nota de mi diario
El pasado jueves atropellaron a mi compañero de trabajo, y no he podido visitarlo hasta hoy.
Pasé antes a comprarle un par de libros. Nada, viejos textos recién reeditados. Lo que a él le gusta leer. Pero me encontré con la sorpresa de que, además de la pierna, le habían roto las gafas.
Parece que se defendió como un valiente. El todoterreno le enganchó con el retrovisor y le arrojó al asfalto, y para evitar ser arrollado levantó las piernas y recibió el golpetazo. Tiene la cabeza del fémur fracturada. Pobre. Le han operado para meterle un clavo; y estaba medio anestesiado por los calmantes cuando entré en la habitación. Al menos sonrió al ver los libros, y luego se señaló sus ojos sin gafas.
Me deprimen los hospitales. El olor de los pasillos, el ambiente claustrofóbico de las habitaciones, las enfermeras y médicos que cruzan anónimamente. Me dan miedo los hospitales.
Tal vez podía haberme estado con él un rato más.
Era una habitación de dos camas. En la otra había un joven con la pierna enyesada, como en los chistes. Tenía visita. Reían y gritaban hablando todos a la vez. El contraste con nuestro silencio resignado era llamativo.
No he sabido entablar conversación. Lo veía allí indefenso y dolorido, y sólo se me ocurrían trivialidades para animarle.
Dejé los libros en la mesilla y me despedí prometiéndole vagamente otra visita.
Es curioso. Me había imaginado que tendríamos una conversación filosófica, y me topé con la realidad del dolor. La dura realidad de un hombre reducido a un cuerpo herido y magullado.
Estamos tan estresados que nos imaginamos la enfermedad como tiempo de ocio.
Qué mentira.
Qué absurdo.
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Recuerdo mis visitas en la enfermedad de mi abuela y como, poco a poco, aquel ambiente me fue minando hasta tal extremo que no podía atrevesar el pasillo y me quedaba en las puertas del ascensor. La máxima crueldad, desde entonces, me parece el dolor ese que todos sentimos y que nadie puede consolarnos. Me da igual que sea físico o psíquico. Cuando veo a alguien derrumbado a quien nadie puede ayudar... y es bien curioso cómo la gente no guarda silencio cuando a veces es necesario y obligatorio. Cuando estamos sanos no nos duele la enfermedad.
Uberri, perdona lo que voy a decir, pero cuando he leído "Pero me encontré con la sorpresa de que, además de la pierna, le habían roto las gafas", no he podido evitar, sonreir. Ha sido gracioso el dato.
Soledad, gracias por comunicarme ese pequeño trozo de tu vida. Y gracias por visitarme y dejar tu cariñoso comentario.





