche de la mujer; la noche negra y fría como un collar de hierro la arropa en su oscuridad; pero la claridad de la Luna la deja al descubierto, desprotegida y en el centro de su soledad, y no se mueve, permanece. Ahora en plena acera permite que la brisa de la noche la acaricie mientras, y aún más quieta, abriendo los ojos, se sorprende de ver un saco que cuelga de las rejas de un balcón que cuelga a su vez, roído por los años, carcomido y a punto de caer, de un edificio de las afueras de su ciudad.

El fondo del saco es rojo, rojo sangre, rojo que chorrea gota a gota y se descuelga del primer piso desde donde se suspende el balcón; lágrimas rojas salpican frente a ella haciendo sangre en su calzado; en el fondo del saco imagina un rostro, la cabeza de un decapitado que aún, piensa ella, aún llora, y todavía más en silencio que la Luna: contempla su latir, su tiempo, ya muerto; en su vida ya es de noche, en la suya, ya está anocheciendo...

Camina hacia el portal donde las escaleras la conducirían directa a la cabeza del muerto, sus pasos esta vez saben adonde van, saben que quieren evitar esa grieta del suelo por donde siempre acaba colándose, esa grieta por la que caen derrumbados sus pensamientos en las noches en soledad y en los días de penumbra. Esa grieta inmensa, ese frío abismo, esa espiral es la que va evitar o sumergirse en ella por siempre, y sus pasos, valientes, ya lo saben.

XV

-¿Por qué esa pose, Angelito?

-Qué quieres tú, poeta de mierda.

-Qué fino, ¿calentito el café? ¿Qué tal todo, buscando nieve en el barro?

-Mira, no estoy para tus acertijos, lo mejor es que me dejes tranquilo.

-Eso haré Ángel, eso haré, seguiré mi camino que para nada tiene que ver con el tuyo, como veo –Dódor deja caer la ceniza del cigarro sobre el suelo. El suelo engulle la ceniza entre sus grietas. Ángel engulle su café de un trago y Dódor, Dódor sigue su camino.

Cuando ha dado dos pasos, se dirige de nuevo a él con la voz saliendo firme entre sus labios de los que también sale una pequeña ola de humo.

-Todo tiene un porqué, Ángel. Fátima también lo tiene.

-Sí…

XVI

-Sí… disculpe, ¿qué es ese saco? O, bueno, qué hay dentro.

El conserje que ya estaba saliendo del portal tras acabar la jornada, atendió la pregunta de la señorita tras echarle una mirada rápida al saco.

-Es de un piso de estudiantes, ya sabe, puede ser cualquier cosa. ¿Se encuentra usted bien?

-Sí… -el rostro de Fátima era blanco y sus ojos brillaban como los de quien ve marcharse a un ser querido en un barco camino de algún lugar lejano del que la vuelta será incierta-. Estoy bien, me llamó la atención lo que chorrea, mire, me manchó los zapatos.

-No se preocupe, tenga –Del bolsillo del chaquetón saca un klinex y se lo ofrece –Buenas noches señorita, tenga buena noche.

XVII

Ya en la estación de autobuses, lo que más le preocupaba era no tener el dinero justo para el billete, decidió que iría donde hubiera un billete que valiese justo, veinte céntimos arriba o abajo, lo que tenía en billete pequeño y monedas. 22 con 55. Eso valía su futuro: 22 con 55. Y no la llevaría muy lejos, pero significaría el comienzo; el comienzo que al fin y al cabo, determinaría el final.

XVIII

Han pasado tantos años que los recuerdos de su vida con Ángel, su amistad con Dódor y sus clases en el colegio, aquellos últimos momentos de por decirlo así, su vida, sobre la mesa se esparcen cayendo al suelo entre las nuevas grietas que hacen de su soledad aún una soledad mayor que su soledad primera, haciendo imposible la recapitulación. Las nuevas chicas de la casa son todas difíciles, mucho más de lo que fue ella en su aprendizaje tardío y de lo que fueron sus primeras capturas cuando tomó parte en los “llamamientos a filas”. El dinero apenas si entra y los pliegues de su flor, no dan para más. Las deudas con Corelio aumentan, y teme, lógicamente, por su vida, como teme por su vida el gorrión entre el follaje cuando avista un aguilucho de mirada sangrante y garras como uñas del demonio.

XIX

Me he lavado la cara, ando algo dormido, y he cogido lo primero que tocaron mis manos en el armario. Me he puesto un abrigo, parece que hace frío y es probable, por todas las nubes grises y negras que empapan el cielo, que llueva. Voy siguiendo a mis pasos hasta donde me quieran llevar; no suelen ir a muchos sitios distintos desde hace ya algún tiempo, supongo que desde el momento en que la desesperanza de un encuentro cuajó, cruzarán el paseo del Born, pasarán por el Fossar de les moreres, dejarán atrás la Iglesia de Santa María del Mar, irán cautelosas por la vía Laietana, se detendrán junto a las escaleras de la Catedral y harán que me siente a fumar un largo cigarrillo recién liado mientras caminaba, escuchando, quizás, a algún músico de la calle. De aquí podrán tomar varias direcciones. Esta vez, como otras veces no muy frecuentes, me han llevado a Els 4 gats. Había una exposición de fotografía, lo cual me resultó curioso pues ayer mismo había leído “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, donde la historia viene conducida por una fotografía y una escena que puede dar lugar a varias interpretaciones según los recursos mentales de cada uno. La exposición, de un tal Ángel Corelio, adornaba las paredes. Sus fotos eran del entorno cercano a mi casa. Me complací de ver que mis pies me habían llevado hasta allí. Tomé un té con leche y fumé cigarrillos mirando las fotos. Había fotos prácticamente de todos los sitios por los que había pasado hasta llegar allí. La Catedral, Correos y la vía Laietana, Santa María del Mar y otras muchas de las cercanías, eran como si el fotógrafo hubiera trazado en imágenes el recorrido para que mis pies llegaran hasta el café donde estaba trazado el recorrido que debían y habían seguido. Ouroboros: me vino a la mente como una lanza que atraviesa un cráneo. Pero lo que realmente atravesó mi cráneo fue una foto en la que estaba yo, caminado por la calle entre la Iglesia de Santa María del Mar y el Fossar de les moreres. La foto estaba tomada desde el fondo de la plaza enfocando la pared de la iglesia. En primer término aparecía la escultura en honor a los caídos con la llama en lo más alto que vela por ellos, en segundo plano estaba yo y una chica de pelo corto en que resaltaban, pese a la distancia, sus ojos color verde acuarela. Como fondo de la fotografía aparecía un cartel pegado en la pared de Santa María del Mar, en que se anunciaba a grandes letras una charla sobre el campo y el arte, y bajo ellas lucía la imagen de una carreta cargada de frutas y hortalizas, de la cual asomaba un pequeño pie de una escultura.


6 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Ruguel 20 Enero 2008 | 12:54 PM

¡Genial!

Saludos

lo dijo Rubén 21 Enero 2008 | 01:39 PM

Gracias Ruguel (a poco más y tenemos el mismo nombre, así ya seríamos tres tocayos por aquí)

Saludos y gracias por pasar, quedas invitado a una cervecilla por el tiempo que te has tomado en leer.

lo dijo erato 27 Enero 2008 | 12:43 PM

Pues me temo que yo también quiero otra cervecita. ¿Se me invita? Porque, como siempre, me encanta seguir leyéndote Rubén. Y el tiempo con lecturas así no importa. Un besote

lo dijo Rubén 29 Enero 2008 | 10:22 PM

Erato, corazón, tú tienes barra libre y además pinchitos de tortilla y si hace falta de jamón serrano. Besos.

lo dijo erato 26 Abril 2008 | 01:22 PM

Rubennnnnnnnnnnnnnn. Te largaste de cañas sin avisarme bandido Pero ¿Volverás? ¿He oido siiii? Besillo

lo dijo Rubén 18 Mayo 2008 | 02:06 PM

Erato!!! sí que me fui sí, no tengo mucho tiempo de interactuar por aquí y así tampoco creo que tenga mucho sentido seguir con el blog, pero bueno, igual con tiempo y unas cañas -claro- me animo a dejar cosas y a participar más en vuestros sitios, para que haya la reciprocidad necesaria en estos lugares destinados al intercambio. Un beso preciosa.

Comenta!