el despertar
Esa noche reanudaron las lecciones bien entrada la madrugada, acallando el dolor y la fiebre.
—La vida —explicaba Agustín— es un continuo oscilar entre vivir y darnos cuenta de que vivimos. Ahora mismo nos ponemos a hablar y a conversar, y sin darnos cuenta nos dejamos llevar por la conversación como por la corriente de un río; pero, de pronto, caemos en la cuenta y nos descubrimos aquí en la realidad, nos contemplamos conversando; pero en ese instante ya no conversamos, sino que, como si parásemos el mundo, nos damos cuenta.
—Espera —le quitó la palabra Tomás—, ya entiendo lo que me estás diciendo, a mí eso me pasa desde niño: yo estaba jugando, y de repente me quedaba como quieto, como preguntándome: quién soy yo aquí jugando. Algo así me pasaba cuando niño, ¿es eso lo que me quieres decir?
—Casi sí —sonrió Agustín, de mejor humor—, porque ahí estás ya superponiendo dos experiencias (perdona que utilice esta palabra técnica: experiencia). Estás superponiendo la situación inicial que buscamos, que sucede en silencio, con la situación siguiente, que es esa en que te hacías preguntas, en que aparecía el lenguaje como respuesta a la situación inicial. Y en la situación inicial todavía no hay palabras, sino solo sentir la realidad.
—Pero, espera —pidió Tomás—, que me pierdo o me estás liando. Porque tú estás usando un montón de palabras para intentar explicarme la situación inicial. ¿Cómo me daría yo cuenta de que me asomo a la situación inicial de la Filosofía si tú no me lo contases?
—Tienes mucha razón, pero sólo en parte. Yo ahora estoy utilizando el lenguaje como un dedo índice para señalarte en una dirección: la de pararte ante la realidad; pero otra cosa será cuando el lenguaje interrumpa ese momento de asombro, de pasmo; o todavía más arriesgado, cuando mediante el lenguaje quieras agarrar esa situación inicial para apoderarte de ella, para entender lo que allí se te ha mostrado: la realidad.
—A ver si te estoy entendiendo —dijo Tomás—, entonces tengo que pararme, quedarme quieto, sin pensar en nada, y entonces asombrarme de lo que veo y darme cuenta, y entonces soy filósofo.
—Espera —protestó Agustín—, es que eres un alumno muy impaciente... Lo primero que vamos a hacer es darle un nombre más poético a esa situación inicial: la vamos a llamar "el despertar". Tomando la imagen del que se despierta de un sueño, para nosotros la vida corriente, la vida vivida sin pensar, quiero decir, sin darse cuenta (lo que no significa que no la estés viviendo), esa parte de la vida será equivalente a un sueño, y de lo que se trata es de despertar. Ahora bien, no todos los despertares son equivalentes: los hay demasiado fugaces, otros son pura confusión; pero algunos son como un lago de agua transparente. Hay muchos despertares…
Hizo una pausa Agustín en la que resonó el silencio del hospital; luego prosiguió:
—De hecho, para avanzar en el camino de la Filosofía hay que aprender este claro despertar, porque, al igual que yo el otro día te llevaba con la imaginación hasta los límites del universo, al contemplar la realidad puede suceder que esa contemplación vaya creciendo, y no nos sirva un rutinario despertar.
—Me he perdido —avisó Tomás.
4 comentarios - Escribe aquí tu comentario
En la filosofía se ha perdido esa inquietud de conocimiento interno y de superación personal como asignatura imprescindible para hacerse hombre de conocimiento.
Actualmente es un ejercicio intelectual, una forma sofisticada de onanismo en muchos casos.
Un saludo y gracias por los textos.
Gracias a ti por asomarte.
La mejor receta contra el onanismo es el otro (el diálogo).
Hola Ubarri:
perdona el retarso.
Hasta ahora no encuentro diferencias, jajaja... Sigo leyéndote para ver a dónde nos llevas.
Un abrazo desde el planeta Betazé.
Voy despacio. Tengo problemas con internet. Para empezar, no tengo conexión en casa.
Abrazos virtuales.





