Libro de Arena
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GREETINGS

METANOVELA

la situación inicial

Durante las primeras horas de la mañana era el tiempo de las enfermeras, cuya entrada en la habitación era capaz de atemorizarlos, pensando que tocaba pinchazo; pero también les daba la seguridad de estar siendo atendidos: controlaban el goteo del suero, resolvían alguna molestia, los animaban... A media mañana tenía lugar la fugaz visita del médico. Y ya luego tocaba esperar la comida, tras la cual solían quedarse traspuestos hasta la hora de las visitas. El móvil de Tomás solía sonar a lo largo de la tarde, sobre todo al principio.

Ana, la madre de Tomás, acudía puntual con la merienda y no se marchaba hasta después de que recogiesen la cena. Entonces Tomás solía pedir permiso a Agustín para ver la televisión hasta que se quedaba dormido. Pero el dolor lo despertaba pronto y lo desvelaba a pesar del calmante.

Era entonces cuando, aburrido y harto del desvelo, entablaba conversación en cuanto Agustín se removía en la cama. Esa noche, con todo, se mantuvo callado más de la cuenta, un tanto escamado por su primera lección de Filosofía. De lo poco visto, le parecía que la Filosofía era ganas de empezar a comerse el coco dándole vueltas a las palabras. Pero el aburrimiento pudo más que sus reservas.

—Agustín, ¿estás despierto?

—Mmm… Casi —murmuró el otro.

—Quería decirte que no entiendo que no podamos ir más rápido en estas enseñanzas. Y además empiezas haciéndome preguntas y preguntas para acabar contestándolas tú. ¿No estaremos dando demasiadas vueltas y revueltas?

Agustín se puso serio:

—No es bueno empezar desconfiando del profesor.

—No, si yo lo que digo es que a lo mejor podíamos ir un poco más rápido. Porque, a este paso, nos darán el alta y yo me quedo a medias de la Filosofía.

—Pero las preguntas son importantes —trató de ser paciente Agustín—. Si yo te quisiera adoctrinar, no te haría preguntas: te soltaría el rollo y punto; pero de lo que aquí se trata es de que tú llegues a ciertas verdades por tu cuenta.

—Pues entonces no entiendo bien lo que pasó ayer —confesó Tomás—. Porque al cabo de tantas preguntas, que si el científico, que si el historiador, tú de pronto afirmaste que el filósofo era diferente a todos. Pues haber empezado por ahí.

—Tienes razón, lo hice mal, pero fue porque estaba cansado. Primero tendría que haberte mostrado cómo es el trabajo, el método, del filósofo y entonces tú mismo hubieses podido afirmar que su método es diferente. Pero eso era largo y decidí abreviar.

—Y hoy ¿me vas a revelar por fin ese método?

—Lo intentaré al menos.

—¿Haciéndome preguntas?

—Alguna tendré que hacerte para ver si te enteras.

—Pues por mí empieza —se animó Tomás.

La habitación dormía en suave penumbra. El aire acondicionado zumbaba como los motores de un barco. Parecía fácil adormecerse, pero los huesos rotos atenazaban la conciencia con dolor.

Agustín, expresándose con convicción, tanto que su mano se alzaba sobre la cama marcando el ímpetu oratorio, le decía a Tomás con los ojos en el techo en sombras:

—El historiador, para poder aplicarse a su ciencia, necesita, como tú bien dijiste, unos documentos antiguos donde se narre una batalla, o un viejo libro de cuentas donde se apunten los gastos de un ayuntamiento… Por otra parte, el científico, instalado en su laboratorio, necesita sus elementos, digamos, un metal y un reactivo: se dispone a ponerlos en contacto para investigar sus propiedades. Pues bien, esas son las "situaciones iniciales" del químico y del historiador para dar comienzo a sus ciencias y extraer nuevos conocimientos. ¿Me sigues?

—Todo eso lo entiendo bien. Y podría añadir que el cocinero necesita sus ingredientes para empezar a cocinar: aceite, sal, ajos, especias...

—Efectivamente: esa sería la “situación inicial” del cocinero: los ingredientes de un buen plato y el fogón encendido, ¿no?

—Bueno, una cocina de gas es lo mejor: puedes controlar mejor el fuego y además es más limpia. Pero continúa, Agustín, que es tu turno.

—Bien. Aquí, encerrados en esta habitación de hospital, buscamos, pues, la situación inicial del filósofo, y te la voy a descubrir en breve fórmula: el filósofo se planta en la realidad dándose cuenta.

—No entiendo nada.

—Vale. Tranquilo. ¿Puedo preguntarte de nuevo?

—Claro. Pregunta.

—¿Dónde estamos ahora?

—Joer, pues ya lo has dicho tú: en un hospital. En una habitación de hospital.

—Y te pregunto: mientras conversábamos hace un rato, ¿te estabas dando cuenta de eso?

—Hombre, qué tontería, de lo que yo trataba era de olvidarme precisamente de eso, de distraerme...

—Perfecto. Pero a cada rato te dabas cuenta de que seguías estando aquí, en esta inevitable habitación de hospital.

—Bueno, sí, algo así me pasaba.

—Pues ahora atiéndeme y fíjate bien: vamos a ir ampliando este pequeño sitio donde estamos encerrados. Esta habitación la vamos a ver como un rincón remoto dentro de un gran hospital, y el hospital como un edificio de una gigantesca metrópoli, este Madrid donde estamos, y esta ciudad inmensa la integraremos en un país, España, y el país en un continente, Europa, y el continente en un planeta, la Tierra, y el planeta lo vemos girando en torno al Sol, una estrella de una galaxia del universo, la Vía Láctea. ¿Me sigues en este viaje?

—Sí, hombre, es como un juego de niños: te sigo con la imaginación.

—Exacto, con la imaginación, pero ¿es que es algo imaginario que estemos aquí en esta habitación?

—No, eso lo vemos con los ojos.

—Luego no es con la imaginación con que nos damos cuenta de eso, sino que lo estamos sintiendo.

—Hombre, claro. Porque ahora no estamos viendo ni estrellas ni planetas, aunque sabemos que hay planetas y estrellas, y por eso tenemos que imaginárnoslos —precisó Tomás.

—¡Cuánta verdad dices!... Pero, por otra parte, quizá podrías llegar a sentir que la realidad no se acaba en estas cuatro paredes…

—Hombre, tampoco soy tonto.

—Aquí no se trata de que seas tonto o listo —se enfadó Agustín—, sino de que sientas la realidad... Pero, bien, me basta con que sientas esta habitación que tienes delante de los ojos. ¿La ves?

—Pues, claro; pero no entiendo este lío.

—Ya estás desconfiando —le regañó Agustín—. Ten un poco de confianza y no te desanimes. Lo único que quiero es que te des cuenta de que esta habitación, y esas butacas, y estas camas y estos chirimbolos con suero, y yo que te hablo...; sólo te pido que te des cuenta de que esto es un trozo de la realidad. ¿Te das cuenta de ello?

—A ver —se enfadó también Tomás—, ¿es que soy idiota o es que me he perdido? A ver si te entiendo: lo que tú me pides es que yo, que estoy aquí encamado y colgado de unos ganchos, con la pierna en cabestrillo, tengo que darme cuenta de que esto que me rodea es la realidad. ¿Es eso?

—Sí, aunque solo sea eso: tú limítate a abrir los ojos y a darte cuenta de que estás en la realidad... ¿Lo puedes hacer?

—Joer, pues claro: aquí estoy.

—Pues ya eres casi filósofo, o, al menos, estás en la situación inicial para la Filosofía.


3 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo brujitadecolores 2 Julio 2007 | 09:01 AM

si si si....es verdad, creo que para saber mas de la vida, para ser mas conscientes de los problemas, de todo lo que nos rodea, debemos saber donde estamos, analizar esa situacion inicial de la que hablas..si no nos paramos a penar eso, no podemos saber nada mas, y creo que no podemos entender a nadie ...

lo dijo hipatia 2 Julio 2007 | 10:30 AM

"...el filósofo se planta en la realidad dándose cuenta..." "Darse cuenta" es ser consciente (aunque no define ni describe la realidad).

Hoy no digo nada sobre ciencia (para que no me llames pesada) pero no debe escaparse que la Física "está enamorada" de la realidad. Bueno, me callo... jajaja, y quedo a la espera.

Gracias, Uberri.

Un abrazo desde la nave.

lo dijo uberri 3 Julio 2007 | 10:30 AM

Brujita: me encanta percibir cada día la "situación inicial", pero creo que todavía no está clara...

Hipatia: ¡qué misterioso es ese "darse cuenta"!

Os envío en el post, la receta de Tomás de la tortilla de patata...

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