libertad
La recuperación de Tomás se estaba acelerando, por lo que el profesor tuvo que imprimir un ritmo decisivo a sus lecciones.
—Todo lo que sea dar un carácter abstracto a la situación primordial es confundir las cosas —insistía Agustín en esta forma de expresarse, que malamente conectaba con Tomás—. La situación inicial no es algo que haya que ir a buscar a un ultramundo —proseguía Agustín en vena—, sino que nos sucede continuamente en nuestra vida. Diríamos así que vivir tiene dos momentos: vivir sin darnos cuenta y darnos cuenta de que vivimos. Y, al darnos cuenta de nuestra vida, nos damos cuenta, primero, de que la vida nos está pasando, o dicho más dramáticamente, que la vida se nos pasa. La vida se está pasando y hay que ir haciéndola minuto a minuto... Aquí hay algo importante que quería comunicarte: la vida que descubro, al descubrirme como realidad, ese transcurrir de mi realidad, se me manifiesta como vida por vivir, y en cierto sentido, vida por hacer. Ahí radica el magno problema de cada hombre. ¿Entiendes?
Tomás, que se había distraído arrastrado por sus imaginaciones, ¡frescas imaginaciones de la anunciada libertad!, volvió su atención a la cadencia monótona, casi hipnótica, de su compañero, y cayó en la cuenta de que no le había estado atendiendo.
—¿Que si te entiendo? Apenas puedo seguirte y me preguntas si te entiendo... ¿Por qué no me haces preguntas?
—Sí, perdona, es que se me va un poco la cabeza —se disculpó Agustín.
—Venga, pregunta.
—Vale, lo intentaré —con voz de estar haciendo un esfuerzo—. A ver..., te pregunto: ¿en qué consiste nuestra vida en este momento?
—¿Nuestra vida?... Pues en esperar a que se haga de día, en charlar un rato hasta que nos durmamos: en eso consiste nuestra vida.
—Entonces estás diciendo que, para vivir, necesariamente tenemos que estar haciendo algo.
—Hombre, pues no. Podíamos quedarnos tranquilamente sin hacer nada.
—Pero, en tal caso, lo que estaríamos haciendo sería un dulce “hacer nada”, una manera muy peculiar de estar viviendo, ¿no?
—Hombre, si lo quieres ver así, pues sí.
—De manera que entonces, Tomás, estás de acuerdo en que, para vivir, necesariamente hay que estar haciendo algo.
—Vale, de acuerdo; y mejor si es no hacer nada.
—Eres cabezota hasta el final. Bien. Aceptado, pues, que vivir sea necesariamente un estar haciendo algo, ahora te pregunto: ¿estamos obligados a hacer lo que hacemos?
—¿Qué quieres decir?
—Que me digas de qué depende el que ahora estemos hablando y no callados.
—Hombre, pues de que nos hemos puesto a hablar.
—Pero ¿por qué?
—Pues porque nos ha dado la gana.
—Quieres decir —precisó Agustín— que hemos decidido ponernos a hablar, igual que podíamos haber decidido estarnos callados.
—Pues claro.
—Y ¿cómo saber que lo hemos decidido, perdón, cómo sabes tú que lo has decidido, que tienes capacidad para elegir, es decir, cómo sabes tú que eres libre?
—Joer, hay que ver cómo te comes el coco... Nos hemos puesto a hablar y punto.
—Pero, insisto, ¿cómo sabes tú que tus acciones son libres?
—Joer, porque está claro: yo puedo seguir hablando o callarme de una vez. ¿Es que tú no puedes hacerlo?
—Vale, no te enfades. ¿Puedo seguir preguntado?
—Pfff.
—Tomás, vamos a plantear el problema desde otro punto de vista. Pensemos en un perro que corretea libremente por el campo. ¿Te parece que podrá también echarse a descansar cuando le apetezca?, ¿no crees tú?
—Está claro: en cuanto encuentre un hueso y una buena sombra.
—De acuerdo. Parece, pues, que el perro también puede elegir entre correr o tumbarse.
—Eso parece —confirmó Tomás con paciencia.
—Bien, y yo te pregunto: y si le apeteciese volar, ¿podría elegir volar?
—Hombre, eso es imposible: un perro podrá correr y saltar, pero no tiene alas para volar, a no ser en los dibujos animados...
—Perfecto. Estás respondiendo bien. Sigamos: entonces un perro sólo puede hacer lo que su especie le permite, ¿estás de acuerdo?
—Pues claro.
—Y en todo caso, nunca puede elegir dejar de ser perro, o, dicho de otro modo, siempre tendrá que elegir seguir haciendo su vida perruna.
—Eso parece —aceptó Tomás con desconfianza.
—Pero la vida perruna ya está determinada por los instintos de su especie, quiero decir, un perro no tiene nada que inventar: la vida perruna ya se la dan hecha sus instintos; con tal de que se ponga a vivir, ya está haciendo su vida de perro: buscar huesos, olisquear a otros perros, irse de perras, tumbarse, volver a buscar huesos, y así toda la vida. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, claro, su vida de perro.
—Y ahora te pregunto: ¿crees que con nosotros pasa igual o es de otra manera?
—Pues supongo que ocurre igual; lo único que la vida del hombre es diferente a la vida del perro.
—Pero en qué sentido, porque me interesa precisamente esa posible diferencia: ¿es que la vida del hombre se puede describir como la vida de un animal?
—Pues supongo que sí. ¿Dónde está la diferencia?
—Tratemos de entenderla —le animó Agustín—. Abramos los ojos sobre nuestra propia situación. Tú mismo: ¿por qué sigues ahí en esa cama?... Por lo que veo tu pierna ya te permite ir de aquí para allá cojeando; ¿no sería lo natural que te levantases y te fueses a tu casa?
—Hombre, qué fácil. Pero estoy aquí porque el médico tiene que darme el alta.
—Pero eso puede significar que tu vida no se rige por impulsos naturales, es decir, que tu vida no es puramente instintiva.
—Hombre, y también un perro puede estarse quieto si su dueño le manda estarse quieto.
—Ya, pero ahí se trata de un perro domesticado, adiestrado para obedecer una orden de su amo. Pero aquí, ¿quién te ordena que permanezcas aquí encerrado?
—Hombre, me lo ordeno yo mismo, si quiero curarme.
—Pero si te lo ordenas tú mismo entonces no te lo ordena tu especie; luego tus acciones no se pueden explicar como las acciones del perro.
—Vale, me estás liando. Está claro que yo no soy un perro, que yo actúo por razones un poco más complicadas que hacer lo que simplemente me apetezca.
—Bien, eso mismo creo yo. Por ello afirmo que el perro no puede elegir, es decir, no puede hacer otra cosa que vivir su vida perruna; en cambio, cada uno de nosotros, para vivir nuestra vida humana, continuamente tenemos que elegir qué vamos a hacer. Dicho de otra manera, si nosotros somos libres, el perro no lo es.
Se estuvo en silencio y luego añadió:
—Aún más, nuestra realidad es otra que la del perro, y, para nosotros, llegar a vivir como animales sería perder nuestra realidad personal...
—Mira —le interrumpió Tomás——, para mí vida perruna y vida humana siguen siendo prácticamente lo mismo: las dos acaban con la muerte.
Agustín se quedó callado de golpe.
—En el fondo tienes razón —dijo por fin—. Porque ¿de qué me sirve elegir una vida de hombre si al final la ganancia es la muerte? Tal vez necesitamos otra noción de libertad que nos permitiera ganar nuestra vida más allá de la muerte.
—¿Qué libertad?
—Tal vez aceptar un orden a cambio de una promesa, que la elección fundamental fuese una aceptación, un sí —añadió de manera enigmática—. ¿No has oído decir que el que pierde su vida... la ganará?
—Eso vuelve a sonarme a religión...
4 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Recuerdo aquello de Cernuda..."Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien"...Un saludo.
hola uberri,creo que es primordial darnos cuenta que vivimos
un beso
Wene: muy certera la cita de Cernuda.
Abril: la vida es un don maravilloso.
Besos virtuales.
Por cierto Ube, corrigiendo lo corregible, me percato de lo que mi profesora de literatura llamaba dequeismo y que ella odiaba fervientemente. Yo lo aplico a todo.





