vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que...
Tal vez ha llegado el momento de profundizar en el espesor íntimo de la vida de Agustín. Nuestro profesor tenía como hazaña intelectual el no haberse unido al corrillo de los insensatos; es decir, creía en Dios, y no en términos de un vago deísmo, sino que era creyente cristiano. Ahora bien, su vida encamado, dura prueba, su falta de lectura por las gafas perdidas, y, por qué no repertirlo, la trágica dinámica del dolor (teñido a veces de miedo, como ocurre con los niños), todo ello había reducido sus prácticas piadosas a unos pocos padrenuestros, avemarías y glorias desperdigados a lo largo de sus jornadas. Sin embargo, su meditación de fondo sí que estaba marcada por la experiencia de la presencia de Dios, la mayor parte de las veces en modos abismáticos (si es que esto puede llegar a entenderse).
Con todo, lo decisivo era que, como ocurre con tantos cristianos corrientes, el trato con Tomás estaba lleno de sentido espiritual. Tomás era su prójimo más próximo, y no había en Agustín, en aquella reclusión hospitalaria, mayor alegría que sus conversaciones; no tanto por cumplir la obra piadosa de enseñar al que no sabe, como por la cercanía de la otra persona, la imagen más cercana de Dios que se le ofrecía a su dolorido sentir.
Conviene también aclarar algunos antecedentes de este encuentro hospitalario. Agustín, lo apuntamos al principio, estaba a punto de cumplir sesenta años. Viudo desde los cincuenta, con un hijo que se había establecido en Norteamérica, había dado meses atrás en un deseo, que le atormentaba como una tentación: morirse pronto. Le parecía que, si, en definitiva, después de esta vida nos espera una mejor, ¿por qué no desear que esta se abrevie?; algo así decía el tradicional “muero porque no muero”. En la ingenuidad del planteamiento se veía el desamparo de este profesor, encarrilado hacia la jubilación anticipada, bregando con revoltosos adolescentes en sus clases de Filosofía... ¿Qué le quedaba por hacer en la vida? Largos años de docencia le habían alejado de las ilusiones académicas. (Cuando empezó de joven, aún se creía con fuerzas para redactar un manual mejorado; ahora comprendía que el manual es un enésimo recurso, y que no tiene que ser perfecto, con tal de que ayude a dar la clase).
Fue en esa situación cuando sobrevino el desgraciado atropello y fractura.
3 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Curioso, la filosofía no ha ayudado a este hombre a tener ánimos de vivir. El desasosiego es patrimonio de la humanidad. Supongo que el camino habrá tenido menos chinitas pero se le han clavado igual que al resto. A veces nos hacemos ideas no acertadas sobre la vida de los otros.
POr cierto Ube, voy a comenzar unos "cuadernos" sobre los nueve libros de la HIstoria de Heródoto. Espero que te pases y que te gusten.
Besos Mil.
Apple:
Gracias por tu visita.
Tal vez solo sea la depresión pre-jubilación...
Pero es cierto que la filosofía no puede ser una preparación para la muerte, ¡tiene que renovar las ganas de vivir!
Voy a ver qué estás preparando en tu blog...
Un beso.
Uberri, acabo de ver en los archivos todo lo que tienes escrito. Me lo voy a tomar con calma y espero que la muerte no me alcance en el camino, porque todavía no he entrado en la etapa de "muero porque no muero".
Un beso





