verdades de la radio
La desesperación absoluta exige un gesto desesperado. Asistí por casualidad a uno de los más patéticos, y lo dejo aquí anotado para escarnio público. Fue durante uno de esos programas de radio montados sobre el testimonio variopinto de los escuchantes. No recuerdo ni de lejos el tema de las intervenciones, pero he aquí (más o menos) el tenor de la desolada confesión:
-Llevábamos veinticinco años de casados. Y lo celebramos con un crucero en el que fuimos tan felices como en el viaje de novios. Pero, sin darme ninguna razón, justo a la vuelta mi esposa inició los trámites de separación… Yo no entiendo qué ha pasado… ¡Y yo la sigo queriendo! ¡Quiero que vuelva junto a mí!
La absurda queja rompió el tono políticamente correcto del programa, aunque no trajo mayor consecuencia. Ni siquiera recibió comentarios: se dio paso a otro comunicante.
Pero yo, en la soledad de la cocina, donde pelaba patatas, me quedé atónito y disperso (como decía Machado).
Tantos huecos tenía esa confesión que era inútil reconstruir su verdad concreta. En los días siguientes, seguía recurriendo en mi memoria como un signo de nuestro tiempo. Alguien, unilateralmente, podía romper un compromiso sagrado, que había traído momentos de felicidad, en aras de su libertad y realización individual -resumí en un triste enunciado abstracto aquel drama.
Imaginé si esa ruptura se hubiese producido por muerte de la esposa… Sin duda, el amante esposo habría idealizado su recuerdo en un amor eterno. Pero ahora ¿dónde podía sustentar su amor?





