Aprovecho la pausa
El autor de los escritos contenidos en éste cuaderno existe. Es tan conocido y tiene tal prestigio, que si alguien descubre de quién se trata, no acabará de creerlo, como yo que no terminé de creérmelo aún cuando estuve frente a él.
Había empleado meses de investigación para dar con el paradero del autor tras de encontrar su cuaderno escolar olvidado entre los escombros de un antiguo palacete demolido en el último barrio tradicional que arrasó el desarrollo de la ciudad, y no cabía duda: tenía a mano su presencia y autoría.
Imaginé que chantajear a tan ilustre personaje, o que publicar las confidencias de sus primeros años, podría darme mayor prestigio que el reportaje, por encargo, sobre la demolición de las últimas mansiones con linaje que me condujo al hallazgo de sus memorias tempranas. Sin embargo, cuando le entregué el manuscrito original para que certificara su autenticidad, se conmovió tanto, se hizo tan vulnerable que me ganó un sentido atávico del pudor y la discreción.
Él es otro diferente al famoso. Es la carne, los huesos, la médula de sí mismo y claro, es menos que su mito pero superior al que aparece todos los días en las fotos de cientos de entrevistas, en miles de wet sites de Internet y en millares de pantallas de televisión.
“Sí, éste es mi cuaderno”, reiteró con un dejo de nostalgia.
Le pregunté si podía publicarlo y usufructuar las regalías de los derechos editoriales.
“Puede hacerlo sin citarme”, concedió. Y a cambio de mis dudas sobre la fuerza su temprana historia sin el sello del nombre y los apellidos que lo distinguían, agregó:
“Cualquier historia es más importante que sus protagonistas reales o ficticios. Deje que los lectores den con la identidad de los personajes, si es que vale la pena descubrirla. Igual que usted me identificó lo harán otros; permítale al lector ese placer”.
Dudo que terminen averiguando que el chico del cuaderno sea usted.
No tuvo importancia mi reparo.
“Nunca uno es el que fue; por otra parte: Aquiles, Ulises, Penélope, Romeo, Julieta, Don Quijote,, son más reales que Perico de los Palotes, Fulana, Mengano y Zutana”, concluyó mientras firmaba su autorización para publicar su cuaderno, tal y como está: sin su firma
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Me habia perdido todo lo anterior.Pero aquí estoy.Prometo leer.
Quien este libre de haber hecho alguna que otra locura en su juventud,que tire la primera piedra.Un saludo






