Se acercan las vacaciones y estoy sintiendo ganas de reanudar el blog.
Mi imagino que debo alguna disculpa a alguno de mis amigos virtuales; pero la vida laboral me ha sumergido por completo.
Me asomo por aquí para comunicaros (a los posibles interesados) que he dejado en Bubok una versión de ciertos materiales que fueron saliendo en este blog con el título de El Despertar.
Se puede descargar on-line de forma gratuita.
http://uberri.bubok.com
Me ha caído como un mazazo la muerte de Agustín. Sobre todo por lo inesperada; no sé quien ha dicho que fue una septicemia, o qué sé yo. Lo que más me duele es que no volví a visitarlo al hospital.
Al funeral hemos ido el director y yo, en representación del resto de mis compañeros. Ha sido terrible. Sólo estábamos nosotros en el tanatorio del hospital. Sobre la caja había una corona mortuoria. Por lo visto, el director ha asumido los gastos del entierro.
Era un buen compañero.
Siento ahora rabia ante una vida que se va así, sin más, malograda. Toda su vida dando clases, ¿para qué? Si al menos hubiese dejado algo escrito, pero nunca tuvo la vanidad de pensar en escribir nada. Leer, eso sí. Y conversar. En realidad, no era un conversador entretenido, es decir, no era alguien como para animar una tertulia, pero tenía sus momentos.
Me lo imagino allí solo, durante todos esos días, sin nadie con quien poder hablar.
Qué absurdo.
Al menos él era creyente.
Por fin llegó el día en que le dieron el alta a Tomás. El joven llamó a su madre por el móvil, y empezó a recoger sus cosas canturreando. Entretanto no dejaba de animar a su compañero de cuarto, que, aunque algo mustio, llegó también a alegrarse.
—¡Vamos, Agustín!, que esto se acaba, que esto no dura siempre. ¡Ánimo, hombre!
Antes de que trajeran la comida, llegó la madre para ayudarle a bajar las cosas. Y listos para abandonar la habitación, Tomás se acercó hasta la cabecera del enfermo para despedirse, y le dijo con cariño:
—Profesor, ya vendré a verle para continuar con nuestras clases. ¡Ánimo, hombre!
Salieron por fin la madre y el hijo, y se les oyó alejarse por el pasillo. La habitación quedó como vacía. Las auxiliares entraron y dejaron preparada la cama para otro enfermo.
Esa noche al pobre Agustín se le saltaban las lágrimas. Poco le costaba darse cuenta de su nueva situación. Su pensamiento volvía una y otra vez sobre el tema que le obsesionaba. Sí, era cierto que vivir es un continuo ir y venir entre nuestra vida que pasa sin pensar, y aquel darnos cuenta de que vivimos: nos despertamos de nuestra propia vida a nuestra realidad personal. Pero esa realidad personal no sólo se manifiesta insondable, sino que se nos revela falta de plenitud, y es entonces cuando la Razón, que nos permite ese despertar, parece como si se transformase en otro saber más seguro: la fe que nos lleva a encarar esa realidad y decir, como nos enseñó aquel Jesús en su oración milagrosa:
—Padre Nuestro...
Ahora sí que el lenguaje conseguía trascender hacia la plenitud de realidad...
A la tarde siguiente, a la hora de las visitas, se presentaron felices Tomás y su madre a agasajar al viejo profesor.
—Agustín —le decía su fugaz discípulo—, te hemos preparado una maravilla: carne de membrillo, un milagro de la química casera.
Y sacando un táper, lo abrió mostrando su tesoro: un lingote de membrillo dorado que esparció su dulce aroma por la habitación del enfermo. Los ojos de Agustín se iluminaron.
—¡Hay que catar esta delicia! —le dijo Tomás animándolo.
Y sacando la madre un cuchillo del bolso, cortó una gorda lámina de aquel manjar de dioses, y se lo pusó a Agustín delante de los ojos:
—Ande, pruébelo.
Agustín sonrió como un niño, alargó su mano descarnada y tomó la porción de membrillo con sus dedos. Entonces la mordió y la dulce golosina estalló en su paladar con una fruición inefable.
—¡Dios mío —exclamó—, qué bueno está! Me sabe a gloria.
Esa noche Agustín sintió por vez primera un deseo real de salir de su dolorosa postración. Decidió que ese próximo verano viajaría a Estados Unidos a visitar a su hijo. Fue una emoción tan intensa que los ojos se le llenaron de lágrimas y estuvo a punto de incorporarse y saltar de la cama. Ahora sí que tenía una razón para curarse y recomponer su cuerpo roto. De hecho, no podía entender qué sentimiento tan confundido había habitado dentro de él que no le permitió llegar antes a esa certeza: no era esperando la visita de su hijo como se salvaría, sino saliendo él a su encuentro.
Esa misma noche la conversación prosiguió más rato de lo acostumbrado. Agustín, no sin astucia, dio un paso atrás para que su alumno tomase mejor impulso...
—¿Recuerdas que, cuando querías que yo te enseñase Filosofía, lo que buscabas era una filosofía para vivir?
—Sí. Como había oído que los sabios viven con filosofía, quería enterarme un poco para saber a qué atenerme.
—Exacto —volvió a animarle Agustín—, pues estamos a punto de vislumbrar una filosofía para la vida.
—Pues, venga, enséñamela de una vez.
Agustín giró la cabeza hacia él antes de proseguir.
—He conseguido hacerte ver que la vida humana es necesariamente un continuo quehacer, una tarea que forzosamente tenemos que ejecutar. ¿Entiendes esto?
—Más o menos.
—Venga, no me enfades. Pon un poco de ganas. Tu vida y mi vida no están ya dadas, acabadas, tenemos que vivirlas, ¿no?
—Sí, claro.
—Pues para vivirlas tenemos que hacerlas decidiendo en cada momento lo que queremos hacer...
—Eso parece.
—Pues bien, hacemos nuestra vida según nuestro querer, pero no podemos querer cualquier cosa. Como le ocurría al perro de nuestro cuento, tampoco podemos salir de aquí volando...
—Está claro.
—Vale. Pues eso quiere decir que, para hacer nuestra vida, tenemos que contar con la realidad que nos rodea, o dicho de otro modo: la realidad nos ofrece las posibilidades para hacer nuestra vida. Tenemos que hacérnosla eligiendo entre las posibles vidas que nos permite hacer la realidad. ¿Entiendes esto?
—Creo que sí —aseguró Tomás poco convencido.
—Entonces, a la hora de elegir, en realidad lo hacemos orientándonos por lo que queremos ser, es decir, elegimos la figura de nuestra posible vida, algo que todavía no es nuestra vida real pero que queremos que sea nuestra vida. Dicho con una palabra filosófica: elegimos de acuerdo con un proyecto, elegimos de acuerdo con lo que proyectamos ser. Y la mejor guía de nuestra vida proyectada es un modelo de vida, una vida ejemplar... ¿Entiendes todo esto?
—No muy bien.
—A ver —intentando no desesperarse—, tú ¿para qué quieres curarte?
—¡Hombre, qué tontería! Para poder llevar mi vida normal.
—Exactamente. ¿Y en qué consiste tu vida normal? Porque digo que podrás contarme en qué consiste.
—Hombre, mi vida normal es mi trabajo, mis amigos, mi tiempo libre, mis vacaciones: pasármelo lo mejor posible.
—Perfecto, pues acabas de describir la figura de tu vida. Pero imagínate que quisieras casarte, fundar una familia, tener hijos, está claro que lo que querrías ser era diferente.
—Eh, eh, que yo no he dicho que no me vaya a casar. Lo que pasa es que hasta ahora no he encontrado una mujer.
—Vale, perfecto —sentenció Agustín—: entonces aquí tenemos un nuevo proyecto para tu vida; dicho de otro modo, te estás curando porque te ilusiona salir de nuevo al mundo y buscar a esa mujer con la que compartir tu vida, ¿o no?
—Hombre, sí, claro que me hace ilusión, pero no es tan fácil como lo pintas.
—No, si yo lo único que pinto es que tú estás haciendo tu vida de acuerdo con lo que quieres ser; otra cosa es que sea difícil alcanzar lo que quieres ser, o que renuncies a ello porque cuesta mucho. Eso es otra cosa.
—Oye, parece que te estás metiendo conmigo.
—No te enfades.
La recuperación de Tomás se estaba acelerando, por lo que el profesor tuvo que imprimir un ritmo decisivo a sus lecciones.
—Todo lo que sea dar un carácter abstracto a la situación primordial es confundir las cosas —insistía Agustín en esta forma de expresarse, que malamente conectaba con Tomás—. La situación inicial no es algo que haya que ir a buscar a un ultramundo —proseguía Agustín en vena—, sino que nos sucede continuamente en nuestra vida. Diríamos así que vivir tiene dos momentos: vivir sin darnos cuenta y darnos cuenta de que vivimos. Y, al darnos cuenta de nuestra vida, nos damos cuenta, primero, de que la vida nos está pasando, o dicho más dramáticamente, que la vida se nos pasa. La vida se está pasando y hay que ir haciéndola minuto a minuto... Aquí hay algo importante que quería comunicarte: la vida que descubro, al descubrirme como realidad, ese transcurrir de mi realidad, se me manifiesta como vida por vivir, y en cierto sentido, vida por hacer. Ahí radica el magno problema de cada hombre. ¿Entiendes?
Tomás, que se había distraído arrastrado por sus imaginaciones, ¡frescas imaginaciones de la anunciada libertad!, volvió su atención a la cadencia monótona, casi hipnótica, de su compañero, y cayó en la cuenta de que no le había estado atendiendo.
—¿Que si te entiendo? Apenas puedo seguirte y me preguntas si te entiendo... ¿Por qué no me haces preguntas?
—Sí, perdona, es que se me va un poco la cabeza —se disculpó Agustín.
—Venga, pregunta.
—Vale, lo intentaré —con voz de estar haciendo un esfuerzo—. A ver..., te pregunto: ¿en qué consiste nuestra vida en este momento?
—¿Nuestra vida?... Pues en esperar a que se haga de día, en charlar un rato hasta que nos durmamos: en eso consiste nuestra vida.
—Entonces estás diciendo que, para vivir, necesariamente tenemos que estar haciendo algo.
—Hombre, pues no. Podíamos quedarnos tranquilamente sin hacer nada.
—Pero, en tal caso, lo que estaríamos haciendo sería un dulce “hacer nada”, una manera muy peculiar de estar viviendo, ¿no?
—Hombre, si lo quieres ver así, pues sí.
—De manera que entonces, Tomás, estás de acuerdo en que, para vivir, necesariamente hay que estar haciendo algo.
—Vale, de acuerdo; y mejor si es no hacer nada.
—Eres cabezota hasta el final. Bien. Aceptado, pues, que vivir sea necesariamente un estar haciendo algo, ahora te pregunto: ¿estamos obligados a hacer lo que hacemos?
—¿Qué quieres decir?
—Que me digas de qué depende el que ahora estemos hablando y no callados.
—Hombre, pues de que nos hemos puesto a hablar.
—Pero ¿por qué?
—Pues porque nos ha dado la gana.
—Quieres decir —precisó Agustín— que hemos decidido ponernos a hablar, igual que podíamos haber decidido estarnos callados.
—Pues claro.
—Y ¿cómo saber que lo hemos decidido, perdón, cómo sabes tú que lo has decidido, que tienes capacidad para elegir, es decir, cómo sabes tú que eres libre?
—Joer, hay que ver cómo te comes el coco... Nos hemos puesto a hablar y punto.
—Pero, insisto, ¿cómo sabes tú que tus acciones son libres?
—Joer, porque está claro: yo puedo seguir hablando o callarme de una vez. ¿Es que tú no puedes hacerlo?
—Vale, no te enfades. ¿Puedo seguir preguntado?
—Pfff.
—Tomás, vamos a plantear el problema desde otro punto de vista. Pensemos en un perro que corretea libremente por el campo. ¿Te parece que podrá también echarse a descansar cuando le apetezca?, ¿no crees tú?
—Está claro: en cuanto encuentre un hueso y una buena sombra.
—De acuerdo. Parece, pues, que el perro también puede elegir entre correr o tumbarse.
—Eso parece —confirmó Tomás con paciencia.
—Bien, y yo te pregunto: y si le apeteciese volar, ¿podría elegir volar?
—Hombre, eso es imposible: un perro podrá correr y saltar, pero no tiene alas para volar, a no ser en los dibujos animados...
—Perfecto. Estás respondiendo bien. Sigamos: entonces un perro sólo puede hacer lo que su especie le permite, ¿estás de acuerdo?
—Pues claro.
—Y en todo caso, nunca puede elegir dejar de ser perro, o, dicho de otro modo, siempre tendrá que elegir seguir haciendo su vida perruna.
—Eso parece —aceptó Tomás con desconfianza.
—Pero la vida perruna ya está determinada por los instintos de su especie, quiero decir, un perro no tiene nada que inventar: la vida perruna ya se la dan hecha sus instintos; con tal de que se ponga a vivir, ya está haciendo su vida de perro: buscar huesos, olisquear a otros perros, irse de perras, tumbarse, volver a buscar huesos, y así toda la vida. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, claro, su vida de perro.
—Y ahora te pregunto: ¿crees que con nosotros pasa igual o es de otra manera?
—Pues supongo que ocurre igual; lo único que la vida del hombre es diferente a la vida del perro.
—Pero en qué sentido, porque me interesa precisamente esa posible diferencia: ¿es que la vida del hombre se puede describir como la vida de un animal?
—Pues supongo que sí. ¿Dónde está la diferencia?
—Tratemos de entenderla —le animó Agustín—. Abramos los ojos sobre nuestra propia situación. Tú mismo: ¿por qué sigues ahí en esa cama?... Por lo que veo tu pierna ya te permite ir de aquí para allá cojeando; ¿no sería lo natural que te levantases y te fueses a tu casa?
—Hombre, qué fácil. Pero estoy aquí porque el médico tiene que darme el alta.
—Pero eso puede significar que tu vida no se rige por impulsos naturales, es decir, que tu vida no es puramente instintiva.
—Hombre, y también un perro puede estarse quieto si su dueño le manda estarse quieto.
—Ya, pero ahí se trata de un perro domesticado, adiestrado para obedecer una orden de su amo. Pero aquí, ¿quién te ordena que permanezcas aquí encerrado?
—Hombre, me lo ordeno yo mismo, si quiero curarme.
—Pero si te lo ordenas tú mismo entonces no te lo ordena tu especie; luego tus acciones no se pueden explicar como las acciones del perro.
—Vale, me estás liando. Está claro que yo no soy un perro, que yo actúo por razones un poco más complicadas que hacer lo que simplemente me apetezca.
—Bien, eso mismo creo yo. Por ello afirmo que el perro no puede elegir, es decir, no puede hacer otra cosa que vivir su vida perruna; en cambio, cada uno de nosotros, para vivir nuestra vida humana, continuamente tenemos que elegir qué vamos a hacer. Dicho de otra manera, si nosotros somos libres, el perro no lo es.
Se estuvo en silencio y luego añadió:
—Aún más, nuestra realidad es otra que la del perro, y, para nosotros, llegar a vivir como animales sería perder nuestra realidad personal...
—Mira —le interrumpió Tomás——, para mí vida perruna y vida humana siguen siendo prácticamente lo mismo: las dos acaban con la muerte.
Agustín se quedó callado de golpe.
—En el fondo tienes razón —dijo por fin—. Porque ¿de qué me sirve elegir una vida de hombre si al final la ganancia es la muerte? Tal vez necesitamos otra noción de libertad que nos permitiera ganar nuestra vida más allá de la muerte.
—¿Qué libertad?
—Tal vez aceptar un orden a cambio de una promesa, que la elección fundamental fuese una aceptación, un sí —añadió de manera enigmática—. ¿No has oído decir que el que pierde su vida... la ganará?
—Eso vuelve a sonarme a religión...
Penumbra de la noche hospitalaria. Una trajín amortiguado de enfermeras de guardia transcurre más allá de la puerta entreabierta: se oyen sus pasos apresurados acudiendo a cambiar un suero o controlar un goteo. Conversando casi en susurros, Agustín y Tomás pelean contra el desvelo y el dolor.
—Ya va siendo hora —anuncia Agustín— de que reflexionemos más profundamente sobre nuestra situación inicial.
—Ojalá que me entere —suspira Tomás.
—Hoy sí que corremos el riesgo de quedar atrapados por el lenguaje, porque hoy sí que nuestra intención es atrapar con una palabra el carácter de aquella realidad inmediata que descubrimos.
—Agustín, por favor, ¿de qué estás hablando?
—Estoy hablando del Tiempo.
—Joer, menos mal que me has avisado.
Y repitiendo una secular pregunta, sin mayor conciencia de estar entrando por una senda por donde van entrando de uno en uno los filósofos, le preguntó Tomás:
—¿Qué es el Tiempo?
—¿Qué es el Tiempo?... Es darme cuenta de que mi vida, ¡sin dejar de ser la misma!, se manifiesta como fluencia. El rostro de la realidad es un eterno fluir al que yo abro mis ojos. Es a ese rostro de la realidad a lo que voy a llamar tiempo. Tiempo es el dinamismo de lo real; más visiblemente, tiempo es cambio, continua transformación. Es como si la realidad fuese un brotar perpetuo: la realidad mana ante nosotros como un río interminable, dando de sí... De modo que lo que descubro es que mi realidad es temporal. Soy una persona alumbrada a vivir en el tiempo: siempre soy el mismo, pero nada es lo mismo. ¿Cómo podré sujetar esa fluencia para no disolverme en ella?... Y ¿acaso no sería mejor disolverse en esa fluencia eterna, disolverse en el tiempo?... Descubro, sí, que mi vida es temporal, pero, reflexionando, descubro también que, más que aniquilarme, tengo que vivir mi vida en tal condición temporal: vida inacabada, por hacer. Me despierto como arrojado a esta vida, pero ¿dónde está dicho que eso sea absurdo?... Esa realidad cambiante se me manifiesta entonces como una realidad abierta, en la que puedo hacer mi vida; esa realidad temporal se me manifiesta entonces como preñada de posibilidades. Entonces resulta que mi vida personal se presenta ante mí como una vida que tengo que hacerme: ser persona humana es tener que hacerse cada cual una personalidad, una forma de ser.
—Conviene que recapitulemos nuestros descubrimientos, el tesoro de nuestras investigaciones —anunció Agustín en medio de la noche—. Tomás, ¿por qué no intentas hacerlo tú?
—¿Que recapitulemos? ¿Y qué es eso?
—Pues que resumas lo que sabemos.
—Bueno, lo intentaré —aceptó Tomás—, feliz de que le diera la palabra... Pues está claro que somos personas, lo cual, según dices, lo sabemos por experiencia propia, vamos, como saber que estamos aquí en esta habitación de hospital... Somos personas, pero tenemos un cuerpo, como el de los animales; aunque en realidad no vivamos como animales, porque ya no vivimos en la selva sino en ciudades que nosotros hemos construido... Y también sabemos que siempre estamos rodeados de otras personas: que, aunque nos sintamos solos, no estamos tan solos. Esto, pienso yo, es lo que hasta ahora sabemos.
—¡Vale! —se asombró Agustín—, aquí hay que dar un grito de alegría. Ya no puedes ir por ahí diciendo que eres un zoquete: ya sabes al menos la mitad de lo que hay que saber. Estaba yo deseoso de tu sabiduría, y hoy es hora de alegrarme... Y me apetece contarte aquí un cuentecillo...
Hizo una pequeña pausa y prosiguió con cierto tonillo profesoral:
—El más famoso de los filósofos se llamaba Sócrates y vivió hace veinticinco siglos en la ciudad de Atenas. El dios Apolo, que era el dios de la luz y hablaba por medio de oráculos (es decir, mensajes divinos), le había asegurado que era el más sabio de los ciudadanos atenienses. Y él se dijo: "Cómo es esto posible, si yo no sé nada. Pero el dios no puede mentir, así que iré a comprobar la verdad de lo que dice preguntando a mis conciudadanos, a ver lo que saben". Y se fue a dialogar con los varones más respetados de su ciudad, y preguntándoles descubría que ellos creían saber, pero en realidad no sabían. Por lo que él, sabiendo ese poquito: que no sabía nada, ya era el más sabio de todos. Desde entonces la ignorancia se ha tenido por principio de sabiduría... Pero yo no me he presentado ante ti como ignorante, y parece que así estoy traicionando una especie de requisito profesional de los filósofos... Digamos que los tiempos han cambiado. Ya veremos, si me da tiempo, dónde empleo yo mi docta ignorancia, pero lo decisivo es que sí había algo que yo sabía y podía enseñarte, una especie de buena nueva filosófica: “eres persona”... Y por despedir a Sócrates, patrón de los filósofos, hay que aclarar que su frase famosa, “sólo sé que no sé nada”, era una exageración pedagógica: en realidad, él sabía al menos tres cosas fundamentales. Primera, que el amor es entusiasmo; segunda, que el dios no se equivocaba, y eso le hizo descubrir su verdadera vocación en la vida, que fue ser, como él decía, el “tábano de Atenas”, es decir, el que incordiaba a todos los poderosos (y por ello acabaron condenándole a muerte). Y tercera, Sócrates sabía que había un más allá, como les dejó claro a sus discípulos a la hora de morir... Resulta que el patrón de los filósofos era una persona profundamente religiosa.
—Otra vez estamos con la religión.
—Bueno, y ¿qué tiene de extraño?: Dios es un capítulo importante de la Filosofía.
Tal vez ha llegado el momento de profundizar en el espesor íntimo de la vida de Agustín. Nuestro profesor tenía como hazaña intelectual el no haberse unido al corrillo de los insensatos; es decir, creía en Dios, y no en términos de un vago deísmo, sino que era creyente cristiano. Ahora bien, su vida encamado, dura prueba, su falta de lectura por las gafas perdidas, y, por qué no repertirlo, la trágica dinámica del dolor (teñido a veces de miedo, como ocurre con los niños), todo ello había reducido sus prácticas piadosas a unos pocos padrenuestros, avemarías y glorias desperdigados a lo largo de sus jornadas. Sin embargo, su meditación de fondo sí que estaba marcada por la experiencia de la presencia de Dios, la mayor parte de las veces en modos abismáticos (si es que esto puede llegar a entenderse).
Con todo, lo decisivo era que, como ocurre con tantos cristianos corrientes, el trato con Tomás estaba lleno de sentido espiritual. Tomás era su prójimo más próximo, y no había en Agustín, en aquella reclusión hospitalaria, mayor alegría que sus conversaciones; no tanto por cumplir la obra piadosa de enseñar al que no sabe, como por la cercanía de la otra persona, la imagen más cercana de Dios que se le ofrecía a su dolorido sentir.
Conviene también aclarar algunos antecedentes de este encuentro hospitalario. Agustín, lo apuntamos al principio, estaba a punto de cumplir sesenta años. Viudo desde los cincuenta, con un hijo que se había establecido en Norteamérica, había dado meses atrás en un deseo, que le atormentaba como una tentación: morirse pronto. Le parecía que, si, en definitiva, después de esta vida nos espera una mejor, ¿por qué no desear que esta se abrevie?; algo así decía el tradicional “muero porque no muero”. En la ingenuidad del planteamiento se veía el desamparo de este profesor, encarrilado hacia la jubilación anticipada, bregando con revoltosos adolescentes en sus clases de Filosofía... ¿Qué le quedaba por hacer en la vida? Largos años de docencia le habían alejado de las ilusiones académicas. (Cuando empezó de joven, aún se creía con fuerzas para redactar un manual mejorado; ahora comprendía que el manual es un enésimo recurso, y que no tiene que ser perfecto, con tal de que ayude a dar la clase).
Fue en esa situación cuando sobrevino el desgraciado atropello y fractura.
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