Libro de Arena
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GREETINGS

METANOVELA

cultura

Ya era costumbre que fuese el propio Agustín quien empezase la clase.

—Hoy nos toca explorar alguna inconsecuencia, por decirlo así, que se siga del hecho de que tengamos un cuerpo y seamos, por tanto, seres naturales, es decir, seres que, supuestamente, viven en un medio natural.

Al ver que Tomás permanecía callado, Agustín le preguntó directamente:

—¿“Inconsecuencia” lo entiendes?

—¿“Inconsecuencia”?... Yo qué sé. Locura.

—Sí, locura. Pero aquí me refiero a las consecuencias lógicas que se podían esperar del hecho de que el hombre sea un animal, pero que en realidad no suceden. Te pregunto: ¿qué podría esperarse de nuestra especie entendida como especie animal, como descendientes de los simios?

—Pues, no sé... Que viviésemos en la selva, subidos a los árboles...

—Exacto —corroboró Agustín—. Pero de hecho esto no es un árbol.

—Está claro, hasta ahí llego.

—Pues dime tú cómo han llegado los hombres, la especie humana, quiero decir, desde los árboles ancestrales hasta estos bloques de hormigón y hierro.

—Hombre, es que los hombres evolucionan...

—¿Quieres decir que los hombres modernos, tal vez ayudados de una mutación genética, se han adaptado a un nuevo medio?, es decir, que existían unas junglas de edificios y asfalto que hemos colonizado.

—No, no te burles; no quiero decir esto —negaba Tomás moviendo la cabeza en la almohada—. Quiero decir que la vida de los hombres ha evolucionado, que ya no vivimos como las tribus primitivas o como los trogloditas. El mundo va cambiando, se inventan nuevas cosas: ¡el mundo ha ido progresando, hombre!

—Progresando, de acuerdo. Y si me permites decirlo ahora técnicamente, diremos que la especie humana tiene un rasgo distintivo, algo que la diferencia de otras especies; diremos que los hombres poseen “cultura”, y que, por poseer cultura, no viven en la pura naturaleza, sino que ellos transforman la naturaleza de acuerdo con la vida que quieren.

—Espera, espera —protestó Tomás—, que me he tragado muchos documentales de animales... Ahí tienes las termitas: viven en ciudades poco más complejas que las nuestras, con sociedades divididas en clases: obreros, soldados, reinas y qué sé yo. ¿Qué dices a eso?

—La ciencia nos dice —trató de sosegarlo Agustín—que esas termitas, en realidad, están en la parte baja de la escala zoológica, y que, por tanto, su vida es puramente instintiva. Construyen, buscan alimento, viven, de acuerdo a unos rígidos patrones de conducta que están fijados en sus genes. Pero los hombres no están determinados tan absolutamente. Las termitas de la misma especie siempre construirán los mismos termiteros; pero las viviendas de los hombres, a lo largo de la historia, son de una diversidad asombrosa, desde la choza o el iglú hasta la estación espacial, pasando por las casas de ladrillo y cemento como esta.

—Bueno, y todo este rollo ¿qué significa?

—Significa que a la hora de estudiar al ser humano, y sin salirnos del ámbito científico —precisó Agustín—, las categorías que usamos para describir la vida animal no son suficientes. Tenemos un cuerpo, sí, pero, fíjate en nosotros: aquí estoy enganchado por un tubo a un bolsa acuosa donde hay diluida una medicina; mañana nos pincharán para analizar el estado de nuestra sangre; estamos tumbados sobre un colchón elástico y respirando un aire que limpian unos filtros. Prácticamente no hay nada en nuestra vida corporal que no haya sido transformado por la cultura. Si nos hubiésemos roto la pierna en plena selva, en un par de horas algún depredador hubiese dado cuenta de nosotros. Aquí, sin embargo, nos están recomponiendo (más o menos). Esto para empezar.

—¿Pues qué sigue entonces?

—Sigue que eso que llamamos cultura, y que podíamos llamar “forma de vida humana” es algo que no solo se va inventando, sino que se transmite. Yo aquí, ahora mismo, estoy empeñado en transmitirte un pequeño trozo de cultura que se llama Filosofía, y maravíllate: estoy usando un instrumento de que me ha dotado mi propia cultura: el lenguaje hablado que compartimos; y tú me estás iniciando en otro gran continente de la cultura, que se llama Gastronomía.

—¡Ole!, gracias por el piropo… Pero no entiendo qué problema hay en que toda esa “cultura” haya salido de nuestro cerebro…

—Lo plantearé de otro modo —se animó Agustín—: ¿Qué sentido tiene que la evolución haya creado una especie que monte su vida entera en escapar a sus limitaciones naturales?... Una especie que vive más en un mundo artificial y simbólico que en un mundo natural…

—¿"Simbólico"? —inquirió Tomás.

—Lingüístico, quiero decir —titubeó Agustín.

—Bueno, bueno, ¿qué me preguntabas?

—¿Qué sentido tiene, digo, que no podamos vivir naturalmente en el mundo natural?

—Dímelo tú.

—Pues sin dudad significa que este mundo natural se nos queda corto, porque de hecho no somos “seres naturales”… Sin embargo, —prosiguió Agustín, que estaba en racha—, aceptemos el punto de vista científico. La ciencia nos informa de que muchas, pues, son las singularidades de la especie humana, suficientes para convencernos de que hay un cambio cualitativo con la aparición de esos homínidos parlantes sobre la superficie de la tierra; pero, esto que afirma la ciencia no nos es suficiente, porque no alcanza la radicalidad de lo que teníamos descubierto. ¿Entiendes adónde apunto?

—Me temo que a nuestra tierra firme, ¿no?, a la situación inicial…

—Exacto —sonrió Agustín—. Lo que nosotros hemos descubierto no es otra nueva modalidad de la realidad natural, sino una realidad nueva.

—Pero insisto —trató de aclararse Tomás—, ¿no puede haber ocurrido que esa capacidad tuya de darnos cuenta, no puede haber ocurrido que eso surja en un momento dado de la propia evolución?... De repente, un animal es capaz de darse cuenta de que existe y todo eso.

—Vamos a ver, Tomás, ¿cómo te he llevado yo de bruces a tu despertar?... ¿Por medio de teorías, o haciéndote experimentar por ti mismo cuál es tu realidad inmediata?... Si tu realidad inmediata la puedes agarrar por ti mismo, ¿a qué necesitas teorías sobre cómo surge si tú puedes sostenerte con fuerza en su inmediatez?

—Me pierdo. No te pongas poético que no te entiendo.

—Te estoy diciendo que tú puedes experimentar por ti mismo que no eres una cosa, que eres una realidad diferente que consiste en darte cuenta de la realidad y sentirte lleno de realidad, más aún, de tu propia realidad. A eso lo hemos llamado ser persona. Y te digo que, si la ciencia te muestra que tú eres un animal de una especie singular, sigue quedándose en un plano inferior a lo que tú, por ti mismo, has descubierto. Ser persona es otra dimensión comparado con ser una cosa-animal-superior. Y no es que yo me invente esta verdad, sino que me he esforzado por que sientas tu propia persona por ti mismo.

—Pero, ¿cuándo la siento?

—¿Es que tenemos que volver al principio?

—Pero, hombre, si a lo mejor estoy como al principio —protestó Tomás.

—¿No dijimos que nuestra vida era un continuo ir y venir entre los ratos en que vivimos y los pequeños instantes en que nos damos cuentas de ello? ¿No dijimos que esos “despertares”, esos momentos en que volvemos en sí del sueño de la vida, constituían la situación inicial de la Filosofía? ¿Y no acabamos concluyendo que ese “despertar” era la experiencia inmediata de nuestra realidad personal, que no era cosa, sino algo nuevo e irreductible a cualquier cosa? ¿No lo dijimos?

—Algo sí recuerdo de todo eso —aventuró Tomás, inseguro.

—Pues este es el camino de la Filosofía, por donde estás dando tus primeros pasos —dijo Agustín enfáticamente, para concluir de alguna manera.


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