Libro de Arena
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El Sofista

La vacuidad es la simiente de la palabra

Epístola de desamor

. Epístola de desamor.

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Ya ves que todo terminó y no he derramado una sola lágrima. Sabía el desgarro que significaba para ti decirme adiós. Te has ido aparentando firmeza, con una última y dulce mirada que pretendía consolarme. Esa mirada me ha dolido tanto, que ya la llevo dentro para siempre. Has partido desplegando las velas de futuras melancolías, dejando una herida, una estela ardiente en el agitado mar de mi alma. Pero yo no he derramado una sola lágrima. He escuchado tu adiós de terciopelo y he dejado que te marcharas sin intentar retenerte. Te he querido demasiado; sé que tú aún me quieres. Sé que aún te queda mucho por sufrir de nuestro acabado amor. Quisiera evitártelo, pero...

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¡Ah, nuestro acabado amor! Recuerdo cuando nació. No importan las circunstancias. No importa si fue una tarde en la biblioteca, cuando te pedí.....o mientras te acompañaba a tú casa, cruzando el suburbio donde vivías y brillabas como una estrella. Empecé a nacer en ti, a vivir en ti, a respirarte y a sentirte dentro iluminándome, iluminando el mundo porque tú lo pisabas con tus pequeños pies, los mismos que, bajo las sábanas, daban calor a los míos todas las noches. Lo que sentía entonces era más que amor; no hay palabra suficientemente grande para contenerlo. Ni poema para decirlo. ¡Cuánto nos quisimos!

Nos pasó el tiempo como de puntillas, como si no quisiera molestar. Pero pasó. Fue abriendo ínfimos espacios entre tu piel y la mía. Como una lluvia fina y persistente, ha ido calando los espacios donde habitaba nuestra pasión, usurpando pacientemente nuestros últimos refugios.

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Tú lo supiste mucho antes de que yo siquiera lo sospechara; y callaste. Sé que callaste con dolor porque te conozco. Callaste mientras la carcoma del desamor roía surcos en tu piel, sembrando lamentos de silencio. Pero un día llegó que, en tu alma, habitaba una terrible sinfonía de pesares que amenazaba con asfixiarte para siempre. Entonces, me diste la última cita en este lugar, en el Café Paris, donde tantas veces se entrelazaron nuestras manos bajo la mesa, mientras nuestros ojos dulcemente conversaban.

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Sé que has reunido tu último aliento para decirme adiós. Por eso, ya ves, no he derramado una sola lágrima. Luego, ya sólo, he tomado una servilleta para escribir estas palabras que nunca te diré; mientras tu sonrisa, como una lánguida mariposa, aún bate sus alas en el Café Paris.


2 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Revangel 26 Febrero 2008 | 12:52 PM

La lágrima contenida algún día será río.

Me ha gustado muchísimo tu epístola.

Un abrazo.

lo dijo emilsinclair 26 Febrero 2008 | 01:20 PM

Es una gran fortuna entender desde el amor la ruptura. Me encanta desde el punto de vista que tratas el tema, sin rencores, ni venganzas, no juicios, sino entendiendo lo difícil que a veces es a pesar de ser el que toma la decisión.Un buen texto

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