Mudanza
Empezó una nueva historia, se llama "La 69" es una historia marginal y de Barrio...
Pero voy a unificarla en un único blog que los invito a visitar.
http://blogs.clarin.com/cruda-cordura
Los espero.
Saludos
¿Cuentos largos o novelas cortas?
Empezó una nueva historia, se llama "La 69" es una historia marginal y de Barrio...
Pero voy a unificarla en un único blog que los invito a visitar.
http://blogs.clarin.com/cruda-cordura
Los espero.
Saludos
No soy nadie. Nunca lo fui. No existo. No tengo sueños, no tengo subconsciente. No tengo siquiera nombre. La realidad duele, aunque ni siquiera se qué es real y qué no.
Soy un puto sueño. Una creación subconsciente de una tercera persona. Fui creado en donde dicen que se crea la vida, aquí fue creado mi calvario. Nada más deprimente.
Pablo y María duermen.
Pablo, publicitario de cuarenta. Es un poco Rafael, un poco Antonio, un poco Mariano, un poco de Tato, Julián y Miguel. Y casi todo de mi, pero sin vicios. No se droga más que con algún porro de vez en cuando. No juega ni siquiera en Las Vegas. Y sin apostar, siempre paga.
María, actriz de 28 años. Es casi Martha, Natalia, Sandra y la pendeja del Bar. Es la fusión perfecta de Claudia P. e Irina. Vivió excesos pero encontró su caudal, pero sin perder de vista cualquier posible desborde.
Suena el bebé, los despierta, son las cuatro. A pesar de sus siete meses aún depende de la teta.
Los tres juegan en la cama. El bebé ríe. Los papás bostezan. Se miran, sonríen
Y María dice.
-Amor, ¿sabés con que soñé?, con un psicoanalista timbero.
FIN
Irina le abre la puerta y escucho sus pasos camino al consultorio. Golpea la puerta y se la abre. Claudia me saluda y se recuesta sobre el diván. La miro. Se cierra la puerta
MARTES 17:50
CLAUDIA P.
25 años
Mas buena que el pan – ex anoréxica, o anoréxica de vacaciones.
-Hola Claudia, ¿cómo has estado este tiempo que estuve de viaje?. Contame, te escucho.
-Estuve extraña.
-uhum…
-Sí, no se cómo decírtelo. Caliente.
En ese momento dos manos finas se posan en mis hombros. Irina se había quedado de este lado de la puerta. Siento que me empuja hacia adelante y lleva donde está Claudia P. que sólo espera. La reacción habitual a una situación no planeada y que salga de mi control me hizo ofrecer una mínima resistencia que fue vencida por la fuerza sutil de Irina y por el creciente deseo.
Fue una trampa. Fue un plan maestro del que no creo que pueda escapar. Y no se si quiera escapar. Desde ahí nada volverá a ser igual. Ya nada es igual
No me siento como otras veces. No soy ese macho cabrío entre dos putas que solía ser. Estoy contenido, expectante. ¿Asustado?. No, no tengo miedo. Nunca en mi vida sentí miedo ni lo voy a sentir ahora.
Claudia P. se arrodilla en el diván. Gira y me envuelve en sus brazos. Irina nos rodea. Me confundo en unos besos. Confusos y mezclados. Vestidos, semi desnudos, desnudos.
Me hacen girar. Me mareo. Pierdo el sentido, la noción de dónde estoy. De quién está a mi derecha, quién a la izquierda. Quién encima. No se ni quién soy yo.
Entro, salgo. Mojo, pruebo, acaricio, recibo, disfruto. Vuelvo a entrar. No quiero salir. Me esperan. Me reciben. Me dan. Exploto, inundo, empapo. Miro, toco, siento. Me miro, me toco, me siento.
Se esfuman todos los prejuicios, las éticas y miles de figuras se forman en una sutil mezcla de piernas, brazos, pieles.
Falté a mi cita de póker sin avisar. No se me ocurrió pensar en Martha. No se me ocurrió siquiera pensar, no quería ni podía. Rompí todos los códigos que nunca tuve. Me volví a odiar como nunca lo había hecho. Odio quién soy, odio a quién era. Me aíslo en compañía. Soy uno, soy tres. Soy todos, todas.
He tenido sexo de diversas maneras, con diversas personas y en diversas cantidades. Pero nunca me sentí tan pleno. Me recuesto sobre Irina y Claudia P. No se lo que es un sueño, pero no dudo que sea lo más parecido a este momento. A esta realidad, el paraíso.
Lima es gris. Nunca llueve, es sucia. Miro a los necesitados de todo menos de esperanza en las mesas, en las máquinas. Cambio cien dólares en fichas y siento que se me abre una gran puerta en el Casino. ¿Cuántos estarán jugando cien? Uno o dos gringos. Pero las maquinitas van desde cinco centavos de sol (un centavo y medio de dólar). Me da asco jugar así. Quiero salir, pero no puedo, compulsivamente quiero jugar. Quiero jugarle al 53. No existe. Las putas ruletas llegan al 36 y solamente tienen dos colores sin contar el cero. No entiendo de límites. Quiero blanco el 53, nada de rojos y negros. Nada de primera, segunda o tercer docena. Quiero jugarle a la quinta. Desespero. Giovanna no está, no está el dealer. Estoy yo ilimitado rodeado de limitaciones. Pongo todo al 17, pierdo. Vomito. Corro.
Me refugio en el hotel, en la tele, en dormir. No puedo dormir quiero saltar. Las ventanas están selladas y las que se abren son simples ventiletes. No quepo, más límites. Mi cuerpo me limita. Limitado en Lima.
No pasan las horas, me falta el aire. Bajo y camino por el malecón. No se qué hora es, pero la ciudad no duerme. Podría caer cien metros hacia abajo. Me salvaría, lo se. Los autos me tocan bocina, a mi, entre ellos, al aire. ¿Son taxis? ¿Maricas queriéndome levantar? ¿Pelotudos de bocina fácil?. Los ignoro. Ignoro todo, no se absolutamente nada. Vuelvo.
Una ducha y una paja. Estoy más relajado. Listo para dormir.
-Bienvenidos al aeropuerto ministro Pistarini de la ciudad de Buenos Aires rezaba cual oración sagrada aprendida de memoria la voz de la azafata. Eso lo había escuchado cientos de veces, cientos de llegadas, cientos de regresos, pero esta vez me sonó distinto Me han esperado, me he tomado el Manuel Tienda León. Tuve dónde llegar, tuve que llegar al vacío. Hoy estoy conmigo, en mi acompañada soledad. No se si alguna vez vuelva a estar solo.
En casa tengo un cartel de bienvenida escrito con BIC negra en una hoja oficio, y debajo la agenda para esta semana. Estoy molido, agarro un raviol de coca, lo preparo y lo soplo por la ventana. Hoy me gusta estar cansado.
La pobreza me aburre, pero la dignidad me sorprende. Levi Strauss hablaba, cuando no estaba fabricando jeans, del extrañamiento, del descotidianizarse para tener una visión sociológicamente objetiva. Y eso es lo que me pasó.
El “Maestro” me tomó como pupilo, como pequeño saltamontes, o como caso perdido a la espera de un milagro, no se muy bien. No estaba preparado para una experiencia así, y fue lo primero que él me dijo. Repetimos el ritual de la Ayahuasca cada noche durante cuatro días. He vivido de adicción en adicción pero nunca pensé que me haría adicto a la planta. Y así fue. Aunque los resultados fueron siempre similares, del subconsciente: nada.
Anduve conversando con tribus aborígenes y descubriendo su manera de pensar y de vivir. Nunca entenderé por qué al tener toda una selva, viven hacinados en familia en una choza de cuatro por cuatro. No entenderé cómo al poder construir un veinte por veinte para cada integrante, no lo hacen. Para ellos el sentido de lo propio es ajeno. Es tan básico lo que necesitan que lo único complejo en ese sitio era mi manera de pensar.
No tenía coca, marihuana, nada. Pero igualmente me sentía drogado. Drogado de mi. Y en este caso sí temí una sobredosis.
Al cuarto día, en la lancha de vuelta, “el primo” me preguntó
-Qué tal lo ha pasado.
No supe responderle, estaba concentrado en el paisaje y en la Kushma que me había regalado el “maestro”. ¿Cuándo en mi puta vida iba a vestir una túnica aborigen de la selva peruana?, ¿le quedará bien a Irina? ¿me caerá una maldición si se la regalo?
“El primo” insistió.
-¿Eh?, ah, bien, lo pasé bien, pero es raro. Todo es raro. Soy raro.
Siento que mi propio estereotipo único se derrumba y ni yo mismo soy capaz de sostenerlo.
No quiero volver a ver al viejo que cree analizarme. Odio profundamente a Rafael. Quiero liberar a Mariano, empujarlo para que se vaya de su casa. Quiero renunciar a mi mismo. Igualmente no se cuánto se sostenga esta actitud. He hecho tantas cosas en mi vida que me resulto impredecible.
La selva peruana es un lugar apacible, cálido y repleto de personajes. Hombres feos, mujeres bellas que pugnan por salir de allí. El sexo con el hombre blanco es la manera más eficaz de cazarlo y muchas lo han logrado, dejando así sus raíces para sumergirse en las ajenas. Las madres entregan a sus niñas asumiendo una prosperidad que es fruto de su propia ingenuidad al pensar que lo nuestro es mejor. Ingenuas. Demasiado ingenuas.
“El primo” me guía, me indica, me contiene y según sus palabras, me prepara. Me tiene a agua y galletitas de agua. Extraño las Criollitas, pero prefiero que me pegue un tiro a que me mate de hambre. Todo esto es muy extraño.
Me habla de un viaje. Me acompaña a un muelle, nos subimos en una lancha. Se suman tres mas. Un estudiante de medicina, una administradora de sistemas y un aborigen. Somos cinco en la lancha.
-¿Es tu primera vez? Me pregunta ella
-Sí – contesto sin saber de qué se trata todo, pero si pudiera me la cogería por primera vez, segunda y tercera.
-Yo estoy harto nerviosa, espero no vomitar.
Casi sin pensarlo se me representa la imagen de ella vomitando, la película Delicatessen, la escena de la gula en Pecados Capitales y Claudia P. en bolas con su absurda anorexia.
Llegamos a una cabaña, ya es de noche y nos encontramos con cuatro aborígenes más. Uno de ellos debía tenerla mas larga que todos. A él le rendían pleitesía y lo llamaban “Maestro”.
Sentados en círculo en casi plena oscuridad este Maestro se presenta como un Chamán y nos explica de qué se iba a tratar el ritual. El ritual de la Ayahuasca. De la sabiduría de la planta y de lo que podíamos llegar a sentir.
Clínicamente la Ayahuasca lo que hace es presentar nuestro subconsciente en un plano consciente. Podríamos decir entonces que uno puede ser testigo de sus propios sueños, en plena conciencia. En ese momento empecé a hilar las palabras de Irina con mi incapacidad de soñar. ¿Será esta mi prueba de fuego?
El chamán se acerca a cada uno, con una botella de algo rojo y un vasito como de tequila. Habla con cada uno y sirve una medida diferente. Al tenerlo en frente me mira y “mide mi energía”
-Tú no sabes por qué estás aquí – me dice.
-Me trajeron.
-Pero deben tener razones para hacerlo, aunque no se si estés preparado.
-He hecho tantas cosas en mi vida que una mas no me va a matar.
-¿Estás seguro de querer hacerlo?
-Y dale.
Y me llenó el vaso de Ayahuasca. Me la tome como quien se toma un shot. Sabe a humo, es fuerte. No me desagrada.
La administradora estaba a mi derecha y toma un tercio de lo que había tomado yo, termina la ronda y empiezan los cantos.
El cielo estaba limpio de nubes y manchado de estrellas. El Maestro con un par de los indiecitos que estaban cuando llegamos empezaron a cantar en quién sabe qué. “El Primo” era como un asistente occidental y estaba atento a las reacciones de cada uno. Todos los que estábamos ahí tomamos y muchos empezaron a viajar. El trance colectivo invadió a todo el mundo, y yo los observaba como desde afuera.
Sentí mareos, sentí deseos, acariciaba a la administradora, pero mi plena conciencia no me abandonó. Pasaron las horas, los efectos pasaban, vino la segunda ronda. Trance, diálogo, experiencias, relatos de lo que habían visto, sentido, vomitado. Yo, en blanco. Juro que quería viajar, pero en este avión no me habían subido. El cansancio me venció y me dormí, semi abrazando a mi derecha, tapado con una colcha livianita y con muchas mas preguntas más de las que había traído.
El vuelo llegó a Lima cerca del mediodía, a la salida de pasajeros me esperaba un tipo con un cartel, asumí que era “el primo”, prefiero llamarlo así porque su nombre era francamente impronunciable por una persona que no sabe más que castellano, inglés y un interesantemente balbuceado e inventado portugués; uno nunca sabe cuándo se va a coger a una brazuca, y hay que estar preparado.
“El primo” hablaba bastante bien, al menos lo entendía sin problemas. Se expresaba con la misma dureza y tosquedad que Irina, pero aún me sorprende que hablara castellano con tanta perfección. ¿Será facilidad para los idiomas o la necesidad producto del tener que salir cagando para cualquier lado?
El desorden de la ciudad me abrumó. Los autos van de cualquier lado a cualquier lugar sin mirar qué hay debajo, encima o a sus costados. Los semáforos son simples referencias visuales para identificar las esquinas y la supervivencia es, literalmente, algo de todos los días. Abruma pero encanta.
Llegamos al hotel Miraflores, ahí iba a quedarme. No era tan caro y estaba aceptablemente puesto. Me sorprendió el Casino en su planta baja. Y no solo ese, sino el del Marriott, dos cuadras después, las maquinitas por doquier en cada cuadra, mas mesas, mas luces, mas gente jugando. Gente que no juega por vicio, sino por necesidad y esperanza. Cajeros automáticos en las salas de juego, casas de empeño a la salida. Cultura de juego, pero no de jugadores. Ese es juego sucio. Quitarle mas a los que no tienen. Quitarle todo menos la esperanza.
“El primo” dijo que me pasaría a buscar antes de comer, alrededor de las siete. Por lo tanto que tuve un buen rato para desempacar, darme una vuelta por la zona, y darme cuenta que la gente es igual en todos lados pero bien distinta. Siempre con el papelito que me dio Irina en el bolsillo me metí en la sala del Marriott, perdiéndome en el tiempo y reaccionando cuando ya era hora de salir.
“Desdóblate, descúbrete, entrégate. El lugar no está lejos y el beneficio será infinito” Eso me escribió esta mina. Juro que cuando me tradujo el papel no entendí un carajo, pero “el primo” me dijo que a mediodía del día siguiente íbamos a volver a tomar un avión hasta Pucallpa y que disfrutara de la noche en Lima.
Debo aclarar que tanto misterio me pareció absurdo, no estoy para tanta chiquilinada y menos para sentirme de alguna manera secuestrado por un par de albano-kosovares. Traté de sacarle al primo de qué laburaba y me comentó algo de llevar personas a conocerse a si mismos. Metafísica pelotuda que jamás aceptaré.
Gratamente sorprendido por Lima y sus Casinos. Por sus restaurantes y su calidez. Y por la apertura de su gente y el calor de sus mujeres. Mejor dicho, de Giovanna, a quién conocí en la mesa de Black Jack del Marriott.
Pisco sour, maracuyá sour, coca sour, aguaymanto sour, que pedo que tengo sour… probé todas las mezclas posibles a base de pisco. Giovanna me seguía el ritmo, entre tragos y besos. Y besos y tragos y cuatrocientos tres del hotel Miraflores. Y vista al mar.
Sin diálogo verbal, sin explicaciones, antecedentes ni tabúes. Sin historias mas que las que escribimos en esos momentos. Sin epílogos ni moralejas. Puro sexo, cuerpos, droga a domicilio y grandes aspiraciones. Alta y de piernas finas. Ojos claros, europea y de buena familia, tal vez de padre militar.
Su figura frente a la ventana, el juego histérico del quiero y no quiero, para querer doblemente más al siguiente intento. Roces penetrantes, profundos, repetidos. Sin prohibiciones.
Madrugada intensa, cuerpos desnudos y enlazados. Sexo otra vez. Despedida, check out. Pucallpa.
Vuelo de Lan LA440, escala en Santiago de Chile con el LP5530 –debo recordar estos números, como también las filas de asientos. Todo indica que a eso de las 10 pm estaré en Lima. En teoría el primo de Irina me buscará en el aeropuerto y me va a dejar en un hotel. Cuál, no se. Pero estoy entregado.
No se que mierda pasa con este vuelo, hace 45 minutos que abordamos, y no despega, o decola. La azafata que estaba buena cuando subí ya me está empezando a parecer odiosa. Suerte que estoy en fila de emergencia, la 16 - pasillo, y puedo estirar las patas, porque si estuviera en una de las normales con espacios anormales, no cabría. No se por qué los constructores de aviones hacen todo para gente bajita. En fin, una mancha más al servicio de las aerolíneas comerciales del mundo. Los televisores personales no funcionan y un mocoso de un par de filas delante no para de llorar. Estoy a punto de pedirle a la azafata que le prepare una mamadera con leche y tinto a ver si se calma un poco. Pobre, el no tiene la culpa, la tiene el LA440 que no sale. Y yo acá. Despegando una hora mas tarde y con la conexión en riesgo
Siempre me gustó volar. En avión también. Pero nunca pude pertenecer al club de los “30.000 feet”, el club de los especialistas en garchar en avión. Lo más cercano que estuve fue una paja que me hizo una holandesa en un vuelo a Nueva York.
“A su derecha podrán ver el Aconcagua” dijo el piloto. Al menos creo que era él, para lo cual muero de ganas de recomendarle que se dedique a volar el avión en lugar de dárselas de guía de turismo. Un Aconcagua de coca, eso es lo que quiero ahora.
Fue un vuelo tranquilo con la turbulencia habitual al cruzar los Andes, pero sin mayores sobresaltos ni sustos. ¿Sustos?. Jamás tuve miedo a morir. ¿O acaso ya habré muerto tantas veces?.
-Su vuelo está cerrado.
-Cerrado las pelotas ¿cachai? . El avión aún está en la pista y llegué tarde por culpa de ustedes, que nos tuvieron macerando en esa lata durante una hora al pedo. ¿Cachai?
Al parecer mi acentito irónico mucho no le gustó a la del counter y sin que me diera cuenta tenía un grupo de “Carabineros de Chile” alrededor de mi. Suerte que hice caso a la advertencia de que “con carabineros no se jode” y bajé un poquito mi habitual maltrato.
Al mirar veo que éramos como siete en la misma situación. Un recién operado del corazón que tenía turno con su cardiólogo a las 9 am, y no teníamos vuelo sino hasta las 8, así que no llegaría ni en el Concord (que en paz descanse). Dos ejecutivos con lap-tops y corbatas, una vieja con cara de pintora, un mochilero y yo. Las protestas se generalizaron y terminamos agrupándonos casi como en un piquete en medio del hall.
-Les vamos a dar hotel a todos y mañana salen en el primer vuelo a Lima.
-Y comida – reclamé. “Y una puta” pensé, pero preferí no decirlo para evitar otro contacto con los de verde.
De ahí, a ver la manera de avisarle a este primo de Irina que no me espere y rezar para que me pueda buscar mañana. Me apalabro a uno de los de las lap tops e instalo un centro de comunicaciones. Mi nuevo Angel de la Guarda, que encontré en el MSN, conectada desde la pc del consultorio, tomó nota de los correos de la gente para avisarle en Lima, le avisó a su primo y nos dejó a todos tranquilos. Y nos fuimos al hotel esperando además un voucher para un viaje gratis que nunca llegó.
Hotel Diego de Almagro, ahí nos llevaron, cerca del aeropuerto, pinta de telo, pero onda ejecutiva… un híbrido. Diego Ruffo, ese vivía en Almagro. Era amigo de mis primos y jugábamos juntos cuando los visitaba. Era un gordito medio pelotudo y el blanco de todas mis maldades en las horas en las que estábamos juntos. Espero que no sea el dueño. O si lo es, que no esté. Pero deben ser tantos los Diego de Almagro, como los Nicolás de Boulogne, los José de San Martín y los Raúl de Floresta. Agarrame ésta.