Libro de Arena
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GREETINGS

METANOVELA

el panadero real

Se revolvieron hace días los fundamentos morales de Arenilandia con la cuestión de qué hacemos aquí cuando mueren cientos de personas en un terremoto o por metralla de un coche bomba. Me imagino que los arenícolas aquietarían sus conciencias corriendo al banco para ingresar un donativo en la cuenta de su ONG preferida. Si así fue, no estuvo mal. Otra alternativa (más barata) frente a estas grandes tragedias parece ser la voluntad de centrarse en lo cotidiano, que sería el ámbito propio de los blogs.

En fin, me imagino que la breve historia (aproximadamente real) que traigo hoy se mueve en un territorio intermedio entre la enfática literatura de denuncia y mis rutinas diarias. No es Perú, no es Irak: no saldrá en las noticias, tampoco es mi vida; pero tiene su pizca de injusticia y desolación. La coloreo un poco para convertirla en cuentecito moral.

Una gran Empresa nacional dedicada a la hostelería decidió, por cuestiones de su plan de calidad, examinar si su proveedor de pan era el más eficiente. En realidad, ninguna pequeña empresa tenía posibilidad alguna, pero de hecho se convocó un concurso público entre los panaderos de la comarca para que le ofrecieran sus presupuestos. Y hete aquí que un modesto panadero “se ilusionó”, creyó que tal vez le había llegado el momento de “crecer”, de convertirse en proveedor de la gran Empresa. Y el buen hombre se presentó una mañana en la Empresa cargado con sus muestras de pan, los frutos de su esmerado trabajo, porque no quería dar su presupuesto sin que antes se probase la bondad de su mercancía. Quien lo atendió -sabedor de que el concurso era un terrible paripé-, no pudiendo desengañarlo (sin acusar a la Empresa) hizo pasar al panadero a cocina con sus panes. Y el ingenuo emprendedor de este cuento vivirá unas semanas soñando esperanzado con que la Empresa lo llame, sin saber que fue un elemento impersonal en un absurdo plan de calidad.

un amor renovado

Veraneo en Madrid (aunque pueda parecer ridículo)… Durante la primera quincena de agosto, mi hermana y familia (cuñado y dos sobrinitos) alquilan un apartamento en la playa; y yo ocupo su piso de Moratalaz (que tengo que dejar tan limpio como lo encontré, baño incluido). Mi trabajo en la serrería tampoco da para demasiadas fantasías viajeras, y Madrid me ofrece sus tesoros (con aire acondicionado). Por las mañanas, me levanto temprano y recorro los museos con mi bloc de dibujo, mis carboncillos y mis pinturas de pastel. (A los cuarenta años… ¡todavía aprendo!…). Un ciento de cuadros, pues, por las mañanas y por las tardes me desfogo en la piscina municipal. Lo que me gastaría en un crucero, me lo gasto en la casa de comidas.

Madrid es además el metro. Año tras año me reencuentro con aquel mundo subterráneo, que para mí permanece inalterable. Subo al vagón, observo a los casuales viajeros y es como si mi vida pasada se reanudase sin transición: soy otra vez el estudiante que tomaba el metro por las mañanas… Todos los metros de mi vida se unen formando un continuo más real que mi vida cotidiana.

Estos blocs (bloques de rumor, los llamo yo) llenos de bocetos, de fragmentos copiados de cuadros (¡me fascinan los rostros de Goya; tendré un centenar de ellos!), van quedando archivados año tras año como esos álbumes en los que las familias felices archivan sus fotos veraniegas. Y en las horas bajas (cuando regreso sombrío del taller con la sensación de haber fracasado en la vida), los vuelvo a abrir en mi intimidad y sus imágenes me justifican y me reconcilian con la soledad.

Aquella mañana (se terminaban ya mis últimas vacaciones madrileñas), me subí al metro en Artilleros para bajarme en Banco y caminar hasta el Museo del Prado. No suelo tomar apuntes que no sean copias de cuadros, pero el tren tardaba (es agosto para todos) y la estación estaba vacía; así que me senté en un banco, saqué el bloc de la mochila y esbocé las líneas de un rostro siguiendo el contorno de la imagen de un anuncio en la pared.

Pronto llegó el vagón y guardé todo precipitadamente, pensando que tal vez era hora de comenzar a pintar la realidad. Tan satisfecho (tan vanidoso) quedé con aquel rápido apunte. Quizá ya había tomado suficientes lecciones de los maestros pintores como para asomarme por mí mismo al mundo real.

Ensimismado en mis inciertas posibilidades artísticas, no era consciente ni de por qué estación iba. “Próxima estación: Sainz de Baranda; correspondencia con la línea seis”, dijo la voz grabada. Paró después el tren, se abrieron luego las puertas y… ella entró en el vagón.

Hacía más de veinte años que no la había vuelto a ver, pero la reconocí al instante: era Mari, mi novia de los dieciocho años. Su manera de quedarse parada, de situarse entre los viajeros del vagón; sus gestos estaban asombrosamente guardados en mi memoria que se renovaba al contemplarla. Me acerqué. Los otros pasajeros volvieron los ojos hacia la escena que íbamos a componer…

-Hola, Mari; ¿te acuerdas de mí?

Ella me miró asombrada y de pronto su rostro se iluminó:

-Pero, bueno, ¡si eres Juan!

Sonrientes nos dimos un par de besos en las mejillas.

-¡Si casi te has quedado sin pelo! -continuó ella risueña-, y estás echando barriga…

-Tú en cambio no has cambiado: eres la misma…

-No digas tonterías -se río con felicidad.

A decir verdad, su rostro (un tanto somnoliento) no ocultaba sus años, pero yo sentía como si su belleza se hubiera serenado. Sus ojos, en especial, me parecieron llenos de vida.

-Ay, me alegro tanto de haberte encontrado -me decía-, ¿por qué no tomamos un café? -eran las nueve de la mañana-… Me bajo en la siguiente, ¿vas con prisa?

Bien. Eso es lo grande de las vacaciones: que no tenemos obligaciones.

-No tengo ninguna prisa -aseguré-. Si quieres me bajo contigo y tomamos un café…

-Fenomenal -sonrió feliz.

Yo también me sentía feliz de haberla encontrado, de volver a experimentar su presencia guardada durante tantos años en la memoria. Feliz de irla reconociendo hasta en sus mínimos gestos. Feliz de volver a oír las modulaciones de su voz, sus giros al hablar, como ese “fenomenal” que no oía desde entonces…

Abrió su bolso, sacó un móvil (¡ese gesto sí era nuevo!) y lo apagó sin dejar de sonreírme. El tren se detuvo en la estación de Ibiza. Abrimos las puertas y salimos juntos. ¡aquella manera tan suya, tan decidida, de andar también afloraba de mi memoria al contemplarla!

Subimos en silencio las escalerillas eléctricas, sin dejar de andar, adelantando a otros viajeros. Se volvió sonriéndome: sentí que ella también me reconocía más allá de mi calvicie incipiente y de mi barriga de cuarentón.

Salimos al bulevar. Miré hacia los lejanos árboles del Retiro. Me gustaba Madrid. Los kioscos todavía no estaban abiertos.

-Ven, vamos -dijo ella cambiando de plan-. Vivo aquí a la vuelta, en Narváez, en un apartamento… Te invito a tomar café allí, y así conoces donde vivo…

Acepté, claro.

Entramos por un portal señorial. Subimos al ascensor. Luego cruzamos por un puente sobre los abismos de un patio interior y llegamos a su apartamento. Mientras nos internábamos en el edificio, no podía evitar el recuerdo de nuestro noviazgo, cuando le pedía las llaves del piso a un compañero de estudios para poder acostarme con ella. Revivía la misma sensación de aventura, como si estuviésemos subiendo hasta un cuarto secreto donde poder por fin desnudarnos y amarnos.

El apartamento era pequeño, pero luminoso y decorado con gusto y originalidad. Olía a tabaco y ambientador. La pequeña cocina se comunicaba con el saloncito por una barra, detrás de la que Mari se puso a preparar la cafetera, mientras me invitaba a sentarme en un cómodo sofá junto a una mesita japonesa. Enfrente, el televisor constituía otra novedad frente a nuestra desordenada vida estudiantil. La alcoba, con una gran cama de matrimonio, se abría directamente al salón. Me quedé allí tranquilo, mirando hacia el mueble de la tele, abarrotado de libros, películas, cerámicas y fotografías.

Mientras se hacía el café, Mari, recogiendo un poco el salón, poniendo un par de tazas y abriendo una caja de pastas, me explicaba su vida actual. Trabajaba por las noches acompañado a enfermos en los hospitales.

-¿A qué te dedicas tú? -me preguntó sin darme tiempo a comentar nada.

-Trabajo en una fábrica de parquet.

Rió de buena gana.

Abrió entonces un cajón del aparador y rebuscó hasta encontrar un bloc de dibujo.

-¿Te acuerdas de cuándo querías ser dibujante de cómics?

¡Aquel viejo bloc, lleno de mis dibujos!

-Me lo regalaste… ¿No te acuerdas?

Claro que me acordaba. Me quedé un buen rato pasando las hojas. Tiempo que ella aprovechó para ir al servicio. El café estaba listo. Me incorporé para servirlo.

Qué verdaderamente feliz me sentía con aquel reencuentro inesperado. La sonrisa continuaba alegrándome la cara y la luz de la mañana me parecía deliciosa. Se sentó por fin a mi lado, justo a mi lado, rozándome con su brazo y su pierna, con el bloc de dibujo abierto entre los dos.

-Bueno, Juan, cuéntame. ¿Qué ha sido de tu vida?

Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno sin preguntar (no quise confundirla diciéndole que en realidad yo ya no fumaba). Encendimos los pitillos. Había llegado el momento tragicómico de los grandes resúmenes vitales, en que los años de una vida se reducen a los términos de un cuento más entretenido que inteligible.

Sentí que podía ser absolutamente sincero, que podía presentar mi vida delante de ella sin falsearla. Le conté de mis dos hijos, de mi matrimonio y final separación. Tampoco le oculté mi dolor.

-¿Y tú? -dije para terminar-… ¿Qué ha sido de ti?

Creo que ella, al igual que yo había hecho, se sinceró conmigo. ¡También se había casado y separado!, pero no tenía hijos. Más que trabajar, su vida había sido una colección de trabajos.

-Solo me falta trabajar de puta- dijo sin violencia, y al pronto rió-, aunque ya seré vieja para entonces…

-¿Y qué hacer por Madrid? -preguntó para cambiar de tema.

No sin un poco de vergüenza, le conté lo de mis vacaciones en la metrópoli; y como testimonio saqué mi bloc de apuntes de la mochila.

-¡Qué feliz me haces! -exclamó abriéndolo.

Y hojeó con admiración mis bocetos, señalando los detalles que le gustaban.

-¡Qué bien pintas! -me halagó.

-He practicado un poco -comenté feliz.

Mari apenas si había dado un sorbo a su taza de café. Comprendí que se había servido por cortesía (igual que yo había fumado el cigarrillo).

-Bueno, Juan, tengo que dormir -anunció por fin-… A no ser que quieras quedarte a dormir conmigo -añadió con sencillez mirándome a los ojos.

-Preferiría no hacerlo -me disculpé yo con cariño.

-Vale, no me enfado -sonrió-. Me encanta que te sientas libre -y me besó en la mejilla.

Antes de separarnos, me preguntó si tenía móvil y, viendo que no lo llevaba encima, me apuntó el número del suyo en un papel.

Me tomó de la mano para acompañarme hasta la puerta.

-¡Que no sea esta la última vez que nos veamos! -me pidió-. Estoy tan feliz de haberte visto…

-Yo también estoy feliz.

Y con un casto beso nos separamos.

Nota.- El “preferiría no hacerlo”, evidentemente, es de Melville.

la luz del cirio

A mediados de verano visité la vieja fábrica de papel de mi familia para comprobar si sus muros se mantenían en pie, pues habíamos decidido venderla. No daré datos precisos sobre su ubicación para evitarles tentaciones a los okupas; pero sí merece la pena intentar una descripción general por lo inusitado del paraje: un pueblo fantasma, en realidad.

La fábrica con su chimenea, los casones aledaños, la iglesia, están en ruina técnica y cubiertos de maleza hasta el punto de que las fachadas no se perciben desde el puente. Todo este conjunto de edificios rurales ocupa el fondo de un estrecho valle del río D., entre abruptos cerrotes poblados de carrascas. El camino, por el que antaño remontaban los camiones cargados con las gigantescas bobinas de papel, es ahora una escarpada pista forestal llena de piedras.

Uno de los calurosos días del mes de julio, abandoné la carretera comarcal y me dejé caer con el todoterreno hasta el fondo del valle , intentando controlar el miedo al bosque. De pequeño, nos topamos en estas cuestas con una camada de jabalíes. Mi padre se bajó valiente del Land-Róver mientras desenfundaba el rifle, y descerrajó sobre los bichos dos tiros que atruenan todavía en mi memoria. Mató un enorme verraco que luego recogieron los hombres del pueblo y estuvo colgado de una olma desangrándose. Recuerdo el áspero tacto de sus cerdas negras tocadas por mi mano de niño: era un pelaje duro como el alambre. Y sus afilados colmillos colgaron desde entonces enmarcados en el salón de casa, como un trofeo familiar.

La fábrica, no lo he dicho todavía, surtió de papel a la Casa de Moneda y Timbre desde principios del siglo XX. De allí salieron todos los billetes manoseados de nuestra historia anterior al euro. Se canalizó el río para hacerla autosufiente mediante una central eléctrica. Y todavía queda la vieja maquinaria alemana con la que se podría montar un museo: el generador, las mezcladoras, las bobinadoras. La madera para hacer la pasta de celulosa se traía de lejos; en fin, nunca entendí bien por qué se emplazó en este valle este engendro de la revolución industrial, que compramos a precio de saldo. Falta decir que se construyeron casonas para alojar a los obreros, y se les edificó una iglesia y una escuela. El pueblo llegó a tener su propio alcalde.

En la verja metálica que cierra el paso a la altura del puente, un cartel avisa de la presencia de perros peligrosos. Y los hubo en efecto. Pero la fábrica lleva una década absolutamente abandonada. El último guardián se ahorcó colgándose de una viga, y ya no se contrató a nadie. Se retiraron los perros y se cercó la entrada con valla metálica.

Dejé el todoterreno junto al puente y me colé por un costurón de la verja. Eran las cuatro de la tarde y caía un sol de justicia. Había comido en el pueblo de S., y aprovechando la hora de la siesta me había desviado hasta nuestra propiedad. La naturaleza entera parecía haber caído en un sopor invencible, salvo las enloquecedoras chicharras, cuyo canto acentuaba la soledad del paraje.

Caminé a pleno sol en dirección al caserío cubierto por la maleza. Reconozco que se iba apoderando de mí un miedo infantil. De uno de los arbustos del camino, desgajé una fuerte vara de dos metros, la desbrocé con las manos y, armado con ella, me sentí absurdamente seguro. Matagatos llamábamos a estos palos de niños; aunque lo que me fabriqué esta vez bien parecía un matalobos.

Llegué al pueblo tomando las precauciones de un comando. Si alguien pudiera verme, se reiría a gusto; pero la soledad deshabitada del lugar me tenía atemorizado. Cruce hasta la plaza y me planté ante la iglesia, con su fachada de ermita y su campanil inútil. Fascinado por la sensación de abandono, traté de imaginar aquel rincón poblado de gente: ¿qué niños habrían pasado allí su infancia, que ahora, de viejos, añorarían aquellas ruinas como un paraíso?

Forcé el portón a empujones, dejé mi arma y, franqueando la entrada, me acerqué entre los bancos llenos de telarañas hasta el altar en penumbra. Como si el abandono del pueblo se hubiese producido de forma precipitada, una vestidura sagrada estaba caída a los pies del altar y un gran misal permanecía abierto sobre el ara con las páginas llenas de polvo. No se veía ningún objeto valioso. Pronto comprendí que alguien había usado las ropas y el misal para una escenificación burlesca, pues había pintadas en las paredes.

Soplé sobre el misal abierto y una densa nube de polvo testimonió con su turbulencia los años de abandono. Traté de leer, pero la luz que se colaba por los ventanales se había ido apagando.

De nuevo me asusté. Salí afuera de la iglesia y comprobé que, por cima de los cerros, las nubes se estaban amontonando y que una tormenta de verano se me venía encima.

Sentí miedo físico. La piel se me puso de gallina. Me aterró la idea de quedarme aislado en aquel pueblo fantasma; pero en vez de correr hacia el auto, absurdamente retrocedí adentro de la iglesia, hasta la sacristía. Allí los signos del saqueo eran evidentes, los ropajes y las cajoneras estaban destrozados por los suelos. Rebuscando encontré un pedazo de cirio. El tacto de la cera me trajo lejanos recuerdos de noches de tormenta en que se iba la luz en la casa del pueblo y se encendían las velas, como un descenso a la noche de los tiempos.

Apenas si nos percatamos de que una de las ventajas de ser fumador es que llevamos mechero: somos los últimos portadores del fuego. Llevé el cirio hasta el altar, lo despabilé y lo encendí con la llama del mechero. La luz titubeó, parpadeó confusa pero luego se fijó y creó un ámbito cálido en torno, en medio de aquella penumbra oscurecida. Volví a tratar de leer lo escrito en el libro; soplé con fuerza de nuevo y levanté otra nube de polvo. Ya se vislumbraban con claridad las letras a la luz del cirio encendido.

Entonces sentí horrorizado que la luz fluía del cirio cobraba una extraña intensidad; más aún: giraba descompuesta formando un cono de haces luminosos, como lenguas de fuego, cuyo vértice nacía en la llamita del cirio. ¡Y se fue apareciendo ante mí un misterioso ser como si se corporeizara descendiendo de ese cono de luz! Tenía un rostro adolescente, de ojos azules; su cabello rizado era dorado y brillante, como rubios cabellos al sol. Y estaba desnudo ante mí, pero a la vez no desnudo, pues su piel sedosa recubría sin vello ni esfínteres su entrepierna asexuada.

-Es un ángel -dijé pasmado para mí.

Él me sonrió y comprendí de golpe que era capaz de leer mis pensamientos. Se había sentado sobre el altar polvoriento, con una suavidad flotante.

-¿Quién eres? -me atreví a balbucir en voz alta.

Y sin darle tiempo a responder, instintivamente acerqué mi mano para tocarlo, para comprobar su realidad. ¡Pero al tocar su piel un bostezo enorme me embargo, como si se apoderase de mí un pesado sueño! Retiré la mano sobresaltado, sobreponiéndome a aquel sueño repentino, y, como una certeza, supe que era un ángel niño, que se había caído por un cono de luz.

La tormenta empezó a retumbar en el valle. Los truenos estallaban con violencia en las nubes y retumbaban monte abajo como si rodasen enormes pedruscos sobre las casas del valle; pero mi terror se había desvanecido.

Comprendí que no tenía sentido hablarle a un ángel niño de cosas de mayores y me puse a contarle la historia legendaria de aquella fábrica de papel, supliendo con mi imaginación la ignorancia de aquella hazaña hasta convertirla en la gesta de una raza de conquistadores. Me atendía cautivado, sonriente, mirándome sorprendido con su pacífica mirada celeste. Le conté ilusionado mi sueño hasta perder la noción del tiempo.

Ocurrió entonces que la luz del cirio se apagó de improviso, y aceleradamente busqué en mis bolsillos el mechero. Lo hice lo más rápido que pude, pero al encenderlo de nuevo me hallaba solo en la iglesia en ruinas.

También en el exterior la tormenta se estaba disipando y ni siquiera había llegado a descargar sus torrentes de agua renovadora. Salí afuera. El sol volvía a castigar el valle con su resplandor abrasante. Caminé errabundo hacia el todoterreno. Aturdido, sí, pero feliz, sin miedo.

Nota para el desencanto.- He querido desarrollar de otro modo (más ingenuo) la idea que me permitió inventar una “leyenda urbana” para el blog de Bea. Me permito copiarla aquí para contraste:

Tuve un amigo hace mucho tiempo (ya le perdí la pista) que nos metía el miedo en el cuerpo (tal vez sólo estaba un poco loco). Una de sus creencias era que el ángel de la muerte usaba la luz de las bombillas para entrar en las habitaciones. Creía que se descolgaba girando por el foco luminoso. Así que cuando, en aquellos tiempos de trasnochadas estudiantiles, llegaba la hora de encender la luz artificial, lo veíamos refugiarse amedrentado en un rincón. Y al mirarlo allá escondido, su rostro reflejaba una angustia tan verdadera, que sentías un escalofrío. Y cuando te quedabas solo en la habitación, mirabas la bombilla y querías apagarla cuanto antes.

second life

Leo (sin asombro) las noticias sobre la quiebra de Second Life. Era previsible.

Imaginaos por un momento que en nuestras francachelas por librodearena tuviéramos que cargar con un avatar… Que visitar a los colegas supusiese llamar a una puerta, ocupar un lado del sofá y esperar a que nos sirvieran una taza de té virtual sonriendo con nuestro rostro vicario.

¿Qué pretendía Second Life con ese desdoblamiento inane? ¿Aliviarnos del cuerpo real?

No sé. Lo divertido fue ver cómo primero huían las Empresas (especie de ratas cibernéticas), viendo que no había negocio. En el fondo todo esta plasta de internet es dinero. Tenemos que estar listos para cuando nos cierren el chiringuito porque no somos rentables.

Sin duda hay algo abominable en estos avatares zombis. Pero no lo desentrañaré por no pasarme de impertinente con mi moral biempensante. Me alegro al menos de que no sea tan fácil la felicidad como construirse un cuerpo virtual.

Conclusión discutible: sobrevivimos como letra porque somos más auténticos.

top-ten bis

Condeno a Apple si le apetece jugar.

¡Libros, libros, libros!

Intentaré ser más sincero. Diez libros de reciente lectura con los que me lo he pasado bien (cito de memoria):

1) Madrid (la prosa cotidiana del maestro Azorín).

2) El tío Tugsteno (de Oliver Sacks; la fabulosa infancia de un niño prodigio, escrita por el adulto correspondiente: el famoso psiquiatra; una introducción a la Química).

3) La biografía de Zubiri (lleno de revelaciones para los estudiosos de su obra: la humanización de uno de los filósofos más “impersonales”, sin reflejos cotidianos en su obra).

4) Justine (de Durrell; una investigación sobre el amor moderno; relectura a fondo de una novela leída en mi juventud).

5) Bartleby, el escribiente (de Melville, el de Moby Dick; cuentecito genial que me ha dejado trastornado: “preferiría no hacerlo”).

6) Dios es amor (la encíclica del papa Ratzinger, acusado de inquisidor por la ideología dominante).

7) Breve historia de casi todo (Bryson; amenísima divulgación científica).

8) Los Ortega (por el hijo de Ortega; la biografía de uno de los personajes clave de la cultura española).

9) Bola de Sebo (cuentecito delicioso de Guy de Maupassant).

10) Doña Berta (de Clarín; otra pequeña obra maestra de nuestra cultura: una mujer de pueblo que viaja con su gato a Madrid; la historia del gato casi supera en dramatismo a la de su ama...).

top-ten

Gracias a Pilar por la invitación.

Condeno a CEci (Vigadeltejado), a Quimérico y a Hipatia, si les apetece jugar.

Los antiguos pensaban que a una biblioteca le bastaba con cien volúmenes. Estos diez siguientes podrían figurar sin desdoro entre ellos:

1) Tao-te-king (se lee en una hora y conmociona para varios años)

2) La Biblia (los enamorados, que empiecen por el Cantar de los Cantares; los ateos, por el Eclesiastés; los niños, por el Génesis; los pecadores, por los Salmos; etc.)

3) La Odisea (mi parte preferida es el comienzo, con la historia de Telémaco).

4) Las Geórgicas (mejor que otra obra de Virgilio, porque los romanos eran campesinos de corazón).

5) La Divina Comedia (hay que asomarse al menos al Infierno; difícil para imaginaciones estragadas por los efectos especiales).

6) El Quijote (entretenido y sabio; pero abandonarlo de inmediato si empieza a aburrir).

7) Hamlet (genial; termina en masacre pero así eran las tragedias).

8) Fausto (misteriosa y profunda).

9) Guerra y Paz (para llenar un verano; puede prescindirse de la parte ensayística).

10) Hojas de Hierba (una revolución poética americana).

Creo que estas diez obras se pueden tener en un estante de cualquier biblioteca, e intentar hincarles el diente de vez en cuando.

Otra versión curiosa de top-ten es mencionar los diez libros que en este momento tengo abiertos sobre mi escritorio:

1) El Espectador (Ortega).

2) Sobre el Hombre (Zubiri).

3) Entre lobos y autómatas (Gómez Pin; premio Espasa de ensayo).

4) Encyclopédie (Philipp Blom; entretenida presentación de la génesis de la famosa Enciclopedia ilustrada).

5) El camino a la realidad (Penrose; una abstrusa introducción a la física contemporánea, que me vapulea cada vez que la abro).

6) The Alexandria Cuartet (Durrell).

7) Antología consultada (poesía española del último tercio del XX; ed. Visor).

8) Rayuela (Cortázar; para releer).

9) Diccionario de la RAE (el de tapas duras blancas).

10) Mis geniales antecesores, vol. IV: Fischer (por Kaspárov; sólo para aficionados; una desmitificación mítica).

Respecto a las películas no tengo top-ten. Vi mucho cine europeo en mis años de estudiante que habrá quedado fuera de los circuitos comerciales. Por poner un ejemplo, La Boda de Wajda.

sociedad alcohólica

La borrachera del guiri es la del energúmeno. Unos guiris borrachos son una horda de bárbaros. La borrachera española es la fiesta, un modo terreno de la felicidad, es decir, un bien cultural: algo exportable como los sanfermines. Un guiri borracho es un tarugo peligroso hasta que se desploma; metido en una peña se civiliza: baila, ríe, canta, se divierte pacíficamente.

Algo así argumentaba J., empeñado con su Asociación Musical en montar un concierto rock en la plaza (de toros) del pueblo. (Utilizo aquí rock en sentido genérico: toda música con guitarra eléctrica y batería).

Arremetía contra mis recelos cristianos. La ruptura rock/Iglesia es inmensa (no sé si absoluta: el rock sería entonces puramente demoniaco). Pero, de hecho, el cristianimo no es puritano. El vino se consagra: es la plenitud de la cultura mediterránea; pero la embriaguez es pecado. El rock viene a ser la bacanal civilizada. La charanga tradicional sigue viva en la fiesta, pero el rock es trasgresión y ha radicalizado la fiesta. No hay ya conexión con la religiosidad tradicional.

Y sería culpable ingenuidad caer ahora en el optimismo alcohólico, a la vista de la explosión contracultural que aflora en los conciertos. Bastaría con denunciar la conexión alcohol/alcoholismo; pero en sus aledaños ronda el hachís asesino, la farlopa y las pastillas.

La noche del concierto, el botellón montado en torno a la plaza de toros tenía proporciones épicas.

Hay una fractura profunda entre la juventud y sus mayores. Un concierto de rock de pueblo, con sus melés bailonas y un volumen de música que aturde y anonada, no es un espectáculo burgués (nada que ver con un concierto de jazz desde una butaca). Ni siquiera los viejos roqueros encuentran su sitio para que no se cierre el abismo entre generaciones: no parecen ya dinosaurios o carrozas, sino padres y madres asustados.

Asistí con R. al arranque de la actuación del grupo local. El sonido dejaba que desear. Media plaza llena. La incorporación de una sección de viento le daba al ritmo un aire latino. Pronto se alcanzó ese momento de entrega en que músicos y público botaban al unísono. Muchos días de ensayo para esa fugaz apoteosis. Buen rollo.

J. nos había invitado a una copa. Algún ex alumno, alguna ex alumna me saludaba en medio del fragor.

Nos fuimos a mitad de actuación. R. cansada, yo confuso. (No sé si sonó la versión que he oído en otros conciertos: la alucinante Jesucristo García:

-¿Cuánto más necesito para ser Dios? ¡Dios! -y toda la plaza coreando).

Post Data.- Hubo una pelea al final del concierto. Unos skins dieron una paliza a un miembro de la Asociación Musical y le pisotearon la cabeza. Está en el hospital: tiene que pasar por quirófano.

(Omito todo el trasfondo político del concierto, que J. me está ahora desentrañando; explicitarlo transformaría esta meditación en un análisis más justo de lo sucedido, pero yo sólo quería asomarme al fenómeno alcohol-rock).

crimen novelizado

En Crimen y Castigo, el estudiante Raskólnikov mata a una vieja por dinero. Él cree que le asiste un derecho natural: él es la juventud con futuro, ella es la decrepitud. Pero la culpa del hachazo va haciendo implacablemente su labor; va conduciendo al criminal a purgar su culpa.

Crimen y Castigo es una novela que inutiliza todo un género. Después de ella ¿cómo volver a adentrarse en una novela policíaca?

Ahora Crimen y Castigo tiene un nuevo avatar real. El supuesto autor de un crimen noveliza ese crimen, lo publica disfrazado de ficción y la propia novela lo delata. Es una noticia de estos días.

¿No será que en la novela siempre hay algo de catarsis, de purificación de algún crimen?

¿No será que en las ficciones más trágicas revivimos necesariamente nuestros pecados?

(La noticia puede verse en el blog de Esoj).