Libro de Arena
Login

GREETINGS

METANOVELA

cuerpo 2

Hay que valorar el esfuerzo que supuso para dos cautivos del cuerpo, atenazados por el dolor, situar al dolorido cuerpo en su lugar. Yaciendo encamado, el cuerpo inerte parece que se apodera de la perspectiva visual; pero es entonces cuando más cerca estamos del vuelo imaginativo: del ensueño, del mismo soñar, del ensimismamiento del pensamiento. Tumbados junto a alguien es también cuando más predispuestos quedamos para la conversación. Y conversando se distraían Agustín y Tomás de sus lazos corporales, y juntos vagaban incorpóreos, casi etéreos.

Agustín estaba un tanto obsesionado por dar cumplimiento a su tarea docente. Pero, de unos días acá, el alumno se le rebelaba a menudo, bien por aburrimiento, bien por defenderse de cierta prepotencia profesoral (inevitable). Tomás, en efecto, se había puesto a la defensiva, aunque sin perder ese último fondo de buen humor que lo caracterizaba; lo que peor le hubiese sabido era haber tenido un compañero de habitación callado y anónimo, vamos, sin sustancia.

—Tener cuerpo —le explicaba Agustín a altas horas de la madrugada— descubre un aspecto ineludible de nuestra realidad: somos animales, somos seres naturales... ¿Has tenido un perro alguna vez?

—Bueno, una vez de pequeño mis padres me compraron un cachorro —recordó Tomás—; pero pronto creció y la casa resultaba demasiado pequeña, y mi padre lo hizo desaparecer. Yo lloré mucho... Luego ya no he querido tener más animales.

—Yo sí he tenido un perro durante bastantes años —se confió Agustín—. Cuando nuestro hijo se marchó a Estados Unidos, hace ya quince años —Tomás se sorprendió de que Agustín mencionase a su hijo por vez primera—, mi mujer quiso que compráramos un perrito, y acabó siendo mi compañero de paseos. Todas las tardes salíamos los dos a recorrer el parque...

—¿Y tenías con él conversaciones filosóficas? —bromeó Tomás.

—Anda, calla... Pero lo cierto y verdad es que he meditado mucho sobre lo que significa ser perro.

—“Lo que significa ser perro” —repitió Tomás con cierta socarronería—. ¿Y a qué conclusión has llegado?

—Bien, no nos precipitemos. Vayamos por pasos.

—Bah, qué pesado —protestó Tomás—: me dejas con la intriga. Dímelo, hombre: ¿qué significa ser perro?

Pero Agustín se puso serio.

—Todavía no.

—Pfff —bufó Tomás desilusionado.

—Bien. ¿Qué dice la ciencia de los animales? —continuó Agustín poniéndose retórico—. La ciencia dice que el hombre es un primate; como se dice vulgarmente, el hombre procede del mono…

—Hombre, eso lo sabe todo el mundo —apuntó Tomás.

—Claro: es una creencia generalizada. Por eso tenemos que examinarla.

—¿Y nosotros qué tenemos que decir ahí? De eso se ocupan los científicos que han estudiado el tema; ellos saben que el hombre procede del mono. ¿O no?

—Vale; pero, si afirmo que hay que examinarla, es por algo, o acaso ya no quieres ser filósofo.

—Hombre, si ser filósofo es acabar diciendo locuras, casi que prefiero quedarme como estaba.

—Veo que de nuevo empiezas a desconfiar de tu maestro —le advirtió Agustín esgrimiendo el dedo índice hacia su cama.

—Hombre, si veo que mi maestro está dispuesto a tirarse a un pozo de cabeza, no voy a ir corriendo detrás de él. Yo ya hago bastante con escuchar con paciencia las lecciones, pero al menos podré opinar por mi cuenta.

—Me encantaría que lo hicieras —le animó Agustín—. Sigamos entonces… Veamos. Siempre tenemos que partir de nuestra situación inicial. Y yo te pregunto: ¿qué tiene que ver tu realidad inmediata con lo que te cuentan los científicos?

—Hombre, y yo qué sé —se defendió Tomás—. Es que parece que la tienes tomada con los científicos: los pintas como si anduviesen detrás de mí para engañarme...

—Tal vez a veces se puedan engañar ellos mismos.

—Pero no en que somos medio monos; no creo que en eso se engañen: es una verdad admitida por todos.

—Pero yo no estoy intentado decirte que esa “verdad” sea mentira, sino que estoy intentando que situemos esa verdad en su verdadero lugar. Quiero decir que yo no tengo experiencia inmediata de esa “verdad”; es cierto que existe una teoría científica, la teoría de la evolución de las especies, que se basa en una serie de hechos comprobables: basta con comparar el genoma de un chimpancé con el de un humano para comprobar que estamos emparentados. Pero, aun así, no deja de ser una teoría, una idea que yo conozco; pero del hecho de ser yo un resultado de la evolución, no tengo evidencia inmediata. Y te pregunto: ¿qué quiere decir esto?

—Tú sabrás.

—Pues quiere decir precisamente lo siguiente: que mi realidad inmediata, personal, sigue siendo para mí lo primero, tiene una prioridad como realidad. Si yo ahora descubro que tengo un cuerpo, y la ciencia me enseña que ese cuerpo es el cuerpo propio de una especie (los humanos), y que dicha especie procede de la evolución de otras especies, no por eso digo: entonces yo soy este cuerpo, soy un animal pensante. No. Lo primero sigue siendo mi realidad inmediata: yo soy una persona que tiene un cuerpo, un cuerpo cuya historia genética se remonta a millones de años, pero yo no puedo quedar reducido a ese cuerpo, porque una teoría, aunque sea verdadera y tenga yo que atenerme a sus consecuencias, no es algo más real que mi realidad inmediata. ¿Me entiendes o no?

Tomás se quedó callado unos momentos.

—Vamos a ver si lo entiendo de una vez, porque me estás liando. Si esa teoría de la evolución es verdadera, como acabas de decir, ¿por qué la rechazas?

—Sólo he querido decir que esa teoría contiene gran parte de verdad, pero que, si de ella se sigue que lo que yo soy queda absolutamente explicado por la evolución de las especies, ya no es toda la verdad, y si no es toda la verdad, falsea la realidad...

—Vamos a ver si entiendo lo que tú me quieres decir —le interrumpió Tomás enfadado—: ¿acaso eso que ocurre en mi mente, eso que me pasa al darme cuenta, no sucede porque mi cerebro animal está funcionando? No sé si lo digo bien, pero ¿estás negando eso?

—Sí, estoy negando que tú sólo seas un cerebro. Contra lo que lo que estoy intentando luchar es contra el hecho de que puedas llegar a creerte que tú eres una función de tu cerebro, que primero es tu cerebro y luego emerges tú. Lo que te estoy diciendo es que tú, como realidad inmediata, eres anterior a cualquier teoría científica que trate de reducirte a un animal. Tu realidad es evidente, y la teoría siempre será problemática.

—Creo que me estoy mareando. Pero ¿no has dicho que somos animales?

—No. He dicho que somos personas corpóreas —afirmó Agustín.

—Y entonces tu perro aquel, por ejemplo, es que no tenía vida interior, es que no tenía pensamientos de perro, como nosotros pensamientos de hombre.

—Ahí ciertamente hay un problema; no lo negaré. Pero me atengo a lo que es “mi realidad”, mi realidad inmediata: yo no pretendo entrar en la conciencia de un perro.

—¡En la de un perro, ni en la de nadie!... Tampoco puedes entrar en mi conciencia, y sin embargo has supuesto que yo soy también una persona como tú.

—No, no es exactamente que lo haya supuesto; es que lo estoy experimentado: estamos aquí hablando entre nosotros, compartiendo esta razón que se manifiesta en el diálogo. Mi relación contigo no es mi relación con mi perro, por más años que haya paseado con mi perro... Aquí existe una relación diferente.

—Faltaría más —bromeó Tomás—, a ver si crees que vas a contentarme con un hueso.


3 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo jose 25 Julio 2007 | 05:20 PM

Venga, ánimo.

lo dijo Domovilu 26 Julio 2007 | 04:59 PM

Hola. Acabo de colocar un post "bíblico". Quizás te interese. ¿Recibiste mi Mail de ayer?

Saludos, peñi.

lo dijo uberri 27 Julio 2007 | 06:35 PM

Sí, Domovilu, gracias.

Te constestaré por correo.

Ahora apenas tengo un poco de tiempo para colgar un nuevo post (aunque ya ves que me estoy quedando solo...).

Comenta!