Libro de Arena
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El Sofista

La vacuidad es la simiente de la palabra

Se ha secado el arroyo de mi alma y el caballo ha dicho basta

Se ha secado el arroyo de mi alma y el caballo ha dicho basta. Ya no correré mas los páramos de tu memoria, mis herraduras cansadas quieren ser ya pasto de estrellas o auroras enterradas.

Los recuerdos, como peces ahogados, lucen sus escamas en el lecho agostado de un adiós que no es el primero; y por dios que no será el último. Así derramo mis párpados por el crepúsculo de las mañanas y temo una cabalgata de despedidas caracoleando como la Tocata y Fuga de Sebastián por la clave de bóveda de las iglesias góticas.

Se ha secado, sí, el arroyo de mi alma; pero queda el ladrido sólido del perro penetrando las praderas, llenando los congostos de impulsos verdaderos y de ancestrales deseos. Lo persigo y siempre lo pierdo, pues ya soy su sombra o su recuerdo.

Ya no cabalgo el corcel de luces que, cansado, se ha puesto a dormir; ya no persigo cometas en tu cielo, ni las velas que se perdían en el horizonte salado del azul mediterráneo. Ando, con la muleta del teclado de mi ordenador, por un leve universo de palabras, una burbuja de jabón que me ha seguido, silenciosa, desde las infancias.

Ya no subo a la cima de las montañas, ni a la cumbre de los sentidos. Les bastan a mis fuerzas exiguas, la historia que cabe en un canto rodado que yace en el afligido cauce de mis edades y el perfil lejano de ciudades y caderas; igual las olas de los mares o el seno repetido de mis amantes.

Todo cubre el resto de mi existencia como un cielo pequeño e íntimo donde me encierran, cada vez más, las perlas del sudor y los astros fugitivos de las evocaciones.

Un rastro es ya mi existencia. Una huella que se desvanece y no quiere; una garra vieja y exigua que se aferra a los arcanos de las sendas. Un rabioso deseo que grita cada vez menos y no quiere; un paso detenido que no llega aunque quiere llegar.

Quiere llegar y ser; quiere llegar y saber. Pero no puede; ya no puede con el ansía desgastada y la mirada que se vierte en el horizonte pretérito. Solitario, me ilumino con los fuegos fatuos de las evocaciones que destellan en el cementerio de mi memoria.

Una cascada decreciente, una cometa que se apaga, un manantial de aguas escasas que se escurren hacía el torrente subterráneo de los presagios. Una oscuridad alimentada por el augurio innecesario de la muerte.

Ya te llamo, a veces, Parca mía. Y deseo la necrológica orgía. La manta fría que ha de cubrir por fin los átomos cansados de aquella vida. Ven, ven y conversemos, que el torrente agitado discurra ya lejos. Entonces, te contaré en silencio mis secretos.

Con palabras trenzadas con sigilo te contaré los hechos de mi pasada existencia. En el descanso de tu regazo, disfrutaremos los siglos para contarlo y la eternidad para comprenderlo. Un elocuente silencio brincará con pies de terciopelo entre las estrellas del firmamento.

Si aún no ha llegado el momento, también es cierto que ya puedo reptar con los dedos de la premonición, recorriendo biografías. Una advocación al recuerdo es todo lo que te traigo, un ramo de flores desfallecidas que musitan un réquiem al tiempo disipado. Escucha.

¿Oyes el zumbido remoto de mi infancia? Se peleaban las abejas y las moscas por hacer nido en la límpida mirada, y el sol reflejado en la hierba era crisálida de aromas y advenimiento de pequeñas deidades titilantes.

Todo brillaba. Hasta el gusano cruelmente sajado que derramaba verde silencio por sus entrañas abiertas, o la herida del ratón con el que el gato nos enseñaba la primera lección sobre las guerras. Una épica radiante emanaba de la sombra bajo la manta, donde te imaginabas capitán o astronauta. Todo, todo brillaba en tu mirada. Y lo que no brillaba, no lo sabías.

. Parca mía, ahora la veo, la infancia desnuda. Allí se entreveran las primeras perfidias y, por una piruleta, recibimos lección de hipocresía. Lo nuestro, nuestro, nuestro toma la riendas de nuestra vida.

Te contaré, sentado en la Luna del camposanto, cómo fueron los pétalos rojos de la flor de la infancia, premonición o augurio de las revueltas sangres de mi juventud primera.

Pétalo rojo que muere de vergüenza. Paso incierto y sordo estallido en las galaxias próximas del deseo. La caricia era una lagartija verde que huía vertiginosa y se ocultaba en las sombras indescifrables de otras entrepiernas o muslos evaporados.

Todo huía, pero quería venir. Tendías los brazos al los cielos y abarcabas sólo el diminuto universo de los escasos anhelos minerales que conseguías. Por el lagrimal de tu mirada ya se peleaban la fuerza de la rabia y el ansia por la belleza. Toda tu existencia, sí, se anunciaba en la cadencia muda del arrebato y la melodía perdida de las esferas.

Juventud que ya te hería en las miradas de las niñas adolescentes. Adivinabas una herida en las entretelas con iris que tejían sus pestañas. Un herida prieta iluminada por las sangres; pero ellas se reían con disimulos de campanilla, y sus risas te perseguían.

El sol de los cuchillos es la sangre y sol de la juventud una primordial cobardía. Una libélula tímida perseguía gusanillos de luz en tus arterias y batía con sus alas tu sangre incesante, mientras henchías el pecho buscando el refugio bajo los músculos.

Nos hizo hombres la injusticia. La larga sombra del general de voz aflautada y terrible, su efigie mezquina que auguraba el himeneo de la carne y las tenazas. Hombre me hizo un rumor de mazmorras, el murmullo de las sombras agonizantes, y hombre me hicieron los muslos en flor donde derramé mi germen expectante. Severa casaca militar o sexo puro, todo empujaba.

Todo me arrancaba prematuro de la juventud, deshojada la pubertad por las manos de mi amada, derramada la conciencia por las batas sucias de las niñas

empaquetadoras, cuando arrastraban sus pies japoneses, al anochecer, a la sombra sucia de las usinas.

El caballo ya no quiere cabalgar mi conciencia y estoy cansado, Parca mía; mas te seguiré contando, a la sombra del mausoleo, los derrumbes que me trajo la vida. Una hecatombe ofrecida al dios fugitivo de las horas levantó la Babel de mis días.

La eternidad te daría si dieras la luz de mi vida. Toda la belleza de los astros, en una lámpara de oro y plata clausurada, te daría si hallases al infante en los huesos viejos que ahora te hablan.

Aquí, las manos de pergamino que me acompañan apenas esbozan un recuerdo de tinta con palabras. Te contaré, Parca mía, cómo desafié las grandes terrazas.

Me batía con los rascacielos de cristal y cemento. La mirada se hizo cuchillo, la sonrisa navaja o guillotina. Asesinaba todos los días un pájaro incauto, despojaba castidades, hundía las avariciosas manos en las entrañas de la inocencia. Si quise o no quise, carece de importancia. Me llamaron Señor, y quedé estúpidamente satisfecho.

Ya ves Parca mía, cómo fueron aquellos días. Toma mi fatigada mano y descansemos.

Cuando ya no se puede cabalgar nos basta un recodo del camino para echarnos a soñar.


5 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo chema 2 Enero 2008 | 02:02 AM

Vaya manera de empezar el año,Sofista. Un texto verdaderamente hermoso, muy sentido. Un gran poema.

Saludos, y feliz año nuevo.

lo dijo Jucar 2 Enero 2008 | 09:48 AM

Un gran texto sin duda. Con un lenguaje muy cuidado y unas metáforas tan evocadoras que por momentos lo convierten en pura prosa poética.

Un placer leerte.

Un saludo.

lo dijo Revangel 3 Enero 2008 | 12:13 PM

Increíble tu texto.

Esculpes hermosos párrafos de absoluta belleza poética.

Qué gusto.

lo dijo abril 4 Enero 2008 | 05:06 PM

hola zenon, me dejaste la llave de tu puerta y vine a ver, me parecio precioso tu escrito.

gracias por tu visita

un beso

lo dijo sylphides 4 Enero 2008 | 11:23 PM

Venía para darle consuelo pues le noté con la voz lastimada. Pues parece que la muerte, su amada, será consumada como un hecho, que tal vez nos gane como un gran despecho.

Mientra exclamaba con fúnebre recelo que los ojos cerré casi ciegos de espanto que me atormentó.

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