Libro de Arena
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El Sofista

La vacuidad es la simiente de la palabra

>¿No las veis? Son las tinieblas

¿No las veis? Son las tinieblas.

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Prensa

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¿No las veis? Son las tinieblas.

Cuando aspiráis el cálido aire de las ciudades

La corriente fétida que separa los edificios

Y las paredes de las habitaciones que os alojan

¿No las veis?

Son las tinieblas.

Son un pensamiento sucio que emana de las salas de reunión

Son los ecos de las palabras que recitan en la bolsa

Son los discursos de los magnates

Y las palabras pequeñas del profesor de crucifijos

Soberbio mentor de prohibiciones y pecados

Onanista del papel de Biblia

Instalador de cilicios

En el cerebro de los niños.

Son las tinieblas

Pero no las veis

.

Corred, corred, no podréis esconderos

Ellas os persiguen

En las páginas de los periódicos escondidas

En columnas defecadas

En artículos deyectados por cerebros que se alimentan

De pienso de talonario y pan de sangre

Corred, corred, pero os perseguirán

Inclementes trepando por las palabras

Despiadadas desmenuzando los corazones que guardabais

Intactos desde la infancia.

Nada quedará puro cuando la luz penetre

De una vez, al fin

Vuestra mirada.

Una luz de sombras

Una garra.

Sólo una garra.

En el cementerio

En el cementerio.

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A nadie tengo

Nadie me habla.

El tiempo corre acarreando nubes y estrellas

Y los soles de los días.

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Sobre la lápida

Bajo la lápida

El tiempo pasa.

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Acuden tristes

Lúgubres cortejos

Abandonan nuevos ataúdes los deudos

El luto de las viudas.

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Sobre la lápida

Bajo la lápida

El tiempo pasa.

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Tiritan los huesos

Bajo las lápidas

Se estremece el cielo

Sobre las lápidas.

La vida termina

En el cementerio.

ÚLTIMA POSTA

Última posta

Cabalgo mi diástole de sombras en el laberinto umbrío de los corazones

Siento el aliento de mis amadas.

Recorro desconsolado el laberinto de las viejas pasiones y sus espejos

Siento el aliento de mis amadas.

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Me sepultan los recuerdos

Se agostan la memoria y la catarata umbría de los quebrados sueños

Se arruinan los minúsculos comercios en el mero zoco de mis pasiones

Corro, huyo, cabalgo la sístole de las tinieblas.

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Me sepulta la memoria y siento el aliento gélido de mis amadas.

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Quedará un corazón de sombras

Cabalgando arenas en el desierto

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Quedará un latido solitario

En el camposanto del recuerdo.

Sombra de culo por las esquinas

Sombra de culo por las esquinas

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Sombra de culo por las esquinas

Calambres trepadores en la obra vista de tus moradas

Oh, tú, ciudad de los maricas.

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Vendidos en portadas arcoiris

.Tiemblan vuestros muslos en los anuncios

Por palabras de las revistas

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Un derrumbe de sueños estremecidos

Una vasija y una guarda de deseos

Un retorcido entresijo.

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Abridme cielos

Hacedme pleno

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La loca se cuelga una lágrima del pecho.

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Y muere aterrorizada bajo las corbatas

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Abridme sombras.

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Un derrumbe va por dentro

Y se multiplican las esquinas.

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Hacedme pleno

Con mi sangre roja.

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Se me cierran todas las orejas

Y los ojos se me cierran

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Me escupen de su mirada los ejecutivos de miserias

Me vomitan las puertas de las iglesias.

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Abridme sombras

¡Que ya vengo!

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. (a Federico García, con el maximo respeto).

ESCUCHANDO A LISTZ: poema.

Escuchando a Listz

Como lágrimas de una lámpara antigua e intrincada, de aquellas que llaman arañas, las notas. De la caja del piano, semiabierta, se derrama un manantial de acentos; cristalinos peldaños que me elevan, me transportan y me hunden.

Sonata en si menor. Virtuosísima melodía, y acerada. Pulsa las mínimas fibras de la epidermis. Desciende con el inaudible, afilado trino a remover las oscuras aguas en las hondas acequias del alma.

Oh, sueño de amor, corres, saltas, brincas desde dentro, asomas por mis poros; eres yo mismo queriendo escapar de mi piel. Me llena agitada tu melodía, tu locura de espirales impetuosas y carreras de calesa alocada e imprudente.

Oh, amor perdido. Pálido cadáver de las ilusiones, mortaja de la pasión. El piano llora con gruesas notas, espesas como ríos de lava. Un magma frío, un bordón de piedra, me descifra y se llama tristeza.

Se levantó Dios contigo, Franz, y dijo ¡Música! ¡Amor!

Melodía

Y el mundo se hizo.

Frutas de la Razón ...II- Fruta segunda: la Culpa

Frutas de la Razón Triste.

Fruta segunda: la Culpa

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A ti, oh culpa, pertenecemos desde algún instante de la historia. Causa final judeo-cristiana nos has de revelar el eterno destino tras el último juicio. El día después del Apocalipsis, seremos todos por fin uno: cada cual y su culpa. El Juicio es la gran catarsis; el noúmeno verdadero, el pecado de existir. Pues, desde el horizonte crepuscular, la luz de la culpa se extiende constituyendo, como insidiosa arena, el cemento de toda biografía. La imperfecta catarsis del confesionario o del palacio de justicia, es el desvaído reflejo de las miradas omnipresentes que nos atan vilmente en el centro de la existencia.

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Ya el amor y el perdón fugaz de la culpa del ser amado, ya su corrupción, es la madre terrible de las acusaciones. La telaraña de la culpa invade los hogares, las patrias y los laboratorios. ¡Oh, progenitora de la ciencia! Pues ¿no has engendrado la fructífera idea de la causalidad? Culpa y causa, religión o moral, ciencia o cierta filosofía...

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Habitante de la mirada, engendras el más puro instinto de la supervivencia: el odio. Aquel odio que salva a los vivos y entierra a los muertos. Una acusación permanente dispuesta a saltar sobre nosotros, nos hace héroes en tiempos de guerra, buenos ciudadanos en tiempo de paz. Un legión de ojos acusadores conforman la civilización, ordena nuestras vidas y nos constriñe a destilar, gota a gota, el odio de la reserva siempre dispuesta en las bodegas de Marte. Es esta la fuerza que hace del apacible tejedor de otros tiempos, el feroz soldado de todas las guerras. Fuente silenciosa que llena el manantial de la sangre futura. Esta sed de saqueo y violación ¿dónde la escondían durante su anterior vida de orden? Serbios ortodoxos, mujaidines del Islam, marines juramentados de Walt Dysney...asesinos, torturadores y violadores en Bosnia, Líbano, Vietnam o Corea. Durante la paz tejían con la mirada el odio y la culpa ajena. La Patria es, sin duda, el crisol donde generamos la culpa de quienes nos son extraños. Es una espada sobre el cuello del extranjero, una guillotina para el diferente. Es la madre de todas las guerras.

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La culpa afila cuchillos, carga fusiles y guarda las bayonetas envueltas en banderas.

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Tristes frutas de la razón me llevan; más allá del amor, más allá de las banderas.

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zenon

El parto del Big-bang o Einstein se quedó corto.

El parto del Big-bang

O Einstein se quedó corto.

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Al modo de los eleatas os lo digo hoy

La verdad que hallo

Pues natura queda pequeña

Cuando el hombre la adivina

La crea.

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Pienso en él.

Dentro de cien años comprenderán mi obra, dijo.

Luego durmió, o retorno a su cueva, quien sabe.

Retumba el Big-bang en mis oídos

Un coro de grillos, una baraúnda de intensos berridos

¡Todo un siglo de científicos!

Y sólo el Big-bang retumba.

Los hijos de Einstein no han comprendido

Tocan la música celeste con ecuaciones equivocadas

Y aún así tiembla Natura bajo sus algoritmos.

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Hoy me ha hablado.

Su voz me llega saltando el arco iris sangriento

Del pasado siglo.

No fue la cuna de un tiempo

El Gran Bum

¡No es hijo único el reloj!

Ah, cuanta luz de pronto

Cuan súbito abismo.

Nacieron incontables tiempos

Elásticos como corazones de goma.

Alberto intuyó sus contracciones

Y las encerró en solitaria cárcel

Con barrotes de luz.

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Pienso en él

Porque él me pensó entonces.

Un siglo era preciso para que yo abriera los ojos del superhombre

Y pudiera proclamar

Este es el cerrojo

Esta es la puerta.

Incontables tiempos os esperan.

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Ciegos habéis estado y timoratos.

“Mas allá de la luz, proclama vuestro temor, no hay Nada”

Cobardes.

Hay otra luz.

Palpitan incontables corazones de goma.

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Con el martillo habrá que golpearos

Para derruir vuestro mezquina fortaleza.

¡Tanto os gusta permanecer encerrados!

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Al mayor problema os doy respuesta.

Sois como niños encerrados en un parque de arena.

Hacéis figuras mientras el sol os quema

Y pensáis que quien arde son ellas.

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Pienso en él

Y proclamo la verdad primera

La gravedad es la forma de un tiempo.

Su elástica ecuación.

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¿Hasta donde me llama la tierra, Federico?

Pienso en ti.

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(Quizás continué

Pues estas palabras

Ye refundan los mundos)

zenon

HISTORIAS DE CALLEJON

Historias de callejón.

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Las letras se desdibujaban en el viejo cartón que te da cobijo. Rota la noche por los destellos de los faros de los autos y las toses del andrajoso Ramón. Claro que, bien mirado, a andrajoso y guarro tú le ganabas. ¡Bah! ¿a quién le importaba tu aspecto o tu olor? Porque debías apestar. Hacía un siglo lo menos que tomabas un baño. Es lo que tiene ser un miserable mendigo, un “sintecho” dicen. Podrían llamarnos un “concartón”, me dije y me reí con el mal chiste. Eso también lo tiene mi condición. Es la soledad. Nadie quiere estar con uno de nosotros; ni nosotros mismos, por eso nos llevamos tan mal. Y el cerdo de Ramón, venga toser. Podría haberse buscado otro lugar. Este callejón me pertenecía, había llegado antes que él. Resguardado del viento de este gélido invierno y, bajo los balcones, también de la lluvia. Pero no; el tipo tenía que venirse a toser a mi callejón.

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Tengo la costumbre de hablarme a mi mismo en segunda persona, como si fuera dos al mismo tiempo; es una forma de sentirme acompañado. Ya ves, me decía, éste no te va a dejar dormir en toda la puta noche. Y eso era lo peor que me pueden hacer. Lo único que vale la pena de mi vida son los sueños. Nada me gusta más que despertarme con las imágenes de otra vida flotando aún a mi alrededor. Los sueños son maravillosos, incluso los que para otros son una pesadilla. Buscando en los cubos de basura me gustaría ver a más de uno. Bueno, a todos me gustaría verlos viviendo como yo lo hago. Entonces suplicarían que les dejaran vivir sus sueños, incluso los peores, en paz. Entonces comprenderían porque el cerdo de Ramón seguía tosiendo mientras se desangraba bajo uno de los balcones de mi callejón, con mi navaja clavada en su pecho. Y seguía tosiendo. Cada vez con menor fuerza; pero no terminaba de toser nunca.

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Así que me fui, con mi cartón, a otra parte.