palabras
Es difícil de describir el deterioro íntimo de Agustín tras un par de semanas sin leer; dicho con un término culinario, se estaba desustanciando. La lectura era su alimento intelectual. Su cerebro estaba habituado a procesar una sustanciosa porción de páginas al día, y sin ellas tenía que alimentarse de esa materia deleznable que es la memoria.
Su vida empezaba a parecerse a la de los eremitas, o aún peor, a la vida de los estilitas, aquellos monjes encaramados durante meses sobre una columna: algo así era estar encamado.
En sus lecciones tiraba de su enflaquecida memoria: esas repetidas “improvisaciones” de clase que configuraban el cajón de recursos del profesor veterano; por ellas se puede rodar sobre seguro. Así pues, el plan de sus lecciones lo tenía bien fijado, pero empezaba a temer por la existencia de su alumno. Efectivamente, Tomás avanzaba en su recuperación. El día que lo pasearon por medio hospital para llevarlo a radiología, volvió feliz y comunicativo.
—¡Profesor, ahí fuera hay un mundo! —animaba al amustiado Agustín al llegar—. Me lo he pasado genial imaginando que la realidad de pronto se había puesto en marcha, como una película en tres dimensiones, ¡para que luego digas que no aprovecho tus lecciones! Pasillo tras pasillo, ascensores, extrañas salas de espera pobladas por personajes que miraban asustados: un espectáculo. ¿Y qué me queda ahora de toda esa realidad? Tienes razón, Agustín: ¡la vida es semejante a un sueño! Mañana mismo comienzo la rehabilitación: el médico ha dicho que se me están consumiendo los músculos de tanta inactividad... ¿Y tú, Agustín, qué dices?... A ver, querido profesor, a ver cuándo te enteras de que tienes que moverte y dejar de quejarte.
El pobre en realidad no se quejaba demasiado. De hecho sólo lo pasaba mal a la hora de hacer sus necesidades. El dolor de la pierna se lo guardaba para sí como una obligación contraída con el mundo: la vida tenía su cuota de dolor, y había que pagarlo. Estoicismo, lo llamaba él; pero tal vez era resignación.
En realidad, no le preocupaban tanto la consunción de los músculos como la del propio cerebro. Es cierto que había considerado la posibilidad de pedirle a Tomás que le leyese, y de seguro que el buenazo de Tomás hubiera hecho un esfuerzo. Pero hubiese sido como hacer leer en clase a los alumnos desganados los textos de Filosofía, y verlos ensartar mecánicamente palabras sin intentar captar su sentido: más que lectura parecía algún tipo refinado de tortura.
Como aquel que camina al anochecer guiado por una luz lejana y no le desaniman los tropiezos porque no pierde el camino, así Agustín proseguía con su plan. A la noche siguiente decía más o menos así:
—Durante más de tres siglos se vivió en esta ilusión de haber encontrado tierra firme en el continente filosófico, pero al cabo se cayó en la cuenta de que era una falsa ilusión. Y aquí conviene poner un poco de pasión por la parte que les cupo a los pensadores y filósofos españoles: Ortega, Zubiri y sus discípulos.
—¿Pensador es lo mismo que filósofo?
—No exactamente: el filósofo es el pensador profesional.
—¿Se puede vivir de pensar? ¿Y eso quién lo paga? —inquirió Tomás con verdadera curiosidad.
—Bueno, hombre, bueno. Lo paga el Estado, claro. Pero es evidente que no paga exactamente por pensar. Pensar en realidad no se paga.
—Ya me parecía a mí —concluyó Tomás—; vale, sigue con la lección.
—En fin, eso, no me distraigas demasiado. Decía que se descubrió que en la famosa situación inicial se había colado “un supuesto” que había que eliminar porque lo falseaba todo. Y es que, acostumbrados los filósofos a un mundo hecho de cosas, habían dado por supuesto que existía una cosa llamada “yo” que era el que tenía una mente con una serie de contenidos... Viste que la Filosofía moderna sustituyó las cosas del mundo por contenidos mentales, pero para ello dio por supuesto que existía una cosa pensante, llamada “yo”, que seguía siendo una cosa que encerraba dentro de ella tales contenidos. ¿Entiendes lo que pasó?
—No muy bien —confesó Tomás.
—Vamos a ver. Yo soy yo, ¿no? Y los filósofos se creían que el yo era una cosa, como este vaso o como esas zapatillas. Pero dirás que yo soy bastante más complicado, ¿no?
—Supongo —admitió Tomás.
—Bueno, pues no se trata de mayor complicación, sino de… la forma de realidad de eso que llamamos “yo”.
—No entiendo —avisó Tomás.
—Vamos a ver, primero tienes que creerte cosa; si no, no puedes descubrir que no lo eres.
—¿Creerme cosa? Yo no soy una cosa.
—Veamos, paciencia. Tú, ¿qué eres? Dímelo —exigió Agustín.
—Pues yo soy yo: este cuerpo y mi cerebro aquí dentro —se dio una palmada en la frente.
—Entonces dices que tú eres un cuerpo con un cerebro; en definitiva, una cosa...
—¿Es que no soy un cuerpo?
—No necesariamente. Quizá tienes un cuerpo pero no eres un cuerpo.
—Quieres decir que hay un alma dentro de mí.
—Sólo quiero decir que tenemos que situarnos de nuevo en la “situación inicial” y ver lo que hay allí, sin dar por supuesto nada, ¿entiendes? Lo que quiero es que te pongas delante de la realidad, y me digas...
Tomás le apremió:
—¿Que te diga qué?
Aquí Agustín se dio cuenta de que le salía al paso el lazo del lenguaje, y la lección del lenguaje había quedado aplazada.
—Nada. Quiero que simplemente te quedes en silencio, si es eso posible, quiero sencillamente que te pongas delante de la realidad y te des cuenta.
—Pero, ¿de qué tengo que darme cuenta?
—Pues de tu propio darte cuenta, de que estás allí ante la realidad; quiero que te des cuenta de que eres una conciencia abierta a la realidad, y nada más. Pero, si yo te lo digo, se estropea todo, porque tengo que emplear las palabras para nombrar lo que sucede allí en esa situación inicial, digo “conciencia” y parece que eso es una cosa que existía antes de la situación inicial; y lo que allí sucede es algo previo a todo: es una darse cuenta sin palabras, inefable, ¡un sentir la realidad!: allí no hay ni cosas ni una mente cosificada, sino tú y la realidad: tú mismo te das cuentas de que estás en la realidad, que todas esas “cosas” o “contenidos mentales” no son sino teorías para explicar la situación inicial, pero no son la verdadera e inmediata situación inicial... Y, maldita sea, cuando quiero contártelo ya he roto la situación inicial y te cuento con palabras lo que está antes que las palabras.
—Pero entonces ¿cómo me voy a enterar si no me lo cuentas?
—Eres desesperante.
—Pero, ¿por qué te enfadas? —se quejó Tomás.
—Me enfado porque me pones al límite de mostrarme pedante. ¿Me entiendes?
—No.
—Pues me callo.
Después de un tenso silencio, prosiguió como intentando una reconciliación:
—Mira, Tomás, con las palabras nos pasa como con las cosas. Vivimos entre ellas, nos hemos acostumbrado a ellas, y nos parecen algo natural. Pero el asunto no es tan fácil. Porque ciertamente hay un engaño...
—Explícate —pidió Tomás—, ¿cuál es el engaño?
—¿Recuerdas cuando te pedí que describieras esta habitación?
—Sí, ayer me lo pediste.
—O anteayer, ya no me acuerdo. Bien. ¿No te das cuenta de la enorme diferencia que existe entre la habitación real y ese montón de palabras a que tú la redujiste? ¿Percibes la diferencia?
—Hombre, no soy tonto. Una cosa es esta habitación y otra la descripción que yo hice de la habitación. Está claro que la habitación real tiene multitud de detalles que yo he olvidado enumerar por no ponerme pesado.
—Pero el problema es mucho más radical. Mira, cojamos una palabra cualquiera: “cama”... Digo “cama”: es un sonido que en tu mente evoca una cama, pero ¿qué tiene que ver con la cama de carne y hueso, por decirlo así, con la cama real? ¿Qué tiene que ver?
—Pues que la palabra se refiere a la cama, eso tiene que ver. Está claro.
—Muy bien. Pero si yo quisiera atrapar la realidad de la cama y meterla dentro de la palabra, como si al decir “cama” yo tuviese toda la realidad de la cama, sería absurdo, ¿no?
—Pues claro, hombre: las palabras no son las cosas; eso sería de locos.
—Pues ahora fíjate bien —y levantó ambas manos agitándolas frente a su cara—. Los filósofos, durante siglos, emplearon las palabras ingenuamente para conocer la realidad, y no se daban cuenta de que lo que hacían era atribuir a la realidad la naturaleza de las palabras; atribuir las leyes de lo que pensamos con las palabras, atribuírselo a la realidad... Y entonces, por ejemplo, se topaban con el principio de contradicción formulado en palabras: “una cosa que es no puede no ser”, y lo aplicaban a la realidad imponiendo las leyes lógicas del pensamiento a la realidad, como si el pensamiento abstracto fuese previo a la realidad...
—Me pierdo —se disculpó Tomás bostezando—. Me he quedado en “cama” y poco más. Me está entrando sueño. ¿Podemos dejarlo para mañana?
—Vale, es que me acelero.
—Eso es verdad —reconoció Tomás—: te vas acalorando y al final te quedas hablando solo. Eso lo tienes que mejorar.
—En fin. No voy a llamarte zoquete: hoy estás muy listo.
—Y encima eso: empieza a insultar.
—Perdona, era broma —se disculpó Agustín.
—Vale, vale, voy a intentar dormir.
Disgustado consigo mismo se quedó Agustín, no sólo por haber atacado a las amadas palabras, sino por acabar siempre repitiendo rancios esquemas, sin percatarse de que su alumno había desconectado hacía rato. Esquemas, por otra parte, que, después de usados, quedaban en su mente como osamentas descarnadas de lo que fue su pensamiento: ahí es donde más notaba el efecto de habitar en un desierto sin lecturas.
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Las Palabras como jaulas. Pero podemos construir otra clase de Metáforas con las que nombrar a las cosas por su alma...
Un abrazo desde la Enterprise.
Hipatia:
Me abrumas con toda esa serie de comentarios, llenos de sugerencias. Y casi desbordas mi capacidad de trabajo veraniego, pero al menos voy a intentar precisar lo que quise decirte cuando te pedí que encendieses todos tus sistemas de alerta al embarcarte en el último capítulo del libro de Mosterín.
La cuestión es que en esas páginas asistimos a una pasmosa transformación: el científico que nos ha ido desentrañando la “naturaleza humana” de pronto se manifiesta como profeta. Es el terrible momento en que el científico va más allá de los que suponíamos que era su ciencia, y nos habla como sacerdote de la religión panteísta y de la mística oriental.
Y, puesto que ya habla en el lenguaje sacerdotal, su lenguaje se torna dogmático: “la ciencia sin mística corre el riesgo de quedarse en mera gimnasia metodológica”. No le basta a la ciencia el mundo natural, sino que tiene que alcanzar el todo, para decirnos que “el Universo es Dios”. Y que, como científicos, “debemos sentarnos en el trono de Dios” (págs. 391 y 403).
Hipatia, ¿es esto ciencia o es un sucedáneo de la religión? Porque ¿verdaderamente Mosterín ha explicado el problema de la mente, al decir que es una actividad de su córtex cerebral?
Cuando leo lo que dice sobre la muerte saltan todos mis sistemas de alarma: “La comunión intencional con el Universo en plena vida y salud es como un ensayo previo y consciente de la identificación real con el Universo que tiene lugar tras la muerte del individuo cuando el cadáver se disuelve en el entorno y retorna a los flujos de materia y energía de los que surgió. En esta aceptación lúcida, serena y voluntaria de la muerte por venir, sin ilusiones ni autoengaños, estriba la única sabiduría accesible al humán” (pág.398).
¿No te parece contradictorio el fondo de esta tesis? ¿Cómo el momento de conocimiento va a ser un ensayo del supuesto momento de aniquilación material?
Mosterín, en mi opinión, ya no habla aquí como científico sino como sacerdote de la aniquilación oriental por obra de la “identificación” del yo con el todo, con el Universo. Ante esa mutación del científico en sacerdote (en ideólogo) es ante lo que te pedía cautela.
Respecto a ese Dios personal, que Mosterín cree fruto de la superstición, ¿qué ocurriría si la Filosofía mostrase que la realidad personal no es reductible a la realidad de las cosas, sino anterior a ella? Lo que está en juego, tal vez, es la salvación personal frente al aniquilamiento universal. ¿Qué ganas tú personalmente volviendo a convertirte en “polvo de estrellas”?





