detritus final
El llamado amor romántico, recreado y difundido en novelas y películas, vale como puerta de entrada, pero no se sostiene como fundamento del matrimonio, largo recorrido de vida cotidiana.
El matrimonio necesita otro fundamento: el amor entrañado.
El amor romántico vive de juventud, de fulgor de la belleza, de pasión y fusión sexual, de posesión -enloquece de celos-; el amor entrañado conoce todo eso, pero aguanta el tirón del desencuentro: es amor todoterreno.
El amor entrañado se asemeja al amor divino; en ese sentido, en el cristianismo el matrimonio es sacramento.
Sólo cuando el amor divino alimenta al amor entrañado, este logra sobreponerse a los más duros golpes: seguir amando.
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Persona es la realidad de mi alma viviente en tanto que dotada de libertad.
Libertad es el poder para ganar o perder mi vida.
La vía para ganar mi vida es encauzarla en el amor, a sabiendas de que Dios es amor.
Dios ha puesto una puerta en el mundo para entrar al amor: Jesucristo.
Existía, es verdad, una antigua puerta, llamada “muerte” (y también “soledad”); pero Dios abrió otra puerta llamada “vida” (o también “amor”).
La nueva puerta, es una puerta angosta: para entrar por ella hay que hacerse otro Cristo. Seguir entrando por la vieja puerta es mucho más fácil: creo que hasta los animales la cruzan sin dificultad.
La puerta angosta, la puerta del amor, no fue abierta más allá de la muerte, sino en esta vida y para la vida.
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Detritus del hombre viejo. Quiero en mí el hombre nuevo que vive en el amor.
La realidad ordinaria tiene fugaces pasajes a la realidad primordial; pero hay una puerta.
Cuando se vive el encuentro sexual con amor romántico se experimenta una gloria terrena, pero las glorias terrenas acarrean su propia caída: no se puede perdurar en el amor-pasión: hay en él un desequilibrio que exige su parte de dolor: la vuelta a la realidad ordinaria.
La gloria sexual se parece a la muerte animal: es un éxtasis y una caída; es traspasar gozosamente los límites corporales y volver a caer preso en ellos.
La vía romántica, eros, encierra un peligro de animalización.
La vía matrimonial es una vía de purificación del eros. Eros nos eleva hasta la gloria amorosa; eros es arrebatados, apasionado, pero el goce carnal acarrea dolor.
Cuando eros se domina, comienza su purificación en amor entrañado.
Eros tiene un sesgo violento, y puede enloquecer; el amor entrañado está lleno de ternura, de cariño sencillo y cotidiano.
Dicho con palabras cargadas de connotaciones religiosas: eros pronto se torna lujurioso; el amor entrañado aprende a ser casto.
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El cristianismo no es renuncia a la vida, sino principio de vida en plenitud.
No es una vía humana; es una vía divina, gratuita, dada por el Creador del hombre; por ello es vía sagrada, sacramental.
El cristianimo no es mera fe en Dios Padre Todopoderoso, sino vía sacramental: vivir en Cristo, Dios hecho hombre.
Los sacramentos crean la nueva criatura: esa que vivirá para siempre en la luz y en el amor.
Los ideólogos del amor físico-químico venden la gloria terrena del éxtasis sexual, ocultando lo que dicho éxtasis tiene de animalización: muerte y caída.
Para estos ideólogos de la muerte del hombre, el amor dura lo que dura la explosión de un cóctel físico-químico en el cerebro. Después del placer no queda ningún lazo con la persona usada del otro.
Es bueno todo lo que sirve a la gloria animal (que es muerte): masturbación, prótesis eróticas (juguetes los llaman), posturas (genial la postura perro), pornografía (cosificación del sexo), perversión, promiscuidad; es la terrible liberación de la dignidad humana.
Para los ideólogos, el hombre tiene que gozar sin trabas de su carnalidad; y el ideal es la eterna juventud quirúrgica.
Si el cuerpo desfallece, hay que potenciarlo con drogas. Se comercia con Viagra y empiezan a desarrollarse potenciadores del deseo femenino.
Si la imaginación erótica desfallece, hay que potenciarla con erotismo gráfico y pornografía. No importa crear objetos sexuales sacrificando personas.
La industria de la prostitución florece. Los periódicos políticamente correctos no renuncian al dinero de la prostitución. Dinero y sexo: he ahí los dos dioses modernos, y tan antiguos.
El cristianismo es atacado ferozmente por no apoyar el preservativo; se le culpa de las enfermedades propagadas por la promiscuidad, se le culpa por oponerse al imperio ideológico que vende promiscuidad. Se le culpa de la propagación del sida; se le culpa de la degradación y muerte del hombre: quiere el sida y se atreve a presentarse como religión de vida y amor…
El cristianismo es maldecido porque hace sentirse culpables a los hombres, olvidando que es la religión del perdón.
La vía matrimonial, la fidelidad, la castidad, las vías hacia el amor entrañado, son tildadas de arcaicas opresiones del hombre.
El matrimonio se ideologiza como una estructura patriarcal, machista, que somete a la mujer al varón para la procreación. De hecho, la procreación no requiere que la mujer goce del amor sexual, basta con que se deje preñar. Se acusa al cristianismo de rechazar el placer de la mujer; pero ¿es eso verdad cuando ha santificado el amor y la unión de los esposos?
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El cristianismo no es renunciar a la vida por una vida más allá: es vida nueva aquí y ahora.
El cristiano acepta que con sus propias fuerzas no puede adentrarse en la vía del amor divino.
El cristiano descubre que hay una Realidad inconmensurable que lo ama y que le pide una respuesta de amor.
Descubre que todo amor verdadero es la forma de esa respuesta de amor. Descubre que quien no ama a su esposa con amor entrañado no puede pretender amar a Dios.
El cristiano descubre que Dios no es una abstracción, ni un ser ultratrascendente, sino Alguien que pide oración, contacto íntimo: palabras comunicativas nacidas del corazón.
El ateo, para justificar su doctrina, arremete contra la parafernalia eclesiástica y concibe los dogmas como opresiones irracionales a su libertad; pero el cristianismo, más que doctrina, es vida cotidiana, y los aspavientos inquisitoriales del ateo no suenan como razones, sino como confusión e incomprensión.
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El cristianismo produce rechazo porque es camino de conversión: exige cambiar de vida.
El cristianismo produce rechazo porque no hay camino cristiano sin prueba ni tribulación.
El cristiano tiene que vencer sus pruebas en la vida cotidiana: es el afán diario por empezar a vivir en el amor.
El cristianismo es alegría cotidiana.
El cristiano se reconoce a sí mismo como pecador porque vivir amorosamente con sencillez y alegría está más allá de sus fuerzas.
¿Quién de suyo tiene fuerzas para soportar una traición sin odiar? ¿Quién, para superar el abandono de la persona amada?
¿Quién de suyo tiene fuerza para vencer la comodidad, el aburguesamiento? ¿Quién, para vencer el miedo a la muerte?
¿Quién de suyo tiene fuerzas para vencer a los ideólogos del hombre-para-la-muerte?
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La literatura cristiana o es hagiografía, o es apologética o es moralina. ¿Por qué no puede ser auténtica literatura?
Los personajes permiten, como espejos, explorar y conocer la propia realidad personal, pues se ha dicho que la persona tiene una identidad narrativa: tenemos que contar nuestra propia vida para conocerla.
Hay mil instancias del amor entrañado que pueden ser exploradas literariamente: literatura ejemplar.
La literatura cristiana es prueba y tribulación, y amor entrañado.
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Hola.
Es la una de la madrugada.
Me asomé por aquí como un antiguo pescador de cangrejos, que examina los reteles, a ver si ha cazado algún comentario.
Nada.
En fin, me voy a dormir.
Venga, chico, no te desanimes.
Siempre estropeas las cosas: lanzas un zambombazo y luego te pones triste porque la gente se asuste.
Anda, ¿por qué no nos escribes otro cuentecito?
Deja las filosofías para los filósofos.
Venga, príncipe Uberri, escríbenos otro cuentecito.





