“La tierra que a él y a ella les prometieron solamente estaba delimitada por los flecos de su dosel nupcial, por las esquinas dobladas de sus carnets de socios de una fraternidad internacional cuyos miembros llevan todo su patrimonio en un bolsón y su mundo entero en la punta de la lengua.”
El sindicato de policía Yiddish
Michael Chabon
Lo de leer a Michael Chabon en primavera empieza a convertirse en toda una tradición, como la de leer a John Crowley con la caída de la hoja y releer a Salinger en junio o Navidad -según se trate de la familia Glass o del bueno de Holden respectivamente-. Chicos prodigiosos, Jóvenes hombres lobo, Misterios de Pittsburgh y Summerland son los títulos de este gran referente del New Yorker que he leído en las últimas cuatro primaveras. A Un mundo modelo y The Final Solution, en cambio, les tocó el turno en otoño, que es por cierto una estación más propicia para leer a ese gurú de la nostalgia que es Chabon. Sin embargo y pese a volar a gran altura, ninguno de ellos alcanzaba el nivel de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, que le valió el Pulitzer en 2001. Hasta ahora, claro, y su Sindicato de Policía Yiddish.

El Sindicato de Policía Yiddish hunde sus raíces en lo mejor de la narrativa judía norteamericana. Puede ser considerada pariente –eso sí, lejana- de parte de la obra de Philip Roth, por ejemplo. Y no sólo porque como En la conjura contra América de Roth se dedique aquí Chabon a hacer historia virtual -¡y de la buena!-, sino porque esta novela ha tenido que levantar más de una ampolla en el seno de la comunidad judía más ortodoxa.
Y si En la conjura contra América Roth hacía fiction-history y dibujaba unos EE.UU preñados de antisemitismo tras la victoria del gran héroe Charles August Lindbergh sobre Franklin Delano Roosevelt, en su última novela Chabon nos lleva hasta Sitka, un distrito federal judío, sito en Alaska, dependiente de EE.UU y creado tras la II Guerra Mundial en un mundo donde el Estado de Israel nunca ha existido. Varias generaciones han vivido allí durante décadas pero... se ha decretado por fin la revocación del distrito de Sitka. Les toca, pues, a los 2.000.000 de judíos que allí habitan asumir de nuevo el rol al que parecen haber sido condenados a perpetuidad, el de judíos errantes.

Este es el escenario en el que el alcohólico, solitario y amargado Meyer Landsman –Marlowe redivivo-, detective de homicidios, debe resolver el misterioso asesinato de un joven drogadicto judío, aficionado al ajedrez, cuya importancia en el seno de la comunidad judía ultraortodoxa –los verbover o sombreros negros- es mucho mayor de lo que en un principio pudiera parecer. Pues a ese joven cruelmente ejecutado de un tiro en la nuca en una horrible habitación de hotel le reservaban un gravoso destino siniestras y poderosas –muy muy poderosas- fuerzas ocultas.
Y como en las historias de detectives más clásicas del mejor y más divertido género negro, el cínico y renegado detective deberá enfrentarse a dichos poderes para esclarecer la verdad y terminar descubriendo –¡cómo no!- que no era tan cínico ni estaba tan de vuelta como creía. Como en una genial y divertidísima película del mejor Boggart, vaya.

CEci
“A mi vida en Haddam siempre le faltó esa ingenua sensación de aislamiento del verdadero residente, que da la tranquilidad y convierte la existencia diaria en una especie de baño caliente que relaja y del que no se quiere salir (...). Los agentes inmobiliarios comparten un objetivo con los novelistas, que crean trascendencia simplemente eligiendo, modificando y contando episodios vitales descontrolados. Los corredores de bienes raíces crean trascendencia vendiendo, cosa que es económicamente más agradecida que la actividad del novelista y no tan difícil.”
Acción de Gracias
Richard Ford
A principios del tranquilo y relajado verano de 2003, recién licenciada tras un estresante y agotador 5º de carrera, leí El periodista deportivo de Richard Ford, a quien por entonces conocía tan sólo como editor de la magnífica Antología del cuento norteamericano. Su héroe absoluto era Frank Bascombe, un prometedor escritor venido a menos y reconvertido en periodista deportivo. Pero el bueno de Frank Bascombe era un héroe peculiar, que sobrevivía a los terribles golpes de la vida –su divorcio, la muerte a los nueve años de su hijo Ralph- sublimando la banalidad de lo cotidiano, de cosas sencillas y carentes de sofisticación como un buen partido de béisbol, fútbol o baloncesto ganado in extremis para su equipo por “el gran héroe americano”. Y yo, que adoro la seguridad de mis pequeñas ceremonias diarias y que más de una vez he olvidado mis problemas y agobios –¡y dolores de muelas!- a base de sesiones intensivas de baloncesto, ciclismo o atletismo televisado –sin duda, hay algo catártico en los espectáculos deportivos- quedé fascinada por aquel personaje, por aquel poeta de lo cotidiano.

El Día de la Independencia, que muy merecidamente le valió a Richard Ford el Pulitzer y el Pen/Faulkner, supuso el retorno de Frank Bascombe, reconvertido ahora en agente inmobiliario dedicado en cuerpo y alma a hacer felices a sus clientes –por caprichosos y veleidosos que puedan llegar a ser- consiguiéndoles un hogar; y dedicado también a su díscolo y huraño hijo adolescente, Paul, con quien recorre la América Profunda de Salones de la Fama de béisbol y baloncesto en busca de una solución a sus problemas, pese a que
“un hecho triste, claro, de la vida de los adultos es que uno ve cosas a las que nunca se adaptará que le apuntan desde el horizonte. Uno las ve como los problemas que son, uno se preocupa tremendamente por ellas, hace previsiones, toma precauciones, realiza ajustes; se dice a sí mismo que cambiará el modo en que hace las cosas. Pero no lo hace. No puede. En cierto modo, ya es demasiado tarde. A lo mejor incluso es peor: a lo mejor lo que se ve acercarse desde lejos no es lo auténtico, lo que asusta, sino sus repercusiones. Y lo que uno teme que ocurra ya ha ocurrido. Es algo parecido a darse cuenta de que todos los grandes avances recientes de las ciencias médicas no nos serán de ninguna utilidad, aunque nos alegremos de ellos, esperemos que tengan a punto una vacuna a tiempo y pensemos que las cosas todavía podrían mejorar. Pero también es demasiado tarde. Y así se desarrolla nuestra vida antes de que nos demos cuenta de ello. Y se nos escapa. Ya lo dijo el poeta: “El modo como se nos escapan nuestras vidas es la vida”.”
El Día de la Independencia
Richard Ford

Es seguramente esta conciencia del “ya es demasiado tarde” la que lleva a Frank Bascombe a instalarse en el por él llamado “período permanente”, donde lo encontramos al comienzo de Acción de Gracias, último volumen de la trilogía, recientemente publicado en España por Anagrama. ¿En qué consiste el “período permanente”? En un dejarse llevar sin sustos ni sobresaltos, con la conciencia tranquila por la transformación del pasado en una nebulosa de un nostálgico color de rosa y la tranquila asunción de que con un hijo muerto, y dos crecidos y en plena madurez –más o menos-, un divorcio, el abandono de su segunda mujer en pos de su primer marido redivivo, una carrera literaria frustrada y una satisfactoria actividad profesional como agente inmobiliario a sus espaldas, él ya ha pagado su cuota, ya ha vivido su vida, y puede dedicarse a descansar en su tan querido estado de ataraxia hasta el final de sus días. O eso cree él al comienzo de la historia. Pero ¿está Frank Bascombe “preparado para reunirse con su Hacedor” como la enfermera McCurdy asesinada al comienzo de la historia? Lo cierto es que no lo sabe y más le vale aclarar sus asuntos, pues un siempre inoportuno cáncer de próstata ha aparecido para urgirle a responder a esta pregunta.
Sobre ello reflexiona el fin de semana de Acción de Gracias del año 2000, mientras Gore se deja robar las elecciones por el cretino de Bush, y él se dedica a recorrer las calles de Nueva Jersey en busca de casas que vender, derribos que contemplar, tugurios que revisitar y algún que otro lío en el que meterse. Como se suele decir, “la vida es extraña algunas veces”, por no decir casi siempre, y aunque el “período permanente” parece una buena manera de sobrevivir, no es necesariamente el mejor modo de vivir.
“Con la aceptación de lo que son las cosas, con sentido práctico y en tiempo real, puede alcanzarse un nivel de espiritualidad tan alto como el que pueda conseguirse por otros modos.”
Acción de Gracias
Richard Ford

El Babelia de hoy le dedica un generoso espacio a esta magnífica trilogía de Richard Ford, que Eduardo Lago califica de “gran novela americana de su vértice del tiempo”, a la manera de las sagas de Harry “Conejo” Armstrong de Updike y del Nathan Zuckermann de Philip Roth -curiosamente todos ellos personajes fugitivos de una u otra forma-. Yo no sé si la “gran novela americana” es algo más que una entelequia, pero no me cabe ninguna duda de que la saga de Frank Bascombe de Richard Ford es un magnífico, un soberbio intento de hacerla realidad; como tampoco de que el bueno de Frank es todo un poeta.
“A la pregunta del valor práctico que tiene el saber que los neutrinos poseen masa, el doctor Dieter von Reichstag, del Instituto Mains de Heidelberg, reconoció que, aparte de no tener ni la más mínima idea, lo que realmente lo asombraba era que en un planeta de menor importancia (la tierra) que gira alrededor de un astro de tamaño medio, una especie se hubiera desarrollado tanto como para plantear esa pregunta.”
(Ibidem)
CEci
“Rabelais era maravillosamente culto porque aprender le divertía y ésa es, a mi juicio, la mejor justificación del estudio. No la única, pero sí la mejor.”
Ángeles rebeldes
Robertson Davies
No es ningún secreto por aquí que me divierten muchísimo las novelas ambientadas en la Universidad y protagonizadas por académicos, como La suerte de Jim de Kingsley Amis, los Intercambios de David Lodge, los Asuntos exteriores de Allison Lurie, La trampa maestra de Michael Frayn, Posesión de A. S. Byatt, el Sobre la Belleza de Zadie Smith o, por qué no, Los papeles de Aspern de Henry James. Y no son tampoco un secreto los motivos de tal preferencia. ¡Qué no habré dicho ya por aquí de los placeres de la identificación con lo leído!
Así que imaginad cuál fue mi alegría cuando leí que en Ángeles rebeldes Robertson Davies, ese genial maestro de la prosa descubierto para nosotros por Libros del Asteroide, cambiaba el decadente y violento Deptford, el inquietante mundo del circo y el ilusionismo, las ensoñaciones místicas, las trincheras de la I Guerra Mundial, la hagiografía, la psiquiatría junguiana, los teatros de provincias y los sibilinos enigmas... por la Universidad. Y no porque no me haya maravillado de la fuerza, riqueza y fecundidad de las tramas, personajes y ambientes creados y recreados en la magistral Trilogía de Deptford, que con todo derecho puede ser considerado un Clásico con mayúsculas, sino porque tenía curiosidad por ver cómo el vitalista Davies recorría los muros del muchas veces estéril y frío academicismo universitario. Adelanto ya la respuesta: con la agudeza, ironía, genio y maestría de siempre.

Un nuevo curso comienza en la Universidad de San Juan y el Espíritu Santo de Canadá, apodada “La Entelequia”. La alegre expectativa que cada septiembre se apodera de todos los campus universitarios que en el mundo están se ve alterada por dos noticias: el retorno del cruel y malvado, genial y despiadado hijo pródigo Parlabane; y el fallecimiento de Francis Cornish, un gran coleccionista de arte, que ha dejado un importante legado a la universidad. Los albaceas encargados de la administración del mismo son tres brillantes profesores de “La Entelequia”: Hollier, entusiasta rastreador de fósiles culturales; Darcourt, orondo y cordial sacerdote y profesor de griego neotestamentario; y el pícaro, sibilino y sátiro McVarish, especialista en Renacimiento. En el centro de este peculiar triángulo se halla Maria Magdalena Theotoky, brillante doctoranda cuya tesis doctoral versa sobre Rabelais y a quien su director de tesis, Hollier, ha prometido un enigmático manuscrito que ha de suponer el espaldarazo definitivo a su prometedora carrera. En el centro del triángulo, decía, Maria, y el enigmático manuscrito.

Pero frente a lo que ocurría con la mayor parte de las novelas citadas al comienzo, Ángeles rebeldes no se limita a narrar los afanes y desvelos de académicos con más o menos escrúpulos –casi todos ellos con pocos, me temo- por hacerse con el manuscrito inédito rabelaisiano, sino que esta peripecia es tan sólo una llave que da entrada a un mundo rico y fecundo, plagado de increíbles filtros amorosos, tradiciones romaníes, peculiares lutieres, enigmáticos e incomprendidos alquimistas de ayer y de hoy... y también de monomaníacos, crueles y egoístas perversiones, y horribles asesinatos; maravillosos e increíbles ingredientes todos ellos con los que Robertson Davies conformó una poderosa y magnífica fábula sobre la búsqueda de la identidad y los peligros que la renuncia a ésta acarrea.
Como dijo Paracelso,
“alterius non sit qui suus esse potest”
,
a saber: “que no sea del otro quien pueda ser dueño de sí” (mal traducido, por cierto, en esta edición como “otro no sea quien pueda ser el que es”).
Felicitémonos todos porque Robertson Davies está de vuelta. Que lo disfrutéis.

CEci
“Lo que el progreso exige inexorablemente a los hombres y a los continentes es que renuncien a su singularidad, que rompan con el misterio, y la osamenta del último elefante forma parte de este proceso... La especie humana ha entrado en conflicto con el espacio, la tierra e incluso con el aire que necesita para vivir. Las tierras cultivadas ganarán terreno poco a poco a los bosques y las carreteras invadirán cada vez más la quietud de las grandes manadas. Cada vez habrá menos espacio para las maravillas de la naturaleza. Lástima.”
Las raíces del cielo
Romain Gary
Hace un par de semanas los informativos y los periódicos nos bombardearon con las más que cruentas imágenes de la “inauguración” de la campaña de caza de crías de foca en el Norte de Canadá. Se nos dijo también que se habían adoptado medidas para hacer de esta cacería algo más “humanitario”. Son muchos los adjetivos que se me ocurren para calificar las imágenes de hombres robustos envueltos en gore-tex que muelen a palos a una cría de foca con el objeto de deshollarla y quitarle su blanquísima piel; cualquiera, antes que humanitario. Estas últimas semanas han sido las focas de Canadá, como otras veces son las ballenas de Japón y Noruega o los elefantes africanos, víctimas de la caza furtiva y el comercio del marfil. Varias veces al año una oleada de indignación nos sacude a todos, que volvemos a sorprendernos una vez más de la crueldad del hombre, de la arrogancia e inconsciencia que supone la imposición del “progreso” sobre todas las cosas.

La mayoría pasamos página y nos refugiamos en un cómodo laissez faire laissez passer, autocomplacidos quizá con nuestra políticamente correcta dosis de indignación anual. La mayoría, no todos. Unos pocos locos, hippies, nihilistas, idealistas y trasnochados -a los ojos de la mayoría, al menos- han hecho de la defensa de la naturaleza su misión en la vida.

Entre todos ellos tiene un puesto de honor el Morel de Las raíces del cielo de Romain Gary, el francés que sobrevivió a los campos de exterminio nazis y huyó al Chad quasi-postcolonial y prenacionalista en busca de “un margen, una reserva” de humanidad “donde poder refugiarse”. Morel, el solitario defensor del África más anacrónica y mágica, hogar de elefantes, gigantes ansiosos de libertad. El optimista y confiado Morel, que cargó sobre sus espaldas la ardua tarea de proteger a toda una especie del depredador más despiadado, el hombre. Pero como ocurre con todas las causas nobles y sus más fervientes abanderados, Morel y sus elefantes serán víctimas de oportunistas sin escrúpulos que tratan de “arrimar el ascua a su sardina” –como el ambicioso Waitari, o el mercenario Habib-, así como de la incomprensión más absoluta. No son pocos los que ven en el francés a un misántropo arrogante que ha elegido alejarse de los hombres y acercarse a los elefantes. Sólo dos personajes antitéticos como el villano Orsini y la alemana Minna, cargada de patetismo, comprenden la verdad: Morel es un humanista, un idealista que defiende la naturaleza como una manera de reintegrar la dignidad a los hombres tras la II Guerra Mundial.
Y ajeno a la leyenda que en todo el mundo se forja en torno a su persona, Morel sigue adelante rodeado de un heterogéneo grupo: un célebre naturalista, un oficial caído en desgracia, un rastreador del África ancestral, una idealista desesperada, un cínico periodista y un verdugo en potencia. Todo un maquis, vaya:
“En suma, se trataba de un maquis, de un verdadero maquis en el que había hombres de buena voluntad y chusma, una indignación generosa y unos cálculos hábiles, unos elefantes en el horizonte y también el fin que justifica los medios. Sí, un auténtico maquis consistente en un montón de humanidad, un sueño generoso y toda la pureza necesaria para realizar grandes masacres.”

Pero como todos los héroes, como todos los monomaníacos, por noble que sea su locura, Morel está solo y ha sido condenado a seguir adelante o a morir en soledad, convertido ya en leyenda. Tal vez el padre Tassin estaba en lo cierto y la humanidad es una especie arcaica en evolución. Tal vez acertaba Fields cuando gritaba en su delirio que el hombre carece aún del órgano de la dignidad y que Morel era un precursor, un adelantado, como el primer reptil que en el principio de los tiempos murió ahogado tras arrojarse fuera del agua antes de estar anatómicamente preparado para ello. Tal vez... Ojalá. Por desgracia, la fuerza de la historia parece querer demostrar lo contrario.
“Es absolutamente necesario que los hombres lleguen a preservar algo más que lo que les sirve para hacer suelas de zapatos, o máquinas de coser, que dejen un margen, una reserva, donde puedan refugiarse de vez en cuando. Sólo entonces se podrá empezar a hablar de una civilización. Una civilización únicamente utilitaria llegará siempre hasta el final, es decir, hasta los campos de trabajos forzados. Debemos dejar un margen.”
André Maurois dijo que Las raíces del cielo era “un libro extraño, simbólico y vasto” y Anaïs Nin que “una obra maestra”. Estoy de acuerdo con el primero; no con la segunda. Las raíces del cielo posee, en efecto, gran fuerza y profundidad, pero se resiente también de cierta morosidad en la narración y, sobre todo, de las excesivas repeticiones. Todos los personajes de la novela, de Morel a Orsini, de Minna a Fields, de Tassin a Fargue, parecen limitarse a repetir una y otra vez un par de fórmulas hasta el punto de que una casi se extraña de oirle decir a Minna algo que no sea “debía haber allí alguien de Berlín”. Son estereotipos, no personajes, quienes habitan Las raíces del cielo. No puedo evitar pensar que Gary primó en esta épica novela la moralina y la doctrina frente a la peripecia y la Literatura con mayúsculas. Las apenas doscientas páginas de Lady L., una magistral fábula sobre los peligros de la monomanía y sus difusos límites con la estrechez de miras, son, sin duda, toda una redención.
CEci
“Yo me he divertido imaginando que, en mi observación de las personas, era una especie de artista. Siempre he querido analizar a la gente, “describirla”, algunas veces tan sólo en mi propia mente, otras sobre el papel, y en otras ocasiones incluso me he visto a mí mismo, atrevidamente, atravesando el umbral de sus vidas y suponiendo que yo hacía de personaje secundario. Pero últimamente he llegado a la conclusión de que he hecho excesivo hincapié en los aspectos dramáticos de gente dramáticamente interesante. Está muy bien preferir el arte bueno al malo, pero la gente es la gente.”
La educación de Oscar Fairfax
Louis Auchincloss
Cuando leo la etiqueta de literatura costumbrista pienso inmediatamente en la novela decimonónica que retrata y fotografía a las clases más humildes. Sin embargo, la novela de costumbres no lo es necesariamente de los más desfavorecidos. Léase, si no, El gran Gatsby de Fitgerald, por ejemplo, o las novelas de la Mitford A la caza del amor y Amor en clima frío, sobre los usos de los excéntricos Radlett y los Montdore, familias de muy rancio abolengo, en el período de entreguerras. Estas dos últimas se cuentan precisamente entre los primeros volúmenes editados por Libros del Asteroide, esa maravillosa editorial independiente que se ha empeñado en rescatar para regocijo de “una inmensa minoría” pequeñas grandes joyas de la literatura universal del siglo XX como La trilogía de Deptford de Robertson Davies o Los inquilinos de Moonbloom de Edward Lewis Wallant.
Libros del Asteroide es también la responsable de la publicación de La educación de Oscar Fairfax de Louis Auchincloss (1917-), otra de esas novelas de costumbres protagonizada no por sufridos campesinos o trabajadores de a pie, sino por la más selecta minoría WASP (White Anglo-Saxon Protestant) americana, heredera de los pioneros del Mayflower, que tienen una encantadora casa de veraneo en un pueblecito costero de Maine, confraternizan en el club de tenis o el de golf, dirimen el futuro del país desde despachos de abogados situados en el mismo corazón de Wall Street o Washington y cuyos hijos asisten a elitistas internados de Nueva Inglaterra y a Universidades de la ivy-league.
Uno de esos privilegiados tocados de la Fortuna es Oscar Fairfax, cuya autobiografía leemos en lo que se me antoja un roman à clef -al menos a tenor de lo que se puede leer en la solapa acerca de Auchincloss-. El bueno de Oscar se revela primero como un niño despierto y sensible:
“-¿Me dices, Oscar, que tienes dificultad para creer en el más allá? Bueno, nadie puede creer en un más allá todo el tiempo.
-¿No sería aburrido, abuelo, estar siempre cantando aleluyas por calles de oro?
-¡Horrible! Pero no tienes que creerte esa tontería. Ese tipo de cosas es para la gente simple a la que le gustan los himnos evangelistas. No hay nada malo en eso.”
y poco después, como un universitario con vocación literaria, editor de la revista de Yale. Sin embargo, el futuro de Oscar está en la abogacía, en el despacho de su padre, para más señas, pese a que nunca renunciará del todo a pequeños y demasiado optimistas escarceos con la letra impresa, ya se trate de un ensayo sobre la vida francesa de los artistas de la belle époque o de la biografía de un severo juez conservador del Tribunal Supremo.

Oscar Fairfax no se toma a sí mismo demasiado en serio. De ahí que se haga abogado pese a la evidente llamada que el negro sobre blanco ejerce sobre él. De ahí también que sus méritos en la Primera Guerra Mundial no puedan llegar a calificarse de hazañas. No hay grandes hitos que jalonen la vida de Oscar; tan sólo pequeñas decepciones como la traición de un amigo de la universidad o de un antiguo protegido y de su ahijada. Si fuera Robertson Davies y no Auchincloss el autor de esta novela, Oscar sería, sin duda alguna, el quinto en discordia, nunca el protagonista. Pues Oscar Fairfax es, ante todo, un “simple espectador o lector”, como él mismo se define. Oscar es siempre el hijo, el amigo, el padrino, el protector, el vecino... siempre el secundario, que no el segundón. Es, al fin y al cabo, y por volver a la cita del comienzo, gente; un privilegiado, pero gente al fin y al cabo.
“Lo que es evidente, al menos para mí, es que es la creación del arte, más que su recepción, lo que salva el alma del artista. ¿Qué es entonces lo que salva al simple espectador o lector, como yo, que no hace nada sino recibir?”
CEci
“La forma que yo tenía de enfocar esta cuestión era que uno, antes de nacer, no sabe nada de la vida en este mundo. El reto oculto consiste en captar este misterio, el mundo. Se viene de la nada, del no ser o del olvido primordial, y se irrumpe en una realidad articulada y plenamente desarrollada. No se ha visto nunca la vida. En el intervalo de luz entre la oscuridad, donde uno estaba esperando nacer, y la oscuridad de la muerte, que ha de recibirlo un día, tiene que captar lo que pueda de la realidad, que ya estaba en un estadio de desarrollo muy avanzado.”
Ravelstein
Saul Bellow
Es curioso. De las alocuciones sobre el Amor de los distintos invitados al Banquete de Platón la que ha pervivido en mayor medida y se ha difundido al margen de su continente original es, sin duda, la del bromista Aristófanes y sus hermafroditas primigenios, aquella que presenta a Eros como una fuerza reparadora de la carencia, de la privación. ¿Cuál? La que se produjo cuando Zeus, encolerizado por la soberbia de las esferas hermafroditas las seccionó en dos mitades. Eros es, así pues, la búsqueda de la otra mitad. La media naranja de toda la vida, vaya.

Eso es precisamente el amor para Ravelstein, un filósofo político del Medio Oeste americano, atípico y heterodoxo, denostado por los rancios académicos y muy próximo al Sócrates platónico; más desenfadado, quizá. Abe Ravelstein dedica el mismo tiempo a analizar la política internacional que a elegir una corbata de seda. Sus estudiantes lo mismo son obligados a leer a Tucídides en griego –lo que no es poco- que son invitados a presenciar en su casa el partido de los Bulls de Jordan y Pippen –ahí es nada- entre pizzas y hamburguesas. Ravelstein no se interesa exclusivamente por la formación académica e intelectual de sus pocos –poquísimos- elegidos. Una vez entras en la órbita del maestro, te ves obligado a contarle tus más íntimos secretos, tus deseos, tus afanes. ¡Y encantado de ello!
Y si Ravelstein es un maestro peculiar, también Chick es un discípulo atípico. Para empezar, es mayor que el propio Ravelstein. Además, no conoce a los clásicos ni es capaz de leer a Platón en griego. Hasta es lo suficientemente ingenuo como para contar entre sus amistades con el profesor Grielescu, vinculado décadas atrás con el Nacionalsocialismo y evidentísimo trasunto de Mircea Eliade. Y eso que Chick es judío. Tiene, eso sí, conocimientos suficientes para, como él mismo dice, defenderse en un concurso:
“Todo el mundo tiene una especie de césped de conocimientos aleatorios que le complace tener verde y bien regado.”
Precisamente porque Chick no es propiamente un intelectual, porque es un amigo más que un discípulo, es el elegido para escribir la biografía de un Ravelstein acorralado por las infecciones oportunistas derivadas del VIH. Que otros se encarguen de interpretar al sabio. Chick ha asumido para con su amigo la obligación de contar al hombre de una manera sincera y desenfadada, y salpicar su historia de simpáticas anécdotas. Claro que el propio Ravelstein se ha encargado de vaticinarle la más que agorera impresión de que lo seguirá pronto al otro barrio, si es que hay otro barrio al que ir. Así que el tiempo de Chick es limitado para cumplir con tal difícil tarea. No puede morir hasta haberla llevado a cabo:
“Creo profundamente en el poder que tiene la obra inacabada para prolongar la vida.”

El resultado, cómo no, es Ravelstein, la última novela de Saul Bellow, fallecido pocos años después de su publicación. Quizá sea esto un indicio de la suerte de Chick. O quizás sea solamente una interferencia de la realidad con la ficción.
CEci
“A Julia la ponía muy nerviosa, y se acercó a Alex, que casualmente estaba fastidiando a Angela porque tal vez él también estuviera nervioso, lo cual la consolaría. La gente que no se ponía nerviosa no servía de ayuda, porque no sabía lo que eso significaba...”
Viajando en grupo
Henry Green
Ya he dicho por aquí en alguna ocasión que soy excesivamente controladora y que en mi apego a la rutina diaria rozo casi lo enfermizo. Esto quiere decir que tiendo al agobio y a la preocupación crónicas, ya que son muchos los imprevistos que acechan la tranquilidad de un día cualquiera perfectamente organizado en la agenda. ¿Qué decir, pues, del estrés que me generan los viajes, donde el retraso de un avión, un inesperado cambio de andén o la rotura de una maleta en el momento más inoportuno están a la orden del día? Por suerte, hace ya algún tiempo que empecé a comprender que no soy la única, sino que somos muchos los eternamente-preocupados que en el mundo estamos. Sin ir más lejos, comparto despacho desde hace unos meses con otro de ellos. Y digo “por suerte”, porque creo que se equivoca el refranero popular cuando dice aquello de “mal de muchos, consuelo de tontos”. Como bien dice la cita que abre este post, cuando uno está preocupado por algo como lo más arriba descrito, los cachazudos que confían en el “ya se arreglará” sirven de poca ayuda; son los que están nerviosos como nosotros los que nos proporcionan consuelo, el consuelo que proporciona la solidaridad. Porque, vamos a ver, si uno se va a quedar tirado en la autopista por obra y gracia de un piquete o de una inesperada nevada y un conductor incauto, ¿es mejor estar solo o tener compañeros de fatiga con nuestros mismos desvelos? La respuesta es obvia, como evidente es la sintonía que parece establecerse entre desconocidos unidos de repente en la adversidad. Obsérvese si no la complicidad que se advierte entre los indignados viajeros a los que las huelgas de controladores aéreos y el overbooking dejan sin vacaciones todos los veranos.

Pues bien, Viajando en grupo de Henry Green lleva al extremo –como toda comedia- un episodio de este tipo. La niebla cerca la Estación Victoria de Londres un día cualquiera de la década de los ’30 y obliga a suspender hasta nuevo aviso la entrada y salida de trenes. Mientras la masa anónima se va congregando en los andenes cada vez en mayor número y pasa el rato inventando cánticos reivindicativos, un grupo de “privilegiados” amigos que esperaban partir para Francia se refugian en la comodidad del hotel de la terminal, que ha sido cerrado a cal y canto para que “las hordas exaltadas” no arrasen con el mobiliario. Pero si los desconocidos se unen en la adversidad, no siempre ocurre lo mismo con los amigos -se suele decir que no puedes llamar a alguien “amigo” hasta que has viajado con él-; más aún, si de hipócritas, veleidosos, egoístas, snobs de afilada lengua y arribistas se trata. Y de todo ello va bien servido el grupo que protagoniza esta novela, toda una comedia de enredo a la vieja usanza, de esas de secretos que se proclaman a voces, de puertas que se abren y se cierran sin cesar, asistentes que se ríen –con razón- de sus señores y de continuos “donde dije digo digo Diego”. Las comodidades que proporciona el dinero tienen también su contrapartida:
“Eso es ser rico, pensó, si estás retenido, si tienes que esperar puedes hacerlo después de un baño y en bata, y si tienes que morir no lo harás como un pájaro cualquiera que se desploma desde la rama para que se lo coman los zorros, ligero y rígido, sino en la cama, aquí dentro, con médicos que te digan que todo irá bien y parientes que te pregunten si te duele. Además, nada de estar de pie, nada de apretujones, nada de preocupaciones, porque es lo mismo irse que quedarse, nada de compañerismo, es cierto, y otra vez llegaron desde fuera sonidos para hacerle creer que estaban cantando, nada de canto colectivo, se dijo, ni siquiera si eso significaba compañerismo.”
Viajando en grupo es, sin duda, una inteligente, ácida y sofisticada comedia que brilla en el manejo del diálogo y de los “tiempos muertos” de la conversación, como señala su contraportada, aunque también es fría -helada por momentos-. De hecho, tarda un tanto en empezar a funcionar. No ayuda en nada la cuestionable puntuación de la traducción. Para muestra, como siempre, un botón:
“Y cuando la niebla confluyó con la noche quién iba a soñar con ese cruel olvido de la vista que produjo si estaban pensando en cortinas de cretona que esperaban ser corridas sobre ventanas cerradas.”
Y Viajando en grupo es también una significativa muestra de la imposibilidad de mantenerlo todo bajo control. A cada paso que damos un imprevisto acecha para ponernos en dificultades y, por supuesto, hacer de esta vida algo mucho más interesante. Lo reconozco.

CEci
“Porque la verdad es, duende, que mi inclinación natural no es guisar, hacer pasteles, hilar ni ninguna de esas cosas, sino el Latín, el Griego, y el estudio de las Antigüedades, y sé tanto de hilar como de volar.”
“El monte Lickerish”
Las damas de Grace Adieu de Susanna Clarke
De nuevo estamos de celebración centenaria, aunque no tan cacareada como la quijotesca (sensu stricto) del año pasado. Tampoco son cuatro las centenas a conmemorar, sino su justa mitad, dos. Me refiero, por supuesto, al bicentenario de la Guerra de la Independencia española, de la que, si he de ser sincera, recuerdo poco más allá de Goya y sus fusilamientos, de Pepe Botella, de Larra-hijo-de-afrancesado y del Fray Perico de Juan Muñoz Martín, claro. Supongo que no hará falta que diga que tan peculiar versión de la Guerra de la Independencia se forjó en mis cada vez más lejanos tiempos de colegio. Lo que no me contaron entonces fue que los ejércitos franceses no sólo lucharon contra Wellington & cía. por tierras de España y Portugal, sino también contra carreteras que cambiaban de lugar, desaparecían o se enlodaban justo antes de su llegada, contra delaciones llevadas a cabo por muertos vivientes... Y que el auténtico responsable de la eficiencia de la resistencia española –y de que Pamplona se halle hoy día donde se halla- fue el joven, apuesto, arrogante, ambicioso, osado y brillante Jonathan Strange, díscolo discípulo del Señor Norrell, responsables ambos del resurgir de la magia en la Inglaterra del siglo XIX. Aunque el más poderoso mago inglés no es ni Strange ni Norrell sino el legendario Rey Cuervo, tan temido como venerado en Tierra de Duendes, y cuya figura se insinúa algún que otro día entre la pertinaz llovizna de los brumosos días de Albión.

Strange, Norrell y el Rey Cuervo protagonizaron la peculiar e interesante –aunque un tanto morosa por momentos- Jonathan Strange y El Señor Norrell de Susanna Clarke (2005) y vuelven ahora a algunos de los relatos que componen Las damas de Grace Adieu, que tienen mucho de cuento tradicional y –como ya señaló la crítica a propósito de Jonathan Strange y...- ciertas reminiscencias de la Austen: institutrices que velan por la seguridad de dos huérfanos, doncellas desenfadadas que burlan a duende y marido gracias a la inteligencia y al azar, siniestras matronas que encandilan a encantadores caballeros, colchas en las que se predice el futuro, académicos extraviados que se enfrentan a la brutalidad de los trasgos, duendes que construyen maravillosos puentes que unen Roma e Inglaterra, reinas de Escocia que traman mágicas e inútiles venganzas y humildes carboneros que ponen en jaque al mismísimo Rey Cuervo gracias al patrocinio del santoral. Estos son algunos de los ingredientes que componen esta recopilación de cuentos, que la autora adereza -cómo no- con un genial y ficticio aparato erudito y que, como los cuentos tradicionales y las novelas de Mrs. Austen, es un acierto seguro para leer bajo una manta mientras fuera arrecia la lluvia y la niebla baja desde los montes. Lástima que los inviernos duren cada vez menos por estas latitudes.

CEci