sueños
Al cabo de una semana de conversaciones, el propio Agustín parecía más interesado en reanudar el diálogo que Tomás, bastante desencantado de su aprendizaje.
—Aunque te parezca asombroso —le decía Agustín en medio de la noche, intentando predisponerlo—, se tardó más de veinte siglos en caer en la cuenta de ese error monumental. La corrección la introdujo un pensador francés Descartes, y por el camino que abrió continuaron los gigantes alemanes: Leibniz, Kant, Hegel. Por primera vez, la realidad fuera de nosotros se mostraba problemática —esto no lo entendió Tomás muy bien—, y nuestra mente, nuestro pensamiento, se convertía en la tierra firme desde la que empezar a conquistar la realidad.
—No entiendo lo de "problemática" —señaló Tomás para que supiese que estaba haciendo un esfuerzo por atender.
—La realidad es problemática cuando ni siquiera podemos distinguirla de los sueños.
—¿Y no podemos distinguirla? —se asombró Tomás.
—Descartes así lo creía y lo defendía con ingenio. A ti, ahora, esta habitación te parece real de manera indudable, pero Descartes afirmaba que se podía dudar de su concreta realidad. Al menos, no era algo tan absolutamente inmediato como la imagen mental de esta habitación, la cual es indudable independientemente de que se corresponda con algo real o algo soñado.
—Me pierdo. Déjame de Descartes —replicó Tomás—, y dime tú mismo: esta habitación, ¿te parece de verdad que podría ser un sueño?
—Es una pregunta que siempre me hacen mis estudiantes —se defendió Agustín—, y he aprendido a contestarla de manera indirecta. En primer lugar, pensemos en esta habitación en el pasado: ¿dónde está la habitación del primer día en que nos metieron aquí?... Como eres un poco bruto, pensarás que sigue siendo la misma, que hablo de estas mismas paredes; pero yo me refiero a lo que sucedió ese día en esta habitación. ¿Dónde está?
—Pues supongo que está en nuestro recuerdo.
—Exacto, pero tienes que aceptar que si esta habitación algún día será un recuerdo, su realidad es menos consistente de lo que imaginamos: me refiero a lo que está sucediendo ahora: algún día lo habremos olvidado.
—Está claro lo que dices: ¡ojalá esta habitación se convierta pronto en recuerdo! —suspiró Tomás.
—Vale, de acuerdo. Pero ahora necesito que me asegures que me entiendes cuando digo que la realidad de esta habitación es problemática; que, puestos a dudar, podríamos dudar de su concreta realidad.
Tomás, no queriendo contrariarlo, afirmó poco convencido:
—Vale, vale, es cierto, podemos dudar de ella.
—Y aún te diré más —prosiguió Agustín, que estaba en vena—: quiero que te remontes a tus recuerdos más remotos, a los recuerdos de tu primera infancia. Fíjate en cómo la supuesta realidad se ha disuelto en torno a ellos: flotan como restos de un mundo que fue real y se ha ido sumergiendo en la nada. ¿En qué se diferencian de los pocos recuerdos que guardamos de los sueños? ¿No empiezan a confundirse sus límites? ¿No será la realidad una fantasmagoría?
—Oye, para —le contestó Tomás enfadándose—. Que yo no confundo mis recuerdos con los sueños. Mis recuerdos son mi infancia, son reales. Puedo aceptar que, de toda mi vida pasada, la mayor parte se ha perdido, pero por eso los pocos recuerdos que me quedan son más valiosos: son reales, son mis recuerdos.
—Bien, en el fondo tienes razón —se consoló Agustín—. Es verdad que podemos distinguir entre recuerdos y sueños… Pero tal vez podría afirmarse que la realidad es un sueño gigantesco y constante que dentro de sí contiene sueños fugaces; pero un sueño al fin y al cabo algún día tendrá también un despertar…
5 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Falsa la conclusión. Como pensar en un trozo de madera hecho de hierro.
No sé qué te diría Agustín. Voy a ver qué puedo argumentar yo...
En todo caso, un poeta no tendría demasiado inconveniente en imaginar "un trozo de madera hecho de hierro". Pero entiendo tu objeción: hay que evitar las contradicciónes. Si algo es madera no es hierro, y punto.
Con todo, respecto a que esta vida esté emparentada con los sueños, no deja de ser una idea clásica: ahí sin más tienes a Calderón.
Ahora en serio. ¿Es contradictorio, es imposible que la vida fuese un sueño largo, muy largo, y que la muerte fuese un despertar? ¿Acaso cuando soñamos no creemos que lo que soñamos es real?
En fin. Yo por mi parte estoy de acuerdo en que "un trozo de madera hecho de hierro" es lógicamente impensable.
Gracias por asomarte por aquí.
Uberri, yo te diría que un sueño es un horizonte abierto, pero no sé si me creerías.
Un saludo desde la Enter.
Decía Lope de Vega que a menudo vemos la muerte como el último momento en que un ser agoniza, pero concluía que ,si miramos a nuestras espaldas la estela de todo nuestro pasado, podremos concluir que todo ese tiempo representa lo que la muerte ya ha conquistado. La realidad se va diluyendo en el pasado, que la devora, y, al mismo tiempo que un instante es vivido, se consume en el siguiente segundo y desaparece; luego..., la realidad es real pero deja de serlo al mismo tiempo y, entonces, cuando recordamos lo vivido, lo que un día nos hizo sentir la plenitud de la vida, eso es lo más parecido a un sueño cuando luego despertamos. ¿ Dónde está la realidad entonces si se esfuma? Saludos
Guillermo:
Es peligroso pensar que toda la realidad se esfuma al pasar, porque ¿qué quedaría de nosotros? En ese sentido, vivir sería morir, como bien apuntaron los clásicos.
Hay que descubrir motivos de esperanza. Por ejemplo, las palabras con que te hablo están ahora disponibles porque tienen tras de sí un largo pasado, y son actuales y el pasado las enriquece antes que aniquilarlas. Tal vez su destino no sea esfumarse sino acompañarnos para siempre.
Saludos y gracias por dejar tu comentario.





