Se encontraba peor que indispuesta, tanto como para meterse en la cama y confiar en que el recogijo de la soledad y el abrigo de las mantas calmara ese dolor menstrual que cada mes azotaba su cuerpo implacablemente.
Yo leía abajo, no importa qué.
Sentí la necesidad de acompañarla. Subí al cuarto y me acerqué muy despacio: "¿Necesitas algo?". "No, déjame, se me pasará". La arropé.
Su cara descolocada, su cuerpo encogido, oscuridad... IMPOTENCIA.
Y le besé la frente antes de irme.
Esa fue la última vez...
No dejaré que invadas otra vez más allá de mi epidermis sensible y dolorida. Trataré de impedir por todos los medios que traspases esta marca bien visible brotada de sangre.
Reniego; te huyo como se ha de huir de ti, volviendo la esquina con entereza y una mueca de desprecio evidente. Ya sin sobresaltos de tristeza.
Es tiempo de rasgar los cuadros reinventados, de echar por tierra insinuaciones inválidas, de aplacar dolores gratuitos. Ya no bebiendo tu veneno.
Y mañana, te lo juro, me pondré mis mejores galas, me colocaré la sonrisa de repuesto y mis mejores pendientes. Me exhibiré al mundo, a la vez que convierto tus miserias en olvido.
Las mías las guardaré en la esquina más alejada del ropero hasta que se pudran... Aunque me muera de sed... Te lo juro.
Siempre es bueno tener betadine en el botiquín de casa, ¿no creéis?
Así que, con pocos miramientos y mucho temblor de piernas, traspasé el muro de cristal que nos separaba.
Tres clientes eran atendidos por hombres de bata blanca, pero yo sólo tenía ojos para ti. Olía bien allí dentro.
Por mi botiquín pululan, desde entonces, cinco betadines sin empezar, antiinflamatorios suficientes como para acabar con el dolor en el mundo, cuatro cajas de tiritas transparentes y centenares de aspirinas a punto de caducar…
Giré a la izquierda porque la otra vez te encontré en aquel banco del parque. Bebías tu zumo mientras tomabas notas en tu libreta roja.
Pero esta vez no te hallé. Huérfanas de ti las palomas. Huérfanos tus octogenarios guardianes.
Aguzé mi vista como un halcón y soñé tanto encontrarme con tu espalda que todavía duele. Quise comprar un analgésico para amortiguar el martilleo de mi cabeza, pero el dolor de corazón no se cura con aspirinas.
No, no me atreví a entrar. Nos separaba una sencilla puerta de cristal que se me antojó el muro más cruel e imbatible de toda mi vida.
Un simple "empuje" hubiese bastado, pero ¡qué miedo tenía de encontrar el NO en tus ojos!
Apuesto al cero que no es ni rojo ni negro.
Apuesto a que la nada deje de ser el conjunto vacío y se colme de bienaventuranzas.
Apuesto a ningún color porque quiero toda la gama.
Apuesto, sencillamente, porque no sé vivir de otra manera que no sea arriesgándome en cada pisada.
Apuesto por ti... y también por ti... pero sobre todo por mi, que soy el sustento de mi misma, el escalón que sube, baja, o reposa en el descansillo, la que permanece en uno u otro lado del umbral de la puerta (a medio abrir), la que se asoma al abismo...
Mi apuesta es EN LO QUE SEA, para bien o para mal. Y la curiosidad por conocer las consecuencias es lo que me impulsa a insistir... el misterio de las secuelas...
Por supuesto este comportamiento tiene una sencilla y comprensible razón: El que no arriesga no pierde, pero tampoco GANA. Y la verdad, no me apetece hacer de vegetal, sospechosamente anclado en la maceta de cualquier esquina.
APUESTO, entonces, a cualquier número, aceptando cualquier reto, a la espera de llevarme el premio.
Albergo la nada ligera sospecha (esta sensación va más allá de una corazonada) de que lo acabaré consiguiendo...
Fd.: Una ex-ludópata.
Presencio la vida recogida entre las cuatro paredes del mundo. Dicen que la locura subyace en lo más hondo. No existen castas. Pero sí un urbanismo arcaico como si de mi propio cuerpo se tratara.
Presencio a ciertos alérgicos a la cultura, a algún Narciso extraviado, a un poeta naufragado y a un niño jugando con un capricho de esperanza.
En la pared de enfrente una firma ilegible y oblicua, como una pregunta sin respuesta.
Sentada en este banco acepto que la niñez ha dejado de serlo, más que nada por las impresiones, derrotas, dudas, mentiras, impactos y años que han ido marcando mi piel y mi cerebro. Del corazón mejor no hablo.
Descubro que todo cuanto despierte mi inteligencia tendrá dos caras, y una me avivará la conciencia y otra encerrará mis deseos.
Me vislumbro. Me doy de bruces contra mi misma sin yo quererlo.
Me gradúo en la ciencia de saber que no estoy sola mientras deja de importarme lo que piensen…
En esa acera, gente de rechazo. Un poco más allá gente de obediencia. Y yo aquí tratando de encontrar lo que soy en cuatro letras escritas. Eso sí, a mano.
Si en mi subtítulo tengo "No es enteramente humano el que no piensa" yo debo ser muy humana porque no paro de remover las neuronas... Y estaba yo dándole vueltas a un tema: Igual que se idealiza a alguien por algún motivo que sólo los psicólogos alcanzarían a desvelar si nos dejáramos (esto es, si fuéramos a su consulta), pues de la misma forma deberíamos aprender a desidealizar a ese mismo alguien y no depositar en él lo que nosotros mismos no nos atrevemos a emprender en la vida... ¿es esto cobardía? ¿falta de empuje y de seguridad en uno mismo?
Craso error para el idealizador, ya que el idealizado únicamente saca ventajas de este acto, a saber, colocarse en un pedestal sin haber tenido que hacer más mérito que ser él mismo, o parecerlo.
En cambio, cuando el ser idealizado desaparece, se va con él el objeto que tantas atenciones le ha prestado el incauto idealizador, lo cual genera un vacío en éste que con el tiempo se vuelve a rellenar (aunque por el camino haya generado algún que otro trauma).
Ay esa inteligencia emocional deficiente (inexistente en muchos casos)...
Y no, no estoy hablando de una mera admiración por alguien, que reportaría a ambos sujetos grandes bienestares y alto crecimiento personal, sino de una auténtica dependencia insana y destructiva.
Así que me pregunto yo cómo se protege uno emocionalmente de esto... y para acompañar tamaña reflexión, dejo dos ideas más: Una) El hombre suele tener cosas más importantes que hacer que ocuparse de amargarte el día (esto para cuando uno empieza y acaba el día torcido: que nadie tiene la culpa de que pierdas el metro, de que se te rompa un zapato, de que caiga una tormenta justo sobre ti, que se te haya olvidado el documento K, etc.)
Y la otra) ¿Tu corazón se rompe cada vez que tomas café con una persona y no funciona...?
Pdta.: Una más de regalo: ¿Por qué los humanos insisten en perseguir aquello que no quiere ser atrapado? ¿es que lo ven como un reto? ¿es que les gusta perder el tiempo? ¿son masocas?
Caóticas oscilaciones que me trastornan el ánimo. A veces no puedo apearme y mi corazón sufre. Veintiocho canas más.
Ah, pero cuando la emoción arremete contra mi rutina me transformo en una pequeña diosa y reparto dádivas y sonrisas por doquier. Canto todo el rato.
Este vaivén anímico suele depender de una señal, que ya quisiera poder interpretar a mi antojo. Ella es la que me coloca a un lado o a otro sin permiso. Lo cierto es que no siempre me percato... mi torpeza se hace evidente y me contraría.
Un día nublado no es buena compañía. Es así desde que me conozco. En cambio el sol me activa, espabila mis ganas de vivir, erradica mis más temidas dudas, me embarca en una prometedora aventura de ensayos posibles. Y en la instantánea, como no podía ser de otra manera, aparezco jovial, espléndida y brillante (las veintiocho canas, si no alguna más, persisten tercamente en mi cabellera).
El mate se hace patente cuando padezco, pongamos que una ausencia, sí, una de esas incrustada en alguna recóndita esquina de mi ser. No quisiera tener memoria. Es cuando la foto sale borrosa y al fondo se aprecia la amenaza de unas nubes negras de tormenta.
Concluyendo, este monigote voluntarioso que soy yo, ya en brillo ya en mate, a veces tiene fuerzas para luchar contra "los elementos", pero otras se deja oscilar hasta que le duelen las entrañas y los huesos.
Pdta.: No os compadezcáis. Que yo sé que esto nos pasa a todos. Y ya lo dice el refrán: "Mal de muchos..." (buena sombre le cobija). Jaja
Chau (como dice Mario, no el Supermario, sino Benedetti).
Archivo de FUGACIDADES MENTALES