Libro de Arena
Login

GREETINGS

METANOVELA

últimas noticias

Parecerá ridículo, pero este verano estoy sin conexión efectiva a internet, así que el blog se me ha muerto.

Por si a alguien le interesa, acabo de publicar GREETINGS, una investigación sobre el amor que fue saliendo en este blog. Se puede descargar gratis en uberri.bubok.com

Recuerdos.

conclusión

Inevitablemente, he vuelto a la encíclica papal.

Primero. La unificación del hombre con Dios (consociación) no es una fusión, sino -interpreto- unión personal en el amor -la fórmula de Ratzinger es difícil-.

Segundo. En Dios, eros y agape son la misma realidad, de hecho, la propia realidad divina: Dios es Amor.

Tercero. En la experiencia amorosa, vivida en fidelidad a Dios, el hombre se experimenta a sí mismo como quien es amado por Dios y descubre la alegría. Sé que fuerzo el tenor de Ratzinger, pero tengo confianza en que hay algo más: cuando el amor humano es legítimo (fiel al plan de Dios), a la felicidad que trae se superpone la alegría de saber que esa felicidad es querida por Dios. Es decisivo experimentar el amor de Dios, pero es también decisivo experimentarlo en el amor humano, amor que me da miedo ponderarlo de tan grande como puede llegar a ser: me viene a la lengua la palabra gloria, pero sé que también se usa en el amor meramente humano.

Del punto segundo se sigue que el eros más pleno no es sensual sino amoroso; y es cierto que hay un momento, cuando ya el cuerpo se ha estremecido y relajado, en que se quiere al amante esposo con delicada ternura.

Se sigue también que la caridad (agape) descubre la belleza recóndita del prójimo (o no sería amor).

Que Dios sea plenitud personal no implica que por ser nosotros personas seamos Dios; que Dios sea Amor no implica que el amor humano sea Dios, sino vía hacia Dios. El amor es «divino» porque proviene de Dios y a Dios nos une. En el amor humano no se experimenta a Dios, sino lo divino.

Hay que diferenciar la experiencia del amor humano y la experiencia de Dios-Amor (que incluye la experiencia de sentirnos amados por Dios); pero hay un vínculo real, como el que vincula la felicidad terrena y la eterna.

La felicidad suprema del hombre es la alegría en Dios, dice la encíclica, repitiendo el salmo: Dios es nuestra alegría.

Continúa la encíclica: el eros está enraizado en la naturaleza del hombre y lo orienta hacia el matrimonio, amor exclusivo y definitivo, pues eros es impulso de completud (valga el neologismo, por no usar aquí plenitud).

Y serán los dos una sola carne: esto es el entrañamiento.

La medida en que Dios ama se convierte en medida del amor humano, y aquí la encíclica anuncia que la cruz es la medida del Amor de Dios: la cruz está en la eucaristía (agape).

Estoy un tanto perplejo. Tengo que parar.

Llegado al capítulo definitivo de mi estudio, como en una especie de desdoblamiento intelectual (hombre viejo/hombre nuevo), leo lo que Julián Marías escribe del amor humano, como si estuviese referido al Amor divino; y es que la disyunción esencial no es varón/mujer, sino Creador/criatura.

Introduzco, pues, algunas mayúsculas:

El Enamoramiento consiste en que la Persona de la cual estoy enamorado se convierte en mi proyecto. Envuelto en esa otra Persona, no es simplemente que me proyecte hacia ella, sino que me proyecto con Ella. Sin Ella, propiamente, no soy yo. Soy otro que el que antes era. El Enamoramiento consiste, pues, en un cambio de mi realidad, la transformación real de la persona. Se encuentra uno Enamorado; ya es otro; ya no está nunca solo; ya se proyecta misteriosamente con esa otra Persona. Esta instalación consistente en estar Enamorado es relativamente independiente de toda la vida psíquica, y afecta en cambio a la vida estrictamente biográfica y personal.

Al amar soy verdaderamente quien soy en mi plena autenticidad. Este Amor me ha hecho descubrirme a mí mismo, por tanto, ser en la plenitud de la verdad. El Amor auténtico se presenta como irrenunciable, y en esta medida es felicidad.

Y culmina por fin el tema de la elección:

Somos elegidos por Él; el Amor es la forma de la vocación personal. Al hacer mío Eso que no he elegido, me estoy eligiendo a mí mismo, se entiende aquel «yo» que verdaderamente soy, es decir, que tengo que ser. Y entonces es cuando se ejerce más propiamente la libertad humana.

Pasado este trance, doy los últimos pasos del estudio.

Y continúa Julián Marías acumulando notas descriptivas sobre el amor: en él la belleza es decisiva, la belleza propiamente personal: el resplandor de la persona.Añade luego la identificación del amor con la ilusión. Y señala las actitudes que soportan el amor: el entusiasmo del varón y la imaginación amorosa de la mujer... Discutible.

Para suscitar el amor y hacerlo brotar es menester darlo. La mujer, sobre todo, suele enamorarse del amor del hombre enamorado. Discutible, por supuesto.

El amor consiste muy principalmente en dejar ser.

En su realidad «biográfica», temporal, forma radical de convivencia, el amor consiste principalmente en el mutuo decirse, no solo mediante la palabra: dice el gesto y la mirada, aunque la palabra es vehículo de la relación amorosa; de ahí, la importancia decisiva del lenguaje amoroso, que sirve a la necesidad de decir y decirse sin término, en una aproximación indefinida que se nutre de esa comunicación, mediante la cual se intenta el trasvase de dos intimidades que nunca dejan de serlo, porque la dualidad es absolutamente esencial en el amor.

Vale.

hallazgo filosófico

Mi vida es la realidad inmediata, sí, pero esa vida mía me descubre como algo viviente: descubre que yo vivo en el mundo (con el mundo, precisa magistralmente Ortega). Este descubrimiento del yo exige una teoría que dé razón de esa realidad: esa teoría no es mi vida inmediata ni tiene por qué reducirse a lo que mi pensar extraiga del análisis de esa realidad inmediata. Lo único que esa teoría tiene que ser es verdadera "venga la verdad de donde venga".

La más vieja de las teorías afirma que yo soy un alma, es decir, que yo soy un alma viviente, y que, por tanto, eso que llamo mi vida o realidad inmediata o realidad radical, no es sino la experiencia de mi alma encarnada. Lo inmediato no es mi vida sino mi alma viviente, corrección teórica para no extraviarse.

Ahora bien, una vez encontrada la teoría verdadera, hay que examinar las consecuencias.

El alma, que llega como teoría en sustitución de la vida, deja de ser (como antes la vida) un concepto teórico "solo lo fue metódicamente". El alma la tengo, por así decirlo, delante de los ojos: mi vida es mi alma viviente, viviendo. Pero mi alma no es un ser indigente, un náufrago, y el «yo» mero término de una polaridad, mi alma está bien fundada: es una criatura "venga la verdad de donde venga: lo inmediato no es toda la verdad". Y si mi alma es una realidad radicada no puede serlo en mi vida (lo que sería un contrasentido), sino en Dios "y aquí se me abre otro océano de estudio: la religación de Zubiri, que supera el naufragio de su maestro".

Si hubiese ahora que rectificar la fórmula programática de Ortega: yo soy «yo» y mi circunstancia, habría que decir lo que lleva siglos dicho: yo soy un alma encarnada en este mundo.

Y no es que yo tenga que salvar la circunstancia para salvarme, sino que he sido salvado. Pues este mundo pasará; y nos han anunciado un mundo nuevo, y el amor es la puerta.

Lo que estoy diciendo de mi vida como alma visible ya está dicho en imagen en el Evangelio: la vida era la luz de los hombres, porque la vida no es menesterosidad, ser indigente: en Él mismo (en el Verbo) estaba la vida, y el Verbo estaba en Dios: la persona humana radica en una realidad primordial.

Criatura es vocablo inmejorable. A propósito de él, retomo la encíclica: si Dios es Amor y somos criatura suya, esto significa que su criatura le es querida. Dios ama al hombre y lo ama personalmente.

investigación final

Asombroso (y disparatado desde un punto de vista práctico): he reemprendido el estudio de la filosofía de Julián Marías como requisito necesario de mi investigación amorosa. Pocos filósofos invitan tan cordialmente a narrar, a novelizar. Estoy con Antropología metafísica, pero citaré de La educación sentimental: el mejor medio de la investigación de la educación sentimental, el más accesible y fecundo, es la literatura, por su carácter expreso, que mitiga la condición secreta de la intimidad, del mundo sentimental, y sobre todo del amor.De ahí se puede pasar sin apenas darnos cuenta a la afirmación de que el método para investigar el amor es la literatura.

Allá va una sentencia doctrinal: la instalación es la forma empírica de radicación en la vida humana como realidad radical. ¿Radicación de qué, o de quién?... Del hombre (de la persona humana), realidad radicada (y añado la definición técnica del hombre: conjunto de las estructuras empíricas con que se nos presenta la vida humana). Aclarándonos: mi vida es la realidad radical (Ortega), pero no vivo en abstracto, sino desde una concreta (empírica) instalación (Marías).

Si el amor es instalación, debemos profundizar en ella para entender cómo se vive el amor. Resumamos, pues, la doctrina de la instalación:

Estoy en mi vida (esto es, estoy viviendo, pero sin desemantizar el verbo auxiliar). Ese estar tiene una estructura biográfica: la instalación.

La instalación aparece definida por una cierta estabilidad. Frente a la interpretación actualista o instantánea del vivir, la instalación da duración, permanencia: permite encontrarse. No puedo vivir hacia delante más que desde una manera previa de estar (previa respecto a cada proyecto y cada hacer) en la cual estoy instalado; sólo puedo proyectar (y esto quiere decir proyectarme) desde eso que ya estaba haciendo, desde aquello «en» que estaba.

Esa instalación es unitaria, lo mismo que la vida. La instalación es unitaria, pero no simple; es pluridimensional, se articula en varios niveles y direcciones; por eso es una estructura.

Al proyectar y ejecutar mis proyectos (y sobre todo el proyecto unitario que en cada momento soy yo), me estoy «apoyando» en esa instalación.

En esa instalación se pueden siempre descubrir nuevos elementos, nuevas tensiones dinámicas; las formas o dimensiones de la instalación no son «suficientes» ni aislables, sino que están sistemáticamente trabadas en la estructura viva que componen. Ese sistema general de la instalación es, en diversas dimensiones, espacial, físico, biológico, psicológico, social, histórico, etc. Pero la instalación es de mi vida, y, por tanto, la única perspectiva propia y adecuada es la biográfica.

Habría formas de instalación de tal generalidad, que se confunden con la condición humana, como la corporeidad, y otras formas de instalación que podemos llamar «intrahumanas», que modifican y diversifican la estructura empírica, esto es, el hombre concreto; por ejemplo, la condición sexuada, el que la vida humana acontezca como varón o mujer.

La instalación es mi manera de estar viviendo (subrayando por igual el infinitivo y el gerundio). La instalación tiene carácter histórico (nivel). La instalación es el cauce por el que transcurre la vida.

Hay una manera primordial de instalación: aquella dimensión nuestra a la cual nos sentimos más próximos, desde la cual nos decimos y nos proyectamos; se trata de la perspectiva en que se organizan las diferentes dimensiones de la instalación, una de las cuales es la más inmediata y primaria. Esa perspectiva es la que da concreción efectiva a la instalación, pero va cambiando, está en movimiento, es un sistema de proyecciones y tensiones de diferente dirección e intensidad. Es lo que llama estructura vectorial de la vida.

Estos vectores biográficos se definen por su importancia (equivalente de la intensidad del vector físico) y por su sentido (equivalente de la dirección u orientación física). El concepto de estructura vectorial es el reverso de la instalación: sólo desde una instalación pueden lanzarse las flechas proyectivas de la vida humana; sólo para esa proyección estamos activa y no solo estáticamente instalados "es el carácter dramático de la instalación". Finalmente, esa radical orientación vectorial en que la operación de vivir consiste nos lleva a lo que deseamos; las cosas de la vida van viniendo, salen al encuentro y son acogidas y recibidas por nosotros dentro de una orientación vital sumamente precisa.

Estoy desorientado; ojalá solo sea cansancio. La investigación se está haciendo demasiado técnica; las exigencias teóricas requieren un esfuerzo sin límite; tendría que revisar y profundizar mis viejas críticas (cristianas) a estas filosofías.

Y para colmo he perdido a mis personajes.

Otra circunstancia cómica: me abruma ahora la bibliografía sobre el amor. Afortunadamente, una de mis hermanas extravió el ensayo de Octavio Paz sobre el erotismo (La llama doble); tampoco es momento de releer El arte de amar de Erich Fromm, ¡ni menos de volver a los clásicos como El collar de la paloma o el tratado de Ovidio!... Y qué decir de la poesía amorosa: es ridículo reducir mi investigación (sea metanovela o lo que sea) a la inabarcable prosa filosófica.

Hace falta salir de este cajón al aire libre.

Ciertamente, hay un avance en profundidad al pasar del amor-sentimiento (Ortega) al amor-instalación (Marías); pero cuando se nos empieza a decir que la mundanidad es la instalación radical empezamos a sentir la insuficiencia de los fundamentos de esa doctrina. Platón, al menos, sabía que el entusiasmo amoroso trasluce una realidad más auténtica que el mundo. Por tanto, si el amor es instalación, no puede ser una sobre-instalación o forma de vivir añadida a otras más básicas. Tiene que ser instalación en una realidad primordial, en un mundo nuevo.

Esto implica que esa realidad radicada, llámese hombre o persona, que descubro como estructura empírica de mi vida, exige mayor teoría.

Se abusa de la noción de futurizo para, aparentemente, enriquecer las posibilidades humanas, ¡cuando Dios mismo, al principio de los tiempos, ha asumido la persona humana!

Se abusa de la noción de drama, y consiguientemente de la idea de la vida como representación, ¡cuando el verdadero drama es perder la vida por haber extraviado el camino!...

Para Marías (exagero, pues Marías creía en la vida perdurable), el mundo nuevo es el futuro mundano, esa irrealidad que permite la proyección del demiurgo humano: que permite ganar su vida. Esto es insuficiente para un pensamiento cristiano; es horrible oírle decir cosas como ese mundo irreal en el cual soy «yo»; cosas verdaderamente horribles como: cuanto más sé quién soy, cuanto más poseo mi realidad programática y proyectiva, futuriza, irreal y viviente, cuánto más auténticamente soy «yo» en el modo de la vida personal, menos sé qué va a ser de mí, más incierta es mi realidad futura, más abierta a la posibilidad, a la invención, al azar y la innovación. Y luego la sentencia definitiva: esta es la radical menesterosidad del hombre como persona. Es la vieja idea orteguiana del ser indigente, aunque aquí se aluda a una misteriosa salvación...

¡El hombre podrá ser menesteroso como cosa, pero no como persona! Y para el cristiano la salvación no es una palabra oscura, sino la promesa del cielo, del mundo nuevo.

excurso platónico

Tenía varias horas libres (robadas al tráfago cotidiano) y decidí renovar la excursión al Simposio platónico (mejor que Banquete, pues se trata de la bebida en común tras la comida y la prodigiosa charla de sobremesa). Al final, tuve que apresurar el paso para completar la relectura, pues el repaso alerta de todas sus profundidades me había demorado.

Valga aquí este homenaje a Platón en esta nueva investigación sobre el amor. Del millar de ideas que renovó en mi mente ese libro (y percibí mejor que nunca el sabor de época, la mentalidad amorosa ateniense de aquel siglo remoto), me quedo, claro, con la revelación de Diotima (personaje demónico): eros es impulso hacia la divina belleza en sí. Aunque quizá la precisión definitiva esté en el Fedro, al llamar al enamorado entusiasmado. El amor es entusiasmo: las almas de aquí, cuando ven algo semejante a las de allí, se quedan como traspuestas...Resulta simpático que lo que estaba intentando formular ya estuviese perfectamente concebido por Platón, y sin duda heredado de Sócrates, quien afirma no saber ninguna otra cosa que los asuntos del amor.

Y una vivencia.

Como un descubrimiento que da de lleno en el corazón inocente de la novela, me topo con la realidad perturbadora de la mirada amorosa. A través de la mirada aflora el amor, y esa mirada amorosa conmociona y convierte la vida espontánea en vida contemplada. Todo esto es de una riqueza pasmosa; y qué vulgar resulta reducir esa mirada a conquista.

reanudación de la investigación

Otra cita de Ortega: la gracia expresiva de un cierto modo de ser es, a mi juicio, el objeto que eficazmente provoca el amor.

Nueva cita (aunque sea sacada de contexto): el amor implica una íntima adhesión a cierto tipo de vida humana (¿solo humana?) que nos parece el mejor y que hallamos preformado, insinuado en otro ser.

Una verdadera curiosidad (sacada también, levemente, de contexto):

Solo una novela ofrece instrumental adecuado para dar evidencia a este pensamiento. Yo he leído trozos de una (que tal vez no se publique jamás) cuyo tema es precisamente este: la evolución profunda de un carácter varonil vista al través de sus amores.

La idea de Ortega en su tercer estudio, la idea de que el amor es una elección profunda, es decir, que en la elección de amada revela su fondo esencial el varón; en la elección de amado, la mujer, me valdría sacada de contexto; pero en su entramado teórico real exige un análisis de lo que Ortega entiende ahí por lo profundo de la persona, el fondo personal. Es tarea a la que debo renunciar, no sin apuntar que para mí ese fondo personal tiene algo de divino.

Ocurre que me pierde (para la literatura) la vida teórica

Todavía no ha llegado el ocio vacacional y debo emprender ahora el estudio antropológico de Marías, después de ensayar mis armas con su maestro. Hojeo releyendo su Antropología metafísica y de nuevo me siento embarcar en una tarea titánica. Con todo, dos citas ayudarán a fijar desde el principio el nuevo orbe teórico:

1)el amor es primariamente una instalación, tal como el sexo, la edad, la raza, la clase, la lengua son instalaciones desde las que se vive (en Ortega, el amor es, en principio, un sentimiento, uno de los que integran el alma-corazón del hombre);

2)el enamoramiento consiste en que la persona de la cual estoy enamorado se convierte en mi proyecto: el enamoramiento consiste, pues, en un cambio de mi realidad, que es proyectiva.

últimas imaginaciones

Vuelve con fuerza tremenda la tentación genial de renunciar a la novela en favor de la metanovela.

A la vez, vuelven a bullir en mi mente los problemas de la elocución como si estuviera a punto de arrancar infundiendo a mi narrativa las poderosas virtualidades de la prosa poética.

¡Volvió a mi imaginación la secuencia decisiva de Los puentes de Madison! ¡Sigue actuando, a pesar de sus evidentes defectos, ese fragmento de mala película!

La secuencia en que ella sale a la puerta a contestar las preguntas del fotógrafo desorientado, y decide acompañarlo hasta el puente Roseman. Y el té frío con que le invita a la vuelta.

Depurar esa secuencia: depurarla de erotismo ideológico (adulterado) y verterla nuevamente rescatando su canto a la amistad en el elemento amoroso.

Esa fue la razón de ser de la novela.

Hay un rasgo de carácter de mi personaje Fran perfectamente verosímil: su amor por la instantánea. Atrapar la manifestación espontánea de la verdad/realidad profunda de los fotografiados.

Habla el Ortega de los Estudios del terror de la instantánea, creyendo que nos componemos voluntariamente ante el fotógrafo porque, en realidad, vivimos una vida irracional que desemboca en la conciencia, oriunda de la cuenca latente, del fondo invisible que en rigor somos.

Ortega apunta con esa cuenca latente a lo que la psicología acabará llamando el inconsciente, pero mi fotógrafo tal vez busque eternizar otro fondo...

investigación sobre el amor

Ortega ve el momento más grave, más profundo, más misterioso del amor, en que este sea impulso hacia lo perfecto "la belleza de Platón, según explica": en todo amor reside un afán de unirse el que ama a otro ser que aparece dotado de alguna perfección. Es, pues, un movimiento de nuestra alma hacia algo en algún sentido excelente, mejor, superior.

Y precisa: el sentimiento erótico "más exactamente dicho, el amor sexual" no se produce en nosotros sino en vista de algo que juzgamos perfección. Enamorarse es, por lo pronto, sentirse encantado por algo, y algo sólo puede encantar si es o parece ser perfección. A continuación advierte de que por perfección hay que entender la mera excelencia.

Con todo, en esos fragmentos se apunta, en la descripción fenomenológica de Ortega, eso que puede llamarse plenitud, entendiéndola como un grado pleno de realidad y, en este sentido, presencia de lo divino.

Insiste Ortega en su definición del amor: es pura actividad sentimental hacia un objeto, dando por supuesto que hay una actividad sentimental específica, distinta de todas las actividades corporales y de todas las demás del espíritu.

Amar algo es actuar hacia lo amado: un acto transitivo en que nos afanamos hacia lo que amamos, emanando hacia el objeto amado una fluencia indefinible, de carácter afirmativo y cálido. Amor es, pues, cálida afirmación de otro ser, cualquiera que sea su actitud para con nosotros.

Ortega distingue temáticamente entre este amor en sentido estricto y el enamoramiento, fenómeno de la atención, que representa un agostamiento y una relativa paralización de nuestra vida de conciencia.

Sobre mis personajes, encerrados en una habitación, ha de pesar esta hiper-atención artificial.

Esta concentración de la atención, prosigue Ortega, hace que lo atendido tenga más realidad y al tener más realidad, claro es que se carga de mayor estima.Pero ¿no puede ocurrir que precisamente por tener más realidad sea más atendido?

Ortega mismo se topa con la gran semejanza entre el enamoramiento y el entusiasmo místico: el místico percibe la presencia de Dios; pero Ortega cree que la semejanza es de manía, de obsesiva focalización de atención; no semejanza de presencia.

Ortega cree superar la cristalización de Stendhal, el enamoramiento como creación de perfecciones, con su teoría de la focalización desmesurada y obsesiva; pero esta no deja de ser una creación del objeto amado: ese exclusivismo de la atención dota al objeto favorecido de cualidades portentosas. A fuerza de fijarse en él, adquiere este para la conciencia una fuerza de realidad incomparable.

Si en el paroxismo del enamoramiento pudiésemos de pronto ver lo amado en la perspectiva normal de nuestra atención, su mágico poder se anularía. Pero eso no sería perspectiva normal, ¡sino embotamiento! Porque el misterio no lo crea la atención, sino que viene de lo amado.

Quizá ya estoy demasiado agotado por la jornada; con todo, quiero seguir trabajando (aun a riesgo de confundirme).

Ortega concluye su ensayo sobre el enamoramiento (estado mental inferior, casi mecánico) vinculándolo, a través del mecanismo psicológico de la atención, con el misticismo y el hipnotismo (y fugazmente con la embriaguez).

Su descripción del estado místico, cómo se alcanza y qué se siente en la unión mística, no puede menos que interesarme.

Y acepto que sean necesarios todos esos trucos de la atención para entrar en la presencia divina, pero lo importante es esa misma realidad divina, y creo que Ortega resbala sobre la evidencia. Así como el místico no construye, sino que descubre y se une, el enamorado descubre... y fija su atención. Son formas extáticas en que tanto el místico como el enamorado están puestos en el otro; de aquí la semejanza con el hipnotismo, que es un sueño inducido, un trance "como el de la lectura" en el que el cuerpo queda en tensión durmiente mientras el alma vuela fuera.

Profundizar es necesario: estoy revisando la lectura que Marías hace del ensayo de su maestro Ortega en La educación sentimental. Primero, y es esto un justo acierto, rechaza la típica afirmación epatante de Ortega: Stendhal ni verdaderamente amó, ni, sobre todo, verdaderamente fue amado. Y Marías se pregunta: ¿cómo lo sabe Ortega? Y añade: estoy persuadido de que todo lo amoroso es materia arcana.

Poco después sentencia Marías: el amor no es ciego, sino perspicaz. No inventa, descubre las perfecciones de la persona amada. En esto se funda la crítica principal que Ortega dirige a Stendhal. Esto es discutible, pero hay en Ortega un pasaje marginal que apoya la lectura de Marías: halla de pronto existentes en una mujer calidades de especie hasta entonces desconocida por él; aunque esto ocurriría en los casos ejemplares del amor en que ambos participantes poseen un espíritu claro y dentro de los límites humanos no padecen error.

Al estudiar la obra de Stendhal, Ortega afirma, sí, que hay un error radical en su teoría del amor, y es que la base de esta es una experiencia falsa.

Stendhal cree "consecuente con los hechos de su experiencia" que el amor se «hace» y, además, que concluye. Ambos atributos son característicos de los pseudoamores.

Veamos las otras críticas de Ortega:

La teoría de la «cristalización» se preocupa más bien de explicar el fracaso del amor, el desenamoramiento y no el enamoramiento.

La cristalización stendhaliana parece indicar lujo de labor espiritual, enriquecimiento, acumulación. Ahora bien: el enamoramiento es un estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza.

Y ahora la crítica fundamental: Stendhal, a pesar del título de su libro, no trata del amor sensu stricto, sino del amor en sentido lato: del enamoramiento; y precisa Ortega: del desenamoramiento...

Stendhal, pues, al tratar del amor, se pierde al analizar el enamoramiento, ese estado del alma complejísimo, donde el amor en sentido estricto tiene un papel secundario. Y, al creer que habla del amor, Stendhal revela la insuficiencia de su horizonte filosófico.

Por último, hay que precisar qué entiende Ortega por perfecciones:Enamorarse es sentirse encantado por algo, y algo solo puede encantar si es o parece ser perfección. No quiero decir que el ser amado parezca íntegramente perfecto "este es el error de Stendhal". Basta que en él haya alguna perfección, y claro es que perfección en el horizonte humano quiere decir, no lo que está absolutamente bien, sino lo que está mejor que el resto, lo que sobresale en un cierto orden de cualidad; en suma: la excelencia.Hay excelencias: la belleza de la mujer bella, por ejemplo; y el enamoramiento podría descubrirla, ofreciendo un motivo real de amor; pero el mecanismo del enamoramiento actúa independientemente del objeto: acaece lo mismo que si aproximamos a nuestros ojos la mano "se trata otra vez de la focalización de la atención": siendo tan pequeño cuerpo, basta para tapar el resto del paisaje y llenar por entero nuestro campo visual. Lo atendido tiene para nosotros ipso facto más realidad, más vigorosa existencia que lo desatendido. Al tener más realidad, claro es que se carga de mayor estima.

Y el párrafo decisivo: a pesar del angostamiento de la conciencia por tener solo un objeto, el enamorado tiene la impresión de que su vida de conciencia es más rica. Al propio tiempo, ese exclusivismo de la atención dota al objeto favorecido de cualidades portentosas. No es que se finjan en él perfecciones inexistentes. (Ya he mostrado que esto puede ocurrir; pero no es esencial ni forzoso, como erróneamente supone Stendhal.) A fuerza de sobar con la atención un objeto, de fijarse en él, adquiere este para la conciencia una fuerza de realidad incomparable. Existe a toda hora para nosotros; está siempre ahí más real que ninguna otra cosa.Sorprende la cercanía de la formulación orteguiana con la de Zubiri: el poder de lo real y el consiguiente apoderamiento de mi persona por lo real.

Completemos, pues, a Marías. Donde dice: según Ortega, el amor descubre las perfecciones de la persona amada "idea por lo demás interesantísima", hay que decir: según Ortega, el enamoramiento hace más real a la persona amada.Esta idea escueta tiene fuerza.

Sacando consecuencias más allá de Ortega: el místico busca unirse con la realidad primordial, la realidad de realidades; el enamorado ve el resplandor de esa realidad en su amada: en su amada (más que a través de su amada) vislumbra, entrevé, la realidad primordial.Claro que estoy exagerando el alcance que Ortega dio a su expresión más realidad, que quizás para él solo representaba la predominancia de una forma sobre un fondo exangúe.

De Introducción a una estimativa, anoto la siguiente corrección de Ortega (quien defendió que la filosofía había de ser sistemática): es el hecho, lo positivo "está refutando el positivismo", que en el momento de valorar algo como bueno no vemos la bondad proyectada sobre el objeto por nuestro sentimiento de agrado, sino al revés, como viniendo, como imponiéndose a nosotros desde el objeto. La complacencia es ciertamente un estado subjetivo, pero no nace del sujeto, sino que es suscitada y nutrida por algún objeto.

Concluye Ortega: lo amable es lo que es digno de ser amado aun cuando tal vez no lo amamos efectivamente.

Archivo de metanovela