Encabezo el post con esta fotografía, tan repetida y siempre curiosa -al menos para mí- que refleja la intensa amistad entre una de las personas que más admiro y una de las que más detesto.

Ahora que los dos se han retirado podremos hacer un justo balance de sus maneras de interpretar una vida. De manera independiente a la ideología política de cada uno (supuestamente la misma), creo que sus maneras de llevarla a cabo han sido bien diferentes: uno magistral, soberbio e indiscutiblemente comprometido. Otro decepcionante, mediocre, hipócrita y dañino
Cuando García Márquez comenzó su particular revolución literaria, creó involuntariamente una legión de seguidores, muchos de los cuales están hoy instalados en el firmamento de las letras. Léase Carlos Fuentes, Vargas LLosa o incluso Milan Kundera. Gabo encabezó este movimiento de la manera más digna con Cien años de soledad como buque insignia. En 1982, como reconocimiento histórico y universal pero no como culminación o catarsis de su carrera, recibió el Nobel de Literatura.
Ocho años antes de que nos fuera revelada la existencia de Macondo, otro movimiento había tenido lugar en Cuba, en una revolución plagada de buenas ideas e intenciones, y hasta cierto punto necesaria para la isla. Un espigado joven, descendiente de emigrantes gallegos se erigió como libertador y fundador del socialismo caribeño, un sistema que pretendía emular los logros llevados a cabo por otras grandes potencias de otras latitudes.
Después de 49 años Fidel se retira, dejando un país mortecino, bloqueado, desilusionado y amordazado donde no funciona casi nada (salvo los servicios secretos y el sistema hotelero para extranjeros), donde se practica el culto a una "sanidad ejemplar" (pero a Fidel lo operan médicos de Madrid), y a una fabulosa educación gratuita. Deja también a varias generaciones que posiblemente ya nunca tendrán espíritu crítico y estarán acostumbrados a ser borreguitos y nunca a llevar la iniciativa, que siempre tendrán miedo de lo que venga de fuera.
Sin embargo, lo más preocupante ha sido el último golpe de efecto en su largo proceso de pervertir una revolución social. Su hermano Raúl (lógicamente, Castrista como el que más) heredará el trono de Fidel instaurando así la dinastía de los Castro, una de las monarquías más multimillonarias del planeta, que seguirá reinando, si nadie lo remedia, sobre los once millones de cubanos que murmuran continuamente en secreto. El daño, de todas formas, hace años que ya está hecho.
¿Cómo es posible que las dos personas de la foto compartan una filosofía de vida? ¿Es un matrimonio de conveniencia entre el revolucionario y el intelectual? No sé si uno convendrá al otro o el otro al uno, si serán las dos caras de un compromiso o de una revolución, pero hace tiempo que tengo muy claro quién me conviene a mí.
Puede que peque de un excesivo patriotismo en este post, pero es la impresión que me ha quedado después de mi última visita al museo de El Prado, ayer mismo, que recomiendo a todo el mundo.
Cuando se ahonda en la pintura del maestro Velázquez y se comienzan a relacionar aspectos diversos, se puede llegar a la certera conclusión de que él ha sido la gran influencia de todos los pintores españoles, que no han sido pocos, y a la vez muy buenos, y una muy importante de los no españoles, pasando a ser uno de los grandes referentes de la Cultura Universal.
Entre otros muchos aspectos, un tratamiento del hombre en sí como no se había visto antes. En la imagen, el lienzo "Pablo de Valladolid", de 1633, vemos como aisla al ser humano. Es a él a quien quiere representar, no a lo que le rodea ni en tiempo ni en espacio. El hombre es así, y así será independientemente de todo lo demás.

En el siglo XXI estamos acostumbrados a ver fotografías, imágenes transformadas en iconos donde sólo nos importan las caras de nuestros personajes, pero Velázquez, hace casi cuatrocientos años, es quien se atreve a dar el gran paso, a renunciar a todo con tal de retratar al hombre, porque es a él a quién busca representar.
¿No le hacía falta nada más?
Velázquez quiso plantear la idea del hombre como cualidad eterna, independiente de la época y el lugar, un retrato que nos diría lo mismo si fuera en vaqueros, en chándal o en taparrabos. Es él quien nos importa, su condición humana.
Otro visionario, más de doscientos años después, buscó en su momento dar un vuelco a la aburrida pintura del siglo XIX. Manet llegó al Prado y se quedó prendado de la pintura de Velázquez. A él, llamado también a cambiar la historia del arte, le pareció una buena idea empezar por el Hombre solo frente a todo: pintar la Humanidad. Ya de vuelta en París, en 1866, pinto "Le joueur du fifre" , lo que hoy llamaríamos un acertadísimo parecido razonable.

Manet es considerado el precursor del Impresionismo, hecho que siempre atribuyó a haber descubierto a Velázquez. Gracias a su estancia en el museo del Prado supo hacer evolucionar el lenguaje de la pintura hasta pintar la pura impresión, obviando la tiranía de la técnica y los cánones establecidos.
Hechos como éste, más que un Roland Garros, una Eurocopa o la recuperación de Perejil, -que también-, es lo que más orgulloso me hace sentir de haber nacido en este viejo país de la punta sur de Europa.

La Revolución Rusa de 1917 supuso un cambio drástico en la estructura social, económica y demográfica del extinguido Imperio Ruso.
El triunfo del sistema socialista estaba garantizado por los sóviets, que se hicieron con el poder tras numerosas diputas internas. El régimen que siguió lo hemos estado "disfrutando" hasta hace unas décadas, pervirtiéndose hasta llegar diversos regímenes dictatoriales que aún hoy existen.
Sin embargo, tras estos fortísimos cambios, el panorama cultural no correspondía a la tremenda revolución social que había experimentado el país. Es un pintor, Malévich, el que contacta con los postimpresionistas franceses para después crear la primera vanguardia rusa: el suprematismo.
Con estas formas puras y nítidas, relacionadas siempre en el mismo plano e influenciándose unas a otras, destacando el espacio en blanco, el pintor nunca buscó un tipo de propaganda socialista, sino una experiencia mística, donde no hubiera significado, sino que solo hubiera percepción.
La forma pura en su pura expresión. La relación entre cuerpos ideales y eternamente identificables por el hombre. Uno de sus ejemplos más sublimes es el famoso cuadro "cuadrado blanco sobre fondo blanco", en la imagen

donde Malévich plantea la relación entre un cuerpo diferente a otro, pero que por dos de sus características (forma y color) no podemos distinguir del fondo).
Las ideas de Malévich fueron utilizadas posteriormente por artistas adeptos al régimen, difundidas y versionadas hasta influir poderosamente en el Constructivismo Ruso e Internacional. Los artistas rusos lo considerarían para siempre el "Punto Cero".

Leibniz describió el mundo mediante el concepto de mónadas, elementos substanciales indivisibles que son capaces de conformar lo material y lo inmaterial. Las mónadas, que no tienen forma precisamente por ser lo único en el Universo que no podemos dividir en partes, tienen la curiosa propiedad de no tener ventanas, ésto es, actúan y suceden en su interior sin tener noción de lo que ocurre en el exterior. Lo de dentro no conoce lo de fuera.
Por otro lado, misteriosamente, no existen dos mónadas iguales en el Universo, y sólo se distinguen por su nivel de percepción, ya que la mónada tiende continuamente a perfeccionarse en busca de un ideal.
Deleuze, en su libro "El Pliegue", relaciona directamente la arquitectura barroca con la idea que Lebniz propuso como mónada en pleno siglo XVII.
Así y llevando la reflexión a lo puramente humano... ¿hasta qué punto podemos aplicar la visión de Leibniz al estudio del hombre? ¿Somos nosotros como las mónadas, incapaces de ver a través de las ventanas? ¿Nos podemos desarrollar interiormente sin depender de la circunstancia que nos rodea? ¿Hay valores inmutables que perseguimos a pesar del contexto de cada uno?¿Somos lo mismo por fuera que por dentro?
Os animo a que descubráis a uno de los filósofos -aparte de matemático, jurista y políglota- más fascinantes de la historia
Me considero un amante de los libros. No un bibliófilo, que se obliga a amar al libro como objeto sin siquiera leerlo la mayoría de las veces, bien porque no entiende la lengua en que está escrito, bien por ser incapaz de descifrar la grafía de hace cuatro siglos.
Un libro me interesa por lo que me dice, por lo que es capaz de contarme desde la primera hasta la última página, y no me ineteresa si la encuadernación va en tafilete o en cartulina. Si es una buena edición, mejor, pero no hasta el punto de adorar el objeto como tal. Algo así también me ocurre con la música.
Sin embargo, siempre he echado de menos el carácter vivo de un periódico o de una revista en muchos libros. No veo el final en muchas de las novelas de García Márquez, o los fascinantes personajes de Paul Auster convertidos en ancianos, ni el final del Quijote mientras Sancho quede vivo. Mil veces he querido saber cómo seguiría, qué me hubiera seguido contando Cervantes...
Internet, indiscutible símbolo de nuestra época, edad e, incluso y más allá, era, nos brinda la oportunidad de continuar todo. El periódico es más periódico que nunca gracias a Internet, puesto que cuenta con más períodos; sigue en tiempo real. El libro como concepto fijo pierde parte de fuerza pero no de su aplomo, sin embargo. La clave está en saber encontrar la diferencia y no compararlos jamás cara a cara.
Por eso escribo en un blog, os remito a estos nuevos cuadernos de bitácora, los libros vivos, sin ánimo de sustituir a uno solo de los muertos (sería bastante absurdo) pero con el objetivo de complementarlos a la perfección.
Las teclas del ordenador marcan el compás. La radio murmura a lo lejos, casi inaudible, incapaz de despojarse de su sonido eléctrico y de sus interferencias. Oigo esas leves voces que bien podrían venir de mi interior en lugar de venir por ondas indescriptibles, pero no les presto atención. Quizá por eso sé que vienen desde tan lejos.
Es el teclado el que indica la hora.
Cuando la actividad aumenta, el tiempo del teclado pasa más rápido, y el sonido es más breve y repetitivo. Pero éso sólo ocurre durante diez segundos cada veinte minutos, más o menos. El resto del tiempo real, cuando el ambiente se relaja, el ritmo del teclado se convierte en una lenta procesión de sonidos plásticos, sordos, apagados. Todo se dilata,se funde, hasta el aire se hace pesado. El fare niente termina convirtiéndose en un incómodo malestar,en la angustia de no poder ver cómo pasan los segundos. El tiempo no pasa en la oficina, todo se diluye, pero aquel ruido continúa.
Desde su balda la radio, cotorra empedernida y de voz baja, sigue sonando como si yo le prestara la más mínima atención, pero ya casi no puedo oírla.
Hace ya muchos meses que me guío por el compás cambiante del teclado que, sin saberlo y de manera azarosa, determina de forma periódica mis inconstantes estados de ánimo, como si fuera una música cualquiera.