Libro de Arena
Login

GREETINGS

METANOVELA

la luz del cirio

A mediados de verano visité la vieja fábrica de papel de mi familia para comprobar si sus muros se mantenían en pie, pues habíamos decidido venderla. No daré datos precisos sobre su ubicación para evitarles tentaciones a los okupas; pero sí merece la pena intentar una descripción general por lo inusitado del paraje: un pueblo fantasma, en realidad.

La fábrica con su chimenea, los casones aledaños, la iglesia, están en ruina técnica y cubiertos de maleza hasta el punto de que las fachadas no se perciben desde el puente. Todo este conjunto de edificios rurales ocupa el fondo de un estrecho valle del río D., entre abruptos cerrotes poblados de carrascas. El camino, por el que antaño remontaban los camiones cargados con las gigantescas bobinas de papel, es ahora una escarpada pista forestal llena de piedras.

Uno de los calurosos días del mes de julio, abandoné la carretera comarcal y me dejé caer con el todoterreno hasta el fondo del valle , intentando controlar el miedo al bosque. De pequeño, nos topamos en estas cuestas con una camada de jabalíes. Mi padre se bajó valiente del Land-Róver mientras desenfundaba el rifle, y descerrajó sobre los bichos dos tiros que atruenan todavía en mi memoria. Mató un enorme verraco que luego recogieron los hombres del pueblo y estuvo colgado de una olma desangrándose. Recuerdo el áspero tacto de sus cerdas negras tocadas por mi mano de niño: era un pelaje duro como el alambre. Y sus afilados colmillos colgaron desde entonces enmarcados en el salón de casa, como un trofeo familiar.

La fábrica, no lo he dicho todavía, surtió de papel a la Casa de Moneda y Timbre desde principios del siglo XX. De allí salieron todos los billetes manoseados de nuestra historia anterior al euro. Se canalizó el río para hacerla autosufiente mediante una central eléctrica. Y todavía queda la vieja maquinaria alemana con la que se podría montar un museo: el generador, las mezcladoras, las bobinadoras. La madera para hacer la pasta de celulosa se traía de lejos; en fin, nunca entendí bien por qué se emplazó en este valle este engendro de la revolución industrial, que compramos a precio de saldo. Falta decir que se construyeron casonas para alojar a los obreros, y se les edificó una iglesia y una escuela. El pueblo llegó a tener su propio alcalde.

En la verja metálica que cierra el paso a la altura del puente, un cartel avisa de la presencia de perros peligrosos. Y los hubo en efecto. Pero la fábrica lleva una década absolutamente abandonada. El último guardián se ahorcó colgándose de una viga, y ya no se contrató a nadie. Se retiraron los perros y se cercó la entrada con valla metálica.

Dejé el todoterreno junto al puente y me colé por un costurón de la verja. Eran las cuatro de la tarde y caía un sol de justicia. Había comido en el pueblo de S., y aprovechando la hora de la siesta me había desviado hasta nuestra propiedad. La naturaleza entera parecía haber caído en un sopor invencible, salvo las enloquecedoras chicharras, cuyo canto acentuaba la soledad del paraje.

Caminé a pleno sol en dirección al caserío cubierto por la maleza. Reconozco que se iba apoderando de mí un miedo infantil. De uno de los arbustos del camino, desgajé una fuerte vara de dos metros, la desbrocé con las manos y, armado con ella, me sentí absurdamente seguro. Matagatos llamábamos a estos palos de niños; aunque lo que me fabriqué esta vez bien parecía un matalobos.

Llegué al pueblo tomando las precauciones de un comando. Si alguien pudiera verme, se reiría a gusto; pero la soledad deshabitada del lugar me tenía atemorizado. Cruce hasta la plaza y me planté ante la iglesia, con su fachada de ermita y su campanil inútil. Fascinado por la sensación de abandono, traté de imaginar aquel rincón poblado de gente: ¿qué niños habrían pasado allí su infancia, que ahora, de viejos, añorarían aquellas ruinas como un paraíso?

Forcé el portón a empujones, dejé mi arma y, franqueando la entrada, me acerqué entre los bancos llenos de telarañas hasta el altar en penumbra. Como si el abandono del pueblo se hubiese producido de forma precipitada, una vestidura sagrada estaba caída a los pies del altar y un gran misal permanecía abierto sobre el ara con las páginas llenas de polvo. No se veía ningún objeto valioso. Pronto comprendí que alguien había usado las ropas y el misal para una escenificación burlesca, pues había pintadas en las paredes.

Soplé sobre el misal abierto y una densa nube de polvo testimonió con su turbulencia los años de abandono. Traté de leer, pero la luz que se colaba por los ventanales se había ido apagando.

De nuevo me asusté. Salí afuera de la iglesia y comprobé que, por cima de los cerros, las nubes se estaban amontonando y que una tormenta de verano se me venía encima.

Sentí miedo físico. La piel se me puso de gallina. Me aterró la idea de quedarme aislado en aquel pueblo fantasma; pero en vez de correr hacia el auto, absurdamente retrocedí adentro de la iglesia, hasta la sacristía. Allí los signos del saqueo eran evidentes, los ropajes y las cajoneras estaban destrozados por los suelos. Rebuscando encontré un pedazo de cirio. El tacto de la cera me trajo lejanos recuerdos de noches de tormenta en que se iba la luz en la casa del pueblo y se encendían las velas, como un descenso a la noche de los tiempos.

Apenas si nos percatamos de que una de las ventajas de ser fumador es que llevamos mechero: somos los últimos portadores del fuego. Llevé el cirio hasta el altar, lo despabilé y lo encendí con la llama del mechero. La luz titubeó, parpadeó confusa pero luego se fijó y creó un ámbito cálido en torno, en medio de aquella penumbra oscurecida. Volví a tratar de leer lo escrito en el libro; soplé con fuerza de nuevo y levanté otra nube de polvo. Ya se vislumbraban con claridad las letras a la luz del cirio encendido.

Entonces sentí horrorizado que la luz fluía del cirio cobraba una extraña intensidad; más aún: giraba descompuesta formando un cono de haces luminosos, como lenguas de fuego, cuyo vértice nacía en la llamita del cirio. ¡Y se fue apareciendo ante mí un misterioso ser como si se corporeizara descendiendo de ese cono de luz! Tenía un rostro adolescente, de ojos azules; su cabello rizado era dorado y brillante, como rubios cabellos al sol. Y estaba desnudo ante mí, pero a la vez no desnudo, pues su piel sedosa recubría sin vello ni esfínteres su entrepierna asexuada.

-Es un ángel -dijé pasmado para mí.

Él me sonrió y comprendí de golpe que era capaz de leer mis pensamientos. Se había sentado sobre el altar polvoriento, con una suavidad flotante.

-¿Quién eres? -me atreví a balbucir en voz alta.

Y sin darle tiempo a responder, instintivamente acerqué mi mano para tocarlo, para comprobar su realidad. ¡Pero al tocar su piel un bostezo enorme me embargo, como si se apoderase de mí un pesado sueño! Retiré la mano sobresaltado, sobreponiéndome a aquel sueño repentino, y, como una certeza, supe que era un ángel niño, que se había caído por un cono de luz.

La tormenta empezó a retumbar en el valle. Los truenos estallaban con violencia en las nubes y retumbaban monte abajo como si rodasen enormes pedruscos sobre las casas del valle; pero mi terror se había desvanecido.

Comprendí que no tenía sentido hablarle a un ángel niño de cosas de mayores y me puse a contarle la historia legendaria de aquella fábrica de papel, supliendo con mi imaginación la ignorancia de aquella hazaña hasta convertirla en la gesta de una raza de conquistadores. Me atendía cautivado, sonriente, mirándome sorprendido con su pacífica mirada celeste. Le conté ilusionado mi sueño hasta perder la noción del tiempo.

Ocurrió entonces que la luz del cirio se apagó de improviso, y aceleradamente busqué en mis bolsillos el mechero. Lo hice lo más rápido que pude, pero al encenderlo de nuevo me hallaba solo en la iglesia en ruinas.

También en el exterior la tormenta se estaba disipando y ni siquiera había llegado a descargar sus torrentes de agua renovadora. Salí afuera. El sol volvía a castigar el valle con su resplandor abrasante. Caminé errabundo hacia el todoterreno. Aturdido, sí, pero feliz, sin miedo.

Nota para el desencanto.- He querido desarrollar de otro modo (más ingenuo) la idea que me permitió inventar una “leyenda urbana” para el blog de Bea. Me permito copiarla aquí para contraste:

Tuve un amigo hace mucho tiempo (ya le perdí la pista) que nos metía el miedo en el cuerpo (tal vez sólo estaba un poco loco). Una de sus creencias era que el ángel de la muerte usaba la luz de las bombillas para entrar en las habitaciones. Creía que se descolgaba girando por el foco luminoso. Así que cuando, en aquellos tiempos de trasnochadas estudiantiles, llegaba la hora de encender la luz artificial, lo veíamos refugiarse amedrentado en un rincón. Y al mirarlo allá escondido, su rostro reflejaba una angustia tan verdadera, que sentías un escalofrío. Y cuando te quedabas solo en la habitación, mirabas la bombilla y querías apagarla cuanto antes.


6 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Pilar 18 Agosto 2007 | 09:23 AM

Preciosa historia,Uberri.Que fascinacion me producen las casas abandonadas

lo dijo uberri 18 Agosto 2007 | 09:28 AM

Pilar:

Gracias por tu lectura.

Leí también tu último poema, y no supe más que dejarte un beso en el post de tu retrato.

lo dijo lala 18 Agosto 2007 | 09:52 AM

Hola, me ha gustado. Saludos!

lo dijo uberri 18 Agosto 2007 | 02:23 PM

Gracias, lala.

lo dijo abril 19 Agosto 2007 | 04:29 PM

jo uberri que bien escribes,que envidia (sana)

un beso

lo dijo uberri 20 Agosto 2007 | 07:05 PM

Un beso, abril.

Comenta!