Libro de Arena
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GREETINGS

METANOVELA

el cuarteto de Alejandría

Para Hilvanes.

Hay una Alejandría negada a los turistas: la ciudad multicultural de los años treinta y de principios de la guerra mundial. No hay vuelos chárter para viajar en el tiempo. Solo pueden llegar allí los pocos viajeros que veranean en los libros.

En aquel remoto mundo poscolonial, cuando el Imperio británico sobrevivía parasitando al Islam renaciente de pachás corruptos, en aquel Egipto alejandrino, los coptos, los cristianos arcaicos que nutrían la casta dirigente, se sentían traicionados por el Occidente cristiano, sacrificados ante el auge musulmán, y decidieron apoyar secretamente un movimiento sionista en la Palestina británica, para que los judíos se constituyeran en su aliado estratégico.

El “príncipe” copto Nessim, un rico hacendado y banquero, urdió entonces un matrimonio con una mujer judía, la divorciada Justine, para sellar ese pacto de razas. No era el amor romántico lo que llevó a Justine a ese matrimonio, sino la pasión oriental por el poder y el complot. Ahora, esa bella judía se movería libremente entre los diplomáticos británicos cumpliendo su misión de espionaje.

Al lector ingenuo que se adentra por el primer volumen del Cuarteto, esta trama policíaca le queda oculta y cree asistir a una compleja novela psicológica, sobre una mujer amoral, frígida y tal vez ninfomaníaca. Es la historia contada desde la perspectiva del enamoradizo Darley, un escritor que rememora su amor con Justine y su abandono de Melissa, su primera amante alejandrina. Mientras revive y desentraña las escenas de ese amor, va forjando una teoría amorosa bajo el signo de Afrodita, con grandes dosis de mataliteratura.

El segundo volumen rectifica la perspectiva al añadir los comentarios de un filósofo cabalista, Balthazar, extraña criatura de la ciudad de Alejandría, que le descubre a Darley lo ilusorio de su amor. Darley no era sino el señuelo que utilizaba Justine para ocultar a su marido su verdadero amante: el cínico Pursewarden, otro escritor de mayor genio, mordaz, irreverente, que trabaja como asesor diplomático. Por obra de Balthazar, va menguando la figura del narrador, Darley, y crece la turbia y chisporroteante personalidad de Pursewarden.

Es entonces cuando la novela comienza a profundizar en la familia copta de Nessim, al retroceder en el tiempo para narrar la presentación de Justine a los suyos. Aparece en escena el hermano de Nessim, Naruz, primitivo y feroz, marcado por su labio leporino, y la misteriosa matriarca, Leila, que vive retirada en la casa de campo familiar en compañía de una cobra domesticada.

En el tercer volumen de la serie, la perspectiva se objetiviza: Darley, el narrador queda sustituido por un narrador omnisciente. Llevados por él, retrocedemos en el tiempo para descubrir el amor de Mountolive, el futuro embajador inglés en Egipto, con Leila, la madre de Nessim y Naruz. En la historia de este amor va tejida una sutil crítica a aquella diplomacia decadente, que se sostenía sobre personas educadas para ser emocionalmente débiles.

Mountolive tiene que afrontar el descubrimiento de la trama conspirativa, que afecta a las personas que ama. Quien le descubre la verdad es el trágico Pursewarden, que la conoce de los labios de Melissa, cuyo amor es capaz de comprar. A Pursewarden la verdad le conduce al suicidio, entre el deshonor y el desencanto. Pero la caída de Mountolive no deja de ser igual de horrible. Toda su romántica vida construida sobre cartas de amor que enviaba a Leila, se desmorona al encontrarla vieja e irreconocible, intentando instrumentalizarlo para salvar a Nessim. Huyendo de sí mismo, Mountolive desciende a los infiernos de Alejandría y de su fracaso vital.

Es también ese narrador omnisciente quien nos revela el pacto de poder que alentaba la pasión entre Nessim y Justine.

Con el cuarto volumen, cuando la trama de espionaje queda arrasada por el paso de la guerra, Darley recupera la narración de los hechos varios años después, para contar su amor por otra inglesa alejandrina, Clea (antigua enamorada de Justine).

Pero entonces la novela se transforma abrupta y decididamente en pura metanovela. De pronto, la acción se detiene y emerge la confesión literaria del suicida Pursewarden, erigiéndose en maestro iniciático de Darley.

Pursewarden, trasunto del autor y espejo crítico de Darley (primer trasunto del autor),da cima a la metanovela que corre paralela a la narración. Tal metanovela, escrita al alimón por los dos trasuntos, contiene tres ideas fundamentales:

1) La ficción no es más que ficción. Se trata de esquemas literarios sobre los que poder recrear vivencias reales. Los personajes permiten recrear las misteriosas vivencias que oprimen nuestra conciencia: son verdaderos sueños dirigidos.

2) No hay novela sin una teoría amorosa que la fundamente. La racionalidad moderna exige que se explicite esa teoría. Aquí el sexo, identificado con el amor, es una vía sagrada de comunicación.

3) No hay literatura sin posicionarse en una metafísica, sin una teoría de la realidad. Y Pursewarden inicia a Darley en la Gran Broma como sentido de lo real.

Cuando el Cuarteto reanuda la ficción en busca de su final, la metanovela permite que la mascarada fluya sin trabas. Todo el amor entre Clea y Darley es una sueño animado, donde los paisajes marinos se funden con los oníricos, en un descenso a un cielo submarino donde la ralentización enmarca la tragedia de final feliz en que culmina la saga.

La clave es recrear literariamente las vivencias personales para darles una fijeza mítica que sea su sentido definitivo.

Descubrimos entonces que el mito ha acompañado la trama, que el amor entre Pursewarden y su hermana ciega era recreación moderna del mito de Isis y Osiris; y que el mito de Cleopatra y Antonio ha rondado temáticamente a lo largo del libro. (Es la estela de lo intentado por Joyce con su Ulises).

Lo sorprendente es que cada volumen cobra entonces su propia autonomía. El amor de Justine y Darley escenificado en el primer libro se independiza de la trama. De hecho, el personaje de Justine pierde verosimilitud según avanza el Cuarteto, y su última aparición queda como mera propuesta para un ejercicio literario.

Para concluir esta rápida presentación hay que advertir al lector de las múltiples riquezas dispersas a lo largo de los cuatro volúmenes: las descripciones impresionistas del desierto, el lago y la ciudad; los testimonios de valor antropológico sobre la cultura egipcia; los personajes secundarios bien trazados, y cierto gusto inglés por las grandes lazadas de suspense; por ejemplo, la misteriosa escena del prostíbulo infantil en el primer volumen tiene un trágico reprís en el tercero, y no se aclara su misterio hasta el cuarto: ahí se esconde una de las claves de la novela; del mismo modo, la violación de Justine, con adherentes trágicos y cómicos, aparece y reaparece entremezclada con el falso asesinato de su violador.

El Cuarteto es libro, tal vez, para más de un verano. Pero su caudal de metaliteratura no lo hace recomendable a los convencionales devoradores de novelas.

Respecto a su teoría amorosa y su metafísica, son por supuesto discutibles (y en mi opinión erróneas; por más que la Gran Broma se remonte a los misterios de Eleusis y tenga valedores de la talla de Herman Hesse o Nietzsche).

En definitiva, no es ya que sólo Alejandría sea real, sino que sólo la novela en tanto que ficción es real, y la metanovela es la necesaria autoconciencia.

El Cuarteto es un ejercicio imprescindible para cualquier aprendiz literario del actual género novelístico.

liberación sexual

-¿Qué es el sexo?

-Una fuente de placer corporal que da plenitud al encuentro amoroso. Sobre esa felicidad se sostiene la continuidad humana.

-¿Nada más?

-También es un camino de madurez. La felicidad, como toda cuestión personal, no puede reducirse a placer corporal. El sexo también nos permite adueñarnos de nuestro cuerpo, liberarnos de su dinámica de insatisfacción, ejercitando lo que los antiguos llamaban castidad.

Repasaba estos bocetos de diálogo para enfrentarme a la marea ideológica de la progresía yupi. La moda es ahora los juguetes eróticos, como en el reportaje “Ellas también quieren jugar”, del magacín de El País del pasado domingo (dentro de la campaña de promoción del libro Mujeres, juguetes y confidencias, de Eva Moreno, ed. Planeta).

Es el sexo vendido como juego, el sexo lúdico con su dosis relajante de placer sin culpa, donde no hay frontera moral entre un masaje muscular y la masturbación. Es la filosofía de cierto paganismo: en los frescos de Pompeya el dibujo esquemático de un falo iba acompañado de la siguiente inscripción: Aquí habita la felicidad…

¡Qué disparate!

La juguetería erótica, intentando esquilmar una fuente natural de placer, solo puede perpetuarnos en una adolescencia artificial y en realidad pervertida, pues no nos deja alcanzar verdadera madurez humana. Por no mencionar los estragos que produce en la imaginación, donde las personas quedan reducidas a objetos sexuales.

Me niego a aceptar estos usos como liberación sexual.

No sé si os parezco fuera de onda, pero no me voy a dejar arrastrar por esa marea ideológica.

la casa de Dios

Admirable el ingenio y el oficio de Juan José Millás. Lo leo como quien recibe la lección cotidiana de periodismo brillante y efectivo. Solo hay dos temas que lo sacan de quicio: el Partido Popular y la Iglesia. Temas que nuestra historia patria insiste en mezclar. Y cuando la realidad noticiosa le lanza uno de esos temas como un plato al aire, ¿cómo no disparar y hacerlo pedazos?

Esta vez el motivo fue un suceso trágico: el derrumbe de una iglesia sobre los feligreses que asistían a un funeral cuando se produjo el terremoto de Pisco (Perú). Millás lo vio de inmediato en lo que tenía de ridículo: estaban reunidos en la Casa de Dios… y la casa se les vino encima. ¿Cómo es que Dios no los protegió? La conclusión era evidente: Dios no existe.

Es el viejo argumento de Voltaire para desenmascarar el mejor de los mundos posibles: ¿cómo va a ser éste un mundo bien hecho si un terremoto puede arrasar una ciudad?… Me pregunto si estas preclaras ideas ilustradas no producen demasiada ofuscación. Son la inteligencia en acción. Pero ¿está cuerda la inteligencia?

Cuando en el debate, alguien quiere ponerme la zancadilla con un falso halago, es por ahí por donde ataca:

-No entiendo que siendo tan inteligente, puedas ser cristiano…

Si de verdad este interlocutor me creyera tan inteligente empezaría por tomarse muy en serio mi opción… Pero no voy a juzgar de mi inteligencia (no soy tan idiota), aunque no hace falta demasiada para rebatir este argumento falaz sobre la existencia de Dios. Y en el fondo sería gastar palabras, porque estas negaciones no atienden a argumentos. Es como si una negación vital se escenificase de puertas afuera, como una negación teórica.

Hace años que el único argumento demostrativo válido de la existencia de Dios lo busco en mi propia vida.

Insisto: yo también quedo confuso y sin palabras ante los horrores de este mundo, pero lo que me preocupa de verdad es que mi propia vida pueda convertirse en horror. Horror para los que conviven conmigo. Horror para mí mismo.

Mi demostración de Dios es que mi vida cotidiana puede ser mejor. Dios me serena, me da confianza, me rectifica. No es cuestión de argumentos, sino mi cuestión íntima.

Juan José Millás tal vez debería encauzar su ingenio y asomarse a sus propios derrumbes y abismos, y ver si allí puede vivir sin Dios.

el panadero real

Se revolvieron hace días los fundamentos morales de Arenilandia con la cuestión de qué hacemos aquí cuando mueren cientos de personas en un terremoto o por metralla de un coche bomba. Me imagino que los arenícolas aquietarían sus conciencias corriendo al banco para ingresar un donativo en la cuenta de su ONG preferida. Si así fue, no estuvo mal. Otra alternativa (más barata) frente a estas grandes tragedias parece ser la voluntad de centrarse en lo cotidiano, que sería el ámbito propio de los blogs.

En fin, me imagino que la breve historia (aproximadamente real) que traigo hoy se mueve en un territorio intermedio entre la enfática literatura de denuncia y mis rutinas diarias. No es Perú, no es Irak: no saldrá en las noticias, tampoco es mi vida; pero tiene su pizca de injusticia y desolación. La coloreo un poco para convertirla en cuentecito moral.

Una gran Empresa nacional dedicada a la hostelería decidió, por cuestiones de su plan de calidad, examinar si su proveedor de pan era el más eficiente. En realidad, ninguna pequeña empresa tenía posibilidad alguna, pero de hecho se convocó un concurso público entre los panaderos de la comarca para que le ofrecieran sus presupuestos. Y hete aquí que un modesto panadero “se ilusionó”, creyó que tal vez le había llegado el momento de “crecer”, de convertirse en proveedor de la gran Empresa. Y el buen hombre se presentó una mañana en la Empresa cargado con sus muestras de pan, los frutos de su esmerado trabajo, porque no quería dar su presupuesto sin que antes se probase la bondad de su mercancía. Quien lo atendió -sabedor de que el concurso era un terrible paripé-, no pudiendo desengañarlo (sin acusar a la Empresa) hizo pasar al panadero a cocina con sus panes. Y el ingenuo emprendedor de este cuento vivirá unas semanas soñando esperanzado con que la Empresa lo llame, sin saber que fue un elemento impersonal en un absurdo plan de calidad.

un amor renovado

Veraneo en Madrid (aunque pueda parecer ridículo)… Durante la primera quincena de agosto, mi hermana y familia (cuñado y dos sobrinitos) alquilan un apartamento en la playa; y yo ocupo su piso de Moratalaz (que tengo que dejar tan limpio como lo encontré, baño incluido). Mi trabajo en la serrería tampoco da para demasiadas fantasías viajeras, y Madrid me ofrece sus tesoros (con aire acondicionado). Por las mañanas, me levanto temprano y recorro los museos con mi bloc de dibujo, mis carboncillos y mis pinturas de pastel. (A los cuarenta años… ¡todavía aprendo!…). Un ciento de cuadros, pues, por las mañanas y por las tardes me desfogo en la piscina municipal. Lo que me gastaría en un crucero, me lo gasto en la casa de comidas.

Madrid es además el metro. Año tras año me reencuentro con aquel mundo subterráneo, que para mí permanece inalterable. Subo al vagón, observo a los casuales viajeros y es como si mi vida pasada se reanudase sin transición: soy otra vez el estudiante que tomaba el metro por las mañanas… Todos los metros de mi vida se unen formando un continuo más real que mi vida cotidiana.

Estos blocs (bloques de rumor, los llamo yo) llenos de bocetos, de fragmentos copiados de cuadros (¡me fascinan los rostros de Goya; tendré un centenar de ellos!), van quedando archivados año tras año como esos álbumes en los que las familias felices archivan sus fotos veraniegas. Y en las horas bajas (cuando regreso sombrío del taller con la sensación de haber fracasado en la vida), los vuelvo a abrir en mi intimidad y sus imágenes me justifican y me reconcilian con la soledad.

Aquella mañana (se terminaban ya mis últimas vacaciones madrileñas), me subí al metro en Artilleros para bajarme en Banco y caminar hasta el Museo del Prado. No suelo tomar apuntes que no sean copias de cuadros, pero el tren tardaba (es agosto para todos) y la estación estaba vacía; así que me senté en un banco, saqué el bloc de la mochila y esbocé las líneas de un rostro siguiendo el contorno de la imagen de un anuncio en la pared.

Pronto llegó el vagón y guardé todo precipitadamente, pensando que tal vez era hora de comenzar a pintar la realidad. Tan satisfecho (tan vanidoso) quedé con aquel rápido apunte. Quizá ya había tomado suficientes lecciones de los maestros pintores como para asomarme por mí mismo al mundo real.

Ensimismado en mis inciertas posibilidades artísticas, no era consciente ni de por qué estación iba. “Próxima estación: Sainz de Baranda; correspondencia con la línea seis”, dijo la voz grabada. Paró después el tren, se abrieron luego las puertas y… ella entró en el vagón.

Hacía más de veinte años que no la había vuelto a ver, pero la reconocí al instante: era Mari, mi novia de los dieciocho años. Su manera de quedarse parada, de situarse entre los viajeros del vagón; sus gestos estaban asombrosamente guardados en mi memoria que se renovaba al contemplarla. Me acerqué. Los otros pasajeros volvieron los ojos hacia la escena que íbamos a componer…

-Hola, Mari; ¿te acuerdas de mí?

Ella me miró asombrada y de pronto su rostro se iluminó:

-Pero, bueno, ¡si eres Juan!

Sonrientes nos dimos un par de besos en las mejillas.

-¡Si casi te has quedado sin pelo! -continuó ella risueña-, y estás echando barriga…

-Tú en cambio no has cambiado: eres la misma…

-No digas tonterías -se río con felicidad.

A decir verdad, su rostro (un tanto somnoliento) no ocultaba sus años, pero yo sentía como si su belleza se hubiera serenado. Sus ojos, en especial, me parecieron llenos de vida.

-Ay, me alegro tanto de haberte encontrado -me decía-, ¿por qué no tomamos un café? -eran las nueve de la mañana-… Me bajo en la siguiente, ¿vas con prisa?

Bien. Eso es lo grande de las vacaciones: que no tenemos obligaciones.

-No tengo ninguna prisa -aseguré-. Si quieres me bajo contigo y tomamos un café…

-Fenomenal -sonrió feliz.

Yo también me sentía feliz de haberla encontrado, de volver a experimentar su presencia guardada durante tantos años en la memoria. Feliz de irla reconociendo hasta en sus mínimos gestos. Feliz de volver a oír las modulaciones de su voz, sus giros al hablar, como ese “fenomenal” que no oía desde entonces…

Abrió su bolso, sacó un móvil (¡ese gesto sí era nuevo!) y lo apagó sin dejar de sonreírme. El tren se detuvo en la estación de Ibiza. Abrimos las puertas y salimos juntos. ¡aquella manera tan suya, tan decidida, de andar también afloraba de mi memoria al contemplarla!

Subimos en silencio las escalerillas eléctricas, sin dejar de andar, adelantando a otros viajeros. Se volvió sonriéndome: sentí que ella también me reconocía más allá de mi calvicie incipiente y de mi barriga de cuarentón.

Salimos al bulevar. Miré hacia los lejanos árboles del Retiro. Me gustaba Madrid. Los kioscos todavía no estaban abiertos.

-Ven, vamos -dijo ella cambiando de plan-. Vivo aquí a la vuelta, en Narváez, en un apartamento… Te invito a tomar café allí, y así conoces donde vivo…

Acepté, claro.

Entramos por un portal señorial. Subimos al ascensor. Luego cruzamos por un puente sobre los abismos de un patio interior y llegamos a su apartamento. Mientras nos internábamos en el edificio, no podía evitar el recuerdo de nuestro noviazgo, cuando le pedía las llaves del piso a un compañero de estudios para poder acostarme con ella. Revivía la misma sensación de aventura, como si estuviésemos subiendo hasta un cuarto secreto donde poder por fin desnudarnos y amarnos.

El apartamento era pequeño, pero luminoso y decorado con gusto y originalidad. Olía a tabaco y ambientador. La pequeña cocina se comunicaba con el saloncito por una barra, detrás de la que Mari se puso a preparar la cafetera, mientras me invitaba a sentarme en un cómodo sofá junto a una mesita japonesa. Enfrente, el televisor constituía otra novedad frente a nuestra desordenada vida estudiantil. La alcoba, con una gran cama de matrimonio, se abría directamente al salón. Me quedé allí tranquilo, mirando hacia el mueble de la tele, abarrotado de libros, películas, cerámicas y fotografías.

Mientras se hacía el café, Mari, recogiendo un poco el salón, poniendo un par de tazas y abriendo una caja de pastas, me explicaba su vida actual. Trabajaba por las noches acompañado a enfermos en los hospitales.

-¿A qué te dedicas tú? -me preguntó sin darme tiempo a comentar nada.

-Trabajo en una fábrica de parquet.

Rió de buena gana.

Abrió entonces un cajón del aparador y rebuscó hasta encontrar un bloc de dibujo.

-¿Te acuerdas de cuándo querías ser dibujante de cómics?

¡Aquel viejo bloc, lleno de mis dibujos!

-Me lo regalaste… ¿No te acuerdas?

Claro que me acordaba. Me quedé un buen rato pasando las hojas. Tiempo que ella aprovechó para ir al servicio. El café estaba listo. Me incorporé para servirlo.

Qué verdaderamente feliz me sentía con aquel reencuentro inesperado. La sonrisa continuaba alegrándome la cara y la luz de la mañana me parecía deliciosa. Se sentó por fin a mi lado, justo a mi lado, rozándome con su brazo y su pierna, con el bloc de dibujo abierto entre los dos.

-Bueno, Juan, cuéntame. ¿Qué ha sido de tu vida?

Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno sin preguntar (no quise confundirla diciéndole que en realidad yo ya no fumaba). Encendimos los pitillos. Había llegado el momento tragicómico de los grandes resúmenes vitales, en que los años de una vida se reducen a los términos de un cuento más entretenido que inteligible.

Sentí que podía ser absolutamente sincero, que podía presentar mi vida delante de ella sin falsearla. Le conté de mis dos hijos, de mi matrimonio y final separación. Tampoco le oculté mi dolor.

-¿Y tú? -dije para terminar-… ¿Qué ha sido de ti?

Creo que ella, al igual que yo había hecho, se sinceró conmigo. ¡También se había casado y separado!, pero no tenía hijos. Más que trabajar, su vida había sido una colección de trabajos.

-Solo me falta trabajar de puta- dijo sin violencia, y al pronto rió-, aunque ya seré vieja para entonces…

-¿Y qué hacer por Madrid? -preguntó para cambiar de tema.

No sin un poco de vergüenza, le conté lo de mis vacaciones en la metrópoli; y como testimonio saqué mi bloc de apuntes de la mochila.

-¡Qué feliz me haces! -exclamó abriéndolo.

Y hojeó con admiración mis bocetos, señalando los detalles que le gustaban.

-¡Qué bien pintas! -me halagó.

-He practicado un poco -comenté feliz.

Mari apenas si había dado un sorbo a su taza de café. Comprendí que se había servido por cortesía (igual que yo había fumado el cigarrillo).

-Bueno, Juan, tengo que dormir -anunció por fin-… A no ser que quieras quedarte a dormir conmigo -añadió con sencillez mirándome a los ojos.

-Preferiría no hacerlo -me disculpé yo con cariño.

-Vale, no me enfado -sonrió-. Me encanta que te sientas libre -y me besó en la mejilla.

Antes de separarnos, me preguntó si tenía móvil y, viendo que no lo llevaba encima, me apuntó el número del suyo en un papel.

Me tomó de la mano para acompañarme hasta la puerta.

-¡Que no sea esta la última vez que nos veamos! -me pidió-. Estoy tan feliz de haberte visto…

-Yo también estoy feliz.

Y con un casto beso nos separamos.

Nota.- El “preferiría no hacerlo”, evidentemente, es de Melville.

la luz del cirio

A mediados de verano visité la vieja fábrica de papel de mi familia para comprobar si sus muros se mantenían en pie, pues habíamos decidido venderla. No daré datos precisos sobre su ubicación para evitarles tentaciones a los okupas; pero sí merece la pena intentar una descripción general por lo inusitado del paraje: un pueblo fantasma, en realidad.

La fábrica con su chimenea, los casones aledaños, la iglesia, están en ruina técnica y cubiertos de maleza hasta el punto de que las fachadas no se perciben desde el puente. Todo este conjunto de edificios rurales ocupa el fondo de un estrecho valle del río D., entre abruptos cerrotes poblados de carrascas. El camino, por el que antaño remontaban los camiones cargados con las gigantescas bobinas de papel, es ahora una escarpada pista forestal llena de piedras.

Uno de los calurosos días del mes de julio, abandoné la carretera comarcal y me dejé caer con el todoterreno hasta el fondo del valle , intentando controlar el miedo al bosque. De pequeño, nos topamos en estas cuestas con una camada de jabalíes. Mi padre se bajó valiente del Land-Róver mientras desenfundaba el rifle, y descerrajó sobre los bichos dos tiros que atruenan todavía en mi memoria. Mató un enorme verraco que luego recogieron los hombres del pueblo y estuvo colgado de una olma desangrándose. Recuerdo el áspero tacto de sus cerdas negras tocadas por mi mano de niño: era un pelaje duro como el alambre. Y sus afilados colmillos colgaron desde entonces enmarcados en el salón de casa, como un trofeo familiar.

La fábrica, no lo he dicho todavía, surtió de papel a la Casa de Moneda y Timbre desde principios del siglo XX. De allí salieron todos los billetes manoseados de nuestra historia anterior al euro. Se canalizó el río para hacerla autosufiente mediante una central eléctrica. Y todavía queda la vieja maquinaria alemana con la que se podría montar un museo: el generador, las mezcladoras, las bobinadoras. La madera para hacer la pasta de celulosa se traía de lejos; en fin, nunca entendí bien por qué se emplazó en este valle este engendro de la revolución industrial, que compramos a precio de saldo. Falta decir que se construyeron casonas para alojar a los obreros, y se les edificó una iglesia y una escuela. El pueblo llegó a tener su propio alcalde.

En la verja metálica que cierra el paso a la altura del puente, un cartel avisa de la presencia de perros peligrosos. Y los hubo en efecto. Pero la fábrica lleva una década absolutamente abandonada. El último guardián se ahorcó colgándose de una viga, y ya no se contrató a nadie. Se retiraron los perros y se cercó la entrada con valla metálica.

Dejé el todoterreno junto al puente y me colé por un costurón de la verja. Eran las cuatro de la tarde y caía un sol de justicia. Había comido en el pueblo de S., y aprovechando la hora de la siesta me había desviado hasta nuestra propiedad. La naturaleza entera parecía haber caído en un sopor invencible, salvo las enloquecedoras chicharras, cuyo canto acentuaba la soledad del paraje.

Caminé a pleno sol en dirección al caserío cubierto por la maleza. Reconozco que se iba apoderando de mí un miedo infantil. De uno de los arbustos del camino, desgajé una fuerte vara de dos metros, la desbrocé con las manos y, armado con ella, me sentí absurdamente seguro. Matagatos llamábamos a estos palos de niños; aunque lo que me fabriqué esta vez bien parecía un matalobos.

Llegué al pueblo tomando las precauciones de un comando. Si alguien pudiera verme, se reiría a gusto; pero la soledad deshabitada del lugar me tenía atemorizado. Cruce hasta la plaza y me planté ante la iglesia, con su fachada de ermita y su campanil inútil. Fascinado por la sensación de abandono, traté de imaginar aquel rincón poblado de gente: ¿qué niños habrían pasado allí su infancia, que ahora, de viejos, añorarían aquellas ruinas como un paraíso?

Forcé el portón a empujones, dejé mi arma y, franqueando la entrada, me acerqué entre los bancos llenos de telarañas hasta el altar en penumbra. Como si el abandono del pueblo se hubiese producido de forma precipitada, una vestidura sagrada estaba caída a los pies del altar y un gran misal permanecía abierto sobre el ara con las páginas llenas de polvo. No se veía ningún objeto valioso. Pronto comprendí que alguien había usado las ropas y el misal para una escenificación burlesca, pues había pintadas en las paredes.

Soplé sobre el misal abierto y una densa nube de polvo testimonió con su turbulencia los años de abandono. Traté de leer, pero la luz que se colaba por los ventanales se había ido apagando.

De nuevo me asusté. Salí afuera de la iglesia y comprobé que, por cima de los cerros, las nubes se estaban amontonando y que una tormenta de verano se me venía encima.

Sentí miedo físico. La piel se me puso de gallina. Me aterró la idea de quedarme aislado en aquel pueblo fantasma; pero en vez de correr hacia el auto, absurdamente retrocedí adentro de la iglesia, hasta la sacristía. Allí los signos del saqueo eran evidentes, los ropajes y las cajoneras estaban destrozados por los suelos. Rebuscando encontré un pedazo de cirio. El tacto de la cera me trajo lejanos recuerdos de noches de tormenta en que se iba la luz en la casa del pueblo y se encendían las velas, como un descenso a la noche de los tiempos.

Apenas si nos percatamos de que una de las ventajas de ser fumador es que llevamos mechero: somos los últimos portadores del fuego. Llevé el cirio hasta el altar, lo despabilé y lo encendí con la llama del mechero. La luz titubeó, parpadeó confusa pero luego se fijó y creó un ámbito cálido en torno, en medio de aquella penumbra oscurecida. Volví a tratar de leer lo escrito en el libro; soplé con fuerza de nuevo y levanté otra nube de polvo. Ya se vislumbraban con claridad las letras a la luz del cirio encendido.

Entonces sentí horrorizado que la luz fluía del cirio cobraba una extraña intensidad; más aún: giraba descompuesta formando un cono de haces luminosos, como lenguas de fuego, cuyo vértice nacía en la llamita del cirio. ¡Y se fue apareciendo ante mí un misterioso ser como si se corporeizara descendiendo de ese cono de luz! Tenía un rostro adolescente, de ojos azules; su cabello rizado era dorado y brillante, como rubios cabellos al sol. Y estaba desnudo ante mí, pero a la vez no desnudo, pues su piel sedosa recubría sin vello ni esfínteres su entrepierna asexuada.

-Es un ángel -dijé pasmado para mí.

Él me sonrió y comprendí de golpe que era capaz de leer mis pensamientos. Se había sentado sobre el altar polvoriento, con una suavidad flotante.

-¿Quién eres? -me atreví a balbucir en voz alta.

Y sin darle tiempo a responder, instintivamente acerqué mi mano para tocarlo, para comprobar su realidad. ¡Pero al tocar su piel un bostezo enorme me embargo, como si se apoderase de mí un pesado sueño! Retiré la mano sobresaltado, sobreponiéndome a aquel sueño repentino, y, como una certeza, supe que era un ángel niño, que se había caído por un cono de luz.

La tormenta empezó a retumbar en el valle. Los truenos estallaban con violencia en las nubes y retumbaban monte abajo como si rodasen enormes pedruscos sobre las casas del valle; pero mi terror se había desvanecido.

Comprendí que no tenía sentido hablarle a un ángel niño de cosas de mayores y me puse a contarle la historia legendaria de aquella fábrica de papel, supliendo con mi imaginación la ignorancia de aquella hazaña hasta convertirla en la gesta de una raza de conquistadores. Me atendía cautivado, sonriente, mirándome sorprendido con su pacífica mirada celeste. Le conté ilusionado mi sueño hasta perder la noción del tiempo.

Ocurrió entonces que la luz del cirio se apagó de improviso, y aceleradamente busqué en mis bolsillos el mechero. Lo hice lo más rápido que pude, pero al encenderlo de nuevo me hallaba solo en la iglesia en ruinas.

También en el exterior la tormenta se estaba disipando y ni siquiera había llegado a descargar sus torrentes de agua renovadora. Salí afuera. El sol volvía a castigar el valle con su resplandor abrasante. Caminé errabundo hacia el todoterreno. Aturdido, sí, pero feliz, sin miedo.

Nota para el desencanto.- He querido desarrollar de otro modo (más ingenuo) la idea que me permitió inventar una “leyenda urbana” para el blog de Bea. Me permito copiarla aquí para contraste:

Tuve un amigo hace mucho tiempo (ya le perdí la pista) que nos metía el miedo en el cuerpo (tal vez sólo estaba un poco loco). Una de sus creencias era que el ángel de la muerte usaba la luz de las bombillas para entrar en las habitaciones. Creía que se descolgaba girando por el foco luminoso. Así que cuando, en aquellos tiempos de trasnochadas estudiantiles, llegaba la hora de encender la luz artificial, lo veíamos refugiarse amedrentado en un rincón. Y al mirarlo allá escondido, su rostro reflejaba una angustia tan verdadera, que sentías un escalofrío. Y cuando te quedabas solo en la habitación, mirabas la bombilla y querías apagarla cuanto antes.

second life

Leo (sin asombro) las noticias sobre la quiebra de Second Life. Era previsible.

Imaginaos por un momento que en nuestras francachelas por librodearena tuviéramos que cargar con un avatar… Que visitar a los colegas supusiese llamar a una puerta, ocupar un lado del sofá y esperar a que nos sirvieran una taza de té virtual sonriendo con nuestro rostro vicario.

¿Qué pretendía Second Life con ese desdoblamiento inane? ¿Aliviarnos del cuerpo real?

No sé. Lo divertido fue ver cómo primero huían las Empresas (especie de ratas cibernéticas), viendo que no había negocio. En el fondo todo esta plasta de internet es dinero. Tenemos que estar listos para cuando nos cierren el chiringuito porque no somos rentables.

Sin duda hay algo abominable en estos avatares zombis. Pero no lo desentrañaré por no pasarme de impertinente con mi moral biempensante. Me alegro al menos de que no sea tan fácil la felicidad como construirse un cuerpo virtual.

Conclusión discutible: sobrevivimos como letra porque somos más auténticos.

top-ten bis

Condeno a Apple si le apetece jugar.

¡Libros, libros, libros!

Intentaré ser más sincero. Diez libros de reciente lectura con los que me lo he pasado bien (cito de memoria):

1) Madrid (la prosa cotidiana del maestro Azorín).

2) El tío Tugsteno (de Oliver Sacks; la fabulosa infancia de un niño prodigio, escrita por el adulto correspondiente: el famoso psiquiatra; una introducción a la Química).

3) La biografía de Zubiri (lleno de revelaciones para los estudiosos de su obra: la humanización de uno de los filósofos más “impersonales”, sin reflejos cotidianos en su obra).

4) Justine (de Durrell; una investigación sobre el amor moderno; relectura a fondo de una novela leída en mi juventud).

5) Bartleby, el escribiente (de Melville, el de Moby Dick; cuentecito genial que me ha dejado trastornado: “preferiría no hacerlo”).

6) Dios es amor (la encíclica del papa Ratzinger, acusado de inquisidor por la ideología dominante).

7) Breve historia de casi todo (Bryson; amenísima divulgación científica).

8) Los Ortega (por el hijo de Ortega; la biografía de uno de los personajes clave de la cultura española).

9) Bola de Sebo (cuentecito delicioso de Guy de Maupassant).

10) Doña Berta (de Clarín; otra pequeña obra maestra de nuestra cultura: una mujer de pueblo que viaja con su gato a Madrid; la historia del gato casi supera en dramatismo a la de su ama...).