Tus ojos en mis ojos,
Tus labios en los míos,
Me desnudo con el viento,
Pero ya no te siento...
Hoy sólo te pierdo.
No hay amantes que no se quieran,
Ni lágrimas que se quiebran,
Cada vez que el otoño,
Me obliga a recordarte a ti.
La noche se quedó vacía,
En mi cama sólo queda tu almohada,
Y el perfume que dejaste.
Ahora sólo me conformo,
Con las páginas de un cuaderno,
Que murió hace tiempo,
Con la soledad de tu ausencia.
Pero ya no estás, ya te has ido,
Sólo me queda tu silencio,
Que me devuelve tus palabras,
Que me quiebran por dentro.
Qué será de ti,
Qué será de mí,
Si quedamos condenados,
Al recuerdo de palabras ahogadas en la nada...
Me siento vagabundo de ti,
De tu cuerpo desnudo,
De los silencios que escucho en la nada,
De las miserias que me rodean y me acallan.
Me siento vagabundo de ti,
De tu belleza innata,
Del pasado que se hizo historia,
Aunque quedara en historia amarga.
Me siento vagabundo de ti,
De tus ojos...niña lozana,
De tu piel sedosa,
Caliente pero sin calma.
Me siento vagabundo,
Vagabundo de ese amor,
Al que deseo en cada madrugada.
Su sonido me estremece...es conmovedor. Dejo que la brisa acaricie mi rostro, que se introduzca casi en mi ser. No estoy solo, enseguida percibo la presencia de alguien que me observa. Es un hombre, un anciano. Rondará los... ¿ochenta tal vez? Se enciende una antigua pipa de fumar. Sus manos parecen temblar, pero tiene una especie de don que lo hace especial. No lo conozco, pero me siento atraído por su presencia.
Aspira el humo de seguida lo deja escapar de sus pulmones. Es como si no quisiera retenerlo demasiado, como si de cada calada pudiese perder parte de su existencia en este mundo.
-¿Acabas de llegar? –me pregunta con voz socarrona.
Lo miro perplejo. No sé si debo contestarle, aunque intento ser educado.
-¿Por qué lo pregunta?
-Porque todos los días llegas tarde.
Su respuesta me confunde.
-¿Tarde? –repito estúpidamente.
-Sí, tarde –insiste el anciano en su apreciación-. Aunque también sé que no es el único día que te retrasas. Te vengo observando desde hace semanas y en ti he percibido una soledad diferente a la de los demás.
-No sé a qué se refiere –le confieso-. Me habla como si por aquí pasaran infinidad de personas y todos tuviésemos los mismos problemas.
-¿Acaso no es cierto? –me interroga sin dejar de dar caladas a su pipa.
-No lo sé –le respondo con sinceridad-. Usted me dirá, parece ser el experto en la materia.
-Todos habláis con él –y señala con su dedo tembloroso hacia el interior del mar-, le confesáis vuestras penas, vuestros errores, vuestros miedos...sin embargo, cada día perdéis el barco que sale a la salida del sol, justo cuando amanece.
-Lo siento pero...¿de qué barco me está hablando?
Miro hacia todas partes. Aquello no es ningún embarcadero, simplemente es un cacho de playa, escondida entre rocas, al amparo de la propia soledad.
-Es bien sencillo –me responde con tranquilidad- Te hablo del barco que todos ansiáis, el barco que, en teoría, debe conduciros hasta la libertad, el que os debe de alejar de la vida que estáis viviendo. La gran mayoría de los que pasáis por aquí no sois felices con vuestra existencia, os encantaría tener otra vida, pero vuestra cobardía os lleva a llegar tarde cada madrugada. En el fondo os da miedo tomar ese barco del que te hablo.
-¿Y qué tiene ese barco de especial para que todos lo anhelemos?
-Paz. Paz interior. Paz con uno mismo. Ser consciente de que lo que uno está haciendo es lo que verdaderamente desea, pero también comprendo que no es sencillo dar el paso definitivo.
Miré al anciano de frente. Sus ojos se habían quedado fijos en el horizonte, parecía estar más lejos de mí que yo de aquel barco imaginario del cual me hablaba. Entonces comprendí que él también era un cobarde.
-Usted nunca se atrevió a tomarlo, ¿no es cierto? –le espeté.
El anciano sonrió con tristeza. Hacía tiempo que no veía una sonrisa tan triste y he de reconocer que el alma se me congeló.
-Te equivocas, hijo –me contestó una vez superado el impacto de mi pregunta-. Yo sí fui valiente, pero me encontré con la cruda realidad, esa a la que tú y todos los demás temen. Yo sí subí a ese barco y me llevó mares adentro, allá donde yo soñaba llegar, pero el problema fue que al desembarcar nadie me esperaba al otro lado. Ella se había cansado de esperar o, simplemente, yo no había significado para ella lo que yo imaginaba y deseaba. Para que el viaje en ese barco sea fructífero no sólo has de tener tú el valor suficiente, sino que en la otra orilla debe de haber alguien que sea tan valiente como tú. Sufrí por ello, pero no me arrepiento de nada.
-Yo estoy seguro que ella no me esperaría, así que prefiero seguir soñando desde este lado de mi orilla –le espeté.
El anciano se levantó de la roca donde había tomado asiento y me observó con extraña mirada.
-Hace tiempo hablé con ella y me dijo esas mismas palabras, por lo que deduzco que vuestro amor fue intenso. Confiad en los sueños porque a veces son mejores que la realidad. Lo vuestro no son dudas, lo vuestro es miedo a aceptar que os queréis porque habéis llegado algo tarde a ese amor.
Allí me quedé, nuevamente solo, mirando el vaivén de las olas e imaginando el naufragio de un barco que sólo existía ya en mi memoria.
Era extraño, se decían cosas impensables, parecían una pareja de amantes, de enamorados y, sin embargo, no habían dejado de ser dos desconocidos en mitad de la tempestad de sus respectivas vidas. Se hablaban como si el amor ya hubiese surgido entre ellos, como si los dos se necesitaran cerca el uno del otro, como si la distancia les tuviera que romper el alma. La mano que Julio tenía cerca del rostro de Liliana se acercó aun más a aquella mejilla helada de ella, hasta irrumpir en caricias tiernas y dulces… las primeras caricias, las que siempre se recuerdan.
Liliana cerró los ojos al contacto de aquella mano en su rostro y, tras un suspiro considerable, llegó la dejadez. Era como mecerse al ritmo que marcaban las olas del mar, era como quedar desnuda en mitad de la nada, pero con la presencia de aquel hombre que ahora olía a limpio y a brisa de mar. Se sentía vencida y al tiempo rota de paz, aunque los nervios los llevase por dentro. Sintió cómo Julio se colocaba delante de ella y la acariciaba con las dos manos. Sin abrir los ojos, ella se recogió el cabello por detrás de las orejas, dejando desnudo su cuello delgado, femenino, atractivo y así esperó a que los labios de él se posasen en los suyos. Fue un beso lento, suave, con sabor a mar mediterráneo, impregnado de sal, de sabor a él. Por un momento se olvidó de quién era y de quién había sido toda su vida. Tal vez había llegado tarde al encuentro con el verdadero amor, pero eso ya no importaba pues el destino estaba ya escrito y hasta consumido, así que lo más idóneo era arriesgarse por completo y dejarse llevar.
Por su parte, Julio disfrutó de aquel roce de los labios de Liliana como hacía años que no disfrutaba de un beso. Apenas pasó de un simple roce de labios, pero fue tan intenso como hacer el amor por primera vez. Tenía su rostro pegado al de Liliana, sus manos sobre sus mejillas y el aliento cálido de ella inspirándole hasta los sentidos. Le quitó las gafas y le besó los ojos, la frente, la nariz, hasta volver de nuevo a los labios. Ella se dejó hacer, se dejó querer y Julio comenzó a enloquecer de pasión. Se estaba comenzando a volver loco por aquella mujer bella a la cual no podría amar jamás, simplemente por el mero hecho de que ella amaba a otro hombre y él a otra mujer.
-Llévame a tu hotel –le susurró Liliana, aunque más bien pareció una súplica de una mujer entregada y enamorada-. Quiero hacer el amor contigo. Te necesito. Necesito de ti.
Julio la volvió a besar. Sus rostros no se habían separado ni un milímetro, pero Julio torció un tanto el gesto para decirle:
-No…Te llevaré hasta tu coche y regresarás a casa. Será lo mejor para los dos, tal vez estemos confundidos. No podemos arriesgarnos a hacernos daño.
-Por favor –gimió Liliana-. ¿Por qué eres así?
-Así, ¿cómo? –preguntó él.
-Así, tan maravilloso y especial.
-Mañana seguro que me verás de otra manera, pero te aseguro que lo que estoy sintiendo por ti no lo había sentido jamás en mi vida, al menos así de repente.
Liliana levantó la mirada y entonces fue ella quien le besó. Aquel beso fue más intenso y sus lenguas juguetearon por primera vez en aquella tarde que se acababa de volver lluviosa y triste. La lluvia les obligó a regresar al puerto y adentrarse en el coche de él. A Julio le pareció que ella estaba preciosa con el pelo húmedo, sobre todo cuando volvió a recogérselo detrás de sus orejas. La observó detenidamente y comprendió que le gustaba cada vez más.
-Tienes que regresar –le insistió.
-¿Es una forma de decirme adiós? –Liliana se cobijaba así del dolor que le produciría su ausencia aquella tarde noche.
-Tú tienes suerte, pues siempre te quedará esta playa para recordar. Yo me tendré que conformar con buscar otra orilla y esperar los versos del mar, a ver si me hablan de ti. Tal vez le grite tu nombre, esperando que me devuelva un te añoro, o un te quiero junto a mí.
-Dime una cosa –le pidió ella.
-¿Qué?
-¿Siempre eres así?
-No lo sé… -Julio sonrió algo tímido.
-Debes de tener a tu mujer muy enamorada y feliz. La envidio como mujer y hasta me da rabia que hayas de volver con ella.
-Estoy seguro que tu marido también te desea y te ama.
-Sí, pero somos muy diferentes y el amor es como si se hubiese quedado anclado en el pasado, creo que nos hace daño.
-Tú sabrás recuperarlo, ya lo verás.
-Me agrada la forma que tienes de halagarme. No es fácil a esta edad y después de tantos años de casada que alguien te trate con tanto afecto. A veces tengo miedo que el olvido se adueñe de mí y me convierta en su esclava, por eso no quiero perder la oportunidad de amarte, aunque sea en silencio, en la distancia y en el secreto de nuestros corazones. ¿Por qué te quedas tan callado a veces? ¿Qué piensas?
Efectivamente, Julio se había vuelto a quedar callado, pensativo.
-Pienso que no nos conocemos de nada y tal vez estamos hablando de cosas demasiado serias. Lo peor de todo es que pienso lo mismo que tú, siento lo mismo que tú. Necesito algo de tiempo para pensar.
-Estás asustado, ¿verdad?
-No, para nada. Simplemente tengo miedo de que nos hagamos daño, pero al mismo tiempo tengo ganas de volverte a ver y aun no te has ido. ¿Eso cómo se llama?
-No me hagas decírtelo, por favor, y abrázame otra vez antes de que tenga que irme.
Julio se acercó hasta Liliana y la abrazó con suavidad en el interior de su vehículo. Acercó sus labios a su frente y la besó con cariño, con ternura. Ella inclinó hacia atrás su cabeza y volvió a entregarse a la pasión y al deseo. Entreabrió sus labios y esperó que él la besase una vez más. La lluvia arreciaba en el exterior y apenas se podía ver nada de la calle. Liliana aprovechó para tomar la mano de Julio y ponerla sobre uno de sus pechos. Él lo acarició por encima de la ropa e incluso acercó su boca para besarlo con delirio. En ningún momento trató de apartarle la ropa, pero Liliana se dejó caer sobre el asiento, entregada al placer que ya sentía. Julio fue bajando la cabeza hasta llegar a las piernas de Liliana, introdujo una mano por debajo de la falda y acarició sus muslos. Ella los abrió un poco para dejar el camino libre y él aprovechó para avanzar hasta la prenda más íntima de su amante. Los dedos de Julio acariciaron la tela suave de las braguitas y Liliana jadeó de puro placer. “Sigue” pensó para sus adentros, pero sintió vergüenza de pedírselo en voz alta y Julio sintió remordimiento de avanzar más.
-Vete –le pidió sacando rápidamente la mano del pecado-. Vete o terminaré enamorándome de verdad de ti.
De nada valía engañarla, pues sabía que ya estaba completamente enamorado de aquella mujer.
Seguramente nos hemos convertido en víctimas del propio consumismo que nosotros hemos fabricado. Tal vez todo eso llega con la "libertad", con la democracia, con el pasotismo de todo cuanto nos rodea, con el ofusquismo de no saber leer entre líneas el problema político que rodea, no sólo a este país, sino a todo el mundo entero.
Creo que desde hace muchos años se viene pidiendo, exigiendo diría yo, el adiós al ayer, el hola a la libertad y, seguramente, no se esté aprovechando como se debiera con el único problema de no llegar a ser felices del todo en la época que por suerte nos ha tocado vivir.
Pregúntenle si no a un anciano/a de más de ochenta años y comprobarán que sus ojos se tiñen con un color algo rojizo, entre nostalgia, pena y desconsuelo. Quizás ellos hubiesen sido más felices que nosotros de poder disfrutar de la libertad que hoy disfrutamos nosotros.
Me quedé paralizado ante aquella inmensa tragedia, con la mirada perdida en la nada, con un vacío en mi interior imposible de llenar y, no sé por qué motivo, dejé de llorar. Mis labios se quedaron boquiabiertos, la mente en blanco, la mirada perdida, mis brazos caídos, derrotados. Allí estaba yo, en medio de aquella ciudad solitaria, rodeado de la más absoluta miseria, contemplando como todo lo que más quería en mi vida se había volatizado en apenas unos minutos, los justos para que yo abandonase el lugar en busca de un destino que me invitaba a seguir vivo en un mundo en el que no quería continuar. No sabría asegurar el tiempo que pasé delante de aquellos escombros donde yacían, descuartizados y desmembrados, los cuerpos de Irina, de Mordechai y de la señora Wodarz y, quizás, hasta el del propio Roman. De pronto, unas sirenas volvieron a sonar sobre Varsovia. Era el aviso de un nuevo bombardeo, esta vez sabía lo que significaba aquel sonido ensordecedor y desafiante y traté de salir corriendo hacia ningún lugar. Antes de huir, miré de nuevo hacia la montaña de ruinas y fui plenamente consciente que en aquel lugar dejaba enterrada parte de mi vida, lo más importante de mi alma. Ahora pienso que lo más adecuado hubiese sido quedarse allí, rezando por los cadáveres de mis seres queridos, esperando una muerte segura; sin embargo, el miedo me obligó a huir. Es lo que podríamos llamar la autoprotección que el propio individuo genera sin ser consciente de ello. Ante el peligro, lo mejor es resguardarse... Los aviones no tardaron en llegar y en abatir de nuevo la ciudad con su impresionante carga de explosivos. A mí no me dio tiempo de salir del barrio judío donde vivíamos, no tenía a dónde acudir, estaba solo y perdido, vagabundo en una ciudad solitaria en el más absoluto de los desastres y me refugié en una de las sinagogas que ya había sido bombardeada por la Luftwaffe. Desde el exterior su imagen era deplorable, ardía en llamas por sus cuatro costados y gran parte de la azotea se había venido abajo. Me refugié entre aquellos muros derruidos, me agazapé en cuclillas y me cubrí la cabeza con mis manos. De pronto, noté un olor extraño, diferente, nuevo para mí, ladeé mi cabeza hacia la izquierda, lentamente, y me dí cuenta de la enorme tragedia que aquellos nazis estaban llevando a cabo. El olor fuerte provenía de la gran cantidad de cadáveres que me rodeaban, todos ellos chamuscados, con los ojos fuera de sus órbitas. A la mayoría de ellos les faltaban trozos de carne que se habían desprendido del cuerpo a causa de las quemaduras. Era evidente que, durante el primer bombardeo, la sorpresa fue total y pocos o, quizás ninguno, pudo escapar de la trampa mortal que les habían preparado los alemanes. Recordé que a primeras horas de la mañana las sinagogas acostumbraban a estar abarrotadas, y aquel 27 de septiembre, no debía por qué ser diferente del resto de días del año. Los alemanes sabían que su ataque relámpago sorprendería a toda la ciudad, por eso, enviaron a su aviación al barrio judío más poblado de Varsovia, para incrementar en lo posible el número de víctimas que eran conscientes se iban a producir.
La guerra había comenzado pero, aunque la gente lo hubiese ignorado, yo sabía perfectamente que no era aquél el principio. Los alemanes llevaban años practicando una guerra sistemática y demoledora, donde los judíos éramos sus principales víctimas. Ahora, con su bombardeo sobre Varsovia, el mundo se vio envuelto en llamas y dolor.
A pesar de la resistencia que el ejército y la población polaca ofrecieron, las tropas de Hitler no tuvieron excesivos problemas a la hora de tomar Polonia. La mayor tenacidad se produjo en Varsovia donde, después de los primeros bombardeos, se produjo un enfrentamiento cuerpo a cuerpo brutal. Las calles de la vieja capital se llenaron de tanques que se movían con facilidad entre los miles de escombros esparcidos por el suelo, secundados por pequeños grupos de soldados que se refugiaban tras ellos a la espera de un ataque organizado. Desde luego, el ataque a Varsovia no fue un paso más dentro del Lebensraum alemán; no, Hitler había preparado junto a sus generales más allegados concienzudamente aquella batalla. La ciudad de Varsovia debía caer lo más rápidamente posible, para impresionar sobre todo al resto del mundo que observaban, comparsas, lo que ocurría en el Este de Europa. No importaba el cómo, no importaba el por qué, no importaba el número de víctimas, no importaban los daños causados... Lo importante era acabar de tomar Polonia, ¡ya!.
Por eso, cuando los tímidos y asustados polacos resistieron más de lo previsto, Hitler no tuvo compasión. “Arrasad la ciudad”, debieron ser sus palabras, o algo por el estilo. Lo cierto es que los escarceos producidos desde mediados de septiembre acabaron convirtiéndose en el tremendo bombardeo del veintisiete. La ciudad entera, como mi vida, se apagó en tan sólo unas horas.
Acabo de entrar y...ahí estás, sentada sobre ese sofá de terciopelo que siempre he pensado que transmite excesiva calor, pero, evidentemente, observando tu cuerpo casi desnudo llego a la conclusión que el calor es sólo mía, me pertenece, incluso me hace ruborizar.
Me observas y, entreabriendo tus labios, me obsequias con la puntita de tu lengua. Al principio sólo parece un sendero sin un camino determinado, pero de seguida ese sendero se vuelve camino, aunque un camino prohibido para mí, pues tu lengua recorre con mimo tus labios, los humedece, los saborea y los deja latentes ante mi pasión desmedida.
Sabes que no puedo complacerte, por eso me ofendes con tus insinuaciones...
Tienes tus perfectos pechos desnudos. No caen, levitan sobre la nada, bueno sí, sobre la inmensidad que queda dibujada en la escultura de tu vientre liso, sobre tu ombligo inmaculado, sobre la estructura que forman tus dedos cuando los diriges hacia tu entrepierna.
Me observas con infinita ternura, quieres que te complazca, pero no lo haré hasta que me asegures que no eres más que un sueño de mi mente...
Quiero que sepas,
Que aunque no lo reconozcas,
Estaré contigo,
En cada minuto de tu vida,
En cada ola de tu mar,
En cada amanecer de tu horizonte,
En cada calle de tu ciudad,
En cada poesía que leas,
En cada suspiro que disimules,
En cada vaso de agua que sacie tu sed,
En cada mirada a la nada,
En el paso de tu tiempo,
En tu risa y en tu soledad,
En cada sueño que te llene de nostalgia,
Y te haga despertar pensando en mí...
Quiero que sepas,
Que aunque no lo reconozcas,
Estaré contigo,
En tus silencios cuando me llamas,
En las negaciones que le hagas a los demás,
En tus ansiedades,
En cada centímetro de tu piel,
En tus besos a la almohada,
Cuando te quedas a solas porque sé que huyes de él...
En tu corazón destrozado,
Porque al igual que el mío,
Sufre desde ayer...
Quiero que sepas,
Que aunque no lo reconozcas,
Yo nunca te olvidaré...