los griegos
A una hora incierta de la madrugada, dice Tomás, aburrido:
—Agustín, ¿continuamos la lección?
—¿Todavía te quedan fuerzas?
—Mira, te diré la verdad: es que al rato de empezar a hablar contigo me empieza a entrar un sueño delicioso: la boca se me abre y los párpados caen pesadamente sobre mis ojos... Y no quiere decir que no aproveche las lecciones. Hoy me he pasado el día pendiente de mis despertares. Mira, he descubierto que el pensamiento es un liante: nos pasamos gran parte del día pensando, quiero decir, como soñando despiertos...
—Ensoñaciones se llama eso—precisó Agustín.
—Como se llame. Te decía que me paso el día pensando, y, ¡paf, paf, paf!, a cada rato me despierto y me doy cuenta de que estoy pensando, pero no puedo permanecer en ese estado porque al rato otra ensoñación, como dices, me arrebata y me arrastra, y me gusta, porque me saca de aquí, aunque comprendo que es un salir imaginario...
—Perfecto —trató Agustín de encauzar la conversación—. Pero si quieres seguir avanzando en la Filosofía es importante que nos instalemos en uno de esos despertares para ver lo que allí sucede. Lo cual te anuncio que no es tarea fácil. De hecho, llevamos más de veinticinco siglos de Filosofía, y apenas estamos empezando a tener un poco de claridad.
—Hala, no exageres.
—No trataba de exagerar, sino de hacer justicia.
—Pero, ¿tan difícil es darse cuenta de la realidad?
—Bastante más difícil de lo que crees. ¿Puedo intentar explicártelo?
—Oye, a ver si va a ser demasiado difícil.
—Es difícil, pero ¿te creías tú que la Filosofía era cosa fácil?
—No, si yo casi era por pasar el rato —se disculpó Tomás.
—¿Me vas a escuchar o no?
—Vale, vale, ya me callo, ya veo que se acabaron las preguntas.
—Acabarás enfadándome… —rezongó Agustín—. En fin, el comienzo estuvo en Grecia, en las luminosas colonias griegas, hacia el siglo VI antes de nuestra era. Los griegos descubrieron el continente de la realidad y lo llamaron "naturaleza" (fýsis en su lengua), y de inmediato se percataron de que el continente recién descubierto estaba intacto: entre sus mitos, ninguno daba razón de aquel, cómo diría yo, aquel acaecer que llamaron naturaleza. Tal vez era inexplicable y bastaba con quedarse callados de asombro... Imposible: el griego antiguo era hablador, como nosotros... Armado de palabras comenzó a dar razón de esa naturaleza descubierta, porque esa razón nueva se formulaba en palabras: lógos en su lengua... Y allí se pusieron los grandes filósofos griegos, Heráclito, Parménides, Platón, Aristóteles, a decirnos qué era la naturaleza, la realidad. Veían que indudablemente esa realidad era una fluencia, como un río que continuamente pasa, pero eso era absurdo para el pensamiento, porque ¿cómo pensar, fijar, nombrar, poner límites a una realidad en continuo movimiento?... Pero la hazaña de los griegos fue demostrar que la realidad era consistente: que las cosas del mundo eran reales porque tenían consistencia… ¿Me sigues, Tomás?
—Me estoy durmiendo —susurró Tomás, abriendo la boca en un gran bostezo.
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Te sigo.
Saludo desde la Enter.





