ENCONTRAR
Por fin había alcanzado la cima de aquella montaña, nunca imagine que la búsqueda de uno mismo fuera tan agotadora. El silencio me acunaba entre sus brazos, mientras una leve brisa erizaba mi piel evocando recuerdos de tiempos mejores. Otee el horizonte en búsqueda de aquella famosa ermita, abandonada ya hace siglos, las gentes del valle cuentan que la construcción siempre ha estado allí, pero que no hay ninguna historia acerca de quién la construyó, ni cuando, aunque esta pequeña ermita siempre forma parte de las historias que los más viejos narran al calor del fuego de medianoche. Una de esas historias cuenta que fue un rico noble quién la construyó, para que guardará las almas de su esposa y dos hijos, muertos todos ellos en un trágico incidente allí donde hoy se encuentra la ermita. Parece ser que mientras pasaban una jornada en la montaña la madre y los niños fueron asaltados por unos rufianes en búsqueda de dinero, tras no conseguir aquello que buscaban degollaron a los niños y violaron y mataron a la madre, después colgaron los cuerpos desnudos de una de las ramas de un gran roble, que hoy da sombra al poyo que existe junto a la puerta de entrada a la ermita. Cuentan que aquel noble enloqueció, construyo una ermita en el mismo lugar donde encontró a su familia, para que Dios guardara sus almas, pues para el solo las puertas del infierno estarían abiertas. Dedico el resto de su vida y de su fortuna a saciar el odio y la rabia que inundo su corazón, un día partió del pueblo y nunca más se lo volvió a ver.
Empecé ha andar hacia aquella ermita, había los restos de una pequeña valla que rodeaban el lugar, los pájaros entraban y salían por las pequeñas ventanas carentes ya de sus cristales, tras la ermita había un pequeño cementerio, pero no solo había tres lápidas, existía una cuarta, quizás el rico noble si que regresó y fue enterrado junto a su familia. Anduve entre los matorrales y hierba alta que había proliferado en aquel abandonado cementerio, a un lado había tres lápidas, una al lado de la otra, con la particularidad de que la de mayor tamaño se situaba entre las dos más pequeñas, en ellas figuraban el nombre de una mujer y sus dos hijos, todas ellas con la misma fecha de fallecimiento; parece ser que la historia era cierta, pero y la cuarta lápida, estaba apartada de estas tres, en una esquina del pequeño cementerio, no se podía leer que inscripción esculpía la piedra, así que me acerqué y aparte los matorrales que la cubrían, ……mi corazón empezó a latir de forma desenfrenada, las piernas me fallaron y caí al suelo, sentado, desconcertado frente aquello, vi mi nombre escrito sobre la piedra, pero solo había una fecha, el año de mi nacimiento….Ya han pasado algunos años desde aquello, nunca pensé que encontrarse a uno mismo fuera tan estremecedor…….
4 comentarios - Escribe aquí tu comentario
qué bueno, Turista! si es duro encontrarse a sí mismo, sí que lo es....
Besos
Jo... Ya no sé si desistir de buscarme... me dan cierto "yuyu" los cementerios, jejeje
Un besito
(y me alegro encontrarte a tí, pero en mejores lugares que esos, por las arenas de este blog)
Gran historia!! Gracias por volver después de un tiempo de silencio.
Saludos
Me has recordado al gran poeta Poe.
¿Existe algo más aterrador que encontrarse con uno mismo?
Un saludo.






