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El Sofista

La vacuidad es la simiente de la palabra

HISTORIAS DE CALLEJON

Historias de callejón.

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Las letras se desdibujaban en el viejo cartón que te da cobijo. Rota la noche por los destellos de los faros de los autos y las toses del andrajoso Ramón. Claro que, bien mirado, a andrajoso y guarro tú le ganabas. ¡Bah! ¿a quién le importaba tu aspecto o tu olor? Porque debías apestar. Hacía un siglo lo menos que tomabas un baño. Es lo que tiene ser un miserable mendigo, un “sintecho” dicen. Podrían llamarnos un “concartón”, me dije y me reí con el mal chiste. Eso también lo tiene mi condición. Es la soledad. Nadie quiere estar con uno de nosotros; ni nosotros mismos, por eso nos llevamos tan mal. Y el cerdo de Ramón, venga toser. Podría haberse buscado otro lugar. Este callejón me pertenecía, había llegado antes que él. Resguardado del viento de este gélido invierno y, bajo los balcones, también de la lluvia. Pero no; el tipo tenía que venirse a toser a mi callejón.

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Tengo la costumbre de hablarme a mi mismo en segunda persona, como si fuera dos al mismo tiempo; es una forma de sentirme acompañado. Ya ves, me decía, éste no te va a dejar dormir en toda la puta noche. Y eso era lo peor que me pueden hacer. Lo único que vale la pena de mi vida son los sueños. Nada me gusta más que despertarme con las imágenes de otra vida flotando aún a mi alrededor. Los sueños son maravillosos, incluso los que para otros son una pesadilla. Buscando en los cubos de basura me gustaría ver a más de uno. Bueno, a todos me gustaría verlos viviendo como yo lo hago. Entonces suplicarían que les dejaran vivir sus sueños, incluso los peores, en paz. Entonces comprenderían porque el cerdo de Ramón seguía tosiendo mientras se desangraba bajo uno de los balcones de mi callejón, con mi navaja clavada en su pecho. Y seguía tosiendo. Cada vez con menor fuerza; pero no terminaba de toser nunca.

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Así que me fui, con mi cartón, a otra parte.


1 comentario - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Andrómeda 11 Marzo 2008 | 03:04 AM

Creemos que escapamos gracias a nuestros orgullos y a nuestros pesares,

arrancada a nuestra cobardía.

Como un vándalo roído por la melancolía, me dirijo hacia ya no sé qué rincones...

Sería difícil delimitar la cantidad de esta vulgaridad, tanto más cuanto que ningún acto se dispensa de ella. Se es un desechado de la vida y se prueba que se fue suficientemente sórdido... Quien triunfa en un conflicto con su prójimo surge de un muladar; y quien es vencido paga por una pureza que no ha querido ensuciar.

Quien no esparce a su alrededor una vaga irradiación fúnebre y tanto es salvado por esa melancolía.

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