perplejidades
¡Qué fantástico..., digo, qué fastidio soñar capítulos de cinco líneas! ¡Hay tantas perplejidades a la hora de fraguar verdadera literatura!
Como escritor de mi tiempo, no me gusta fingir personajes. Me dan a elegir entre un reportaje y un cuento, y me lanzo con voracidad sobre el reportaje. Hay vidas actuales más fascinantes que cualquier personaje fantástico; sin ir más lejos, la vida de cualquier subsahariano que, tras un éxodo prodigioso, llega a Europa... Otra cosa es que la lectura del reportaje me deje profunda insatisfacción; y es ahí donde vuelvo cabizbajo a la antigua ficción y sus verdades universales.
Propondré una imagen cómica:
Un personaje de ficción es como una cebolla que hay que ir pelando por capas concéntricas; cada aproximación constituye el acercamiento a un núcleo vital; pero ocurre que una vez que se llega al núcleo no hay sino más cebolla. Ahora bien, en el reportaje, el personaje "ficcionalizado" muestra en el núcleo su propia cebolla: es definitivamente impenetrable; en la novela, el núcleo del personaje sería la cebolla del propio autor. (Y no desdicen de esta alegoría las lágrimas del que pela cebollas. Recuerdo ahora el escándalo de Hamlet ante las lágrimas de los cómicos, cuando él todavía no había llorado su propia tragedia).
Bah. Me pierdo. Volvamos.
Tengo a mi hombre, que acaba de apagar el televisor. Mi hombre que ya no soy yo (pasado ese contacto vivencial de donde emerge la novela), y tengo que explorar su vida. No mi vida (aunque es la única que tengo delante).
Bien. Aceptemos que el personaje y yo compartimos ese núcleo vital. Prosigamos. Su biografía tiene una coherencia, un argumento, una sucesión de experiencias decisivas; un espesor, en definitiva, que hay que imaginar y no limitarse a testimoniar como en el reportaje. Y aunque sea un viejo valor de la novela realista, hay que explorar esa vida sin renunciar a su verdad, es decir, dándole verosimilitud: el personaje tiene que llegar a vivir de forma creíble en la mente del lector...
¡Esa vida por hacer del personaje es lo que me aterra! ¿Cómo asistir a la vida del personaje? Ni la memoria ni lo cotidiano explican una vida, afirma Marías en la estela de Ortega; la vida humana es futuriza, proyectiva. Hay que contar una vida desde sus proyectos. Contar así la vida del personaje sería dejarlo realmente vivir.
¡Tarea magnífica!: contar una vida desde sus proyectos, o dicho más técnicamente, desde sus trayectorias. Son otra vez las ideas de Julián Marías. La persona vista como instalación vectorial, cada vector vital con su dirección e intensidad: su trayectoria. Todo esto me devuelve al arduo estudio antropológico como supuesto técnico de esta tarea.
Contar la vida de mis personajes desde una teoría de la persona.
El personaje vuelve a presentárseme como vía exploratoria de esa realidad primordial que llamamos persona. Partir de una teoría no conlleva una exploración esquemática de dicha realidad. Partir de una teoría es inevitable. Marías insiste temáticamente en que, al vivir, siempre partimos de una teoría, una interpretación de nuestra vida personal: se vive desde una interpretación de la vida (teoría intrínseca).
He aquí el esfuerzo del pobre escritor moderno: estar en posesión de una filosofía a la altura de su tiempo. Para poseer una filosofía, aparte de empeñarse en su estudio, hay que darle formulación propia, y amenazan ahí tanto las carencias de pensamiento como las fosilizaciones o rutinas lingúísticas.
Volviendo al personaje. Hay que explorar su vida desde una teoría adecuada de la vida humana. El peligro aparecerá cuando nos situemos en el estatus de poetas doctos; pero peligro ¿de qué? ¿De no ser fáciles?; ¿de renunciar al éxito de quien construye con personajes planos según adocenadas convenciones novelísticas?; ¿de renunciar a complacernos en florituras expresivas, ejercitando dotes que ni siquiera poseemos? ¿O está el peligro en que el poeta docto pierde espontaneidad creativa?
(Continúa el sermón). No debe amedrentarme plantear con rigor mi tarea, aunque ello implique el riesgo del fracaso (tal vez no tenga fuerza creativa para acometer lo que proyecto). En todo caso, el propio testimonio del fracaso valdría tal vez como literatura "¡he aquí la recalcitrante tentación de quedarme instalado en la metanovela!: en vez de contar los proyectos de los personajes, describir el proyecto de su novela".





