Libro de Arena
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METANOVELA

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A la mañana siguiente, Tomás, que ya se levantaba por sí mismo de la cama arrastrando la escayola, se acercó renqueando hasta la mesilla de Agustín y cogió uno de los libros allí amontonados. Se sentó animosamente en la butaca y lo hojeó un par de minutos.

Agustín lo miraba con inquietud.

—¡Esto no hay quien lo entienda! —exclamó al cabo Tomás cerrando el libro—: esto lo ha escrito algún loco.

El enfado de Agustín fue de armas tomar.

—¿Loco? ¿Loco?... —gritaba—. O sea, que coges un libro, que a lo mejor ha tardado años en ser escrito, lo husmeas por encima, y, como ves que no entiendes nada, lo das por obra de un loco... Pero ¿es que tú te has creído que no hay más Filosofía que la que hacemos aquí por las noches?... Eres peor que un niño al que le enseñan a sumar y restar, y coge un libro de cálculo diferencial y lo tira a la basura... ¿Sabes qué regla había que haberte aplicado a ti?... Pues poco menos que la que inscribieron a las puertas de la Academia de Platón: “nadie entre aquí que no sepa geometría”... Y en todo caso, tendría yo que haberte desechado para el estudio filosófico por ser tú ya demasiado viejo, con los treinta y tantos años que cargas a tus espaldas. Pero no; hacemos una excepción, y viene el señorito y se ríe de los filósofos llamándolos locos, solo porque no los entiende... Pues escucha, infeliz: ¡por tus risas quedarás condenado a ver de lejos la costa de la Filosofía!, ¡no te será dado a ti más que mi dedo índice apuntando hacia esa playa remota!... Y trae para acá ese libro y devuélvemelo pronto, porque, aunque mis ojos no puedan leerlo, su presencia me da fuerzas.

Y se estuvo enfadado casi la noche entera.

Durante esas horas de desvelo, se agolpaban los recuerdos en la imaginación de Tomás. Sus años escolares; profesores bordes; aburrimiento; la cartera cargada con libros; libros que había que estudiar sin ganas y que se iban llenando de garabatos y monigotes por los márgenes. Libros que a veces se leían en voz alta en clase y entonces la imaginación volaba en alas del runrún de la palabra escrita que no decía nada.

—Oye, Agustín —pidió al sentirlo despierto—: perdona por haber despreciado tus libros.

—Perdóname tú por perder la paciencia.

—No, en serio. No tengo remedio: soy un zoquete.

—No digas eso o no te enseñaré nunca nada… Estoy deseoso de tu sabiduría.

Los ojos de Tomás en la oscuridad se llenaron de lágrimas.


4 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo WNEFRON 20 Julio 2007 | 09:29 AM

Interesante como siempre. Pero cuidadito con la Academia de Platón que tampoco dejaba entrar a los poetas. Un saludo.

lo dijo apple 20 Julio 2007 | 09:43 AM

Anoche me acordé de ti Uberri, por aquello de la filosofía. Hay cosas nuevas en el museo. En los meses de jUlio y Agosto siempre hay exposiciones temáticas. Me gustó especialmente las referencias a que los filósofos eran, además de filósofos, matemáticos, físicos, ingenieros...y ahora hacemos una sola cosa y ni somos especialistas, ni expertos, ni entendidos!!!!

lo dijo hipatia 20 Julio 2007 | 10:39 AM

Estoy de acuerdo; cualquier persona puede darnos una lección de humanidad.

(Vaya geniecito tiene el profe, se ha pasado siete calles...)

Un abrazo desde la Enter.

lo dijo uberri 20 Julio 2007 | 03:39 PM

wnfron (qué difícil es escribir tu nombre): no sé si se colaría algún poeta en la Academia (Platón mismo escribía buenos mitos...); donde sí que no los quería era en su República... (Perdona la pequeña corrección).

Appel: me encanta encontrarte con vida. Ahora mismo voy a visitar tus Hilvanes (aunque todavía no he conseguido ninguno de los libros que estás hilvanando...)

Hipatia: gracias por la visita después de regañar un poco en el blog de Garufa. Voy a ver qué me has puesto en el post "persona": me desanimé bastante cuando se quedó sin comentarios. ¡Era mi post genial!

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