carne de membrillo
Por fin llegó el día en que le dieron el alta a Tomás. El joven llamó a su madre por el móvil, y empezó a recoger sus cosas canturreando. Entretanto no dejaba de animar a su compañero de cuarto, que, aunque algo mustio, llegó también a alegrarse.
—¡Vamos, Agustín!, que esto se acaba, que esto no dura siempre. ¡Ánimo, hombre!
Antes de que trajeran la comida, llegó la madre para ayudarle a bajar las cosas. Y listos para abandonar la habitación, Tomás se acercó hasta la cabecera del enfermo para despedirse, y le dijo con cariño:
—Profesor, ya vendré a verle para continuar con nuestras clases. ¡Ánimo, hombre!
Salieron por fin la madre y el hijo, y se les oyó alejarse por el pasillo. La habitación quedó como vacía. Las auxiliares entraron y dejaron preparada la cama para otro enfermo.
Esa noche al pobre Agustín se le saltaban las lágrimas. Poco le costaba darse cuenta de su nueva situación. Su pensamiento volvía una y otra vez sobre el tema que le obsesionaba. Sí, era cierto que vivir es un continuo ir y venir entre nuestra vida que pasa sin pensar, y aquel darnos cuenta de que vivimos: nos despertamos de nuestra propia vida a nuestra realidad personal. Pero esa realidad personal no sólo se manifiesta insondable, sino que se nos revela falta de plenitud, y es entonces cuando la Razón, que nos permite ese despertar, parece como si se transformase en otro saber más seguro: la fe que nos lleva a encarar esa realidad y decir, como nos enseñó aquel Jesús en su oración milagrosa:
—Padre Nuestro...
Ahora sí que el lenguaje conseguía trascender hacia la plenitud de realidad...
A la tarde siguiente, a la hora de las visitas, se presentaron felices Tomás y su madre a agasajar al viejo profesor.
—Agustín —le decía su fugaz discípulo—, te hemos preparado una maravilla: carne de membrillo, un milagro de la química casera.
Y sacando un táper, lo abrió mostrando su tesoro: un lingote de membrillo dorado que esparció su dulce aroma por la habitación del enfermo. Los ojos de Agustín se iluminaron.
—¡Hay que catar esta delicia! —le dijo Tomás animándolo.
Y sacando la madre un cuchillo del bolso, cortó una gorda lámina de aquel manjar de dioses, y se lo pusó a Agustín delante de los ojos:
—Ande, pruébelo.
Agustín sonrió como un niño, alargó su mano descarnada y tomó la porción de membrillo con sus dedos. Entonces la mordió y la dulce golosina estalló en su paladar con una fruición inefable.
—¡Dios mío —exclamó—, qué bueno está! Me sabe a gloria.
Esa noche Agustín sintió por vez primera un deseo real de salir de su dolorosa postración. Decidió que ese próximo verano viajaría a Estados Unidos a visitar a su hijo. Fue una emoción tan intensa que los ojos se le llenaron de lágrimas y estuvo a punto de incorporarse y saltar de la cama. Ahora sí que tenía una razón para curarse y recomponer su cuerpo roto. De hecho, no podía entender qué sentimiento tan confundido había habitado dentro de él que no le permitió llegar antes a esa certeza: no era esperando la visita de su hijo como se salvaría, sino saliendo él a su encuentro.
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Hola. He entrado en tu blog porque he visto un paisaje muy bonito aunque no sé dé dónde es porque soy un poco idiota.
Soy nuevo en librodearena y por eso todavía no tengo amigos aquí. Quería saber si te puedo poner en mi lista de amigos para estrenarla que está muy vacía y si tú me pondrías en la tuya, porfa, porfa, porfa...
Tú texto no lo he leído porque es muy largo pero seguro que es una maravilla.
Ya me dirás algo, ¿vale?
Un besi





