Frutas de la Razón Triste.
Fruta segunda: la Culpa
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A ti, oh culpa, pertenecemos desde algún instante de la historia. Causa final judeo-cristiana nos has de revelar el eterno destino tras el último juicio. El día después del Apocalipsis, seremos todos por fin uno: cada cual y su culpa. El Juicio es la gran catarsis; el noúmeno verdadero, el pecado de existir. Pues, desde el horizonte crepuscular, la luz de la culpa se extiende constituyendo, como insidiosa arena, el cemento de toda biografía. La imperfecta catarsis del confesionario o del palacio de justicia, es el desvaído reflejo de las miradas omnipresentes que nos atan vilmente en el centro de la existencia.
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Ya el amor y el perdón fugaz de la culpa del ser amado, ya su corrupción, es la madre terrible de las acusaciones. La telaraña de la culpa invade los hogares, las patrias y los laboratorios. ¡Oh, progenitora de la ciencia! Pues ¿no has engendrado la fructífera idea de la causalidad? Culpa y causa, religión o moral, ciencia o cierta filosofía...
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Habitante de la mirada, engendras el más puro instinto de la supervivencia: el odio. Aquel odio que salva a los vivos y entierra a los muertos. Una acusación permanente dispuesta a saltar sobre nosotros, nos hace héroes en tiempos de guerra, buenos ciudadanos en tiempo de paz. Un legión de ojos acusadores conforman la civilización, ordena nuestras vidas y nos constriñe a destilar, gota a gota, el odio de la reserva siempre dispuesta en las bodegas de Marte. Es esta la fuerza que hace del apacible tejedor de otros tiempos, el feroz soldado de todas las guerras. Fuente silenciosa que llena el manantial de la sangre futura. Esta sed de saqueo y violación ¿dónde la escondían durante su anterior vida de orden? Serbios ortodoxos, mujaidines del Islam, marines juramentados de Walt Dysney...asesinos, torturadores y violadores en Bosnia, Líbano, Vietnam o Corea. Durante la paz tejían con la mirada el odio y la culpa ajena. La Patria es, sin duda, el crisol donde generamos la culpa de quienes nos son extraños. Es una espada sobre el cuello del extranjero, una guillotina para el diferente. Es la madre de todas las guerras.
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La culpa afila cuchillos, carga fusiles y guarda las bayonetas envueltas en banderas.
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Tristes frutas de la razón me llevan; más allá del amor, más allá de las banderas.
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zenon
Frutas de la Razón Triste…
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Preámbulo
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Vivo sin flotar en mí. La bandera de la ilusión yace, hace ya tanto tiempo, en los yermos del alma; y sus colores, fatigados de tanta espera, huyen al cielo del recuerdo, como discreto huracán entre nubes de olvido.. En ocasiones, una lluvia finísima, tanto que penetra la piel y hace estremecerse tu cosmología celular, rompe el vacío, inflama la rara glándula hormonal de la tristeza y dibuja un pálido arco iris con los colores de tantas páginas idas para siempre; aquellas que con indiferencia -¡disfraz inverosímil de la poca fe!- viste partir tantas y tantas veces.
Cándida noche de los miserables que, con lúgubre paso, recorren el vacío de tus entrañas. Allí te tientan las tenebrosas musas del desencanto a dibujar la obra maestra de la indiferencia, un lienzo para nadie, para único gozo de la Nada; pobre, perdido y desgarrado Narciso entre los árboles ciegos del bosque de Amnesia. Allí donde se extravió aquel país que alguna vez soñaste. Aquel país irremediablemente perdido, naufragado en un océano de irresistible belleza.
Agua fina de la melancolía trae a la memoria un recuerdo y la luz –una luz tenue y tardía- abarca un suceso ya lejano. Reíamos alrededor de una mesa con las manos entrelazadas. Sus ojos completaban mi alma como las canoras completan la primavera. El bar, la gente, la música desaparecían en los estrechos raíles que unían nuestras miradas; y el mundo entero se sumía en el viaje apresurado de nuestros sentimientos. Hoy, vuelvo a vivir aquel instante y luego me contemplo. Vacío de aquellas ilusiones, sé que he deambulado con el corazón marchito, ausente y roto desde entonces. No se recupera en el amor lo que se dio con tanto corazón. Hay un adiós que nos mutila para siempre aunque el amor se muera. Quedó, aquel que fui, apresado en las moradas de su alma; y a la soledad de perderla se unió la de la propia ausencia. Dos soledades que acompañan mi ya desértica travesía en que se desarrolla mi vivir.
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Si el recuerdo viene y va preso de la caprichosa melancolía, el pensamiento enraíza en este páramo inhóspito viviendo su aventura onanística sólidamente. Rumiando el mundo desde la distancia y el desengaño, crece con el color de los obispos como un hematoma pútrido tras el día de la batalla; pero también criando con grave fertilidad las tristes frutas de la razón.
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Así las ofrezco a quien quisiere prenderlas. Fruto de la tierra estéril y del desengaño; guarida, espero, de las lúcidas semillas de la distancia.
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Fruta primera. El Amor.
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Verás, querido Arturo, que no sólo es una “trampa de la Naturaleza” el amor. También es humano, fruto de la historia que hemos ido tejiendo entre todos. No sólo el instinto de procreación nos alucina con el fantasma del amor. La historia entera se trasmuta en lámpara de Aladino a la que nuestras manos esclavas se aferran con inexorable resolución. Es de esta manera que, con un fru-fru de entrepiernas, liberamos al Genio del Amor. Espíritu grandioso y burlón, dispuesto a concedernos aquellos tres deseos que, una vez cumplidos, nos dejarán solos y miserables en la cuneta del camino.
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¿Una maldición o una dicha, aquella que hace que los hombres mueran sin haber descubierto el engaño? Has sido amado, has jodido, has procreado; mas también has sido respetado y envilecido, humillado y humillador, delincuente, víctima y tirano…y todo ello cargando sobre tus espaldas el pesado fardo de la maldición original del exilio del Edén. ¡Ah, Genio burlón, que nos concedes el deseo de ser dos en uno por un fugaz instante! La brevedad del éxtasis es suficiente prueba de tu mala fe. Posiblemente no merezcamos piedad ninguna de monstruo tal, pues añadimos nuestra semilla a su poder, lo magnificamos glosándolo como el padre de todas las cosas, como el néctar esencial de nuestra propia existencia.
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He de confesar, sin embargo, que en la quietud de este páramo de soledades hecho a faltar su engaño, cómo un bálsamo que viniera a calmar el dolor de mi carne herida de tristeza. Un instante de éxtasis que me arrojara en el abismo de la irreflexión primera. Mas el tiempo pasó.
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El éxtasis es el primer deseo que nos concede el Genio guasón. El segundo es el de ser amados. Ver en la mirada de él, de ella, nuestro rostro iluminado por la pasión ajena; la tierna farsa que constituye su admiración. El amor convierte al otro en el adulador perfecto. El ser amado se convierte entonces en el estanque de Narciso, donde nos zambullimos convencidos de ser capaces de las mayores proezas. Y así construimos un bello castillo de arena condenado a ser barridos por las olas oceánicas de la cotidianidad. ¿Quién no conoce la perversa corrupción del amor a caballo de los años? Si el éxtasis era piadoso en su brevedad, el lento abandono que de nosotros hace el ser amado se halla transido de una crueldad insaciable. Si el éxtasis anida en el tiempo de la guillotina, el abandono vive en el reloj interminable de la cámara de tormentos. Nos va estirando las carnes en el terrible potro del calendario, dislocando lentamente nuestras articulaciones hasta convertirnos en un pelele incapaz de reconocerse a sí mismo.
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¡Ah, el tercer deseo! ¿Quién conoce prematuramente la perversa naturaleza del amor? Sólo aquél que, joven aún, descubrió el engaño, osará solicitarlo. Como el ladrón inteligente, pedirá conservar el botín y eludir, al mismo tiempo, la condena. El éxtasis sin guillotina, una jornada de amor elástica como el horizonte, libre como el firmamento más allá de la conciencia. Poner al genio frente a su propio abismo…
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A la demencia de este deseo va unida la soledad de estos parajes. Tú que me estás leyendo, valiente, puedes apurar la temeraria copa de lo imposible.
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Brindaré contigo en el desierto.