Libro de Arena
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El Sofista

La vacuidad es la simiente de la palabra

Frutas de la Razón Triste I

Frutas de la Razón Triste…

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Preámbulo

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Vivo sin flotar en mí. La bandera de la ilusión yace, hace ya tanto tiempo, en los yermos del alma; y sus colores, fatigados de tanta espera, huyen al cielo del recuerdo, como discreto huracán entre nubes de olvido.. En ocasiones, una lluvia finísima, tanto que penetra la piel y hace estremecerse tu cosmología celular, rompe el vacío, inflama la rara glándula hormonal de la tristeza y dibuja un pálido arco iris con los colores de tantas páginas idas para siempre; aquellas que con indiferencia -¡disfraz inverosímil de la poca fe!- viste partir tantas y tantas veces.

Cándida noche de los miserables que, con lúgubre paso, recorren el vacío de tus entrañas. Allí te tientan las tenebrosas musas del desencanto a dibujar la obra maestra de la indiferencia, un lienzo para nadie, para único gozo de la Nada; pobre, perdido y desgarrado Narciso entre los árboles ciegos del bosque de Amnesia. Allí donde se extravió aquel país que alguna vez soñaste. Aquel país irremediablemente perdido, naufragado en un océano de irresistible belleza.

Agua fina de la melancolía trae a la memoria un recuerdo y la luz –una luz tenue y tardía- abarca un suceso ya lejano. Reíamos alrededor de una mesa con las manos entrelazadas. Sus ojos completaban mi alma como las canoras completan la primavera. El bar, la gente, la música desaparecían en los estrechos raíles que unían nuestras miradas; y el mundo entero se sumía en el viaje apresurado de nuestros sentimientos. Hoy, vuelvo a vivir aquel instante y luego me contemplo. Vacío de aquellas ilusiones, sé que he deambulado con el corazón marchito, ausente y roto desde entonces. No se recupera en el amor lo que se dio con tanto corazón. Hay un adiós que nos mutila para siempre aunque el amor se muera. Quedó, aquel que fui, apresado en las moradas de su alma; y a la soledad de perderla se unió la de la propia ausencia. Dos soledades que acompañan mi ya desértica travesía en que se desarrolla mi vivir.

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Si el recuerdo viene y va preso de la caprichosa melancolía, el pensamiento enraíza en este páramo inhóspito viviendo su aventura onanística sólidamente. Rumiando el mundo desde la distancia y el desengaño, crece con el color de los obispos como un hematoma pútrido tras el día de la batalla; pero también criando con grave fertilidad las tristes frutas de la razón.

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Así las ofrezco a quien quisiere prenderlas. Fruto de la tierra estéril y del desengaño; guarida, espero, de las lúcidas semillas de la distancia.

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Fruta primera. El Amor.

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Verás, querido Arturo, que no sólo es una “trampa de la Naturaleza” el amor. También es humano, fruto de la historia que hemos ido tejiendo entre todos. No sólo el instinto de procreación nos alucina con el fantasma del amor. La historia entera se trasmuta en lámpara de Aladino a la que nuestras manos esclavas se aferran con inexorable resolución. Es de esta manera que, con un fru-fru de entrepiernas, liberamos al Genio del Amor. Espíritu grandioso y burlón, dispuesto a concedernos aquellos tres deseos que, una vez cumplidos, nos dejarán solos y miserables en la cuneta del camino.

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¿Una maldición o una dicha, aquella que hace que los hombres mueran sin haber descubierto el engaño? Has sido amado, has jodido, has procreado; mas también has sido respetado y envilecido, humillado y humillador, delincuente, víctima y tirano…y todo ello cargando sobre tus espaldas el pesado fardo de la maldición original del exilio del Edén. ¡Ah, Genio burlón, que nos concedes el deseo de ser dos en uno por un fugaz instante! La brevedad del éxtasis es suficiente prueba de tu mala fe. Posiblemente no merezcamos piedad ninguna de monstruo tal, pues añadimos nuestra semilla a su poder, lo magnificamos glosándolo como el padre de todas las cosas, como el néctar esencial de nuestra propia existencia.

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He de confesar, sin embargo, que en la quietud de este páramo de soledades hecho a faltar su engaño, cómo un bálsamo que viniera a calmar el dolor de mi carne herida de tristeza. Un instante de éxtasis que me arrojara en el abismo de la irreflexión primera. Mas el tiempo pasó.

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El éxtasis es el primer deseo que nos concede el Genio guasón. El segundo es el de ser amados. Ver en la mirada de él, de ella, nuestro rostro iluminado por la pasión ajena; la tierna farsa que constituye su admiración. El amor convierte al otro en el adulador perfecto. El ser amado se convierte entonces en el estanque de Narciso, donde nos zambullimos convencidos de ser capaces de las mayores proezas. Y así construimos un bello castillo de arena condenado a ser barridos por las olas oceánicas de la cotidianidad. ¿Quién no conoce la perversa corrupción del amor a caballo de los años? Si el éxtasis era piadoso en su brevedad, el lento abandono que de nosotros hace el ser amado se halla transido de una crueldad insaciable. Si el éxtasis anida en el tiempo de la guillotina, el abandono vive en el reloj interminable de la cámara de tormentos. Nos va estirando las carnes en el terrible potro del calendario, dislocando lentamente nuestras articulaciones hasta convertirnos en un pelele incapaz de reconocerse a sí mismo.

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¡Ah, el tercer deseo! ¿Quién conoce prematuramente la perversa naturaleza del amor? Sólo aquél que, joven aún, descubrió el engaño, osará solicitarlo. Como el ladrón inteligente, pedirá conservar el botín y eludir, al mismo tiempo, la condena. El éxtasis sin guillotina, una jornada de amor elástica como el horizonte, libre como el firmamento más allá de la conciencia. Poner al genio frente a su propio abismo…

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A la demencia de este deseo va unida la soledad de estos parajes. Tú que me estás leyendo, valiente, puedes apurar la temeraria copa de lo imposible.

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Brindaré contigo en el desierto.


1 comentario - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Andrómeda 19 Febrero 2008 | 02:19 AM

"¿Una maldición o una dicha, aquella que hace que los hombres mueran sin haber descubierto el engaño?" "El éxtasis es el primer deseo que nos concede el Genio guasón. El segundo es el de ser amados".

Creo que lo que necesitamos es una educación en afectos, como diría Flauvert, una "educación sentimental". Pero no en el sentido cortés o romántico del amor, lo que hoy no tendría sentido, sino en el sentido que no pasen las cosas y nos sintamos después engañados.

Muchas veces tiene que ver con la realización del deseo y otras con la construcción de la autoafección propia y de los otros. Y en esto la mujer está también necesitada de afección y nosotras somos las que nos engañamos primero.

Un saludo afectuoso.

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