Libro de Arena
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GREETINGS

METANOVELA

el panadero real

Se revolvieron hace días los fundamentos morales de Arenilandia con la cuestión de qué hacemos aquí cuando mueren cientos de personas en un terremoto o por metralla de un coche bomba. Me imagino que los arenícolas aquietarían sus conciencias corriendo al banco para ingresar un donativo en la cuenta de su ONG preferida. Si así fue, no estuvo mal. Otra alternativa (más barata) frente a estas grandes tragedias parece ser la voluntad de centrarse en lo cotidiano, que sería el ámbito propio de los blogs.

En fin, me imagino que la breve historia (aproximadamente real) que traigo hoy se mueve en un territorio intermedio entre la enfática literatura de denuncia y mis rutinas diarias. No es Perú, no es Irak: no saldrá en las noticias, tampoco es mi vida; pero tiene su pizca de injusticia y desolación. La coloreo un poco para convertirla en cuentecito moral.

Una gran Empresa nacional dedicada a la hostelería decidió, por cuestiones de su plan de calidad, examinar si su proveedor de pan era el más eficiente. En realidad, ninguna pequeña empresa tenía posibilidad alguna, pero de hecho se convocó un concurso público entre los panaderos de la comarca para que le ofrecieran sus presupuestos. Y hete aquí que un modesto panadero “se ilusionó”, creyó que tal vez le había llegado el momento de “crecer”, de convertirse en proveedor de la gran Empresa. Y el buen hombre se presentó una mañana en la Empresa cargado con sus muestras de pan, los frutos de su esmerado trabajo, porque no quería dar su presupuesto sin que antes se probase la bondad de su mercancía. Quien lo atendió -sabedor de que el concurso era un terrible paripé-, no pudiendo desengañarlo (sin acusar a la Empresa) hizo pasar al panadero a cocina con sus panes. Y el ingenuo emprendedor de este cuento vivirá unas semanas soñando esperanzado con que la Empresa lo llame, sin saber que fue un elemento impersonal en un absurdo plan de calidad.

un amor renovado

Veraneo en Madrid (aunque pueda parecer ridículo)… Durante la primera quincena de agosto, mi hermana y familia (cuñado y dos sobrinitos) alquilan un apartamento en la playa; y yo ocupo su piso de Moratalaz (que tengo que dejar tan limpio como lo encontré, baño incluido). Mi trabajo en la serrería tampoco da para demasiadas fantasías viajeras, y Madrid me ofrece sus tesoros (con aire acondicionado). Por las mañanas, me levanto temprano y recorro los museos con mi bloc de dibujo, mis carboncillos y mis pinturas de pastel. (A los cuarenta años… ¡todavía aprendo!…). Un ciento de cuadros, pues, por las mañanas y por las tardes me desfogo en la piscina municipal. Lo que me gastaría en un crucero, me lo gasto en la casa de comidas.

Madrid es además el metro. Año tras año me reencuentro con aquel mundo subterráneo, que para mí permanece inalterable. Subo al vagón, observo a los casuales viajeros y es como si mi vida pasada se reanudase sin transición: soy otra vez el estudiante que tomaba el metro por las mañanas… Todos los metros de mi vida se unen formando un continuo más real que mi vida cotidiana.

Estos blocs (bloques de rumor, los llamo yo) llenos de bocetos, de fragmentos copiados de cuadros (¡me fascinan los rostros de Goya; tendré un centenar de ellos!), van quedando archivados año tras año como esos álbumes en los que las familias felices archivan sus fotos veraniegas. Y en las horas bajas (cuando regreso sombrío del taller con la sensación de haber fracasado en la vida), los vuelvo a abrir en mi intimidad y sus imágenes me justifican y me reconcilian con la soledad.

Aquella mañana (se terminaban ya mis últimas vacaciones madrileñas), me subí al metro en Artilleros para bajarme en Banco y caminar hasta el Museo del Prado. No suelo tomar apuntes que no sean copias de cuadros, pero el tren tardaba (es agosto para todos) y la estación estaba vacía; así que me senté en un banco, saqué el bloc de la mochila y esbocé las líneas de un rostro siguiendo el contorno de la imagen de un anuncio en la pared.

Pronto llegó el vagón y guardé todo precipitadamente, pensando que tal vez era hora de comenzar a pintar la realidad. Tan satisfecho (tan vanidoso) quedé con aquel rápido apunte. Quizá ya había tomado suficientes lecciones de los maestros pintores como para asomarme por mí mismo al mundo real.

Ensimismado en mis inciertas posibilidades artísticas, no era consciente ni de por qué estación iba. “Próxima estación: Sainz de Baranda; correspondencia con la línea seis”, dijo la voz grabada. Paró después el tren, se abrieron luego las puertas y… ella entró en el vagón.

Hacía más de veinte años que no la había vuelto a ver, pero la reconocí al instante: era Mari, mi novia de los dieciocho años. Su manera de quedarse parada, de situarse entre los viajeros del vagón; sus gestos estaban asombrosamente guardados en mi memoria que se renovaba al contemplarla. Me acerqué. Los otros pasajeros volvieron los ojos hacia la escena que íbamos a componer…

-Hola, Mari; ¿te acuerdas de mí?

Ella me miró asombrada y de pronto su rostro se iluminó:

-Pero, bueno, ¡si eres Juan!

Sonrientes nos dimos un par de besos en las mejillas.

-¡Si casi te has quedado sin pelo! -continuó ella risueña-, y estás echando barriga…

-Tú en cambio no has cambiado: eres la misma…

-No digas tonterías -se río con felicidad.

A decir verdad, su rostro (un tanto somnoliento) no ocultaba sus años, pero yo sentía como si su belleza se hubiera serenado. Sus ojos, en especial, me parecieron llenos de vida.

-Ay, me alegro tanto de haberte encontrado -me decía-, ¿por qué no tomamos un café? -eran las nueve de la mañana-… Me bajo en la siguiente, ¿vas con prisa?

Bien. Eso es lo grande de las vacaciones: que no tenemos obligaciones.

-No tengo ninguna prisa -aseguré-. Si quieres me bajo contigo y tomamos un café…

-Fenomenal -sonrió feliz.

Yo también me sentía feliz de haberla encontrado, de volver a experimentar su presencia guardada durante tantos años en la memoria. Feliz de irla reconociendo hasta en sus mínimos gestos. Feliz de volver a oír las modulaciones de su voz, sus giros al hablar, como ese “fenomenal” que no oía desde entonces…

Abrió su bolso, sacó un móvil (¡ese gesto sí era nuevo!) y lo apagó sin dejar de sonreírme. El tren se detuvo en la estación de Ibiza. Abrimos las puertas y salimos juntos. ¡aquella manera tan suya, tan decidida, de andar también afloraba de mi memoria al contemplarla!

Subimos en silencio las escalerillas eléctricas, sin dejar de andar, adelantando a otros viajeros. Se volvió sonriéndome: sentí que ella también me reconocía más allá de mi calvicie incipiente y de mi barriga de cuarentón.

Salimos al bulevar. Miré hacia los lejanos árboles del Retiro. Me gustaba Madrid. Los kioscos todavía no estaban abiertos.

-Ven, vamos -dijo ella cambiando de plan-. Vivo aquí a la vuelta, en Narváez, en un apartamento… Te invito a tomar café allí, y así conoces donde vivo…

Acepté, claro.

Entramos por un portal señorial. Subimos al ascensor. Luego cruzamos por un puente sobre los abismos de un patio interior y llegamos a su apartamento. Mientras nos internábamos en el edificio, no podía evitar el recuerdo de nuestro noviazgo, cuando le pedía las llaves del piso a un compañero de estudios para poder acostarme con ella. Revivía la misma sensación de aventura, como si estuviésemos subiendo hasta un cuarto secreto donde poder por fin desnudarnos y amarnos.

El apartamento era pequeño, pero luminoso y decorado con gusto y originalidad. Olía a tabaco y ambientador. La pequeña cocina se comunicaba con el saloncito por una barra, detrás de la que Mari se puso a preparar la cafetera, mientras me invitaba a sentarme en un cómodo sofá junto a una mesita japonesa. Enfrente, el televisor constituía otra novedad frente a nuestra desordenada vida estudiantil. La alcoba, con una gran cama de matrimonio, se abría directamente al salón. Me quedé allí tranquilo, mirando hacia el mueble de la tele, abarrotado de libros, películas, cerámicas y fotografías.

Mientras se hacía el café, Mari, recogiendo un poco el salón, poniendo un par de tazas y abriendo una caja de pastas, me explicaba su vida actual. Trabajaba por las noches acompañado a enfermos en los hospitales.

-¿A qué te dedicas tú? -me preguntó sin darme tiempo a comentar nada.

-Trabajo en una fábrica de parquet.

Rió de buena gana.

Abrió entonces un cajón del aparador y rebuscó hasta encontrar un bloc de dibujo.

-¿Te acuerdas de cuándo querías ser dibujante de cómics?

¡Aquel viejo bloc, lleno de mis dibujos!

-Me lo regalaste… ¿No te acuerdas?

Claro que me acordaba. Me quedé un buen rato pasando las hojas. Tiempo que ella aprovechó para ir al servicio. El café estaba listo. Me incorporé para servirlo.

Qué verdaderamente feliz me sentía con aquel reencuentro inesperado. La sonrisa continuaba alegrándome la cara y la luz de la mañana me parecía deliciosa. Se sentó por fin a mi lado, justo a mi lado, rozándome con su brazo y su pierna, con el bloc de dibujo abierto entre los dos.

-Bueno, Juan, cuéntame. ¿Qué ha sido de tu vida?

Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno sin preguntar (no quise confundirla diciéndole que en realidad yo ya no fumaba). Encendimos los pitillos. Había llegado el momento tragicómico de los grandes resúmenes vitales, en que los años de una vida se reducen a los términos de un cuento más entretenido que inteligible.

Sentí que podía ser absolutamente sincero, que podía presentar mi vida delante de ella sin falsearla. Le conté de mis dos hijos, de mi matrimonio y final separación. Tampoco le oculté mi dolor.

-¿Y tú? -dije para terminar-… ¿Qué ha sido de ti?

Creo que ella, al igual que yo había hecho, se sinceró conmigo. ¡También se había casado y separado!, pero no tenía hijos. Más que trabajar, su vida había sido una colección de trabajos.

-Solo me falta trabajar de puta- dijo sin violencia, y al pronto rió-, aunque ya seré vieja para entonces…

-¿Y qué hacer por Madrid? -preguntó para cambiar de tema.

No sin un poco de vergüenza, le conté lo de mis vacaciones en la metrópoli; y como testimonio saqué mi bloc de apuntes de la mochila.

-¡Qué feliz me haces! -exclamó abriéndolo.

Y hojeó con admiración mis bocetos, señalando los detalles que le gustaban.

-¡Qué bien pintas! -me halagó.

-He practicado un poco -comenté feliz.

Mari apenas si había dado un sorbo a su taza de café. Comprendí que se había servido por cortesía (igual que yo había fumado el cigarrillo).

-Bueno, Juan, tengo que dormir -anunció por fin-… A no ser que quieras quedarte a dormir conmigo -añadió con sencillez mirándome a los ojos.

-Preferiría no hacerlo -me disculpé yo con cariño.

-Vale, no me enfado -sonrió-. Me encanta que te sientas libre -y me besó en la mejilla.

Antes de separarnos, me preguntó si tenía móvil y, viendo que no lo llevaba encima, me apuntó el número del suyo en un papel.

Me tomó de la mano para acompañarme hasta la puerta.

-¡Que no sea esta la última vez que nos veamos! -me pidió-. Estoy tan feliz de haberte visto…

-Yo también estoy feliz.

Y con un casto beso nos separamos.

Nota.- El “preferiría no hacerlo”, evidentemente, es de Melville.

la luz del cirio

A mediados de verano visité la vieja fábrica de papel de mi familia para comprobar si sus muros se mantenían en pie, pues habíamos decidido venderla. No daré datos precisos sobre su ubicación para evitarles tentaciones a los okupas; pero sí merece la pena intentar una descripción general por lo inusitado del paraje: un pueblo fantasma, en realidad.

La fábrica con su chimenea, los casones aledaños, la iglesia, están en ruina técnica y cubiertos de maleza hasta el punto de que las fachadas no se perciben desde el puente. Todo este conjunto de edificios rurales ocupa el fondo de un estrecho valle del río D., entre abruptos cerrotes poblados de carrascas. El camino, por el que antaño remontaban los camiones cargados con las gigantescas bobinas de papel, es ahora una escarpada pista forestal llena de piedras.

Uno de los calurosos días del mes de julio, abandoné la carretera comarcal y me dejé caer con el todoterreno hasta el fondo del valle , intentando controlar el miedo al bosque. De pequeño, nos topamos en estas cuestas con una camada de jabalíes. Mi padre se bajó valiente del Land-Róver mientras desenfundaba el rifle, y descerrajó sobre los bichos dos tiros que atruenan todavía en mi memoria. Mató un enorme verraco que luego recogieron los hombres del pueblo y estuvo colgado de una olma desangrándose. Recuerdo el áspero tacto de sus cerdas negras tocadas por mi mano de niño: era un pelaje duro como el alambre. Y sus afilados colmillos colgaron desde entonces enmarcados en el salón de casa, como un trofeo familiar.

La fábrica, no lo he dicho todavía, surtió de papel a la Casa de Moneda y Timbre desde principios del siglo XX. De allí salieron todos los billetes manoseados de nuestra historia anterior al euro. Se canalizó el río para hacerla autosufiente mediante una central eléctrica. Y todavía queda la vieja maquinaria alemana con la que se podría montar un museo: el generador, las mezcladoras, las bobinadoras. La madera para hacer la pasta de celulosa se traía de lejos; en fin, nunca entendí bien por qué se emplazó en este valle este engendro de la revolución industrial, que compramos a precio de saldo. Falta decir que se construyeron casonas para alojar a los obreros, y se les edificó una iglesia y una escuela. El pueblo llegó a tener su propio alcalde.

En la verja metálica que cierra el paso a la altura del puente, un cartel avisa de la presencia de perros peligrosos. Y los hubo en efecto. Pero la fábrica lleva una década absolutamente abandonada. El último guardián se ahorcó colgándose de una viga, y ya no se contrató a nadie. Se retiraron los perros y se cercó la entrada con valla metálica.

Dejé el todoterreno junto al puente y me colé por un costurón de la verja. Eran las cuatro de la tarde y caía un sol de justicia. Había comido en el pueblo de S., y aprovechando la hora de la siesta me había desviado hasta nuestra propiedad. La naturaleza entera parecía haber caído en un sopor invencible, salvo las enloquecedoras chicharras, cuyo canto acentuaba la soledad del paraje.

Caminé a pleno sol en dirección al caserío cubierto por la maleza. Reconozco que se iba apoderando de mí un miedo infantil. De uno de los arbustos del camino, desgajé una fuerte vara de dos metros, la desbrocé con las manos y, armado con ella, me sentí absurdamente seguro. Matagatos llamábamos a estos palos de niños; aunque lo que me fabriqué esta vez bien parecía un matalobos.

Llegué al pueblo tomando las precauciones de un comando. Si alguien pudiera verme, se reiría a gusto; pero la soledad deshabitada del lugar me tenía atemorizado. Cruce hasta la plaza y me planté ante la iglesia, con su fachada de ermita y su campanil inútil. Fascinado por la sensación de abandono, traté de imaginar aquel rincón poblado de gente: ¿qué niños habrían pasado allí su infancia, que ahora, de viejos, añorarían aquellas ruinas como un paraíso?

Forcé el portón a empujones, dejé mi arma y, franqueando la entrada, me acerqué entre los bancos llenos de telarañas hasta el altar en penumbra. Como si el abandono del pueblo se hubiese producido de forma precipitada, una vestidura sagrada estaba caída a los pies del altar y un gran misal permanecía abierto sobre el ara con las páginas llenas de polvo. No se veía ningún objeto valioso. Pronto comprendí que alguien había usado las ropas y el misal para una escenificación burlesca, pues había pintadas en las paredes.

Soplé sobre el misal abierto y una densa nube de polvo testimonió con su turbulencia los años de abandono. Traté de leer, pero la luz que se colaba por los ventanales se había ido apagando.

De nuevo me asusté. Salí afuera de la iglesia y comprobé que, por cima de los cerros, las nubes se estaban amontonando y que una tormenta de verano se me venía encima.

Sentí miedo físico. La piel se me puso de gallina. Me aterró la idea de quedarme aislado en aquel pueblo fantasma; pero en vez de correr hacia el auto, absurdamente retrocedí adentro de la iglesia, hasta la sacristía. Allí los signos del saqueo eran evidentes, los ropajes y las cajoneras estaban destrozados por los suelos. Rebuscando encontré un pedazo de cirio. El tacto de la cera me trajo lejanos recuerdos de noches de tormenta en que se iba la luz en la casa del pueblo y se encendían las velas, como un descenso a la noche de los tiempos.

Apenas si nos percatamos de que una de las ventajas de ser fumador es que llevamos mechero: somos los últimos portadores del fuego. Llevé el cirio hasta el altar, lo despabilé y lo encendí con la llama del mechero. La luz titubeó, parpadeó confusa pero luego se fijó y creó un ámbito cálido en torno, en medio de aquella penumbra oscurecida. Volví a tratar de leer lo escrito en el libro; soplé con fuerza de nuevo y levanté otra nube de polvo. Ya se vislumbraban con claridad las letras a la luz del cirio encendido.

Entonces sentí horrorizado que la luz fluía del cirio cobraba una extraña intensidad; más aún: giraba descompuesta formando un cono de haces luminosos, como lenguas de fuego, cuyo vértice nacía en la llamita del cirio. ¡Y se fue apareciendo ante mí un misterioso ser como si se corporeizara descendiendo de ese cono de luz! Tenía un rostro adolescente, de ojos azules; su cabello rizado era dorado y brillante, como rubios cabellos al sol. Y estaba desnudo ante mí, pero a la vez no desnudo, pues su piel sedosa recubría sin vello ni esfínteres su entrepierna asexuada.

-Es un ángel -dijé pasmado para mí.

Él me sonrió y comprendí de golpe que era capaz de leer mis pensamientos. Se había sentado sobre el altar polvoriento, con una suavidad flotante.

-¿Quién eres? -me atreví a balbucir en voz alta.

Y sin darle tiempo a responder, instintivamente acerqué mi mano para tocarlo, para comprobar su realidad. ¡Pero al tocar su piel un bostezo enorme me embargo, como si se apoderase de mí un pesado sueño! Retiré la mano sobresaltado, sobreponiéndome a aquel sueño repentino, y, como una certeza, supe que era un ángel niño, que se había caído por un cono de luz.

La tormenta empezó a retumbar en el valle. Los truenos estallaban con violencia en las nubes y retumbaban monte abajo como si rodasen enormes pedruscos sobre las casas del valle; pero mi terror se había desvanecido.

Comprendí que no tenía sentido hablarle a un ángel niño de cosas de mayores y me puse a contarle la historia legendaria de aquella fábrica de papel, supliendo con mi imaginación la ignorancia de aquella hazaña hasta convertirla en la gesta de una raza de conquistadores. Me atendía cautivado, sonriente, mirándome sorprendido con su pacífica mirada celeste. Le conté ilusionado mi sueño hasta perder la noción del tiempo.

Ocurrió entonces que la luz del cirio se apagó de improviso, y aceleradamente busqué en mis bolsillos el mechero. Lo hice lo más rápido que pude, pero al encenderlo de nuevo me hallaba solo en la iglesia en ruinas.

También en el exterior la tormenta se estaba disipando y ni siquiera había llegado a descargar sus torrentes de agua renovadora. Salí afuera. El sol volvía a castigar el valle con su resplandor abrasante. Caminé errabundo hacia el todoterreno. Aturdido, sí, pero feliz, sin miedo.

Nota para el desencanto.- He querido desarrollar de otro modo (más ingenuo) la idea que me permitió inventar una “leyenda urbana” para el blog de Bea. Me permito copiarla aquí para contraste:

Tuve un amigo hace mucho tiempo (ya le perdí la pista) que nos metía el miedo en el cuerpo (tal vez sólo estaba un poco loco). Una de sus creencias era que el ángel de la muerte usaba la luz de las bombillas para entrar en las habitaciones. Creía que se descolgaba girando por el foco luminoso. Así que cuando, en aquellos tiempos de trasnochadas estudiantiles, llegaba la hora de encender la luz artificial, lo veíamos refugiarse amedrentado en un rincón. Y al mirarlo allá escondido, su rostro reflejaba una angustia tan verdadera, que sentías un escalofrío. Y cuando te quedabas solo en la habitación, mirabas la bombilla y querías apagarla cuanto antes.

don de lenguas

Anoto en medio de mi confusión.

Reconozco que ayer tuve un día tenso. Para empezar, tuve un disgusto con mi enfermera (del que no daré más detalles); luego me pasé la mañana llamando al taller (no puedo seguir más días sin auto), y esperando que María me llamase.

Por otra parte, está la terrible burocratización de nuestra profesión, pues somos los médicos los primeros en sufrirla: ver enfermos se ha convertido en teclear y teclear informes diagnósticos.

En fin, contaré el caso sin más preámbulo.

Era una joven senegalesa, de raza negra; treinta años de edad, con cinco de residencia en España. Por la facilidad con que entablamos conversación, pensé en un primer momento que se trataba de una cubana casi sin acento: me saludó al entrar y contestaba a todas mis preguntas con fluidez.

-Bien, ¿y cuál es su problema? -le pregunté tras teclear los últimos datos de su filiación.

-Mire, doctor -me contestó-, me pasa algo extraño: entiendo lo que dice la gente.

Fue aquí cuando me distrajo la vibración del móvil en el bolsillo del pantalón; pero mantuve la concentración y proseguí con el historial de mi paciente, que me miraba risueña y confiada.

-Explíquese -le pedí en un tono formal.

-Lo intentaré, al menos -suspiró-. ¿Puedo ponerle un ejemplo?

-Por supuesto.

Me resultaba asombroso lo bien que había aprendido el enmarañado sistema del tratamiento.

-Mire, doctor, el otro día estaba comprando en el supermercado y la cajera, ¿sabe usted?, es rumana. Pues delante de mí venía otra mujer rumana, sin mucha compra, la verdad, y se saludaron la cajera y ella y se preguntaron por sus cosas… ¡Y yo las entendía!

-Pero, vamos a ver, señora, usted quiere decir que la cajera y su amiga hablaban en rumano y usted las entendía… Pero ¿usted sabe rumano?

-Yo, no en absoluto -negó ella.

-Y entonces, usted ¿en qué lengua las entendía?

-Pues yo las entendía tal como le entiendo a usted…

-Es decir, ellas hablaban en rumano y usted las entendía en español.

-Sí, doctor, tal como le estoy entendiendo a usted.

El tiempo de la consulta se pasaba y empecé a ponerme un poco nervioso.

-¿Y le ha pasado lo mismo alguna otra vez?

-Claro, doctor, me pasa a menudo, y me ha pasado con gentes de diversas lenguas… Pero eso no es lo peor.

-Ah ¿no? -empezaba a perder la paciencia.

-Mire, doctor, al salir del supermercado tuve la extraña sensación de que me quedaba dentro.

-¿Puede usted explicarse?, por favor.

-Tuve la sensación de que yo era la cajera, y se me llenó la cabeza de los pensamientos de la cajera, de sus preocupaciones y recuerdos, mientras mecánicamente iba pasando los productos por el lector óptico…

Yo la escuchaba en silencio. Había tomado ya una decisión. Todavía prosiguió ella un poco más:

-De repente, me desperté en medio de la calle como de un sueño… Me había alejado un par de calles del supermercado y caminaba como un autómata hacia casa con mis dos bolsas de compra…

Le receté Diacepán como tratamiento y la derivé al especialista, quiero decir, al psiquiatra. Se despidió de mí con igual cortesía y adecuación, y me dispuse a continuar la mañana.

Pero esa noche, al repasar en la cama los hechos de aquel día ajetreado, volví a la historia de la joven senegalesa y me incorporé sobresaltado. Por más que lo intentaba, no lograba recordar qué paciente había entrado a la consulta detrás de ella. Sí, conseguía reconstruir el resto de la mañana; pero después de la visita de aquella mujer había un hueco en mi memoria.

No era posible. Pero aquella fluidez de su habla no acababa de encajar… Con todo, no era posible. ¿Cómo iba a poder creer que aquella mujer hubiera vivido desde dentro de mí unos minutos de mi propia vida?

la historia de Carlos

Sé que la gente me desprecia por ser un rentista. Y eso acentúa mi natural misantropía. Pero siempre he llevado esta vida bohemia, y contemplando ahora el Retiro nevado desde este ático sórdido y envidiado, mi memoria me trae aquel milagro de la nieve en Formentera.

¡Aquel invierno en la isla!… No sé, habrán pasado treinta años. Qué pena. Confieso que no tuve fuerzas: regresé a la ciudad; quiero decir, me asfixió aquella vida de asceta: necesité abrazar de nuevo un cuerpo humano, sin importarme pagar por ello.

El pasado se desdibuja como los sueños, pero qué reales todavía aquellos copos de nieve cayendo en mi casa del paraíso. Vivía yo en una casa payesa, con un perro de mirada humana: mi perro Khan -me culparéis por dejarlo abandonado al escapar de la isla; en realidad, siempre fue un perro vagabundo.

La dueña, la señora payesa, con aquel hablar áspero que más que catalán parecía alemán, me enviaba cada mes a su sobrino a cobrar el alquiler; me traía entonces una carga de leña: ¡aquel fuego siempre encendido en el remoto invierno de la isla!

Todas las tardes daba mi paseo hasta el faro, flanqueado por mi fiel y paciente Khan, y bordeaba los acantilados sintiendo la tentación del abismo. El mar me llamaba con el golpeteo rítmico de sus olas, un mar multiforme en su identidad inconmensurable: contemplé el mar vinoso de los griegos antiguos, el mar verde azulado de las calas desnudas, el mar plateado de las noches de luna en que los exiliados en la isla nos reuníamos en una falsa hermandad… ¡No pude perdurar en aquella contemplación infinita!

¡Tardes de un invierno primaveral!, paseando entre pitas y cercados caprunos seguido de mi dócil perro, cruzándome con hippies alemanes, que me saludaban en un inglés turístico y vulgar. Y noches estrelladas en que me refugiaba en mi casa, hasta quedar dormido contemplando el fuego después de volver de la cantina, habiendo cenado unos botellines de cerveza.

Hasta esa tarde en que, al abrir el portón de la casa, después de la siesta, vi los blandos copos de nieve cayendo de un cielo nórdico. Salí al patio aturdido, encantado como un niño que abre los brazos para dejarse cubrir por la nieve, y me acerqué hasta el pozo y la higuera, asombrado de que en sus brazos retorcidos pudiera estar cuajando la pureza de la nieve.

Fue entonces cuando oí la moto.

Si hubiese avistado un platillo volante, no hubiese sido mayor mi asombro. Tenía yo alquilada una bicicleta para bajar a Frisco (San Francisco) a sacar dinero del banco o comer en restaurante; y el sobrino de la señora payesa tenía una Vespino antidiluviana, ¡pero oír el rugido de una Sanglas en Formentera!

¡Era mi amigo Carlos, que venía desde Madrid a visitarme!

Llegaba prácticamente muerto de frío. Aparcamos el monstruo metálico en el patio, y le hice pasar a la casa y sentarse en una silla baja, atizando las cenizas del hogar y enchando un par de leños que empezaron a arder con un estallido feliz. No tenía otro reconstituyente que una petaca de whisky: se la puse en los labios hasta que tragó un sorbo y, agitado por un escalofrío, recobró el conocimiento.

Me sonrió. Llevaba a sus espaldas seis horas de moto invernal hasta Valencia, una noche destemplada arrebujado en el butacón del barco que cruzaba hasta Ibiza, y luego el aparatoso embarque en la lancha, y la subida en moto, a través de la nevada, hasta la cantina de la Mola, donde había preguntado por mis señas.

¿Y para qué aquella hazaña motera?

Sólo porque, si había alguien que pudiera escuchar y entender su historia, ese era yo.

El fuego ardía mansamente. Khan se había tendido sobre su manta. Abrí una lata de aceitunas y descorché una botella de vino. El humo del tabaco apaciguaba la desazón de nuestra juventud. Éramos amigos desde el colegio, compañeros también en la universidad, y llevábamos dos largos meses sin vernos; pero permanecíamos en silencio hasta que él empezó a contar:

-Estaba en mi habitación en casa de mi madre; no donde duermo, sino donde tengo la mesa de dibujo. Esa tarde no quise ir al trabajo -hacía trabajos de maquetación para una revista de la época-; llevaba más de una hora sentado en el sofá, con la mirada perdida en la luz que entraba por la ventana…

¡De pronto las paredes del cuarto cobraron vida: se me venían encima como si quisieran aplastarme!… Sentí miedo, un miedo terrible: pánico más que miedo. Me incorporé y salí aterrado al pasillo, y de allí, corriendo, salí por la puerta de casa y llegué al portal y la calle. ¿Qué me había ocurrido? No quería que aquella locura volviese a apoderarse de mí, y me dije: “Me alejaré de aquí, caminaré hasta donde me den las fuerzas”. Y, a paso decidido y firme, comencé a caminar intentando mantener un rumbo en línea recta… Fui cruzando calles y calles, y al final de la tarde había llegado a las afueras y enfilé la carretera de Colmenar, dispuesto a no parar hasta saber a qué atenerme. Caminé unos kilómetros por el arcén, pero antes de anochecer me desvié de la carretera, en mi esfuerzo por mantener aquel rumbo en línea recta; y me interné por un camino de tierra… ¡Cada paso que daba me repercutía ya en las mandíbulas!, pero proseguía andando imparable, sin importarme la oscuridad de la noche, porque iba huyendo de mi propio miedo… Caminé y caminé adentrándome en la noche, hasta que por fin me dejé caer a tierra dispuesto a morir. Me tiré boca arriba bajo el cielo inmensamente estrellado. Mi respiración seguía acezante; mi corazón batía agotado y enloquecido en mi pecho…, y entonces lo vi… ¡Vi un viaje astral! ¡Vi un rayo de luz que unía dos estrellas!… ¿Me crees?… Y entonces, en torno a mí, aparecieron dos hombres vestidos con largas túnicas blancas, que me contemplaban… ¿Me crees?… He venido hasta ti, porque necesito que alguien me crea.

Yo, asustado por la convicción de sus palabras, permanecía mudo, sin poder responderle. Carlos no me dio muchas explicaciones sobre el final de su viaje. Había estado internado un tiempo en el hospital, y me aclaró que, de hecho, estaba en tratamiento por esquizofrenia.

Se quedó en la isla conmigo unos días. No recuerdo que volviésemos a mencionar su historia. Se ajustó en lo que pudo a mi vida de eremita bohemio, y paseábamos hasta el faro con Khan, bordeábamos los acantilados, y luego regresábamos a terminar el día en la cantina. El mar inmenso, abismal, no dejaba de llamarnos.

Una mañana se despidió. Montó en su vieja motocicleta y desapareció para siempre. Cuando regresé a Madrid recabé alguna noticia suya por otros amigos: había seguido un programa de rehabilitación para desengancharse de la cocaína, y trabajaba en un taller.

Contemplo hoy el Retiro nevado pero en mi memoria sigue batiendo el mar invernal de Formentera. ¿Hasta qué punto llegué a creer en la historia de Carlos?… Me la entregó como una revelación, y para mí sigue siendo tan real como mi propia vida.

verdades de la radio

La desesperación absoluta exige un gesto desesperado. Asistí por casualidad a uno de los más patéticos, y lo dejo aquí anotado para escarnio público. Fue durante uno de esos programas de radio montados sobre el testimonio variopinto de los escuchantes. No recuerdo ni de lejos el tema de las intervenciones, pero he aquí (más o menos) el tenor de la desolada confesión:

-Llevábamos veinticinco años de casados. Y lo celebramos con un crucero en el que fuimos tan felices como en el viaje de novios. Pero, sin darme ninguna razón, justo a la vuelta mi esposa inició los trámites de separación… Yo no entiendo qué ha pasado… ¡Y yo la sigo queriendo! ¡Quiero que vuelva junto a mí!

La absurda queja rompió el tono políticamente correcto del programa, aunque no trajo mayor consecuencia. Ni siquiera recibió comentarios: se dio paso a otro comunicante.

Pero yo, en la soledad de la cocina, donde pelaba patatas, me quedé atónito y disperso (como decía Machado).

Tantos huecos tenía esa confesión que era inútil reconstruir su verdad concreta. En los días siguientes, seguía recurriendo en mi memoria como un signo de nuestro tiempo. Alguien, unilateralmente, podía romper un compromiso sagrado, que había traído momentos de felicidad, en aras de su libertad y realización individual -resumí en un triste enunciado abstracto aquel drama.

Imaginé si esa ruptura se hubiese producido por muerte de la esposa… Sin duda, el amante esposo habría idealizado su recuerdo en un amor eterno. Pero ahora ¿dónde podía sustentar su amor?

habitación desordenada

Era el triste quinto aniversario de la última vez que recogió su habitación. Pero nadie conoce ni celebra esas fechas. De hecho, no comieron juntos. Padre había engullido unas judías verdes con salchicha a las dos. Hijo llegó del vermú a las tres.

Envuelto en un nórdico frente al televisor, Padre esperó ese lapso dormitando o digiriendo anuncios. El canario del comedor entonaba su dulce queja con trinos y gorgoritos que armonizaban con las ondas del sueño. Desde el balcón una luz no usada inundaba la realidad.

Hijo no quiso que padre le calentara las judías. Se puso a comerlas frías desplegando un periódico atrasado que se perpetuaba o aniquilaba en un rincón de la cocina.

Cuando Padre acabó de prepararse el té, rellenó la kétel -todo tenía que hacerlo él- y regañó a Hijo con una de sus inasibles ironías:

-Aquel día comimos en animada tertulia -dijo como en sueños

Pero la profecía se autorrealizó. El periódico quedó a un lado con sus palabras de tinta muda, y se enzarzaron en la discusión cotidiana: sí, había que vender el puto piso y comprar una casa en el pueblo, pero a Padre como que le faltaba un poco de ilusión.

-¿Qué vas a hacer esta tarde? -preguntó Padre por fin.

-Me voy a Madrid a las ocho -anunció Hijo-. Pero antes ensayaré un rato. ¿Te vienes a verme?

Fue una invitación espontánea. Fue eso lo que le desarmó, como si el mundo pudiera girar de otra manera.

Sin embargo, Padre señaló con un gesto hacia la pila de platos del fregadero.

-Además tengo que hacer los baños, ya huelen mal. La casa está hecha una mierda -añadió con agresividad familiar.

Pero entonces recordó que tenía que comprar limpiaváteres y aceptó:

-Vale, te acompaño. Y me vuelvo dando un paseo, y compro algunas cosas. Espera que me visto.

Hijo, en su papel, conducía compulsivamente mediante acelerones y frenazos. Padre hace cinco años hubiese ido todo el viaje refunfuñando; ahora se había ajustado a trompicones el cinturón y aceptaba con estoicismo la vorágine.

Cruzaron las calles de la pequeña ciudad: concretas, vulgares, de un realismo desquiciante. Nada en ellas anunciaba un ineluctable océano de sangre.

La sala de ensayo se escondía en una nave de las afueras. Las paredes interiores estaban forradas con hueveras, que según se iban desprendiendo dejaban grandes desconchones geométricos. Y el mobiliario, dos tresillos viejos; bolsas de botellón con cascos vacíos; una batería destartalada, amplificadores y, apoyados en la pared, los sinuosos estuches negros de las guitarras.

Hijo encendió los calefactores eléctricos y desenfundó su guitarra después de desfogarse sobre la batería que retumbaba y estallaba enloquecida.

Por fin, hijo se sentó con la guitarra dentro del círculo que formaban los amplificadores: llenos de polvo, con vasos de plástico y culos sin consumir, ceniceros atiborrados de colillas y restos de porros. Tenía un cigarrillo encendido entre los labios -hace cinco años no lo hubiese intentado delante de Padre-. Conectó primero la guitarra al afinador.

Padre, expectante, sin quitarse el abrigo, se había dejado caer en el sofá y contemplaba la sala de ensayo sin beneficio de inventario.

Hijo entonces introdujo la clavija en el ampli y la guitarra sonó por fin con todo su alucinante poder.

En ese preciso instante el mundo racional perdió sentido y se abrieron las armonías desquiciantes del tiempo último. Hijo, con una técnica aceptable, le iba mostrando varias ideas rítmicas en las que estaba trabajando. La música brotaba de sus manos al deslizarse con frenética precisión sobre las cuerdas pulsadas con poderosa maestría. En breves silencios, le descifraba alguna nota o le pedía su opinión sobre dos vertiginosas variantes prácticamente indiscernibles. Los fraseos de la nueva composición iban brotando enormes, vehementes, violentamente armónicos.

Padre se dejó apoderar por aquella realidad. Envuelto en su abrigo, lúcidamente hundido en el sofá mugriento, como un náufrago de la vida cotidiana.

Mientras Hijo se encendía otro cigarrillo, se atrevió a aceptar aquel concierto-para-un-océano-de-sangre como el don de aquel día.

nombres propios

El despertador del móvil sonó a las cinco y media de la mañana en la habitación de Esposa. Pero fue Marido quien se levantó.

Llevaba más de una hora despierto, y dio por seguro que algo acabaría mal a lo largo del día: fruto del cansancio. Al entrar adormilado en la cocina, a la vez que la boca se le abría en un bostezo, hizo con el pulgar un gesto abstracto sobre su rostro, como quien traza una cruz: resto tal vez de una superstición infantil. Preparó la cafetera y pudo ir por fin al baño. Sentado en la taza, a la manera de las mujeres, orinó con esa parsimonia goteante que un experto etiquetaría como síntoma de adenopatía prostática. Se metió un dobladillo de papel higiénico entre el calzoncillo y la pistolilla mal cerrada, y se lavó observándose en el espejo: la vejez incipiente tenía mal remedio.

Ya espabilado, Marido fue a vestirse con la ropa de andar por casa antes de que empezase a estornudar.

-Ya está el café -anunció en voz baja a Esposa asomándose a su habitación.

Y fue a desayunarse el suyo sentándose paciente. Retiró el periódico del día anterior de la pila de papeles viejos y contempló absorto su portada.

Esposa, ataviada con aquel pijama de carnaval, entró finalmente en la cocina con el pelo alborotado y pajizo. Le pasó a Marido la mano por la calva incipiente, como quien distraídamente acaricia a un niño. Luego se bebió el café de un trago y se fue al baño.

De inmediato, Marido se levantó a encender el termo. Tuvo que darse verdadera prisa porque Esposa ya abría el agua antes de tiempo, y quería empezar la mañana sin un nuevo desencuentro. El fogonazo del gas dejó todo en orden.

Volvió a sentarse, cogió un lápiz y comenzó a rellenar las casillas del sudoku del periódico, placenteramente: uno, dos, tres… aquí puede ir un cuatro…

Esposa tardó más de media hora en arreglarse; alguien podía creer que llevaba una doble vida en el baño. Cuando regresó a la cocina, Marido cerró rápidamente la página del sudoku e hizo como que leía los enfáticos titulares. Podía incluso empezar a analizarlos sintácticamente; pero levantó los ojos y miró a Esposa.

Había maravillosamente compuesto su hermosa melena color castaño. Sí, era teñido, pero Marido casi volvió a sentir entre sus dedos el tacto acariciante de aquella nuca (hacía ya tanto tiempo) adorada.

Esposa se puso ella misma el segundo café, metiendo el vaso con la leche en el microondas… Ella conocía el punto. Se lo bebió y por fin pareció hallarse dispuesta.

De hecho, había dejado preparada la maleta por la noche.

-¿Quieres que te ayude? -sugirió Marido.

-No. Puedo sola.

Con todo, Marido se levantó a despedirla. Se rozaron las mejillas con un triste beso. Marido le abrió la puerta de la calle y Esposa salió al rellano animosamente, con la pesada maleta casi a rastras, y siguió escaleras abajo. Parecía feliz, ilusionada.

Marido volvió a la cocina, y con método y paciencia fue resolviendo el sudoku. Cuando lo tuvo resuelto, para cerciorarse contó todas las columnas, filas y cuadros: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Se sintía feliz como un niño.

Pero a poco lo volvió a invadir la tristeza. La soledad y la tristeza.

Una lágrima apuntó en sus ojos apagados. Comprendió demasiado tarde que tenía que haberla ayudado a bajar la maleta.

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