Libro de Arena
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GREETINGS

METANOVELA

un amor renovado

Veraneo en Madrid (aunque pueda parecer ridículo)… Durante la primera quincena de agosto, mi hermana y familia (cuñado y dos sobrinitos) alquilan un apartamento en la playa; y yo ocupo su piso de Moratalaz (que tengo que dejar tan limpio como lo encontré, baño incluido). Mi trabajo en la serrería tampoco da para demasiadas fantasías viajeras, y Madrid me ofrece sus tesoros (con aire acondicionado). Por las mañanas, me levanto temprano y recorro los museos con mi bloc de dibujo, mis carboncillos y mis pinturas de pastel. (A los cuarenta años… ¡todavía aprendo!…). Un ciento de cuadros, pues, por las mañanas y por las tardes me desfogo en la piscina municipal. Lo que me gastaría en un crucero, me lo gasto en la casa de comidas.

Madrid es además el metro. Año tras año me reencuentro con aquel mundo subterráneo, que para mí permanece inalterable. Subo al vagón, observo a los casuales viajeros y es como si mi vida pasada se reanudase sin transición: soy otra vez el estudiante que tomaba el metro por las mañanas… Todos los metros de mi vida se unen formando un continuo más real que mi vida cotidiana.

Estos blocs (bloques de rumor, los llamo yo) llenos de bocetos, de fragmentos copiados de cuadros (¡me fascinan los rostros de Goya; tendré un centenar de ellos!), van quedando archivados año tras año como esos álbumes en los que las familias felices archivan sus fotos veraniegas. Y en las horas bajas (cuando regreso sombrío del taller con la sensación de haber fracasado en la vida), los vuelvo a abrir en mi intimidad y sus imágenes me justifican y me reconcilian con la soledad.

Aquella mañana (se terminaban ya mis últimas vacaciones madrileñas), me subí al metro en Artilleros para bajarme en Banco y caminar hasta el Museo del Prado. No suelo tomar apuntes que no sean copias de cuadros, pero el tren tardaba (es agosto para todos) y la estación estaba vacía; así que me senté en un banco, saqué el bloc de la mochila y esbocé las líneas de un rostro siguiendo el contorno de la imagen de un anuncio en la pared.

Pronto llegó el vagón y guardé todo precipitadamente, pensando que tal vez era hora de comenzar a pintar la realidad. Tan satisfecho (tan vanidoso) quedé con aquel rápido apunte. Quizá ya había tomado suficientes lecciones de los maestros pintores como para asomarme por mí mismo al mundo real.

Ensimismado en mis inciertas posibilidades artísticas, no era consciente ni de por qué estación iba. “Próxima estación: Sainz de Baranda; correspondencia con la línea seis”, dijo la voz grabada. Paró después el tren, se abrieron luego las puertas y… ella entró en el vagón.

Hacía más de veinte años que no la había vuelto a ver, pero la reconocí al instante: era Mari, mi novia de los dieciocho años. Su manera de quedarse parada, de situarse entre los viajeros del vagón; sus gestos estaban asombrosamente guardados en mi memoria que se renovaba al contemplarla. Me acerqué. Los otros pasajeros volvieron los ojos hacia la escena que íbamos a componer…

-Hola, Mari; ¿te acuerdas de mí?

Ella me miró asombrada y de pronto su rostro se iluminó:

-Pero, bueno, ¡si eres Juan!

Sonrientes nos dimos un par de besos en las mejillas.

-¡Si casi te has quedado sin pelo! -continuó ella risueña-, y estás echando barriga…

-Tú en cambio no has cambiado: eres la misma…

-No digas tonterías -se río con felicidad.

A decir verdad, su rostro (un tanto somnoliento) no ocultaba sus años, pero yo sentía como si su belleza se hubiera serenado. Sus ojos, en especial, me parecieron llenos de vida.

-Ay, me alegro tanto de haberte encontrado -me decía-, ¿por qué no tomamos un café? -eran las nueve de la mañana-… Me bajo en la siguiente, ¿vas con prisa?

Bien. Eso es lo grande de las vacaciones: que no tenemos obligaciones.

-No tengo ninguna prisa -aseguré-. Si quieres me bajo contigo y tomamos un café…

-Fenomenal -sonrió feliz.

Yo también me sentía feliz de haberla encontrado, de volver a experimentar su presencia guardada durante tantos años en la memoria. Feliz de irla reconociendo hasta en sus mínimos gestos. Feliz de volver a oír las modulaciones de su voz, sus giros al hablar, como ese “fenomenal” que no oía desde entonces…

Abrió su bolso, sacó un móvil (¡ese gesto sí era nuevo!) y lo apagó sin dejar de sonreírme. El tren se detuvo en la estación de Ibiza. Abrimos las puertas y salimos juntos. ¡aquella manera tan suya, tan decidida, de andar también afloraba de mi memoria al contemplarla!

Subimos en silencio las escalerillas eléctricas, sin dejar de andar, adelantando a otros viajeros. Se volvió sonriéndome: sentí que ella también me reconocía más allá de mi calvicie incipiente y de mi barriga de cuarentón.

Salimos al bulevar. Miré hacia los lejanos árboles del Retiro. Me gustaba Madrid. Los kioscos todavía no estaban abiertos.

-Ven, vamos -dijo ella cambiando de plan-. Vivo aquí a la vuelta, en Narváez, en un apartamento… Te invito a tomar café allí, y así conoces donde vivo…

Acepté, claro.

Entramos por un portal señorial. Subimos al ascensor. Luego cruzamos por un puente sobre los abismos de un patio interior y llegamos a su apartamento. Mientras nos internábamos en el edificio, no podía evitar el recuerdo de nuestro noviazgo, cuando le pedía las llaves del piso a un compañero de estudios para poder acostarme con ella. Revivía la misma sensación de aventura, como si estuviésemos subiendo hasta un cuarto secreto donde poder por fin desnudarnos y amarnos.

El apartamento era pequeño, pero luminoso y decorado con gusto y originalidad. Olía a tabaco y ambientador. La pequeña cocina se comunicaba con el saloncito por una barra, detrás de la que Mari se puso a preparar la cafetera, mientras me invitaba a sentarme en un cómodo sofá junto a una mesita japonesa. Enfrente, el televisor constituía otra novedad frente a nuestra desordenada vida estudiantil. La alcoba, con una gran cama de matrimonio, se abría directamente al salón. Me quedé allí tranquilo, mirando hacia el mueble de la tele, abarrotado de libros, películas, cerámicas y fotografías.

Mientras se hacía el café, Mari, recogiendo un poco el salón, poniendo un par de tazas y abriendo una caja de pastas, me explicaba su vida actual. Trabajaba por las noches acompañado a enfermos en los hospitales.

-¿A qué te dedicas tú? -me preguntó sin darme tiempo a comentar nada.

-Trabajo en una fábrica de parquet.

Rió de buena gana.

Abrió entonces un cajón del aparador y rebuscó hasta encontrar un bloc de dibujo.

-¿Te acuerdas de cuándo querías ser dibujante de cómics?

¡Aquel viejo bloc, lleno de mis dibujos!

-Me lo regalaste… ¿No te acuerdas?

Claro que me acordaba. Me quedé un buen rato pasando las hojas. Tiempo que ella aprovechó para ir al servicio. El café estaba listo. Me incorporé para servirlo.

Qué verdaderamente feliz me sentía con aquel reencuentro inesperado. La sonrisa continuaba alegrándome la cara y la luz de la mañana me parecía deliciosa. Se sentó por fin a mi lado, justo a mi lado, rozándome con su brazo y su pierna, con el bloc de dibujo abierto entre los dos.

-Bueno, Juan, cuéntame. ¿Qué ha sido de tu vida?

Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno sin preguntar (no quise confundirla diciéndole que en realidad yo ya no fumaba). Encendimos los pitillos. Había llegado el momento tragicómico de los grandes resúmenes vitales, en que los años de una vida se reducen a los términos de un cuento más entretenido que inteligible.

Sentí que podía ser absolutamente sincero, que podía presentar mi vida delante de ella sin falsearla. Le conté de mis dos hijos, de mi matrimonio y final separación. Tampoco le oculté mi dolor.

-¿Y tú? -dije para terminar-… ¿Qué ha sido de ti?

Creo que ella, al igual que yo había hecho, se sinceró conmigo. ¡También se había casado y separado!, pero no tenía hijos. Más que trabajar, su vida había sido una colección de trabajos.

-Solo me falta trabajar de puta- dijo sin violencia, y al pronto rió-, aunque ya seré vieja para entonces…

-¿Y qué hacer por Madrid? -preguntó para cambiar de tema.

No sin un poco de vergüenza, le conté lo de mis vacaciones en la metrópoli; y como testimonio saqué mi bloc de apuntes de la mochila.

-¡Qué feliz me haces! -exclamó abriéndolo.

Y hojeó con admiración mis bocetos, señalando los detalles que le gustaban.

-¡Qué bien pintas! -me halagó.

-He practicado un poco -comenté feliz.

Mari apenas si había dado un sorbo a su taza de café. Comprendí que se había servido por cortesía (igual que yo había fumado el cigarrillo).

-Bueno, Juan, tengo que dormir -anunció por fin-… A no ser que quieras quedarte a dormir conmigo -añadió con sencillez mirándome a los ojos.

-Preferiría no hacerlo -me disculpé yo con cariño.

-Vale, no me enfado -sonrió-. Me encanta que te sientas libre -y me besó en la mejilla.

Antes de separarnos, me preguntó si tenía móvil y, viendo que no lo llevaba encima, me apuntó el número del suyo en un papel.

Me tomó de la mano para acompañarme hasta la puerta.

-¡Que no sea esta la última vez que nos veamos! -me pidió-. Estoy tan feliz de haberte visto…

-Yo también estoy feliz.

Y con un casto beso nos separamos.

Nota.- El “preferiría no hacerlo”, evidentemente, es de Melville.


6 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo tontin13 21 Agosto 2007 | 06:48 PM

!Precioso cuento¡ Pero yo le hubiese dado otro final.

Saludos

lo dijo uberri 22 Agosto 2007 | 03:25 PM

Gracias.

A mí el final me encanta (jaja): es lo que torna maravilloso el encuentro.

lo dijo abril 22 Agosto 2007 | 04:08 PM

hola uberri,tendras que disculparme pero nunca se si lo que escribes es novela o realidad,aunque da igual,sepas que me gusta

un beso hoy si lluvioso

lo dijo uberri 22 Agosto 2007 | 04:25 PM

Como tendría que ocupar doscientas páginas en contestarte, me disculparás por no hacerlo.

Es broma.

Abril, te estaba observando. Me perdonarás esto, pero era sin malicia.

He visto aparecer tu simpático blog, tan ingenuo y sencillo (lo he leído, claro), y luego he seguido la ruta de tus lecturas, donde vas dejando esa pequeña pincelada cariñosa.

(El de Nut costaba entenderlo. Tengo que volver. ¡Menudos líos hay armados por los alrededores!...).

Ahora te contesto: es más técnica realista que realidad.

Yo creo que me hubiese dejado tentar por un viejo amor...

(Es broma también: en realidad quería pintar un modelo: me temo que soy un moralista).

Un beso.

Ahora te pondré un comentario.

Y (¡demonios!) tengo que leer de nuevo el de Nut.

(Y vine aquí de prisa para ver si había pescado algún comentario, y llevo una hora merodeando).

lo dijo abril 22 Agosto 2007 | 04:31 PM

ya sentia yo una presencia detras mio,jiji,que maloooo

lo dijo abril 22 Agosto 2007 | 04:43 PM

he ido a leer el comentario que le deje a nut,jiji.cuando mires mis post fijate mas en la imagen que en las palabras,me expreso mejor con la imsgen,las busco,las miro,las escojo con cuidado,un beso

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