los otros
—Esta noche —dice Agustín— tenemos que intentar otro descubrimiento.
—¿Otro más? —se asusta Tomás.
—Otro. Semejante en importancia al que sobre el cuerpo logramos el otro día.
—¡Hombre!... Descubrir que tenemos un cuerpo no parece una cosa como para salir dando voces por las calles...
—La cosa asombra menos por la maldita costumbre: ¡a todo nos acostumbramos, incluso a tener un cuerpo!
Se rió aquí Tomás del enfado de su maestro.
—Esa sí que es buena, Agustín; pero es que nosotros estamos ahora algo averiados... ¿Qué me dices de un cuerpo saludable?... Si pudiera estar yo ahora dándome un chapuzón en la playa y braceando entre las olas...
—En eso dices verdad, pero contén un poco tu imaginación o te me escapas.
—No me importaría... Aunque se me está llenando la cabeza de recuerdos y hasta se me han saltando las lágrimas. Así que prosigue con la lección... ¿Qué tengo hoy que descubrir?
—Pues, por decirlo brevemente, me tienes que descubrir a mí.
—Hombre, difícil descubrimiento: ahí te tengo todo el rato.
—Has dicho bien. En tu realidad personal siempre has estado enfrentado (y lo digo sin ánimo belicoso) a otras personas. Primero, cuando eras niño, tenías delante a tus padres, a tus amigos de infancia; luego has tenido enfrente a tus amigos de juventud, a tu novia, a tus compañeros de trabajo, y, por último, a mí mismo, aquí en nuestra habitación. No ha habido tiempo alguno de tu vida en que no hayas estado referido a otras personas... ¿No te parece asombroso?
—¿Asombroso, por qué?
—Pues, sencillamente, porque ser persona significa tener una dimensión abierta hacia otras personas. Imagínate un náufrago, situación casi peor que esta en que estamos, si es que no estamos propiamente naufragados; pero imagínate un náufrago. Aparentemente, vive en soledad, sin embargo su vida sigue estando referida a las personas: en sus recuerdos y esperanzas sigue vinculado a las personas.
—Oye, espera —le replicó Tomás—. Que yo sé bien lo que es estar solo. Hay muchos momentos al día en que estamos solos, incluso aquí en la habitación puede uno llegar a sentirse solo.
—Pero eso te pasa porque tu vida religiosa no debe de ser muy profunda —contestó Agustín inopinadamente.
—Anda ahora con qué me sale este.
Y era cierto que Agustín no tenía en mente tratar el tema religioso, pero, de pura impaciencia, se le trastocaron los planes.
—Anda este —seguía diciendo Tomás—. Ahora qué pasa, que de filósofo te vas a meter a predicador, ¿o qué?
—No, perdona. Hice ese comentario sin querer salirme de la Filosofía. Lo que quería decir es que la experiencia de la soledad es decisiva, pero tiene sus pegas, y esa era una: imagínate una persona que tenga muy presente a Dios; cuanto más presente lo tuviese más difícil le sería sentirse solo aunque estuviera en un desierto. De verdad que en ese sentido lo dije, como una objeción, una pega, al mito de la soledad. No obstante, al plantear la situación inicial de la Filosofía, tal como hasta ahora la hemos planteado, está claro que es una experiencia íntima, personal, y en ese sentido sucede en soledad.
—Vale por las explicaciones. Pero todavía no me has contestado: a veces yo me siento solo, aun estando rodeado de gente, ¿qué ocurre entonces con nuestro nuevo descubrimiento?
—¿Te refieres a que siempre estamos referidos a otras personas? —precisó Agustín.
—Dilo como quieras.
—Pues el hecho de que puedas llegar a sentirte solo, lo que significa es que, aunque una de tus dimensiones personales sea la que te pone en contacto con otras personas, tu propia persona no podría quedar reducida a, por decirlo así, una serie de relaciones sociales. Tú no eres una célula de un organismo gigante que fuese la sociedad. Siempre hay un fondo tuyo, íntimo, que tú posees en exclusiva: tu fondo personal. ¿Entiendes?
—Más o menos.
3 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Ese fondo personal sirve para no sentirse solo. ¿verdad?
Un saludo.
La soledad hay que sentirla inevitablemente: ¿acaso puede vivirse sin sentir dolor?
Pero efectivamente, la existencia de ese fondo personal (creo yo) es la puerta hacia cierta plenitud personal que aniquilase la soledad.
Un saludo cordial.
Gracias por la visita. He visitado tu blog ferroviario. Un poco de prisa, porque las vacaciones también tienen su estrés...
Inevitablemente vinculados al resto, pero cierto es que siempre tendremos un rincón egoísta (y que viva el egoísmo) en el que estemos totalmente solos.
Un saludo.





