Cuanta tristeza hay en el mundo
me la como, con todo su dolor de las cuatro de la mañana.
Ya no me doy cuenta, hasta que alguien me dice:
“Oye, ¿estás bien?”
Entonces yo apoyo mi cerveza en la barra,
levanto la cabeza, le miro a los ojos:
“No digiero más, pero estoy bien”.
No entiendo el sufrimiento.
Y es normal,
porque la razón nada sabe de sentimientos.
Mi corazón y mi cabeza.
Mis entrañas y mis pensamientos.
Vivir.
Vivir es la palabra más dura a mis oídos.
Pero es una palabra, nada más, flotando como todas
en la niebla de la abstracción.
Quisiera escribir sin hacerme preguntas,
las de siempre:
“Cómo, por qué, para qué”
Hay mucho silencio a mi alrededor.
La calle parece muerta.
Sólo, cada poco tiempo, se escucha el tiqui tiqui,
de las teclas del ordenador.
Me resulta muy incómodo.
Una hoja de papel ha caído de la puerta.
Me ha dado un susto de muerte,
porque primero
he escuchado el ruido, me he sobresaltado y he dirigido mi mirada
hacia el lugar donde creí oírlo. Vi la hoja en suelo,
debajo de la ranura que deja la puerta de la calle,
y lo primero que pensé fue que alguien la metió por debajo.
Y es de noche, y hay sólo silencio aquí conmigo.
Pasaron por mi mente muchísimas imágenes,
muchísimas preguntas:
“Cómo, por qué, para qué, quién”
Pero entonces recuerdo que era una nota que había pegado en la puerta:
“No estás loco, amigo, sonríe antes de abrir esta puerta”
Entonces me levanto y tomo un libro entre mis manos
que tiene al dorso, una araña más que muerta y disecada
casi polvo, y la soplo, y se va por el aire y aterrizan sus cenizas en el suelo.
Abro el libro: vida y obra de Picasso,
por la página en que aparece el cuadro
“Mujer con hijo enfermo”
Y me vuelo a estremecer.
Sé que todo pasa, que todo cambia,
que nada sobrevivirá cuando el centro de mi universo
explote en uno, y vuela el inicio o la nada.
Pero esto no me asusta.
Porque cuando yo me muera,
todos moriréis conmigo,
todo dejará de existir tan sólo,
porque yo ya no estaré.
Pero vuelven las preguntas.
La prostituta rubia y rumana
aprieta los dientes mientras la monto:
“Lejos de mi intención hacerte daño”
Pero se lo hago, y empujo cada vez más fuerte,
tan fuerte como para acabar con toda la incertidumbre
que me corroe
como un gusano amarillo
desde mi corazón a mi cabeza.
Y suena el teléfono, y eres tú.
Te digo que estoy escribiendo,
que ya sabes y tú no me dices gran cosa
pero me gusta que me hayas llamado y oírte
aunque sea así, de esta manera,
en que no estamos juntos
porque hace tiempo que te has ido
y de allí donde tú estás, no se vuelve nunca.
Cuelgo el teléfono.
Cojo la hoja del suelo.
La arrugo y pienso en mi cara.
Me cogería la cara y me la arrugaría.
Me cogería el corazón y me lo arrugaría.
Pero no es tan fácil.
Y por mucho que la arrugue,
Lo escrito sigue ahí,
testimonio escrito, por mi mano,
de mí.
Ojalá mi mal fuera hermosura
para arrancarle a lo bestia
pétalos a la locura
y no sentir mi latir ahogado
y no verter el desespero
entre las llagas del dolor de mis manos o
por un mar de hiel, o encadenado
a los versos, a tus besos, a la mierda de vida
que me he forjado
al yacer triste en la amargura
por llenar mis segundos
con la más triste y negra
de las pinturas.
Pena y alcohol hasta los huesos,
y agonizando me despellejo
perdido entre
carne, sangre, tiempo, muerte sencilla,
coches, calles, hojas muertas, botellas vacías,
muerte en vida y
ver caer el mundo: sus maravillas,
sus suspiros, sus verdades, sus mentiras,
sus amores quebrados,
sus amistades perdidas,
sus destruidas familias
como secos versos muertos. Son besos
y era su coño y era su alma y eran sus pechos
los que de su ausencia es tortura.
Me paro en el hielo un momento
y como una soga es el tiempo:
me aniquila
y pienso:
Mi vida es perro abandonado,
es un jardín olvidado,
es un páramo sin brisa
como ilusión tornada basura,
como ver caer una estrella,
muerta de pena,
en una negra espesura.
Acuchillando a rayas mis sesos
como quien de un sablazo
parte en dos a un corazón
o parte en diez a la luna,
y su polvo: la locura
y plantando en mi piel la semilla
de los abismos
de esta cruel ironía
de llevar la esperanza bien lejos
y ver florecer las llamas,
después de muerto,
de la vida.
A veces dudo
de si siempre estamos en un continuo andar
o si siempre somos continuo estanque,
es decir, no hay movimiento alguno, siempre es hoy.
No hay manera de buscar algo porque siempre estamos
y sólo estamos
en un mismo momento que siempre es diferente
y aunque lo queramos cambiar
o lo queramos mantener igual, es imposible,
el hecho de haber realizado un movimiento
o tenido un pensamiento
ya cambia el instante de antes y me veo inmerso en otro momento
que va a volver a cambiar,
y no a mi antojo
y una mosca se cruzó y ya nada es igual que antes y el antes ya es un recuerdo.
Sigo masturbándome a contra pelo
como buen marinero del falso infierno:
Las caricias son de piedra cuando las da un ser odiado,
lo mismo que una aguja clavada entre los huevos.
Pongamos los puntos sobre las ies,
las cabezas cortadas sobre las esbeltas lanzas doradas de la victoria
y los besos sobre las bocas.
Las horas no pasan en balde,
pasan a fuego quemando las hiedras del tiempo
que jamás volverá.
Jamás volveré a los rincones donde el dolor fue eterno.
No hay nada de que enterarse,
cierra los ojos y sueña y vuela
adonde nunca estuviste y siempre deseaste estar,
igual amaneces allí, sin penas.
El diario de un onanista
se escribe como un orgasmo entrecortado:
en pequeños pedazos
de suspiros negros:
Al abrir la puerta de atrás de los sueños
se extendió ante mí una pesadilla de tamañas dimensiones.
Cerré la puerta.
Y qué raro saben los segundos
bebidos en el infierno de una cama sola.
Nunca estaré solo mientras yo exista y
la barba me acompañe
en el recorrido del amor a estar vivo.
Es lo único que a fin de mes nos queda: pelos por afeitar,
camas vacías que llenar de ti,
tinieblas soleadas, ceniceros llenos de pensamientos
y bolsillos vacíos.
En el muelle me espera el barco de la derrota, el barco de la boca rota,
o la cuchilla de afeitar segundos.
Rasurando el tiempo uno se queda desnudo y lo único que me hace bien
es follarte y amarte.
Se trata de sentir sin interpretar,
de pajearse sin cesar, no hay línea argumental,
sólo versos como manos haciendo un buen trabajo de,
de relax.
Lo grande, lo más grande cabe en lo más pequeño,
dicen,
no sé si será un comentario sexual
o tal vez lo inmenso de lo diminuto nos eleve por el ojo del alfiler hasta el del huracán
y veamos el mundo en su esplendor, desde el cielo,
apagándose.
Veremos que
hay a quien le golpearon la cabeza contra la pared
en el silencio del odio a sí mismo
y a quien le besaron en una noche que se moría de miedo,
tanto da,
nada
prevalece.
Todo cae en el olvido,
agoniza y
finalmente,
fin.